Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 22 #3
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—Lo lamento, señoría —repuso él—, pero el señor Haller ha tocado un punto sensible con su queja infundada.

—Una vez más, señor Mason, no se trata de usted —dijo Ruhlin—, sino de la composición de nuestro jurado.

—Puedo garantizarle, señoría, que no voy a utilizar mi última recusación para eliminar a nadie que se encuentre actualmente en la tribuna del jurado —dijo Mason—. La sugerencia del señor Haller es inadmisible.

—Bueno, tengo que decir que comparto su preocupación —replicó Ruhlin—. ¿Puede decirme por qué quiere que se dispense a la candidata número doce?

—De acuerdo —dijo Mason—. Retiro la recusación. La defensa acepta a la jurado número doce.

—Muy bien —contestó Ruhlin—. La jurado número doce queda aceptada y ocupará el undécimo asiento. Gracias.

Nos quedaba un puesto libre y dos potenciales jurados esperando a ser interrogados.

El siguiente número que citó la jueza pertenecía al analista financiero.

Yo quería que formara parte del jurado, pero tenía que aparentar ambivalencia.

Las preguntas de la jueza no dispararon ninguna alarma.

Cuando llegó a la última de sus cuestiones rutinarias, me volví en mi asiento y me incliné hacia mis dos clientes para susurrarles:

—Ya casi lo tenemos. Creo que podemos aceptar a estos dos últimos si es necesario. No me preocupa este tipo, pero el…

Mientras susurraba, la jueza se dirigió a mí para ver si tenía alguna pregunta adicional, pero fingí no haberla oído debido a la conversación en la mesa.

—¡Señor Haller! —bramó Ruhlin.

—Lo lamento, señoría —dije—. Me he distraído. Eh, los demandantes aceptan al jurado número seis.

—Gracias —contestó la jueza—. Señor Mason, ¿tiene alguna pregunta más?

—No, señoría —dijo él—. La defensa acepta al jurado número seis.

Premio. El analista estaba dentro.

—Muy bien —prosiguió Ruhlin—. Tenemos doce jurados seleccionados.

Me levanté y me acerqué al atril con mi bloc de notas.

—Señoría —dije—, los demandantes desean utilizar su última recusación para agradecer y dispensar al jurado número diecinueve.

El entrenador de fútbol americano estaba fuera. Me arriesgué, apostando a que la asistenta personal de Beverly Hills sería una mejor opción, aunque solo fuera porque añadía otra mujer al jurado, inclinándolo a siete frente a cinco hombres. Tendría la mayoría femenina que buscaba.

La jueza llamó a la asistenta personal y la interrogó.

Mi suposición había sido acertada. Trabajaba para una mujer adinerada y se encargaba de diversas tareas, desde devolver artículos adquiridos por internet hasta pasear al caniche y hacer la compra.

No hubo ninguna señal de alarma y la acepté. Marcus Mason también.

El jurado ya estaba completo, pero Marcus Mason aún tenía dos recusaciones en la recámara.

Mi opinión era que nunca se debía dejar ninguna sobre la mesa, pero, si utilizaba una en ese momento, la jueza tendría que convocar a un segundo grupo de posibles jurados y eso probablemente retrasaría la selección hasta el lunes.

Ruhlin nos había recordado más de una vez que la selección de miembros no se prolongaría durante el fin de semana.

—¿Aceptan las partes de este pleito al jurado? —preguntó Ruhlin.

—Los demandantes aceptan al jurado tal y como está compuesto, señoría —dije.

Marcus dudó, probablemente sopesando si era prudente irritar a la jueza antes incluso de que comenzara el juicio.

—¿Señor Mason? —lo apremió Ruhlin.

—Sí, señoría —dijo al final Marcus Mason—. La defensa acepta al jurado.

—Excelente —prosiguió la jueza—. Tenemos nuestro jurado y se ordena a los miembros que lo componen que se presenten en la sala de reuniones contigua a esta a las nueve de la mañana del lunes. No lleguen tarde. Pueden irse ya, el tribunal les agradece su servicio. Se levanta la sesión.

Cuando la jueza abandonó el estrado, me volví hacia mis clientes, sentados a mi lado.

—Creo que lo hemos hecho bien —dije—. Tenemos un buen jurado.

—¿Por qué ha echado al entrenador? —preguntó Brenda—. Me parecía un buen hombre.

—Ha sido una corazonada —respondí—. Entrena a chicos en un deporte violento.

Trata con adolescentes a diario, escucha sus quejas, conoce sus inseguridades.

No estaba seguro de quién le despertaría más simpatía, así que seguí mi instinto.

A veces es lo que hay que hacer. Me gusta más la que tenemos, la asistenta personal. Creo que estará de nuestro lado.

Les prometí que me prepararía para el juicio durante todo el fin de semana y que me mantendría en contacto. Les pedí que tomaran fotos de lo que pensaban ponerse el primer día y que me las enviaran por mensaje. Se las enseñaría a Lorna y quizá a Maggie, y les preguntaría qué opinaban.

Cuando estaba saliendo, Marcus Mason me alcanzó, como ya sabía que haría. Su hermano lo seguía de cerca.

—Hijo de puta —dijo—. Vaya jugada que acabas de hacer… Que te jodan, tío. La semana que viene te voy a destrozar y voy a disfrutar cada minuto.

Sonreí y asentí con la cabeza.

—Buen fin de semana, Marcus —le dije—. Y descansa un poco. Lo vas a necesitar.