Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 22 #2
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La sesión comenzó con la aceptación del jurado número diecisiete, el productor de televisión, para la siguiente plaza libre en la tribuna.

La jueza comenzó con preguntas de seguimiento inocuas a los candidatos.

En el cuestionario, el productor dijo que había nacido en Estocolmo, Suecia, pero que también tenía la ciudadanía estadounidense.

Aun así, su deje me sorprendió. Estaba acostumbrado a los marcados acentos hispanos de los potenciales jurados.

Tras su interrogatorio, Ruhlin quiso saber si los abogados tenían alguna pregunta adicional para el productor.

Los Mason no tenían ninguna. Le pedí a la jueza que le preguntara al candidato si alguna vez había explorado el uso de la inteligencia artificial en la producción de un programa de televisión.

Ella lo hizo y el sueco respondió sin dudar.

—Lo he explorado, pero nunca lo he utilizado —dijo—. Todavía.

Esa última palabra fue todo lo que necesitaba. Le pedí a la jueza que lo dispensara por conflicto de intereses. Mi petición provocó una protesta de Marcus Mason.

—Señoría —dijo—, esto sería como dispensar a un jurado en un caso de lesiones por accidente de tráfico por haber conducido un coche.

El hecho de que este hombre haya investigado cómo podría mejorar su producto la inteligencia artificial no constituye un conflicto de intereses.

¿Ahora vamos a dispensar a cualquiera que haya hecho alguna vez una pregunta a Siri?

—Estoy de acuerdo con él, señor Haller —dijo la jueza—. Voy a aceptar al jurado número diecisiete en la tribuna. A menos que quiera utilizar una de las recusaciones sin causa que le quedan.

—¿Me concede un momento, señoría? —pregunté.

—No tarde mucho —dijo Ruhlin.

Miré por encima del hombro hacia la sección de la galería reservada para los posibles jurados que aún no habían sido llamados e interrogados.

Confirmé que quedaban cinco, tres hombres y dos mujeres.

Había once en la tribuna, incluido el sueco, por el momento.

Podría emplear mis últimas recusaciones para descartarlos a él y al entrenador de fútbol americano, pero entonces me quedaría sin munición.

Revisé lo que yo llamaba mi tarjeta de puntuación del jurado.

En un bloc de notas los había numerado del uno al cincuenta y los había clasificado por orden de preferencia.

Había tachado a los que ya se habían descartado y marcado con un círculo a los que estaban en ese momento en la tribuna.

De los cinco números que quedaban, dos estaban entre mis favoritos: un hombre, el número seis, y una mujer, la número doce.

A ella la había clasificado como mi tercera opción, porque era escenógrafa de cine y televisión, y podría ser una de las primeras en ser prescindible por la invasión de la inteligencia artificial en la producción de Hollywood.

Quería a toda costa que formara parte del jurado, sobre todo porque los Mason habían tumbado mis dos primeras opciones.

El número seis también estaba entre mis doce favoritos.

Había indicado que trabajaba como analista de mercado para una empresa de inversiones.

Era un candidato oculto en mi lista, porque había marcado una casilla que a los Mason les gustaría…

si hubieran hecho la misma investigación que mi equipo.

Lorna había indagado en la empresa para la que trabajaba y había determinado que invertía mucho en tecnológicas dedicadas al desarrollo de la inteligencia artificial.

Eso podría hacer que los Mason lo consideraran partidario de la IA, pero la realidad era que podía ser fácilmente sustituido como analista por la misma tecnología en la que invertía su compañía.

Esperaba que los Mason se dejaran cegar por las inversiones en IA y no se dieran cuenta de las posibles preocupaciones del candidato número seis sobre su futuro laboral.

Tenía que urdir una forma de meter a mis dos favoritos en el jurado.

Volví a mirar por encima del hombro. De las dos mujeres que quedaban, una era negra y la otra blanca.

No se nos había permitido hacer preguntas sobre la raza en los interrogatorios, por lo que no estaba claro cuál de las dos era la constructora de decorados.

Según mi gráfico, la otra mujer que quedaba trabajaba en Beverly Hills como asistenta personal.

Eso requeriría una aclaración adicional durante el interrogatorio de la jueza, pero yo apostaba a que probablemente era la asistenta de algún residente adinerado de ese lujoso enclave.

La había clasificado en el puesto veintiocho de mi tabla, lo que significaba que podría aceptarla en el jurado si no tenía una opción mejor.

Observé a las dos mujeres con atención. La negra llevaba el pelo a lo afro muy corto y sus mangas cortas revelaban unos bíceps bien definidos.

Daba la impresión de que trabajaba con las manos y por eso se peinaba así, para que no le molestara.

Creía que eso aumentaba las posibilidades de que fuera la constructora de decorados.

Mirando hacia la tribuna del jurado, confirmé que solo uno de los componentes aceptados hasta el momento era negro. Era un empleado de correos que estaba en mi lista de favoritos.

—Señor Haller, estamos esperando —dijo Ruhlin.

La miré.

—Sí, señoría —repuse—. Los demandantes quieren dar las gracias y dispensar al jurado número diecisiete.

El productor de televisión.

—¿Está utilizando una recusación sin causa? —preguntó Ruhlin.

—Sí, señoría.

—Muy bien. Eso lo deja con una recusación restante. Jurado número diecisiete, queda dispensado y le agradecemos su servicio.

El sueco sonrió y se levantó con rapidez. Salió de la tribuna y se encaminó hacia la puerta, con un lenguaje corporal que indicaba que se sentía insultado por su expulsión del caso.

El siguiente jurado seleccionado al azar y llamado al estrado fue un hombre que no estaba en mi lista de favoritos.

Era un ingeniero eléctrico que se beneficiaría de la continuada expansión de la inteligencia artificial en los negocios y la sociedad.

Los sistemas de IA consumían cantidades de electricidad ingentes, y siempre se necesitaría a personas con sus credenciales.

Pero lo descarté con facilidad, porque, durante el interrogatorio, reveló que había ido a la Universidad de Wisconsin con uno de los programadores clave del Proyecto Clair y que habían vivido en la misma residencia de estudiantes.

Marcus Mason descartó al siguiente hombre al que llamaron porque en sus respuestas a las preguntas presentadas por la defensa había incluido Terminator 2: El juicio final como una de sus películas favoritas.

Trata sobre una inteligencia artificial que se vuelve contra la humanidad, y Marcus Mason argumentó con éxito que eso contaminaba al posible jurado y le impedía mantener una mente abierta a la hora de decidir el caso.

No estaba en mi lista de favoritos, porque cuando vi su respuesta sobre Terminator supe que sería excluido.

Su eliminación dejó tres candidatos restantes para dos vacantes.

Cuando la jueza sacó el número doce, la mujer negra se adelantó para responder a las preguntas.

Confirmé en mi lista que ella era efectivamente la escenógrafa y me preparé para lo que supuse que iba a ser una batalla.

Tras un breve interrogatorio por parte de Ruhlin que no deparó sorpresas ni prejuicios evidentes, la acepté como miembro del jurado.

Marcus Mason utilizó entonces una de sus dos recusaciones sin causa restantes para excluirla.

Inmediatamente me levanté y protesté, y luego me acerqué al atril.

—Señoría —dije—, se supone que un jurado debe ser representativo de la comunidad.

Según mis cálculos, esta es la cuarta vez que el señor Mason usa sus recusaciones u objeciones para eliminar del jurado a un miembro de una minoría.

Y me preocupa que la última se emplee para eliminar a la única persona negra que queda en la tribuna del jurado.

Eso hará que la composición sea sospechosa en términos de diversidad y representación, y los demandantes se oponen enérgicamente.

Marcus Mason se levantó de su asiento y se acercó al atril antes de que yo terminara. Una vez más, se dirigió al tribunal antes de que la jueza le diera la palabra. Sabía que su respuesta no estaría exenta de histrionismo. Tenía que ganarse tanto al jurado como a la jueza.

—Señoría, considero que la insinuación del abogado es insultante y absurda —dijo—.

Llevo dieciocho años ejerciendo como abogado en esta ciudad y nadie ha cuestionado nunca mi reputación en lo que respecta a la igualdad y la diversidad.

Mi bufete realiza generosas donaciones cada mes, cada año, a causas que apoyan la igualdad racial y de género.

Solo en el último mes hemos aportado más de cien mil dólares a programas de ayuda contra incendios para las comunidades minoritarias de Altadena. Hemos…

—Gracias, señor Mason —dijo Ruhlin, interrumpiéndolo—. La pregunta es sobre la composición del jurado.