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Algunos abogados creen que un juicio se gana o se pierde en la selección del jurado.
Puede que sea cierto, pero yo también creo que se gana o se pierde en la selección del abogado que defiende la causa ante los tribunales.
Hay algo que tengo muy claro sobre los jurados: la única regla inalterable es que tienes que adaptarlo a tu caso.
Las preguntas para los miembros que había redactado a principios de semana me proporcionaron una gran variedad de respuestas que examiné antes de llegar al proceso de selección real.
La jueza Ruhlin había convocado a un grupo de cincuenta miembros potenciales, de los cuales se elegirían doce.
No habría suplentes, porque en un tribunal civil solo se necesitan seis jurados para emitir un veredicto.
Empezaríamos con doce en la tribuna y, siempre que seis llegaran a la meta, lo obtendríamos.
No había nombres, solo los conocía por los números que les habían asignado, del uno al cincuenta.
Pero tenía mis favoritos, los había clasificado en un bloc de notas y estaba listo para comenzar con el voir dire en cuanto terminara la vista sobre los testigos.
Mi jurado número uno resultó ser el cincuenta de la pila y di gracias al cielo por que hubiera entrado en el grupo.
Era una maestra jubilada que había criado sola a dos hijas en Reseda.
No tenía ningún dispositivo digital, aparte de su teléfono móvil.
Conducía un coche de fabricación estadounidense y no veía Netflix ni Amazon Prime.
Nunca había hecho ninguna pregunta ni a Siri ni a Alexa, porque no sabía cómo hacerlo.
Su método preferido para informarse era ver la cadena de televisión por cable Fox.
Era perfecta. El reto era lograr que entrara en los doce finalistas que se sentarían en la tribuna del jurado.
La jueza no había permitido preguntas sobre afiliación religiosa o política, pero sí sobre cómo se informaban los posibles jurados y en qué dispositivos lo hacían.
Estas respuestas tendían a revelar las opiniones políticas de cada uno y, a partir de ellas, yo podía especular sobre su religión.
Quería a los espectadores del canal conservador Fox en mi jurado, porque creía que probablemente serían votantes republicanos y cristianos, y, por lo tanto, seguro que habían optado por Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales.
No tenía intención de juzgar su voto, pero eso me indicaba que no estaban contentos, o al menos no allá por noviembre, con la dirección que tomaban las cosas en el país y su porvenir.
La inteligencia artificial era el futuro, pero asustaba a la gente que sabía que cambiaría su mundo de formas incomprensibles.
Esas eran las personas que quería en el jurado, las que se sentían incómodas y alienadas de la sociedad.
Reconozco que era una forma cínica de seleccionar un jurado, pero podía marcar la diferencia en el juicio.
Los demás miembros aceptables de mi lista eran trabajadores del sector de la sanidad, empleados de oficina, diseñadores gráficos, un psicoanalista, un traductor de películas y programas de televisión al francés, varios actores y escenógrafos en paro, y tres guionistas.
Por supuesto, no todos eran espectadores de la Fox.
De hecho, había una gran diversidad en sus respuestas a las preguntas que se les plantearon.
A diferencia de jurados como la número cincuenta, que no tenía portátil ni ordenador de sobremesa en casa, los actores y guionistas tenían múltiples dispositivos digitales.
Pero lo que compartían los candidatos que me gustaban era la posibilidad de que su trabajo fuera sustituido algún día por creaciones generadas por la inteligencia artificial.
Iba a darles la oportunidad de oponerse a ello.
Por supuesto, los gemelos Mason sabían a quién estaba buscando.
Contaban con todo un equipo de selección de jurados trabajando para ellos, encabezado por la psicóloga sentada en la mesa de la defensa junto a ellos, y tenían su propia lista de favoritos.
Cada equipo intentaría llenar la tribuna del jurado con sus mejores opciones mientras eliminaba las del oponente.
La jueza concedía a cada parte seis recusaciones sin causa, lo que significaba que cada uno de nosotros contaba con seis balas que podía utilizar para descartar a posibles jurados sin dar ninguna explicación.
Después de eso, solo podían ser excluidos por una causa justificada, ya fuera por parcialidad, conflicto de intereses o cualquier otra objeción a sus respuestas.
Así que había que tener una estrategia. Contaba con una lista de veintiún jurados aceptables, lo que significaba que veintinueve no lo eran.
Había clasificado a mis favoritos y a mis rechazados.
Mi labor consistía en colocar al mayor número posible de mis preferidos en el jurado.
En lo alto de mi clasificación de rechazables, se hallaban las personas con carreras técnicas que parecían a salvo de la invasión de la IA y que incluso podían beneficiarse de su auge.
Había un entrenador de fútbol americano de instituto al que sabía que no podía permitir entrar en el jurado.
Otro operaba un buscador de inmuebles. Cualquiera que trabajara en las empresas tecnológicas ubicadas en lo que se conocía como Silicon Beach tenía que caer.
Esperaba que en lo alto de la lista de los Mason estuviera un posible jurado que decía ser productor de televisión.
El uso de la IA en la producción audiovisual había sido un tema candente en las recientes huelgas de guionistas y actores que habían paralizado la industria.
Pronto los guiones serían generados por máquinas en lugar de por seres humanos; las pantallas digitales llenas de imágenes producidas por IA ahorrarían el coste de contratar actores y construir decorados.
Los beneficios podrían dispararse para los productores, pero por eso había incluido a actores, constructores de decorados y guionistas en mi lista.
El proceso de selección era meticuloso. La jueza elegía al azar un número de candidato y procedía a formular sus preguntas, ampliando las del cuestionario.
A continuación, consultaba a los abogados si tenían alguna pregunta adicional; luego, un poco como en el juego del teléfono escacharrado, pedíamos a Ruhlin que planteara nuestras cuestiones al jurado.
Finalmente, la jueza preguntaba a los abogados si el jurado era aceptable.
Sin embargo, la aceptabilidad no garantizaba que un candidato formara parte del panel de doce.
Todavía se podía utilizar una recusación sin causa para excluir a un jurado en cualquier momento durante el voir dire.
Este proceso duró dos sesiones de cuatro horas repartidas en dos días.
Fue agotador. Cuando llegué a casa la noche después de la primera, me encerré en la habitación del fondo con mis cuestionarios, gráficos y listas.
Apenas hablé con Maggie durante la cena, y ella lo entendió, porque sabía que estaba trabajando, tanto si lo que tenía delante eran papeles como si eran fideos de Genghis Cohen.
Solo lo dejé a un lado para escuchar lo que me contó Maggie sobre los planes del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos para limpiar los escombros de los campos arrasados por el fuego en Altadena.
La iniciativa L. A. Strong para la zona de recuperación y reconstrucción se había convertido en el centro de la vida de Maggie.
Cuando no vestía ropa de trabajo, alternaba entre dos gorras de béisbol, una que decía « Reconstruir Altadena » y otra que decía « Haz Altadena grande otra vez» .
Yo tenía que prestar atención a su dolor si no quería arriesgarme a provocar su ira.
Se había vuelto muy reactiva en las semanas posteriores a la pérdida de su casa y sus pertenencias.
Cualquier decepción, grande o pequeña, le provocaba una angustia desmesurada, a veces incluso lágrimas.
Presenciarlo era difícil, pero lo entendía y sabía que mi papel era consolarla a cada paso.
La selección del jurado se parece mucho a un partido de baloncesto de la NBA.
Los tres primeros cuartos del partido no importan mucho, salvo para preparar el drama y la estrategia del último cuarto.
Muchos observadores y comentaristas de este deporte señalan un partido de los playoffs de 1988 como posiblemente el mejor de todos los tiempos.
El mérito se debe a que Larry Bird, de los Boston Celtics, anotó veinte puntos en el último cuarto en una victoria por dos puntos en el séptimo y definitivo partido de la semifinal de conferencia contra los Hawks.
Ocurrió después de tres cuartos deslucidos de Bird.
Yo no era seguidor de los Celtics, ni mucho menos.
Soy de los Lakers. De hecho, fueron los Lakers los que finalmente se llevaron el campeonato el año del mejor partido de todos los tiempos de Bird.
Aun así, yo lo había visto de niño y siempre quería ser Larry Bird cuando llegaba a mi pista y al último cuarto de mi partido.
Eso ocurrió el viernes después de la pausa para comer.
La jueza Ruhlin había comunicado con severidad a los tres abogados que la selección del jurado se completaría al final del día y que el juicio comenzaría sin más dilación a las nueve de la mañana del lunes.
Era la hora de la verdad. Había que completar el jurado.
Ya había diez personas aceptadas en ese momento, incluido el entrenador de fútbol americano, a quien todavía tenía intención de descartar.
Me quedaban dos recusaciones sin causa y los Mason contaban con otras tantas.
Había cinco mujeres aceptadas en el jurado, lo cual era bueno.
Pero, por desgracia, los Mason descartaron mi primera opción, la número cincuenta, con una recusación sin causa.
Lo mismo había ocurrido con el psicoanalista.