Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 21 #3
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—Señoría, como de costumbre, el señor Haller exagera y solo proporciona al tribunal la información que le conviene —dijo—. La realidad es que la orden del tribunal era entregar todos los documentos relacionados con la investigación, la producción y la promoción del chatbot Clair.

Mason contó esos tres elementos con los dedos para que la jueza lo entendiera mejor.

—Hemos cumplido plenamente esa orden, señoría —continuó—.

La señora Kitchens no tuvo nada que ver con esos procesos.

Ella era una mera observadora y, por lo tanto, no teníamos ninguna obligación de proporcionar los pocos documentos y mensajes de correo electrónico que redactó.

De ahí las partes censuradas que el señor Haller pretende presentar como siniestras.

—Señoría —dije, levantando la mano como un escolar.

—Sí, señor Haller —contestó Ruhlin.

Mason se apartó del atril y se colocó detrás de mí, intentando imitar lo que yo le había hecho a él.

—Me parece interesante que el señor Mason mencione los mensajes redactados por Naomi Kitchens —dije—.

Yo no he hecho ninguna referencia al correo electrónico, señoría, y eso me dice que la defensa conocía el papel que Kitchens desempeñó en el Proyecto Clair y las numerosas advertencias que escribió en documentos y mensajes.

Entonces, tomaron medidas para minimizar la amenaza que ella representaba para su caso, eliminándola por completo de las pruebas compartidas.

Y espero que el tribunal tenga en cuenta que este esfuerzo por excluirla del proyecto se llevó a cabo mucho antes de la primera reunión que tuve con la profesora Kitchens.

Mason se acercó a mí, se inclinó sobre el atril y dobló el brazo del micrófono hacia él.

—Señoría, eso no es así —dijo—. No hay numerosos documentos y mensajes de Kitchens. De hecho, hay muy pocos, y son irrelevantes para el caso que nos ocupa.

Extendí los brazos en señal de protesta.

—Señoría, creo que sigo teniendo el atril —dije.

—Así es, señor Haller —repuso Ruhlin—. Señor Mason, retroceda ahora mismo.

Él obedeció mientras yo doblaba el brazo del micrófono hacia mí.

—Señoría, el señor Mason se equivoca —dije—.

El testimonio de la doctora Kitchens es fundamental para el caso de los demandantes.

Ella advirtió a Tidalwaiv de que el Proyecto Clair no era seguro ni apropiado para adolescentes.

La empresa la despidió y no hizo caso de sus advertencias, lo que eleva su negligencia a temeridad.

Le daré al señor Mason el beneficio de la duda y creeré que solo sabe lo que Tidalwaiv quiere que sepa.

Pero hay numerosos documentos y mensajes de correo de la doctora Kitchens.

Por temor a represalias por parte de la empresa cuando lanzó una advertencia tras otra sobre el Proyecto Clair, guardó copias de todo lo que escribió al respecto y lo ha entregado al equipo legal de los demandantes.

Debería permitirse que testifique para autentificar ante el jurado estos materiales que se han omitido intencionadamente en las pruebas compartidas.

—Señoría —dijo Mason.

Ruhlin le lanzó una mirada hostil.

—Más vale que sea una buena respuesta, señor Mason —repuso.

Di un paso atrás para cederle el atril.

—Señoría, hay problemas con las pruebas compartidas por ambos lados —dijo—. Si el señor Haller tiene este gran tesoro de documentos de esta testigo, ¿por qué no se proporcionaron a la defensa? Parece que solo ve la paja en el ojo ajeno.

Levanté la mano.

—No es necesario, señor Haller —dijo Ruhlin—.

Estoy preparada para emitir mi dictamen: Naomi Kitchens tiene permiso para testificar.

En cuanto a los documentos que ella ha proporcionado a los demandantes, se trata de informaciones que Tidalwaiv o bien tiene, o bien ha destruido.

No encuentro ninguna violación de la divulgación por parte de los demandantes, y, señor Mason, le aconsejo que se reúna con sus clientes para recordarles sus obligaciones en esta causa.

Considero que lo ocurrido con los materiales escritos por la señora Kitchens constituye una grave vulneración del deber de compartir pruebas.

Y ahora ¿hay alguna otra objeción a los testigos o estamos listos para llamar a los posibles miembros del jurado?

Sabía que no debía tentar a la suerte. La decisión sobre Kitchens era un factor decisivo. Me retiré mientras iba ganando y le dije a la jueza que estaba listo para proceder con el voir dire.

Pero los Mason no. Pasaron los siguientes cuarenta minutos revisando mi lista de testigos, y Ruhlin cedió por motivos de tiempo y redujo el número de directores de proyectos, programadores y otros empleados de la compañía a los que yo podía llamar.

Incluso impugnaron mi inclusión de Victor Wendt, fundador de Tidalwaiv.

Protesté todo el tiempo, pero fue puramente por aparentar.

Como les susurré a las dos mujeres que se sentaban conmigo en la mesa de los demandantes, Kitchens iba a ser nuestro golpe de gracia.

No importaba cuántos nombres eliminara la jueza: al final de la sesión íbamos a salir con mucha ventaja.

O eso creía yo.