Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 21 #2
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—Gracias —dijo Marcus—. Como ha dicho mi hermano, Mason and Mason no ha participado en ninguna vigilancia ni intimidación de testigos.

Ahora bien, como ha mencionado antes, y al igual que con el señor Patel, la señora Kitchens fue despedida de Tidalwaiv por una causa justificada y la empresa la consideró una amenaza de seguridad.

Por ese motivo, tomaron medidas para protegerse.

Y esto fue mucho antes de que se presentara la demanda.

Estos procedimientos no infringieron ninguna ley.

Eran perfectamente aceptables y legales.

Durante este proceso, el señor Haller ha convertido en rutina buscar como testigos a personas que abandonaron la empresa en malos términos, con la esperanza de influir en el jurado con testimonios falsos y sesgados que puedan dañarla.

Me quedé de pie junto a la mesa de los demandantes, listo para responder.

—Señoría —dije—, ¿puedo…?

—No, no puede, señor Haller —contestó Ruhlin—.

Todavía no. Permítame decir una vez más, para que conste en acta, que este tribunal no tolerará ninguna intimidación a los testigos ni a ninguna persona relacionada con las partes de este juicio.

Sea lo que sea lo que esté haciendo Tidalwaiv, deténgalo, señor Mason, porque, si tengo que hacerlo yo, habrá consecuencias muy graves. ¿Queda claro?

—Sí, señoría —dijo Marcus.

—Ahora, señor Haller, ¿desea proceder con una refutación a la propuesta de recusación de su testigo? —preguntó Ruhlin.

—Sí, señoría —dije mientras volvía al atril—, pero primero me gustaría abordar lo que el señor Mason ha dicho sobre mi testigo, que continúa con la intimidación que el tribunal acaba de decir que no tolerará.

—Ya hemos pasado página, señor Haller —dijo Ruhlin—. Y tenemos un jurado esperándonos. ¿Quiere que dicte una resolución sobre la señora Kitchens ahora o quiere presentar una refutación?

—Quiero presentar una refutación, señoría —dije—.

Empecemos por el acuerdo de confidencialidad.

La profesora Kitchens lo aceptó bajo coacción, porque la empresa la había despedido, pero le ofreció una indemnización por despido de seis meses que incluía un seguro médico si lo firmaba.

Es madre soltera y tiene una hija con asma crónica que se trata con medicamentos recetados que pagaba el plan de salud de la empresa. Medicamentos caros, señoría.

Levanté una copia del acuerdo de confidencialidad de dos páginas que Kitchens había firmado.

—Además, este documento impide efectivamente a la profesora Kitchens compartir información confidencial con cualquier competidor de Tidalwaiv —dije—, pero este tribunal no es un competidor, señoría, y los demandantes no tienen intención de preguntar a esta testigo sobre esos asuntos.

Marcus Mason se levantó para intervenir.

—Siéntese, señor Mason —dijo la jueza—. Ya ha tenido su turno.

—Pero, señoría —protestó él—, el abogado está malinterpretando el…

—Cuando digo que se siente quiero decir que se siente —bramó Ruhlin.

Escarmentado, Mason obedeció.

—¿Algo más, señor Haller? —preguntó Ruhlin.

—Sí, señoría —dije—. La defensa argumenta que Naomi Kitchens debería ser excluida como testigo porque no notifiqué de forma adecuada que iba a testificar, pero eso se debe a la grave violación del derecho a la divulgación de pruebas cometida deliberadamente por la defensa en este caso.

La profesora Kitchens fue contratada por Tidalwaiv como especialista en ética y asignada al Proyecto Clair.

Mientras trabajaba en él, escribió numerosos informes y ofreció múltiples advertencias que fueron desoídas por los directores del proyecto y las partes interesadas, y, al parecer, por el abogado de la defensa.

Se desobedeció la orden del tribunal de entregar en la presentación de pruebas toda la documentación sobre la investigación y el desarrollo del proyecto.

Los abogados entregaron doce terabytes de documentos que, según ellos, cumplían con esa orden.

Por el rabillo del ojo vi que uno de los Mason se levantaba para intervenir. Seguí adelante.

—Señoría, en esos doce terabytes no hay ni un solo documento escrito por Naomi Kitchens —dije—.

Habían eliminado su nombre en todos los documentos de la fase de presentación de pruebas que se enviaron a las partes interesadas.

Nos la intentaron ocultar, señoría, porque eran conscientes de que ella conocía los trapos sucios del Proyecto Clair.

Para subsanar esa infracción, se debería permitir a los demandantes que la profesora Kitchens testifique sobre su trabajo en Tidalwaiv. Gracias, señoría.

La jueza se quedó en silencio unos instantes mientras asimilaba todo lo que acababa de revelar. Miré a mi izquierda y vi que Marcus Mason estaba listo para responder.

—Esa es una acusación muy grave, señor Haller —dijo finalmente la jueza—. Señor Mason, ¿qué tiene que decir al respecto?

Di un paso atrás para cederle el atril a Marcus, pero me mantuve cerca para que sintiera que estaba justo detrás de él.