Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 21
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Esperaba que mi lista de testigos me llevara a enfrentarme cara a cara con Marcus Mason, no con la jueza Ruhlin, pero ella me tuvo en su punto de mira desde el principio.

—Antes de empezar, me gustaría hacerle una pregunta, señor Haller —dijo.

—Por supuesto, señoría —respondí, acercándome al atril.

—¿Cuántos casos civiles ha llevado ante un tribunal federal antes de este?

Me pareció oír a uno de los Mason riéndose por lo bajo.

Antes de responder, me volví disimuladamente y eché un vistazo a la galería para confirmar que no había ningún miembro reconocible de la prensa entre el público.

La selección del jurado era una parte del juicio que rara vez se consideraba noticiable.

Volví a centrar mi atención en la jueza.

—Eh, ninguno, señoría —respondí—, pero he llevado varios casos penales a lo largo de los años. Aquí y en el tribunal superior.

—Me lo imaginaba, señor Haller —dijo Ruhlin—, porque veo que está empleando un truco que puede funcionar en el ámbito penal, pero que no tiene cabida en el civil y, desde luego, no en esta sala.

—Señoría, no estoy seguro de entenderlo.

—Yo creo que sí. Está jugando a esconder la pelota, señor Haller. He contado cuarenta y ocho testigos en su lista. Cuarenta y ocho, contando el nombre que ha añadido esta mañana después de la fecha límite.

—Sí, señoría.

—Señor Haller, sé que no va a poner a cuarenta y ocho testigos en el estrado. Está ocultando sus árboles en el bosque, y no tenemos tiempo para sus juegos en un tribunal federal.

—Señoría, he…

—No me interrumpa, letrado. Ahora voy a retirarme a mi despacho para hacer una llamada telefónica. Volveré en doce minutos. Ese es el tiempo que tiene para reducir esta lista a una relación verdadera y precisa de los testigos que piensa llamar al estrado.

—Señoría, pretendo llamarlos a todos.

—No me tome el pelo, señor Haller. Y no ponga a prueba mi paciencia.

—No busco ninguna de las dos cosas, señoría.

—De acuerdo. En ese caso, le advierto que se le impondrá una multa de mil dólares por cada persona de esta lista que no sea llamada a declarar como testigo durante la presentación de su caso.

—Señoría, eso no es… En este momento, tengo la intención de llamarlos a todos, pero las estrategias pueden cambiar durante el juicio. Estoy seguro de que el tribunal lo entiende. Recuerdo cuando su señoría ejercía…

—Lo que tiene que entender, señor Haller, es que no voy a permitir que haga perder el tiempo al tribunal. Doce minutos. Se levanta la sesión.

Ruhlin se puso en pie y desapareció por la puerta que conducía a su despacho.

Esta vez oí claramente las risitas procedentes de la mesa de los Mason.

No hice caso mientras volvía a mi sitio, abría mi maletín y sacaba mi ordenador portátil.

Cogí la lista de testigos presentada al tribunal y modificada con el nombre de Naomi Kitchens.

La realidad era que la jueza me había pillado, pero no lo admitiría.

La lista estaba llena de personas cuyos testimonios serían repetitivos con respecto a los de otros testigos.

Por ejemplo, no tenía que llamar a los dos detectives asignados al asesinato de Rebecca Randolph, ya que básicamente dirían lo mismo al jurado.

Ocurría igual con los programadores que trabajaban en el Proyecto Clair.

La había concebido para mantener a los Mason desconcertados y ocupados investigando a mis testigos para obtener declaraciones juradas y comprobar sus antecedentes.

De esa manera, presumiblemente, se distraerían de su propio caso.

—Mickey, ¿tenemos problemas? —preguntó Brenda.

La miré. Tanto su rostro como el de Trisha expresaban preocupación.

—No, no pasa nada —dije—. La jueza solo está mostrando su poder para que sepamos quién manda aquí. Nada más. Iba a recortar mi lista el lunes, de todos modos.

Me puse a trabajar en ello. En mi primera revisión, eliminé con facilidad nueve nombres.

Me pregunté si la jueza se contentaría con eso, pero decidí que tenía que recortar más.

Miré la hora; vi que aún me quedaban seis minutos y volví al trabajo.

Después de una segunda reducción, envié la nueva lista al secretario para que la presentara a la jueza y al equipo de la defensa.

Ruhlin regresó al estrado puntualmente a los doce minutos, con una copia impresa de la nueva relación de testigos.

—Señor Haller, le agradezco su esfuerzo —dijo—. Sigo creyendo que veintitrés es una cifra excesiva, pero veremos cuántos superan las impugnaciones de la defensa. Señores Mason, creo que tienen la nueva lista. ¿Tienen objeciones a alguno de estos testigos?

Mitchell Mason se levantó y se acercó al atril. Me sorprendió que no fuera Marcus quien tomara las riendas. La lista de testigos era la columna vertebral del caso.

—Señoría, ¿por dónde empiezo? —dijo Mitchell—. Quiero decir, incluso con veintitrés nombres, esta lista es…

—¿Tiene alguna objeción a algún nombre concreto, señor Mason? —lo interrumpió la jueza.

—A muchos de ellos, señoría.

—Entonces, ¿qué le parece si empezamos con uno? Tenemos un grupo de potenciales miembros del jurado aguardando para entrar en la sala para el voir dire. No los hagamos esperar demasiado.

—Sí, señoría. La defensa se opone, en primer lugar, a Naomi Kitchens.

—Exponga los motivos.

Antes de comenzar, Mitchell miró a su hermano, sentado a la mesa de los demandados.

—Gracias, señoría —dijo Mitchell—. La señora Kitchens es una antigua empleada de Tidalwaiv que fue despedida por problemas de rendimiento y cuyo historial de hostilidad hacia la empresa hace que su testimonio no sea fiable.

Pero, señoría, todo eso es irrelevante, porque la señora Kitchens firmó un acuerdo de confidencialidad irrevocable que le impide hablar de lo que hizo u observó mientras trabajaba para Tidalwaiv.

Simplemente no puede permitírsele testificar.

Por último, el abogado de la defensa es un completo incompetente…

—¿El abogado de la defensa? —preguntó Ruhlin.

—Disculpe, señoría —dijo Mitchell—. El abogado de los demandantes. Supongo que estoy acostumbrado a que el señor Haller defienda a delincuentes.

Sí, claro, como si no hubiera estado esperando el momento adecuado para cometer ese «error». Protesté, solo para romperle el ritmo a Mitchell. La jueza desestimó la protesta.

—¿Puedo continuar, señoría? —preguntó él.

—Por favor —dijo Ruhlin.

—Gracias. Señoría, está claro que el abogado de los demandantes está tratando de engañarnos.

Ha estado ocultando a esta testigo. No figuraba en ninguna de las listas preliminares y, de repente, aparece aquí en una enmienda presentada apenas unos minutos antes de que se reuniera el tribunal, por lo que hemos tenido poco tiempo para preparar nuestra objeción, pese a que él sabía desde hacía semanas que iba a incluirla.

En definitiva, señoría, cualquiera de estos argumentos es suficiente para eliminar a Naomi Kitchens de la lista de testigos.

Teniendo en cuenta todo esto, el tribunal tiene razones de peso para excluirla.

Una vez que terminó, Mitchell se apartó del atril y regresó a su mesa sin esperar a ver si la jueza tenía alguna pregunta.

—Muy bien —dijo Ruhlin—. Señor Haller, ¿alguna respuesta?

Me levanté con rapidez y me dirigí al atril como un hombre con una misión. Por el camino, vi que Marcus Mason susurraba a su hermano y levantaba la mano para pronunciarse. Se había percatado del error que había cometido su gemelo, pero ya era demasiado tarde.

Yo también.

—Señoría —comencé—, antes de discutir los puntos que el señor Mason cree haber dejado claros, pediría al tribunal que investigara su afirmación de que yo sabía «desde hacía semanas» que Naomi Kitchens sería testigo en este caso.

Los hechos, señoría, son que efectivamente me reuní con la profesora Kitchens hace varias semanas y luego de nuevo el viernes pasado.

Pero ella se sentía intimidada y tenía miedo de Tidalwaiv, y, por eso, no aceptó ser testigo hasta poco antes de las nueve de esta mañana.

Si desea confirmarlo, podemos organizar una teleconferencia con la profesora Kitchens cuando le convenga al tribunal.

Pero, al margen de eso, señoría, la declaración del señor Mason indica que el equipo de la defensa la ha estado vigilando porque conocen su valor como testigo para los demandantes en este caso.

Lo hicieron con el señor Patel y ahora con ella.

Se llama «intimidación de testigos», señoría, y me gustaría que se detuviera.

Vi cómo se le tensaba la piel de alrededor de los ojos a la jueza y, cuando habló, percibí en su voz una ira inconfundible, aunque controlada.

—Señor Mason —dijo—, ¿le importaría dar una explicación sobre el conocimiento que parece tener de la condición de testigo de la señora Kitchens?

Mitchell Mason se levantó y se encaminó hacia el atril mientras yo retrocedía. Su tez parecía dos tonos más pálida que cuando había estado allí unos momentos antes.

—Gracias, señoría —dijo—. Puedo asegurarle que ningún abogado ni miembro del personal del bufete Mason and Mason ha vigilado en ningún momento a ningún testigo o abogado de la parte contraria. El señor Haller solo está tratando de…

—Todo eso está muy bien, señor Mason —dijo Ruhlin—, pero ¿qué me dice de su cliente? ¿Le dio información sobre con quién se reunían la señora Kitchens o el señor Haller y su equipo?

Esta vez fue Marcus Mason quien se levantó y se acercó al atril en un intento de rescatar a su hermano.

—Señoría, ¿me permite intervenir? —dijo.

—Adelante —contestó Ruhlin—. Estamos perdiendo la mañana con esto, pero adelante.