20
Mientras conducía hacia el juzgado el jueves por la mañana, recibí una llamada de McEvoy.
—No te lo vas a creer —me dijo—. Acaba de llamarme Challenger. Vendrá y testificará.
—Mierda —dije.
—¿Qué? Pensaba que te pondrías eufórico.
—Sí, sí, lo estoy, pero presenté la lista de testigos ayer. Tendré que modificarla, y a la jueza no le va a gustar. Tampoco al abogado de la parte contraria. Pero esto es bueno, Jack. Muy bueno. ¿Te ha dicho por qué ha cambiado de opinión?
—Sí. Estaba cabreada. Me ha contado que Tidalwaiv está intentando intimidarla. Ha visto a un tipo grandote y amenazador merodeando cerca de su casa. Cree que es de la empresa.
—¿En serio? Mal movimiento.
—La intimidación ha sido sin duda una estrategia equivocada con ella.
—Una cosa importante: ¿ha pedido algo a cambio?
—¿A cambio de testificar? Eh, no. Solo ha dicho que quería crucificar a Tidalwaiv. Son sus palabras, no las mías.
—Bien. Me gustan los testigos enfadados, siempre que no sea conmigo. ¿Puede venir la semana que viene? Probablemente, la citaría para el lunes por la tarde o el martes. Quiero que esté cerca del comienzo del juicio, que declare antes de que se arrepienta.
—Ha dicho que la semana que viene estaría bien, pero quiere una citación para justificar su ausencia en la universidad.
—Los Mason se van a subir por las paredes cuando se enteren. Habrá que pelearlo. Si gano y aceptan, conseguiré la citación hoy mismo.
—Tienes que traerla, Mickey. Es oro puro.
—Lo sé, lo sé. Deberías ir al juzgado a coger sitio para el espectáculo. Podría ser un capítulo entero de tu libro.
—Estoy a punto de ir para allá. Estaba esperando a que el tráfico se calmara un poco.
—¿Sabes? Ahora que lo pienso, quiero que llames a Challenger para ver si puede venir enseguida para prepararse. Luego quiero que vayas a buscarla.
—¿Te refieres a mañana? El juicio no empieza hasta el lunes.
—No importa. Si consigo que la jueza la acepte como testigo, todo puede pasar. Tidalwaiv redoblará la intimidación y cualquier otro punto de presión que encuentre, incluida la hija. Tenemos que traerlas aquí a las dos para esconderlas hasta que llegue el momento de que Naomi testifique.
—Te refieres a Challenger.
—Challenger, sí.
—¿Tidalwaiv podrá tomarle declaración antes del juicio?
—Primero tendrían que encontrarla. Y créeme que lo intentarán.
—Entendido.
—De acuerdo, Jack, nos vemos en el tribunal.
Colgué, dejé el teléfono en la consola central y busqué en el bolsillo de mi chaqueta el móvil prepago que llevaba conmigo toda la semana. Marqué el único contacto que había programado en el teléfono. Bambadjan Bishop respondió de inmediato.
—Ya está, Bamba —dije.
—¿Estás seguro? —preguntó—. Ni siquiera he…
—Estoy seguro. Vuelve a casa. Avísame cuando llegues y nos veremos.
—De acuerdo.
Al cabo de veinticinco minutos, yo estaba en una de las salas de abogados que había al final del pasillo del tribunal de la jueza Ruhlin.
Salvo por una reunión inicial entre Brenda Randolph y Bruce y Trisha Colton, había mantenido separadas a las dos partes del juicio, pero había llegado el momento de mostrar un frente unido.
—Los miembros del jurado nos observarán con atención desde hoy hasta que tengamos un veredicto —les dije—.
Una vez que comprendan quiénes son, sentirán mucha curiosidad por ustedes y por el vínculo aparentemente incongruente entre los demandantes en este caso.
Los observarán y buscarán detectar cualquier señal de que en realidad no están unidos en esta lucha contra Tidalwaiv.
Hice una pausa para ver si tenían alguna objeción o pregunta.
Ninguna de las dos mujeres dijo nada. Bruce Colton se limitó a asentir con la cabeza y bajó la mirada hacia la mesa.
Al igual que Brenda, Bruce y Trisha habían visto su vida truncada.
Su hijo estaría varios años en un centro psiquiátrico estatal o en prisión.
Era difícil decidir cuál de los dos destinos sería peor para Aaron, pero los padres tendrían que vivir para siempre con lo que él había hecho y con la culpa de su propia responsabilidad por ello, fuera justificada o no.
—Así es como quiero que lo hagamos —dije—. Quiero a Brenda y Trisha sentadas conmigo a la mesa, las dos madres. Bruce, quiero que se siente en la primera fila, justo detrás de nosotros.
—Quiero estar con mi esposa —dijo Bruce.
—Lo entiendo —dije—, pero lo que quiero hacer es presentar a las dos madres como víctimas de esta empresa.
Dos madres que han perdido a sus respectivos hijos.
Dos madres que están unidas. Recuerden, esto no es un juicio penal.
No necesitamos un veredicto unánime. Solo necesitamos una mayoría.
Un juicio es como una obra de teatro. El jurado es el público.
Voy a intentar que haya tantas mujeres como sea posible, especialmente si tienen hijos, y quiero actuar para ellas.
Cuando entren en la sala de deliberaciones para decidir el veredicto, ellas tomarán el control. ¿Se entiende?
—Supongo que sí —dijo Bruce—, pero sigue sin gustarme.
Continué, buscando las reacciones de las dos mujeres.
—Brenda y Trisha, no tengan miedo de consolarse mutuamente —les dije—. Algunos de los testimonios serán muy difíciles de escuchar. Para las dos. No duden en cogerse de la mano o hacer lo que sea necesario para ayudarse entre ustedes a soportar los testimonios.
Trisha asintió con la cabeza. Brenda se limitó a mirarse las manos, que tenía fuertemente entrelazadas sobre la mesa.
—Ahora, como hemos hablado, los tres serán llamados al estrado de los testigos —dije—.
Están preparados y saben lo que voy a preguntarles.
Pero no sabemos lo que les preguntarán los abogados de Tidalwaiv.
Por regla general, no es conveniente que una víctima permanezca demasiado tiempo en el estrado de los testigos, así que supongo que no tendrán que responder a muchas preguntas de su parte.
Pero todo eso será la semana que viene. Esta semana seleccionaremos al jurado.
Espero que presten atención. Si ven algo, me lo dicen.
Si tienen una opinión firme sobre un posible miembro, en un sentido o en otro, me agarran de la manga o me escriben una nota.
Me aseguraré de que tengan un bloc y un bolígrafo delante.
—¿Y yo qué? —dijo Bruce—. Si no estoy en la mesa, ¿cómo digo lo que pienso?
—Puede llamar mi atención —expliqué—. Solo tiene que susurrar y lo oiré.
Para que quede claro, no les pido que aprueben o desaprueben a los jurados.
Ese es mi trabajo. Pero, si tienen alguna impresión sobre alguien, tal vez a través del contacto visual o de sus respuestas a las preguntas de la jueza, háganmelo saber.
Hice otra pausa para responder dudas, pero no preguntaron nada.
Bruce Colton suponía una incógnita para mí.
Era un empresario de éxito sin estudios que había convertido una empresa familiar de suministros eléctricos en el valle de San Fernando en un negocio multimillonario.
Pero era él quien había llevado un arma a la casa y trabajaba doce horas al día, dejando a su hijo sin apenas supervisión masculina en sus años de formación.
Bruce estaba enfadado y alienado por lo que había sucedido, se sentía injustamente culpado y, en ocasiones, avergonzado por el crimen de su hijo.
En algunos estados, los padres de adolescentes que disparaban habían sido procesados por descuidar a sus hijos y las armas.
Los Colton tenían suerte de que, al parecer, Maggie McFierce no fuera a procesarlos.
Miré mi reloj. Era la hora.
—Bien, vamos a entrar en la sala —dije—. La primera hora se dedicará a las mociones y las listas de testigos, y luego comenzará el voir dire.
—¿Eso es la selección del jurado? —preguntó Brenda.
—Exacto —respondí—. Traerán a un grupo de posibles miembros y la jueza les hará las preguntas que han presentado los abogados, junto con las suyas, y mañana al final del día deberíamos tener un jurado.
Me levanté para salir. Cuando abrí la puerta, vi a Marcus Mason esperándome en el pasillo. No me sorprendió.
—Ustedes vayan a la sala del tribunal —les dije a mis clientes—. Siéntense en los lugares que les indiqué y yo iré después de hablar con el señor Mason.
Mis clientes salieron al pasillo y se dirigieron a la sala del tribunal. Esperé a que no pudieran oírnos antes de volverme hacia Mason.
—¿Qué pasa, Marcus?
—Lo que pasa es que he recibido tu lista de testigos modificada, y Naomi Kitchens no va a testificar ni en sueños. Pero no estoy aquí por eso. ¿Podemos salir del pasillo un momento?
Señaló la puerta abierta de la sala de reuniones de la que yo acababa de salir.
—Claro —dije—, pero no hagamos esperar a la jueza.
—No —repuso Mason—. Le he dicho al secretario que la mantenga en su despacho hasta que entremos.
Accedimos a la sala y él cerró la puerta. Me quedé de pie. Sabía lo que iba a pasar y que no tendría que sentarme.
—De acuerdo, última oferta —dijo Mason—. Para evitar este juicio innecesario, veinticinco para Randolph y diez para los Colton, aunque, en mi opinión, no se merecen ni un centavo.
—¿Son millones o miles de millones? —pregunté.
—No te hagas el tonto, Haller. Diles que lo acepten. Tengo los cheques en mi maletín. Es más dinero del que jamás obtendrían de un jurado. Y tú probablemente puedas jubilarte con tu parte.
—¿Eso es todo? ¿Esa es la oferta completa?
—Eso es todo. Y ambas partes deben aceptarla o no habrá acuerdo.
—¿También tienes en tu maletín un guion con una disculpa pública de Tidalwaiv, en la que aceptan la responsabilidad por la muerte de Rebecca Randolph y las acciones de Aaron Colton, y donde dicen que se instalarán nuevas salvaguardas en sus productos de IA para evitar que esto vuelva a suceder en el futuro?
—No. Tengo acuerdos de confidencialidad que todas las partes firmarán, y luego se harán ricos y esto se olvidará discretamente.
—Bueno, se los llevaré, pero no te hagas ilusiones.
—La oferta es válida hasta las cinco de la tarde de hoy. Puede ser que, después de que tus clientes vean que has perdido la mitad de tu lista de testigos, estén dispuestos a llegar a un acuerdo. Si juegan bien sus cartas, mañana podrían despertarse con la cuenta bancaria llena de millones.
—¿Si juegan bien sus cartas? Marcus, esto no es un juego.
—Claro que lo es. No te engañes, Haller.
Dicho eso, abrió la puerta y salió al pasillo. Oí el sonido de sus pasos sobre el suelo de mármol mientras se dirigía hacia la sala del tribunal.
Unos minutos más tarde, me reuní con mis clientes en la sala del tribunal y les susurré algo al oído.
Le dije a Bruce Colton que pasara a la mesa de los demandantes, al otro lado de una puerta baja, y le acerqué una silla.
Comuniqué la oferta de acuerdo y les dije a todos que no incluía ninguna disculpa ni admisión de culpabilidad por parte de Tidalwaiv.
—Es mucho dinero —dije—. Y siempre tengo que decir que en un juicio puede pasar cualquier cosa. Pero solo es dinero. No es suficiente para perjudicar a Tidalwaiv a largo plazo y no hay reconocimiento de culpa.
Brenda Randolph parecía indignada.
—Creen que pueden librarse pagando, después de lo que le hicieron a mi hija —dijo—. Que les den. —Ese lenguaje no era propio de ella.
Asentí con la cabeza: era la respuesta que esperaba de Brenda; al observar a los Colton, vi que no se miraban entre ellos, una señal de que no estaban de acuerdo.
—¿Cuánto tiempo tardarían en pagarnos? —preguntó Bruce.
—Su abogado me ha dicho que, si firmaban un acuerdo de confidencialidad, se irían a casa con un cheque hoy mismo —respondí.
—Hoy —repitió Bruce. —Parecía atónito tras darse cuenta de que podía salir del juzgado siendo multimillonario—. Vaya. Como si fuera la lotería.
—No vamos a aceptarlo —dijo Trisha con rotundidad—. Esto no tiene que ver con el dinero.
—Espera, Trish —dijo Bruce—. ¿Sabes lo que podríamos hacer con diez millones de dólares? Para empezar, podríamos conseguirle a Aaron el mejor abogado del país. Podríamos…
—El mejor abogado del país no podrá ayudarlo —espetó Trisha—. No con lo que hizo.
Vi que Brenda ponía su mano sobre la de ella, encima de la mesa. De alguna manera, estaban creando un vínculo: las madres del asesino y de la víctima unidas. Era increíble adónde podía llevar el dolor a las personas.
—Hay otra cosa —dije—. Los tres tienen que estar de acuerdo en aceptar el dinero. Es todo o nada.
—Ni hablar —soltó Brenda—. No se trata del dinero. Quiero que la gente sepa lo que hizo Tidalwaiv. Si ellos no lo reconocen, el jurado se lo dirá al mundo. Que les den a ellos y a sus acuerdos de confidencialidad. No van a salirse con la suya.
Bruce levantó las manos en señal de frustración por no poder salir del edificio con un cheque.
—De acuerdo, entonces —dije—. La oferta es válida hasta las cinco de hoy. ¿Quieren esperar o les digo que no hay trato?
—No hay trato —dijo Brenda.
—Dígaselo —convino Trisha.
Bruce se limitó a negar con la cabeza.
—No me lo puedo creer —dijo—. Estamos renunciando a millones. ¿Por qué no vemos cómo van las cosas hoy y se lo decimos a las cinco?
—No voy a cambiar de opinión —respondió Brenda.
—Se lo comunicaré —dije—. Bruce, vuelva a la primera fila. La sesión va a comenzar.
Me levanté y me acerqué a la mesa de la defensa, donde los gemelos Mason estaban sentados uno al lado del otro junto a una mujer que sabía que era su costosa asesora de jurados.
—No hay trato, muchachos —dije—. Vamos a juicio.
—Gran error —contestó Marcus.
—Puede ser —repuse—. Ya lo veremos.