Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 19
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La casa estaba a oscuras cuando llegué. Maggie había empezado a quedarse hasta tarde en la oficina para no pensar en lo que había perdido.

Le envié un mensaje para preguntar si quería que pidiera algo por DoorDash para cenar o si íbamos a Pace, un italiano de Laurel Canyon.

Yo prefería lo segundo, pero no estaba seguro de si ella estaría de humor o si le apetecería comer siquiera.

Estaba inmersa en las cinco etapas del duelo.

Últimamente parecía hallarse en un punto de equilibrio entre la depresión y la aceptación.

Se obsesionaba con aquello que había perdido: sus anuarios del instituto, un mosaico que compramos en Roma porque representaba a una niña comiendo un helado que se parecía mucho a nuestra hija.

A veces me despertaba en plena noche y la encontraba mirando fotos en su teléfono, algunas suyas, tomadas en la casa de Altadena, otras de noticias que mostraban imágenes de los días del incendio.

Otras veces hablaba de la posibilidad de construir una casa según sus especificaciones, aunque ambos sabíamos que pasarían años antes de que pudiera cruzar la puerta de un nuevo hogar.

Nunca dejé de recordarle que tenía uno conmigo, pero eso no parecía disipar la nube y me dejaba con dudas sobre nuestro futuro juntos.

Era algo demasiado frágil como para discutirlo abiertamente.

Fui a la habitación del fondo de la casa, donde tenía un escritorio. Cassie Snow y su caso invadían mis pensamientos, amenazando mi concentración en la demanda que tenía entre manos. Abrí mi ordenador portátil, me conecté a internet y escribí «ASMR» en el buscador.

Se me abrió un mundo completamente nuevo.

El término ASMR («respuesta sensorial meridiana autónoma») hacía referencia a una sensación fisiológica provocada por estímulos auditivos, visuales o táctiles.

Se describía como la percepción de euforia y hormigueo que recorre el cuero cabelludo y baja por el cuello y la columna vertebral hasta las extremidades.

Algunas voces la provocaban. También ciertos sonidos, como el crujido de la electricidad estática en una manta o las pinceladas sobre un lienzo.

Un artículo que leí atribuía la popularidad de los vídeos de YouTube del artista Bob Ross, fallecido hacía mucho tiempo, a las cualidades ASMR de su voz y al sonido de sus pinceladas.

No todo el mundo experimentaba el ASMR, pero muchos de los que sentían sus efectos lo buscaban como si fuera una droga.

Algunos aseguraban que era terapéutico y que curaba el insomnio y la ansiedad.

Había más de diez millones de vídeos disponibles en línea de artistas ASMR como Cassandra Snow: personas que susurraban al micrófono, golpeaban objetos huecos o rasgaban y arrugaban papel.

Al parecer, había una solución ASMR para casi cualquier necesidad.

Sin embargo, según las webs médicas que consulté, no se habían realizado estudios clínicos a gran escala que demostraran su efecto en la actividad cerebral y la salud mental.

La conclusión era que quienes respondían a él lo ansiaban, pero quienes no, tendían a recelar de él.

Pensé en el patrón de voz de Cassie y en sus uñas largas y afiladas.

Recordé que había dicho que tenía su propio canal.

Fui a YouTube y la busqué por su nombre, pero no apareció nada por Cassie ni Cassandra Snow.

Imaginé que probablemente tenía un nombre profesional que protegía su intimidad.

Supuse que los artistas de ASMR podían atraer a acosadores que querían algo más que un vídeo.

Mi investigación sobre este mundo del que no sabía nada me dio una idea. Pensé en lo adictivo que era el ASMR y llamé a McEvoy. Parecía que estaba en un bar. Oí varias conversaciones de fondo y el tintineo de vasos.

—¿Dónde estás?

—En mi bar habitual. El Mistral, en Sherman Oaks.

—¿Solo?

—Ahora mismo sí. ¿Qué pasa?

—Recuerda que no estamos en la jaula. En el material que has estado revisando, ¿has visto algo sobre la voz?

—¿Qué voz? ¿A qué te refieres?

—La voz de Clair. La voz de Wren. ¿De dónde venía?

—Eh, he visto algunos informes. Probaron varias voces, sí.

—¿Sabes lo que es el ASMR?

—Eh, no estoy seguro.

—Es una respuesta fisiológica positiva a estímulos, incluidas las voces.

—No recuerdo haber leído nada de eso en los informes, pero tampoco lo estaba buscando específicamente. Hay mucho que revisar. Además, me distraje un poco con el material que nos dio Challenger. ¿Es importante?

—Tal vez no, pero investiga más a fondo cuando puedas. Avísame si encuentras algo.

—ASMR… Lo haré.

—Buenas noches.

Colgué. Esa breve conversación me recordó mis días en el taburete de un bar. No los echaba de menos.

Oí el característico rugido de una Harley en la calle. Cuando el motor se apagó tras un doble acelerón, supe que Cisco había venido a visitarme. Crucé la casa y abrí la puerta antes de que él llegara.

—Creía que ibas a dejar de acelerar el motor antes de apagarlo —le dije—. Mis vecinos me van a soltar un buen rapapolvo.

—Lo siento —dijo Cisco—. Es la fuerza de la costumbre. Se me olvidó.

—Sí, díselo a Hank, el viejo que vive al lado. ¿Quieres una cerveza? Solo tengo Guinness sin alcohol.

—Creo que paso. Además, no voy a quedarme mucho tiempo.

—Vale, ¿qué ocurre?

—¿Está Maggie aquí?

—No, todavía está en el trabajo.

—Bien. Quería hablar a solas.

Lo noté algo raro. Cisco era un hombre estoico, pero eso significaba que dejaba que las cosas se acumularan en su interior hasta que no tenía más remedio que sacarlas. Sentí que estaba ante una de esas ocasiones. Cerré la puerta de la calle, pero permanecimos de pie en el recibidor.

—¿Qué pasa, grandullón? —le pregunté.

—Mira, Mick, nos conocemos desde hace mucho —comenzó Cisco—. De hecho, fuiste el padrino en mi boda con tu ex. Hemos pasado por muchas cosas juntos. Solo quiero que sepas que, si quieres que lo deje, solo tienes que decirlo, y nos daremos la mano y seguiremos cada uno por nuestro camino.

—¿De qué estás hablando? No quiero que lo dejes. Tenemos un juicio importante y otro caso después de ese. ¿Por qué iba a querer que te fueras?

—Porque tal vez no me necesites. Este cambio al ámbito civil significa que cada vez hago menos trabajo de investigación para ti.

Ahora tienes a McEvoy a cargo de las pruebas compartidas.

Y Lorna me dice que has llamado a Bamba Bishop.

En fin, no sé de qué se trata, pero empiezo a preguntarme cuál es mi lugar.

En ese momento supe que había metido la pata con él. Había fallado en lo más básico de las relaciones con los empleados.

—¿Qué tal si tomamos esa cerveza? —le dije.

Lo llevé a la cocina, donde saqué dos latas grandes de Guinness Zero de la nevera y dos vasos de pinta del congelador. Antes de decir nada, me tomé mi tiempo para servir despacio la primera, creando cuidadosamente la espuma, y luego se lo entregué.

Después de servir la segunda, brindamos y bebimos. No había sitio para sentarse en la cocina. Me recosté contra la encimera, mientras que Cisco se quedó de pie.

—Joder —soltó él, con espuma en el bigote.

—Como la auténtica, ¿eh? —dije.

—Está de puta madre. ¿Cómo lo hacen?

Levantó la lata y la miró, como si la respuesta estuviera escrita en ella.

—No lo sé —dije—, pero saben lo que hacen.

Igual que tú, Cisco. No quiero que te vayas.

¿Estás loco? Te necesito, tío. Puede que haya menos trabajo estos días, pero se intensificará cuando ganemos esto.

McEvoy está aquí solo para este caso y estoy aprovechando su experiencia, pero eso no te resta valor.

Y lo de Bamba no era nada. Solo quería ver cómo estaba.

Te pido disculpas si te he hecho sentir como si fueras un suplente. No lo eres, ni mucho menos.

Cisco asintió. Creo que había oído lo que necesitaba. Distinguí un amago de sonrisa en su rostro.

—De acuerdo, Mick —dijo—. Te lo agradezco.

Se bebió la mitad de su vaso de un solo trago y luego lo dejó sobre la encimera.

—Bueno, me voy —añadió—. Gracias por la cerveza.

Me gustó que no se entretuviera. Había obtenido la respuesta que buscaba y pasaba página.

—De nada —contesté.

Lo acompañé hasta la terraza delantera, con mi cerveza en la mano. Empezó a bajar los escalones hacia la calle. Vi su Harley aparcada.

—Oye, Cisco, hazme un favor —le grité—. Aléjate un poco antes de arrancar la moto.

Me hizo un gesto con la mano por encima de la cabeza, lo cual interpreté como una señal de que me había oído y que lo haría.

Me acerqué a la esquina de la terraza y apoyé los codos en la barandilla.

Bebí un sorbo de cerveza y contemplé las luces de la ciudad.

Sunset Strip brillaba como un sueño. Todavía se percibía un ligero olor a humo en el aire procedente del incendio de Runyon Canyon, pero me pregunté si solo era mi imaginación.

Bajé la mirada y vi que Cisco se deslizaba silenciosamente por Fareholm en su vieja Panhead.

Alcancé a ver las llamas naranjas pintadas en el depósito de gasolina y me pregunté si seguía siendo una buena imagen, teniendo en cuenta los hechos recientes.

Tomó la curva a la derecha y desapareció.

Fue entonces cuando oí el rugido del motor de dos cilindros en V.

Sonreí y me alegré por la conversación que acabábamos de tener.

Me quedé allí, al frescor del anochecer, hasta que Maggie llegó a casa.

Al parecer, se había cambiado de ropa ya en la oficina y llevaba vaqueros azules, botas Dr. Marten, y la sudadera que le había comprado en uno de los partidos de la Serie Mundial en octubre.

Me recordó lo que había pasado en la ciudad en solo unos meses, desde la euforia del campeonato de la Serie Mundial de béisbol hasta la devastación causada por los incendios de enero.

—Hola —dijo cuando llegó a lo alto de las escaleras.

Llevaba las botas y los pantalones cubiertos de ceniza y supe dónde había estado.

—¿Has estado allí a oscuras? —le pregunté—. Deberías haberme llamado. Habría ido contigo. No tengo claro que sea seguro por la noche.

—No ha pasado nada —respondió—. No había nadie.

Había vuelto varias veces a lo que quedaba de su barrio.

Todas las casas habían terminado reducidas a ladrillos calcinados, metal retorcido y cenizas.

Permanecía en pie un bosque de chimeneas.

Volver formaba parte de su proceso de duelo.

Me recordó a los funerales con ataúd abierto.

Había gente que necesitaba ver el cadáver para aceptar que la persona había fallecido.

Maggie tenía que volver una y otra vez para aceptar lo que había perdido.

—¿Tienes hambre? —le pregunté—. Te he enviado un mensaje.

—Claro —respondió—. Podría comer algo. No lo he visto, lo siento.

—No pasa nada. ¿Comemos aquí o salimos?

—¿Sabes qué? Vamos a salir. Me cambio en un momento.

—¿Adónde quieres ir?

—A algún sitio donde sirvan buen vino tinto.

—Vale, cámbiate. Yo haré la reserva.

Antes de entrar, se acercó a mí, a la esquina de la terraza, y me abrazó. Por encima de mi hombro, contempló su ciudad.

—Las luces son bonitas —dijo—. Es como si nada pudiera salir mal aquí.

—Sí —repuse—. Estaba pensando en lo mismo.