18
Reuní a las tropas en cuanto volví al almacén.
El único lugar con suficientes sillas era la jaula.
McEvoy estaba allí, revisando el material que había entregado Naomi Kitchens.
Le dije que podía salir, porque no se trataba del caso Tidalwaiv, pero pidió quedarse: dijo que pensaba que cualquier cosa que surgiera en los días previos al juicio podría ser material para el libro que iba a escribir.
No me opuse y comencé a contarles mis noticias.
—Bien, acabo de aceptar un nuevo caso de habeas corpus —dije—. Y sé lo que estáis pensando, que ya no me dedico al derecho penal. Es cierto, pero sentí que se lo debía a la clienta.
—No, lo que pienso es que no tienes tiempo para esto —opinó Lorna—. Empiezas a seleccionar al jurado dentro de tres días, Mickey. No puedes añadir otro caso ahora mismo.
—Creo que, si ponemos esto en marcha en uno o dos días, no habrá movimiento hasta después del juicio —dije—. Y, como he dicho, tengo que hacerlo.
—¿Quién es la clienta, Mick? —preguntó Cisco.
—Se llama Cassandra Snow —respondí—. Fue la presunta víctima en un caso que llevé hace veinte años. Un caso que perdí.
—Deja que lo adivine: ¿ha cambiado de opinión y ya no señala a tu cliente? —dijo Cisco—. Esos casos nunca funcionan.
—No, no, no es nada de eso —respondí—.
Mi cliente era su padre. Lo acusaron de romperle la espalda a ella, que va en silla de ruedas, y de otros doce cargos de maltrato.
Él dijo que no lo había hecho y yo le creí, pero era un caso circunstancial y el jurado compró lo que le vendió el fiscal.
David Snow es negro y el jurado era mayoritariamente blanco.
El juez lo fulminó, lo condenó a cinco años por cada hueso roto, sesenta y cinco en total.
—¿Y ahora ella dice que su padre no lo hizo? —preguntó Lorna.
—Lo ha dicho desde el principio —respondí—. Pero entonces, en el juicio, ella tenía tres años. Su madre había fallecido y solo tenía a su padre. Lo que le contó a la policía con tres años poco importó. No tenía edad suficiente para considerarla competente.
—Bueno, ¿por qué ha esperado veinte años para acudir a ti? —preguntó McEvoy.
Lo señalé con el dedo. Esa era la pregunta.
—Como he dicho, ha estado en silla de ruedas desde entonces —respondí—.
Eso la ha protegido físicamente todos estos años, pero hace un mes tuvo un accidente de coche.
Tiene una furgoneta que me enseñó. Para entrar sube por una rampa por la parte trasera y, luego, puede aparcar su silla delante del volante y conducir.
La cuestión es que chocaron con ella por detrás y se estampó contra el volante.
Se rompió cinco costillas. Cuando la atendieron en urgencias, le hicieron radiografías y uno de los médicos vio algo.
En resumen, le han diagnosticado osteogénesis imperfecta, que es una enfermedad rara y congénita; podría haber nacido con ella.
—Vale —dijo Lorna—. ¿Y qué tiene eso que ver con sacar a su padre de la cárcel?
—Buena pregunta —dije—. La OI, como la llaman, dificulta la producción de colágeno, y eso provoca que los huesos sean frágiles como el cristal y se rompan con facilidad.
En los niños puede pasar desapercibida o diagnosticarse erróneamente como maltrato.
Cassie dice que los traumatólogos que vieron sus radiografías en urgencias sospecharon que tenía OI por el estado de sus huesos.
La enviaron a un genetista y resultó que tiene una forma rara de la enfermedad, una mutación genética que se ha descubierto recientemente.
Ella es nuestra nueva prueba. Conseguirá que su padre tenga un nuevo juicio.
Me di cuenta de que les había hablado como lo haría ante un jurado, con un fervor que no se puede fingir. Todos se quedaron sentados en silencio unos segundos, hasta que estuvieron seguros de que había terminado mi alegato final.
—¿Qué quieres que hagamos, Mick? —preguntó finalmente Cisco.
—Tengo los nombres de los médicos que la trataron —dije—.
Necesitamos obtener declaraciones de todo el personal médico, incluido el genetista, para que consten en una moción de habeas corpus para un nuevo juicio.
También necesitamos recopilar todo lo que podamos sobre el juicio original.
Transcripciones, informes previos a la sentencia, todo lo que haya.
Su padre está en Stockton. Tenemos que conseguir sus antecedentes penales, así como todo lo relacionado con sus vistas de libertad condicional.
Cassie dijo que ha tenido dos y que le denegaron ambas porque no estaba dispuesto a admitir que le hizo daño a su hija pequeña. No admitió lo que no hizo.
Eso provocó una pausa. Todos sabíamos que la mejor manera de pasar por la junta de libertad condicional era reconocer tus crímenes, decir que habías encontrado a Jesús y prometer que dedicarías el resto de tu vida a servirle. Renunciar a cualquier parte de esa fórmula casi garantizaba el rechazo.
—Mick, has dicho que está en Stockton —dijo Cisco—. Es un hospital penitenciario. ¿Por qué está allí?
—Se está muriendo —respondí—. Cáncer. Le quedan nueve meses de vida y vamos a sacarlo de allí para que esté con su hija y su último aliento sea de aire libre.
Eso no solo provocó otra pausa, sino también que apartaran la mirada de la mía. Lorna, siempre escéptica en estos asuntos, rompió el silencio.
—Mickey, ¿esto de la OI podrías haberlo sabido en el primer juicio? —preguntó—. Porque si fuera así…
—En ese caso, no solo fui un mal abogado entonces, sino que no tengo futuro ahora —respondí—. Tienes razón, Lorna. Es la gran pregunta. Necesitamos pruebas que no estuvieran disponibles entonces.
—¿Contaste con el testimonio de un experto médico en el juicio? —preguntó Lorna.
—Sí y no —respondí—. Contraté a un cirujano ortopédico pediátrico para que revisara las radiografías y las lesiones de Cassandra, pero al final decidí no llamarlo al estrado.
—¿Por qué no? —preguntó Lorna.
—Porque no podía confiar en que no dijera que las lesiones podrían haber sido resultado del maltrato —respondí—.
El hecho es que ni él ni los peritos del estado ni ningún informe mencionaron la OI.
Lo que dijeron en el juicio fue que mi cliente tenía antecedentes penales por violencia.
Se trataba de una pelea en un bar, y el juez no debería haber admitido eso, pero lo hizo.
Y hay que añadir que David Snow era el único progenitor en el hogar y que la víctima era demasiado pequeña para decir cómo se había lesionado.
El jurado tardó menos de una hora en condenarlo por trece cargos de lesiones graves, y ahí terminó todo.
Lesiones corporales graves: la cúspide de la pirámide del maltrato infantil.
Hubo otra pausa, y esta vez la rompió McEvoy.
—Investigaré la OI —dijo—. Quizá nadie conocía ese trastorno hace veinte años. Muchos casos de síndrome del bebé sacudido se han revocado en todo el país gracias a los avances científicos y a las nuevas formas de evaluar las lesiones en los niños. Quizá aquí ocurra lo mismo.
Asentí con la cabeza.
—Eso estaría bien —dije.
Me impresionó la forma de pensar de McEvoy y su disposición a colaborar como parte del equipo.
—Pero que eso no interfiera con lo de Tidalwaiv —le dije—. Esa es la prioridad esta semana y durante el juicio. Y, por cierto, ¿hay alguna noticia sobre Challenger?
Era el nombre en clave que utilizábamos para Naomi Kitchens. Era una buena estrategia no mencionar su nombre en las conversaciones, los mensajes de correo electrónico ni los documentos.
—Todavía nada —dijo McEvoy—. Iba a darle un día de plazo; si no, llamaré mañana con una propuesta definitiva.
—De acuerdo —contesté—. ¿Has terminado de revisar la memoria USB?
—Sí —dijo McEvoy—. Quiero mostrarte unas cosas cuando tengas unos minutos.
Asentí con la cabeza.
—De acuerdo. Gracias a todos.
Era una señal de que quería hablar a solas con McEvoy. Lorna y Cisco captaron el mensaje y se levantaron. Después de que franquearan la cortina de cobre, me acerqué al espacio de trabajo de McEvoy.
—¿Qué tienes para mí? —le pregunté.
—Nada tan contundente como ese mensaje de despedida —respondió McEvoy—, pero hubo una conversación después de una prueba inicial de Clair que no fue bien.
—Probablemente hicieron pruebas de seguimiento después de hacer correcciones, ¿verdad?
—Sí, así es. Pero, si he interpretado bien la respuesta de Challenger, parece que utilizaron a un chico para realizar la prueba inicial.
—¿Quieres decir que incluyeron a un chico en una prueba con Clair y salió mal?
—Creo que sí. Los mensajes son entre dos personas que presenciaron la prueba, así que omiten información que las dos ya sabían.
Hay que leer entre líneas. Incluso si Challenger no acepta testificar, tenía pensado pedirle que aclarara varias cosas que hemos encontrado en los documentos que nos ha proporcionado. Con suerte, me hablará de esta prueba.
—¿Se menciona en el material que ha compartido Tidalwaiv?
—No, que yo sepa, no.
—Qué cabrones, escondiendo la bolita otra vez. Se lo voy a hacer pagar a Marcus Mason cuando lleguemos al juicio.
—Tendrás que explicar cómo sabes lo que sabes.
—Sí, ese es el problema. Proteger a Challenger puede hacernos perder el caso.
—¿Hay alguna forma de engañar a Mason para que nos abra la puerta a Challenger y a algunas de las cosas que estamos descubriendo?
—Es más fácil decirlo que hacerlo, pero lo pensaré. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?
—El sábado. Ya sabes, para darle las gracias por el material que nos proporcionó y ver si había algún cambio o si podía hacer algo por ella.
—¿Y?
—Seguía negándose a testificar.
Asentí con la cabeza.
—De acuerdo, sigue intentándolo —dije.
—Ese es el plan —respondió Jack.
Saqué mi teléfono al salir de la jaula a través de la cortina de cobre.
Busqué en mis contactos un nombre del pasado, pero no lo encontré. Me acerqué al escritorio de Lorna.
—¿Te acuerdas de Bambadjan Bishop? —le pregunté—. ¿Tenemos algún expediente sobre él? Necesito su número de móvil.
Lorna abrió una ventana de búsqueda de archivos.
—Debería tenerlo —dijo—. ¿Para qué necesitas su número?
—Para nada —respondí—. Solo quiero ver cómo está.
Lorna encontró el número, lo anotó en un pósit y me lo entregó.
Volví a mi oficina para evitar más preguntas.
Bishop era un antiguo empleado y cliente, en ese orden.
Unos años antes, cuando pasé varias semanas en la cárcel del condado de Los Ángeles acusado falsamente de asesinato, contraté a Bishop para que me protegiera.
Era un hombre corpulento cuyo rostro y cuyo cuerpo parecían moldeados por la violencia.
Después de sobrevivir al encarcelamiento, me hice cargo de su caso y lo saqué de allí. Era parte del trato que habíamos hecho.
Cerré la puerta de mi oficina y me senté detrás del escritorio. Abrí un cajón y saqué uno de los teléfonos de prepago que tenía a mano, como el que le había dado a Naomi Kitchens. Lo encendí y llamé a Bishop, con la esperanza de que contestara una llamada de un número desconocido.
Lo hizo, pero después de llamarlo tres veces seguidas.
—¿Quién coño es? —dijo.
—Bamba —contesté—, soy tu abogado.
—¿Mickey?
—Así es. ¿Cómo estás, Bamba?
—Estoy bien, tío. Todo va bien.
—¿Estás trabajando?
—Alguna cosilla. Ya sabes.
—Puede que tenga algo para ti, si te interesa.
—Siempre me interesa.
—Sería extraoficial. Nada ilegal, pero extraoficial.
—Cuéntame todo.
Y eso hice.