Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 17
30%

17

El lunes por la mañana estaba en mi oficina redactando las cuestiones para el voir dire.

En los tribunales federales, el juez evalúa a los potenciales miembros del jurado mediante preguntas facilitadas por los abogados de ambas partes.

Lorna entró sin llamar. Sostenía el teléfono inalámbrico de la oficina contra el pecho para que la persona que llamaba no la oyera.

—Cassandra Snow —dijo Lorna—, la de la voz sexi. Ha dicho que te sonaría el nombre.

Sí, me sonaba, pero hacía al menos veinte años que la había borrado de mis pensamientos. Y en aquella época no tenía la voz sexi. Solo tenía tres años.

Lorna captó el temor en mi expresión.

—¿Quieres que le diga que no estás? —preguntó.

—Eh, no —respondí—. Lo cojo.

Pulsé el número de la extensión en el teléfono de mi escritorio, levanté el auricular y esperé a que Lorna saliera. No lo hizo. Señalé con la cabeza hacia la puerta y ella captó el mensaje.

—Por favor, cierra la puerta —añadí.

Lorna me lanzó una mirada suspicaz mientras salía y cerraba.

—Cassandra —dije.

—Señor Haller —contestó ella—. ¿Se acuerda de mí?

—Por supuesto. ¿Cómo estás?

—Eh, hago lo que puedo.

—¿Y tu padre?

—Eh, no muy bien.

—Lo siento. ¿Qué puedo hacer por ti, Cassandra?

—Bueno, quiero contratarlo.

No diría que su voz fuera sexi, pero tenía un tono profundo. No encajaba con el recuerdo que tenía de ella cuando era pequeña.

—¿Tienes algún problema? —le pregunté—. Ya no me dedico al derecho penal, pero puedo recomendarte a…

—No, no tengo ningún problema —respondió—. Quiero concertar una cita para hablar con usted.

—Me encantaría, pero voy a empezar un juicio dentro de unos días, un juicio civil, y eso me va a tener muy ocupado. ¿Podrías esperar hasta después? Durará un par de semanas.

—No, es bastante urgente.

Percibí la ansiedad en su tono.

—Bueno, ¿podemos hablar ahora por teléfono?

—No, necesito enseñarle algo. En persona.

Me intrigaba, pero sabía que no podía alterar mi agenda por otro caso en ese momento. Y no me gustaba traer a clientes potenciales al almacén. Eso podría hacer que la gente cuestionara mi capacidad, más si cabe que cuando trabajaba desde un Lincoln Continental.

—De acuerdo, entonces, nos veremos —dije—. Pero mi oficina es un completo desastre, porque nos estamos preparando para el juicio. Hay archivos, papeleo y pruebas por todas partes. ¿Estás libre para almorzar? Podría reunirme contigo si estás aquí en Los Ángeles.

—Sí, estudio en la USC, en la Facultad de Derecho.

—Derecho… Genial. Mi hija fue allí. ¿Has estado en Fixins, en Olympic? No está lejos de la USC.

—No.

—Hay buen pollo frito, gumbo y otras cosas. ¿Qué tal si quedamos allí a mediodía?

—De acuerdo. Gracias.

—Hasta pronto, Cassandra.

Colgué el teléfono y no tuve que esperar mucho antes de que Lorna volviera al despacho con sus preocupaciones y preguntas. Era mi guardiana y, como tal, adoptaba una postura de sospecha cuando alguien conseguía acceder a mí sin pasar por su control.

—Cassandra Snow —dijo—. ¿Es un nombre auténtico?

—La verdad es que sí —respondí—. Lo vi en su certificado de nacimiento hace mucho tiempo.

—Bueno, ¿quién es?

—La hija de un antiguo cliente… al que fallé por completo.

—Uf, no. Uno de esos no.

Pero era cierto. David Snow era uno de esos globos negros que se cernían sobre mi cabeza.

Lorna empezó a hacerme preguntas sobre su caso, pero la desalenté enseguida.

Le dije que prefería ver lo que quería mostrarme la hija y averiguar por qué quería contratarme antes de abrir ese doloroso capítulo.

Lorna al fin se marchó y yo volví a mis preguntas del jurado hasta que fue casi mediodía.

Fixins era probablemente el único restaurante de cocina tradicional de la ciudad que aceptaba reservas para el almuerzo, pero era un lugar muy popular.

Llegué a tiempo y me senté cerca de la barra, donde había una gran pantalla plana con lo más destacado de los partidos de fútbol americano del fin de semana.

Miré, pero en realidad no estaba viendo nada.

Estaba pensando en el juicio de David Snow.

A las 12:15, supuse que Cassandra no vendría. Estaba a punto de llamar al camarero y pedir un plato de gumbo cuando una mujer en una silla de ruedas eléctrica se acercó a mi mesa.

—Siento mucho llegar tarde —dijo—. Todas las plazas de aparcamiento para personas como yo estaban ocupadas. Probablemente por gente que no las necesita.

Me levanté de un salto y aparté una silla de la mesa para que ella maniobrara hasta el sitio.

Cassandra tenía el pelo castaño rojizo y una cara bonita con ojos marrones y penetrantes.

Se notaba que era mestiza. Parecía muy pequeña en su silla, casi una niña.

No era lo que esperaba. Sabía que las lesiones que había sufrido la habían dejado parapléjica, pero me sorprendió ver que su crecimiento físico se había visto afectado.

Volví y me senté frente a ella. Me fijé en sus uñas postizas: largas, rojas y terminadas en punta.

—Me alegro de verte, Cassandra —le dije—. Ha pasado mucho tiempo.

Ella sonrió, como si yo hubiera dicho algo gracioso.

—Ahora me llaman Cassie.

—Cassie, me gusta —dije—. ¿Vives cerca del campus?

—No muy lejos. En West Adams.

—¿Sola?

—Sí. Llevo mucho tiempo sola.

Además del tono susurrante de su voz, hablaba con una cadencia inusual. Espaciaba las palabras como si las custodiara, vacilaba incluso en frases que requerían poca reflexión.

—¿Y lo de Derecho cómo surgió? —le pregunté.

—Creo que era inevitable —respondió—, teniendo en cuenta lo que pasó con mi padre.

Lo entendí. Intentaba mantener una conversación banal, pero sabía que se avecinaba algo oscuro. No era una visita de cortesía.

—¿En qué curso estás? —le pregunté.

—En segundo —respondió—. Estoy más o menos a mitad de carrera.

—¿Tienes una beca?

Mi pensamiento interior se transformó en una pregunta incómoda.

Lo último que supe era que la habían derivado al sistema de acogida después de que el juicio la dejara sin padre.

No le seguí la pista después de eso, probablemente por miedo a que lo que descubriera me sumiera en una espiral de culpabilidad todavía peor.

Aun así, sabía que no había muchos padres de acogida que pudieran permitirse pagar la matrícula de la Facultad de Derecho de la USC.

—No —respondió Cassie—. Me mantengo yo misma.

—¿Estás haciendo prácticas en un bufete? —le pregunté.

—No, todavía no. Soy artista de ASMR. Tengo mi propio canal y estoy en Patreon. Me va bastante bien. Incluso puedo permitirme contratarlo. Creo. —Sonrió.

Asentí con la cabeza, pese a que no sabía muy bien qué significaba casi nada de lo que acababa de decirme.

—Estupendo —dije—. ¿Ya has decidido qué tipo de derecho quieres ejercer?

—Defensa penal, sin ninguna duda —respondió.

—Ah, una que piensa como yo. —Me llevé la mano al pecho.

—Mi objetivo era obtener el título y, algún día, sacar a mi padre —dijo.

Asentí. Fue un momento incómodo. Retiré la mano de mi corazón.

—Pero se me acaba el tiempo —añadió Cassie—. Se está muriendo y quiero traerlo a casa.

Asentí de nuevo. Parecía que era lo único que podía hacer. Sabía que no podía ofrecerle consuelo. Probablemente, su padre solo había cumplido la mitad de su condena, y las juntas de libertad condicional no mostraban mucha simpatía por los abusadores de niños.

—Lo siento mucho —dije—. ¿Qué le pasa a tu padre?

—Tiene cáncer terminal —explicó Cassie—. De esófago.

—Lo siento mucho, Cassie. ¿Dónde está?

—En Stockton, en el hospital penitenciario. Dicen que le quedan nueve meses. Quizá menos.

No había pensado en el caso de David Snow en años. Yo me había encargado del juicio, que terminó con veredictos de culpabilidad en todos los cargos. Otro abogado se encargó de las apelaciones posteriores. Creía saber hacia dónde iba la conversación.

—¿Y quieres intentar que salga por motivos médicos? Eso va a ser…

—No, no por motivos médicos —dijo Cassie—. Un habeas corpus. Me enteré del caso que llevó el año pasado. Creo que puede sacar a mi padre. Es inocente.

—Cassie, eso fue hace casi dos años. Y después de eso dejé de llevar casos penales. Desde entonces me dedico a los tribunales civiles.

—Sigo pensando que puede sacarlo.

—Nada me gustaría más que ayudar a tu padre. Nunca pensé que se mereciera lo que le ocurrió. Le creí y jamás pensé que fuera culpable. Pero… ¿has estudiado ya el habeas corpus en la USC? Creo que no es obligatorio en la mayoría de las facultades de Derecho.

Cassie asintió.

—Lo estudié el semestre pasado en un curso sobre condenas injustas de la Facultad de Derecho —explicó—. En un momento dado, incluso hablamos de su caso. Así es como me enteré.

—Bueno, entonces ya lo sabes —dije—. Supongo que a estas alturas las apelaciones de tu padre ya han seguido su curso. El habeas corpus puede ser su única oportunidad, pero es muy remota, Cassandra…, eh, Cassie. Para presentar un recurso de ese tipo ante un tribunal, necesitas nuevas pruebas…

—Que no estuvieran disponibles en el momento de la condena. Sí, lo sé.

—De acuerdo. Entonces, ¿cuáles son nuestras nuevas pruebas?

Me miró fijamente con esos ojos oscuros.

—La nueva prueba soy yo —dijo.