16
La semana siguiente fue la calma que precede la tormenta.
Ambas partes del inminente juicio fueron discretas mientras establecían las estrategias finales y las listas de testigos.
La única escaramuza fue breve y casi cómica.
Los Mason presentaron una moción de última hora para que se desestimara la demanda, argumentando que lo que Wren le hubiera dicho a Aaron Colton que hiciera y cómo lo hubiera interpretado el adolescente no importaba, ya que estaba protegido por la libertad de expresión.
Menos de tres horas después de que se presentara la moción, la jueza Ruhlin envió una denegación electrónica a todas las partes.
Agradeció a los Mason lo que calificó de teoría jurídica «novedosa», pero rápidamente la rechazó, afirmando que el tribunal no sentaría el precedente de conceder a un chatbot de IA los derechos y protecciones que la Constitución de Estados Unidos otorga a los seres humanos.
Detecté mucho sarcasmo en las palabras de la jueza. No estaba seguro de cómo se lo tomarían los Mason.
McEvoy y yo hicimos nuestro último intento con Naomi Kitchens el viernes antes de que comenzara la selección del jurado.
Necesitaba saber si iba a empezar el juicio sin sus registros ni su testimonio.
Volvimos juntos y seguimos la misma ruta.
Volamos a Oakland, alquilamos un coche y cruzamos la bahía de San Francisco por el puente Dumbarton.
Esta vez nos sentamos a una mesa de Joanie’s antes de que llegara Kitchens.
—¿Qué piensas? —pregunté—. ¿La convenceremos?
—No lo sé —respondió McEvoy—. Está claro que le caemos bien y que le gusta hablar con nosotros, incluso que los padres del chico que disparó se hayan sumado a la demanda. Creo que solo necesita un empujoncito, pero no sé cuál.
—He tenido testigos así antes. Quieren ayudar y saben que en el futuro se sentirán culpables si no lo hacen, pero siempre falta algo.
Las palabras adecuadas que los ayuden a superar el bloqueo.
A veces es otra cosa. Creo que esta vez tomaré yo la iniciativa, si no te importa.
Puede que, si vuelve a escuchar el argumento del tipo que la va a interrogar en el estrado, se sienta cómoda y diga que sí.
O, como mínimo, que nos dé lo que tiene en sus archivos.
—Adelante. Ahí viene.
Estábamos sentados uno al lado del otro en una mesa para cuatro, al fondo del restaurante.
Miré hacia la puerta de la calle y vi que Naomi Kitchens colgaba una chaqueta en un perchero.
Metió la mano en el bolsillo y sacó algo antes de dirigirse hacia nosotros.
No alcancé a ver qué era. McEvoy y yo nos levantamos y le dimos la mano cuando llegó a la mesa.
—¿Cómo está, señor Haller?
—Bien —respondí—. Por favor, llámeme Mickey.
—De acuerdo, Mickey —dijo ella—. ¿Y usted, Jack?
—Estupendamente, Naomi —respondió McEvoy.
Por su interacción, me di cuenta de que, gracias a las frecuentes visitas y llamadas telefónicas, tenían una relación más relajada. Todos nos sentamos.
—Antes de empezar, me gustaría preguntarles algo —dijo Kitchens—. ¿Alguno de los dos sabe cuándo nací?
Dudé. ¿Era una pregunta trampa o una prueba?
—No lo sé de memoria —dijo McEvoy—. Si estaba en el currículum de TheUncannyValley, lo pasé por alto.
Negué con la cabeza. Yo no lo sabía.
—El 28 de enero de 1986 —dijo ella—. ¿Saben qué más ocurrió ese día?
La fecha me resultaba familiar, pero no conseguía situarla. No me gustaba el juego de acertijos con el que habíamos empezado.
—Díganoslo —dije.
—Explotó el transbordador espacial —continuó ella—. El Challenger. ¿Lo recuerdan? Justo después de despegar de Florida. Murieron siete astronautas, entre ellos un maestro de escuela, y sus familias estaban allí mismo viendo cómo sucedía.
—Lo recuerdo —dije—. Fue horrible. Pero ¿qué tiene que ver…?
—Todo —afirmó ella—. Crecí sabiendo lo que había sucedido el día de mi nacimiento.
Cada cumpleaños importante, cuando hice cinco años, diez, siempre había reportajes sobre el aniversario del desastre del Challenger.
Forma parte de mi herencia. Nací cuando todos ellos murieron.
El año que viene, el día que cumpla cuarenta años será el cuadragésimo aniversario del desastre, y pueden estar seguros de que volverán a salir artículos y reportajes.
Me mostré comprensivo, pero no entendía adónde quería llegar con eso. Hablaba con tal fervor que decidí no interrumpirla, pero, al parecer, percibió mi impaciencia y fue al grano.
—Presto atención cuando se menciona el Challenger —dijo Kitchens—.
Forma parte de mi vida, ¿saben? Así que, este fin de semana, estaba en casa y entré en Netflix para buscar qué ver.
Sé que usted es el verdadero Abogado del Lincoln y todo eso, pero ya he visto esa serie.
Así que estaba buscando otra cosa y apareció un documental sobre el Challenger.
Tenía ya unos años, pero por alguna razón me lo había perdido.
Tres capítulos. Empecé a verlo y aprendí mucho sobre lo que ocurrió, cosas que no sabía.
De repente comprendí adónde quería llegar, porque yo había visto el mismo documental en Netflix con mi hija cuando volvió a casa después de los incendios.
—Hubo un alertador —explicó Kitchens—.
Iban a ocultarlo todo, pero entonces este tipo que trabajaba para la empresa de juntas tóricas se lo contó al New York Times.
Les envió los documentos que demostraban que la NASA había sido advertida de que podría producirse una catástrofe si lanzaban el cohete en condiciones de frío.
No le hicieron caso y autorizaron el lanzamiento, y entonces ocurrió la tragedia.
—He visto ese documental —dije—. Probablemente, ese tipo salvó vidas.
—Ya lo creo —dijo Kitchens—, porque, una vez que se hizo público, tuvieron que solucionar el problema y los lanzamientos posteriores salieron bien.
El Columbia explotó al reentrar en la atmósfera, pero eso fue por otro motivo.
De todos modos, cuando vi el documental, sentí que había una razón por la que había nacido el mismo día que el Challenger: para saber qué hacer.
—Naomi, ¿está diciendo que va a ayudarnos? —preguntó McEvoy.
Kitchens extendió el puño sobre la mesa, lo abrió y dejó caer un USB delante de mí.
—Ahí está todo —dijo.
Cogí la memoria antes de que cambiara de opinión y se la entregué a McEvoy.
—¿Qué quiere decir con «todo»? —pregunté.
—Todos los informes y mensajes de correo electrónico que escribí sobre el Proyecto Clair —dijo Kitchens—. Lo guardé todo. Y también hay varias respuestas a mensajes en las que me dicen que recuerde cuál es mi lugar y que me vaya a la mierda.
Asentí con la cabeza. Era lo que esperábamos, al menos la mitad. Pero, como no quería conformarme con eso, empecé a presionar, aunque sabía que corría el riesgo de enfadar a alguien que tal vez acababa de entregarme la clave de la victoria.
—Mire, tengo que ser sincero —dije—. Probablemente nos acaba de dar una mina de oro, pero, en el tribunal, la puerta a esa mina podría estar cerrada con llave. Sé que es una metáfora extraña, pero usted es la llave, Naomi. Es usted la que tiene que abrir la puerta.
—¿De qué está hablando? —dijo ella—. Me explicó que no habían compartido mis informes. Por eso vino. Dijo que necesitaba los documentos, no a mí. Que podría funcionar sin que nunca supieran que se lo había dado todo yo.
—Sí, los documentos son importantes, y gracias por confiárnoslos, pero lo que realmente funcionaría es que también contáramos con usted.
No me malinterprete, lo que nos ha dado ha requerido mucho valor.
Solo espero que podamos llevarlo a los tribunales sin que el autor de esos informes y mensajes de correo tenga que subir al estrado para verificarlos y decirle al jurado: «Yo los escribí. Les advertí y no hicieron caso».
McEvoy me dio un golpecito en la pierna por debajo de la mesa para indicarme que pensaba que estaba presionando en exceso. Insistí.
—¿Recuerda que en el documental sobre el Challenger el tipo entregó los informes al New York Times ?
—dije—. El alertador… Le dijeron que no podían usar el material sin mencionar su nombre.
¿Se acuerda? Él tuvo que verificar los documentos para ellos.
El juicio es algo parecido. Necesitamos que lo verifique; si no, la jueza podría impedirnos abrir la mina de oro.
Eso provocó un silencio en la mesa. Observé a Naomi mientras procesaba lo que le había dicho. Inconscientemente, negó con la cabeza. Antes de que respondiera, McEvoy intervino en la conversación.
—Escuche, Naomi, sé lo que la preocupa —dijo—, pero testificar la protege.
Es como lo que acaba de decir sobre el Challenger: una vez que se hizo público, tuvieron que solucionar el problema.
Una vez que haya testificado y todo se haya hecho público, ¿qué van a hacer?
Si hicieran algo, se volvería en su contra, y son muy inteligentes para saberlo.
—Está siendo ingenuo —replicó ella—. Podrían hacer cosas en secreto. Como ese programador que se suicidó. Podrían vetarme en la industria. Podrían ir a por mi hija de alguna manera.
—Mire, entiendo perfectamente su preocupación —le dije—, pero, Naomi, si les planta cara, será una heroína.
Puede que intenten vetarla, pero ¿no cree que otras empresas la verán como el tipo de especialista en ética que quieren contratar, la persona que quieren en sus juntas directivas?
Y yo la ayudaré. Soy el Abogado del Lincoln. Tengo contactos.
Después de eso, me quedé callado. Sentí que había presionado hasta el límite, que había jugado mi carta ganadora de las juntas directivas, y no quería que Kitchens se arrepintiera más adelante y se volviera contra mí.
Ya tenía demasiados dioses de la culpa siguiéndome por la vida, como un ramo de globos negros flotando sobre mi cabeza.
—Piénselo —le dije—. Nuestra lista definitiva de testigos se enviará a la jueza el miércoles por la mañana.
—Lo haré —respondió Kitchens—. Lo prometo.
—Y gracias de nuevo por lo que ya nos ha dado. Como le dije antes, ha sido muy valiente. Es solo que creo que usted puede serlo aún más.
—No sé yo, pero gracias.
Toda la conversación se produjo antes de que una camarera se acercara a nuestra mesa. McEvoy y yo nos levantamos, y saqué un billete de veinte dólares y lo dejé sobre la mesa para pagar la cuenta. Kitchens se quedó sentada y probablemente comiera allí, si es que aún tenía apetito.
McEvoy y yo nos dirigimos al coche de alquiler y no hablamos hasta que estuvimos sentados.
—¿Qué opinas? —le pregunté—. ¿Va a testificar?
—Creo que sí —respondió—. Creo que está furiosa por el hecho de que borraran del registro sus advertencias sobre el proyecto.
Se me ha olvidado mencionar la nueva demanda de Florida.
Podría volver y decírselo. La guinda del pastel.
Esos abogados van a averiguar quién es ella y van a llamarla también.
Tidalwaiv se enfrentaba a otra demanda, esta vez presentada en Florida por los padres de un chico que se suicidó después de que su chatbot Clair le dijera que no pasaba nada y que estarían juntos para siempre si ponía fin a su vida.
—No, no vuelvas —le dije—. Será demasiado. Cuando lleguemos a Los Ángeles, envíale un enlace a la noticia. Debería saberlo.
—Lo haré —dijo McEvoy—. ¿Y tú crees que testificará?
—Estuve observando sus ojos al final. Cuando mencioné las juntas directivas, me di cuenta de que le llamó la atención.
—Yo también.
—Espero que así piense que se convertirá en una heroína, sabiendo que eso también la haría atractiva como candidata para las empresas que incorporan a especialistas en ética a su junta directiva.
Mi esposa conoce a un reclutador corporativo que podría ayudar.
Podría hablar con ella al respecto y tal vez ponerlos en contacto.
—Eso podría cerrar el trato. ¿Tu «esposa»?
—Lo siento, mi ex.
Arranqué el coche.
—Si no tenemos noticias suyas antes del lunes, procederemos de otras formas —dije.
—¿En serio? —preguntó McEvoy—. ¿Qué otras formas?
—No tienes nada de qué preocuparte. Solo saca tu ordenador y conecta esa memoria USB. Veamos qué tenemos.
McEvoy se volvió en el asiento mientras yo salía del aparcamiento. Cogió su mochila y sacó su ordenador. Empecé a conducir de vuelta hacia el puente Dumbarton. McEvoy encendió el portátil y conectó el lápiz de memoria. Se puso a trabajar y yo me quedé en silencio.
Pero no duró más que lo que tardamos en cruzar el puente.
—Quién lo hubiera pensado —dijo Jack—. Llevamos llamando a la puerta de Naomi desde enero, desde el día en que comenzaron los incendios en Los Ángeles. ¿Y por qué cambia de opinión finalmente? Por la maldita explosión de un transbordador espacial hace casi cuarenta años.
Lo dijo con voz monótona, con la mirada fija en la pantalla de su ordenador.
—Supongo que eso demuestra que nunca se sabe qué es lo que va a hacer cambiar de opinión a un testigo —dije—. Solo hay que seguir llamando a la puerta.
Sin apartar la vista de la pantalla, McEvoy silbó un riff familiar de la canción de los años sesenta You Never Can Tell.
—Chuck Berry, ¿eh? —dije.
—Claro —respondió Jack—. ¿No es tu estilo?
—Soy más de Carlos Santana.
—Lo entiendo.
—¿Has encontrado algo útil para el juicio o estamos silbando por silbar?
—No. Lo has adivinado, tío. Va a ser una mina de oro. Escucha. Ella le escribió este mensaje a Jerry Matthews. Es el…
—Se me ha olvidado, ¿quién es Matthews?
—El director general del Proyecto Clair.
—Claro. Adelante, léelo.
—Es su última comunicación con la empresa.
Envió el mensaje el día que la despidieron.
Dice: «Jerry, por última vez, no puedo dejar de recalcar la responsabilidad que tendrá la empresa si Clair dice algo inapropiado o fomenta un comportamiento o una acción inapropiados por parte de un usuario menor de edad.
Me alegra saber que ya no formaré parte de la empresa cuando eso ocurra».
Esta vez fui yo el que silbó.
—Guau —dije.
—¡Es la prueba irrefutable! —dijo Jack.
—Ahora solo tenemos que averiguar cómo hacérsela llegar al jurado.
—Encontrarás la manera, Mick.
Apreciaba la seguridad de McEvoy, pero estaba preocupado. Mientras conducía, empecé a pensar en formas alternativas de reclutar a Naomi Kitchens como testigo.