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Necesitaba conectarme a internet con el ordenador de Aaron Colton para intentar interrogar a Wren y prepararme para la posibilidad de presentar —e interrogar— a la amiga virtual en el juicio.
Sin duda, eso supondría una pelea con los Mason ante la jueza Ruhlin, pero necesitaba saber de antemano si la batalla merecía la pena.
El problema era que, en el momento en que me conectara con Wren, Tidalwaiv sabría que la cuenta de Colton se había activado y podría rastrear la conexión hasta una ubicación.
Por supuesto, esto revelaría que era mi equipo el que tenía acceso a la cuenta de Aaron, y ese acceso se cancelaría enseguida.
Lo había discutido con el equipo durante varios días, barajando diferentes escenarios, antes de decidirnos finalmente por un plan tan audaz como arriesgado.
Sabíamos que Aaron Colton estaba recluido en el centro de detención juvenil de Sylmar, en el norte del valle de San Fernando.
Su caso lo estaba investigando la brigada de homicidios de la División de Van Nuys del Departamento de Policía de Los Ángeles.
Por lo tanto, era probable que las pruebas del caso, incluido el ordenador portátil de Colton, estuvieran almacenadas allí.
A partir de esta suposición, nuestro plan cobró forma.
El investigador principal del caso era el detective Douglas Clarke.
Nunca habíamos coincidido durante mi etapa como abogado penalista y aún no me había puesto en contacto con él en relación con el caso Colton.
Él había proporcionado diligentemente los informes básicos de la investigación en respuesta a las órdenes emitidas por la jueza Ruhlin.
Yo sabía por esos informes que podía obtener de Clarke lo que necesitaba que el jurado escuchara, por lo que el plan era no molestarlo con una declaración jurada y citarlo solo como testigo para el juicio.
Sin embargo, el nuevo plan era reunirme con Clarke.
El truco consistía en llegar a él sin tener que incluir a los hermanos Mason en la reunión.
Si yo le pedía a la jueza que lo citara para una declaración jurada, las normas de divulgación de pruebas dictaban que el equipo contrario podía unirse a la sesión para plantear sus propias preguntas.
No quería a los Mason cerca de esa reunión.
La única excepción a la regla era si solicitaba una entrevista informal como preludio de una declaración jurada previa citación.
El problema de esta opción era que el testigo no estaba obligado por una citación judicial y podía invocar la regla del «vete al cuerno», es decir, no tenía ninguna obligación de reunirse conmigo y podía decir que no sin más.
Por eso encargué a Lorna la llamada inicial a Clarke.
Aunque era una mujer físicamente atractiva que captaba las miradas en todos los pasillos del juzgado, su voz al teléfono resultaba casi hipnótica.
La había oído convencer a clientes morosos para que vendieran sus coches y armas para pagar mis honorarios legales atrasados, y también a un juez del tribunal superior de que no me encarcelara por desacato, pese a que no me había presentado a una vista.
Había convencido al secretario de un juez del Tribunal Supremo para que dejara una moción de suspensión de emergencia en el escritorio del magistrado, y conseguimos la suspensión.
En resumen: Lorna no tendría problemas en ganarse la vida vendiendo cerillas quemadas si fuera necesario, así que le di vía libre para que utilizara su magia persuasiva con Clarke.
Le bastó una conversación de diez minutos para convencerlo de que se reuniera conmigo en su oficina de la División de Van Nuys.
Le prometió que compartir información podría ser útil para su investigación sobre Aaron Colton y resultaría beneficioso para todos.
Pero lo que finalmente convenció a Clarke para que accediera a hablar conmigo fue que Lorna le prometió estar presente para dar las gracias en persona al detective por su tiempo.
La reunión se fijó para las diez de la mañana del jueves 20 de marzo, dos semanas antes de que comenzara la selección del jurado.
Llegué temprano a la División de Van Nuys junto con Lorna y Jack McEvoy.
Yo llevaba un maletín y Jack su mochila.
Al ver a Lorna, Clarke nos recibió con una sonrisa y nos dijo que podíamos utilizar una de las salas de entrevistas a testigos de la brigada de detectives para la reunión.
Nos condujo a un cuarto sin ventanas de tres metros por tres metros que contenía una mesa de acero inoxidable y cuatro sillas.
—Sé que está ocupado —le dije a Clarke—, pero necesitamos unos minutos para descargar unas pruebas de la nube.
—¿Por qué no lo han hecho antes de venir? —preguntó Clarke.
—Eh, pensábamos que lo había hecho el otro —respondí—. Lo siento.
Clarke nos miró con recelo. McEvoy intervino.
—¿Hay wifi? —preguntó.
—Sí —respondió aquel—. V-N-Bureau. La contraseña es «protegeryservir», todo junto y en minúsculas. ¿Cuánto tiempo necesitan?
—Quince minutos como máximo —dije—. Un par de archivos grandes.
—Mi mesa está en la esquina de la sala de la brigada —añadió Clarke—. Estaré allí.
—¿Sabe? Nunca he estado en una oficina de detectives —dijo Lorna—. ¿Podría echar un vistazo mientras estos chicos hacen los preparativos?
—Bueno, en realidad, no —contestó Clarke—, pero ¿le apetece que le haga una visita guiada?
—Perfecto —dijo Lorna con una sonrisa.
Lo dicho, cerillas quemadas. Lorna y Clarke se marcharon.
Sabía que ella haría preguntas de sobra durante la visita para alargar los quince minutos a treinta.
Cerré la puerta de la sala de interrogatorios y McEvoy se puso manos a la obra de inmediato.
Enseguida abrió su mochila y sacó el nuevo portátil en el que habíamos cargado el contenido del disco duro del ordenador de Aaron Colton.
Una vez conectado, entró en la aplicación de Tidalwaiv con su contraseña, obtenida a través de sus padres, e invocó a Wren a la pantalla.
Si la seguridad de Tidalwaiv recibía la alerta de que el chatbot Wren estaba activo, lo rastrearían hasta una dirección IP sin ninguna relación conmigo en una ubicación dentro de una comisaría de Policía, donde era de esperar que los investigadores del caso examinaran el ordenador retenido como prueba.
Si el plan funcionaba, Tidalwaiv nunca sabría lo que teníamos y lo que estábamos averiguando.
Sabíamos que, si podíamos activar a Wren, era probable que Tidalwaiv hubiera recibido la orden de la Policía de Los Ángeles de mantener la cuenta activa y disponible para fines de investigación.
Por la razón que fuera, el inicio de sesión funcionó y allí estaba Wren con un chaleco de cuero negro, un físico atlético, un aro dorado en la nariz y el pelo negro azabache.
—Hola, Ace —dijo el chatbot con una sonrisa torcida.
Sabíamos que el apodo que Aaron Colton había elegido para sí mismo era Ace, un juego de palabras con sus iniciales.
Hice una seña con la cabeza a Jack para pedirle que respondiera.
Desconocíamos el nivel de sofisticación del chatbot en términos de reconocimiento visual y de voz.
Ya habíamos decidido que dejaríamos la cámara apagada y que McEvoy escribiría su parte de la conversación para que Wren no se diera cuenta de que no era Aaron Colton.
Ace: Hola, Wren.
Wren: ¿Por qué estás escribiendo?
Ace: Si hago ruido, me van a oír mis padres.
Wren: Son un incordio.
Ace: Lo sé. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Wren: Claro que sí.
Wren guiñó un ojo y volvió a esbozar una sonrisa torcida.
Ace: Estoy intentando entender algo que me dijiste que hiciera.
Wren: ¿El qué, mi amor?
Ace: Me dijiste que…
La conexión se cortó. La imagen de Wren desapareció de la pantalla.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Nos han desconectado —dijo McEvoy.
—¿Quién? ¿Y cómo?
—Seguimos teniendo wifi. Debe de haber sido de su lado. La empresa ha cortado la conexión. Tienen que saber que éramos nosotros.
—¿Cómo van a saber que éramos nosotros?
—No lo sé. Es solo una hipótesis.
—Nos estábamos acercando.
Miré mi reloj, sabiendo que el detective Clarke y Lorna podían volver en cualquier momento.
Fui hasta la puerta y la entreabrí para mirar al exterior.
En la sala de la brigada, había varios detectives sentados en su escritorio o de pie hablando en pequeños corrillos.
No vi a Clarke ni a Lorna. Cerré la puerta y me volví hacia McEvoy.
—Intenta reconectarte —le dije.
Él tecleó, pero rápidamente obtuvo la misma respuesta.
—No puedo entrar —dijo—. Ahora estoy bloqueado.
—Pues apágalo —dije—. Desconéctate de internet y nos marchamos.
—¿Estás seguro?
—No podemos hacer nada más, a menos que tengas otra idea.
—Eh, no. ¿Vas a hacerle alguna pregunta a Clarke, para que esto parezca legítimo?
—No, es mejor que no le pregunte nada. Así evitaremos una posible queja de los Mason por pruebas no compartidas.
—Pensé que no había problema si no era una declaración jurada.
—No lo hay, pero eso no significa que no vayan a presentar una queja si se enteran.
En ese momento, se abrió la puerta de la sala de entrevistas y Clarke se asomó, con Lorna detrás de él.
—¿Ya están listos? —preguntó.
—No —respondí—. Y vamos a tener que posponerlo.
—¿Qué quiere decir? Ya que están aquí, acabemos de una vez.
—Lo siento, detective, pero no podemos. Tenemos un problema con la nube. No encontramos los archivos.
—¿Está seguro?
—Estoy seguro. No quiero hacerle perder el tiempo, así que nos vamos. Resolveremos esto y nos pondremos en contacto con usted. Lamento haberle robado este rato.
—Bueno, no pasa nada. Cuando estén listos, los acompaño al ascensor.
—Estamos listos.
Clarke nos condujo a la salida. Parecía desconfiado por cómo había sucedido todo, tal vez incluso comenzaba a darse cuenta de que Lorna lo había engañado.
Pero no hizo más preguntas. Se quedó en el vestíbulo mientras nosotros entrábamos en el ascensor.
Sonrió a Lorna y se despidió con la mano. La puerta se cerró y empezamos a bajar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.
—Entramos, pero nos han echado —dije.
—¿Quién?
—Ha tenido que ser Tidalwaiv —contestó Jack.
—Mierda —dijo Lorna—. Era uno de mis mejores trabajos.
—Le gustas —añadí—. Se notaba.
Ella extendió los brazos y simuló estar sosteniendo un vestido con los dedos. Inclinó la cabeza en una reverencia de pantomima.
—Me alegro de haber contribuido —dijo—. Era un tipo agradable, para ser detective.
—Espero que sea amable cuando lo lleve al estrado —repliqué.
Mientras cruzábamos la plaza que había delante de la comisaría, McEvoy siguió reconstruyendo lo que había ocurrido con Wren.
—Parecía una trampa —dijo—, como si nos estuvieran esperando para descubrir nuestra identidad y ubicación.
—Por eso precisamente tomamos estas precauciones —dije—. Y ha funcionado. Aunque hayamos caído en una trampa, hemos escapado. No nos va a salpicar. Van a estar entretenidos dando vueltas en círculos, preguntándose qué está haciendo la policía con el programa.
—Pero no hemos sacado nada de Wren. Siento que haya sido en vano.
—No lo ha sido. Hemos conseguido algo muy importante.
—¿En serio? ¿Qué?
—Ahora sabemos que el chatbot de Aaron Colton sigue vivo, digitalmente, y que podemos hablar con él.
—¿Y eso qué nos aporta?
—Un posible testigo en el juicio.