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—Con acuerdos de confidencialidad incluidos —expliqué—.
Están ofreciendo distintas cantidades de dinero a mis clientes a cambio de su silencio.
Ni siquiera podrán decir que ganaron el caso.
Todo se barrerá debajo de la alfombra. Y nadie será advertido sobre el peligro de las máquinas de Tidalwaiv.
—No es necesario que responda, señor Mason —dijo Ruhlin—.
Conozco la posición de la empresa. Debo decir que, por mucho que me gustaría quitar este caso de mi lista de litigios, también entiendo la posición de los demandantes.
Parece que vamos a ir a juicio. Anótenlo en su agenda, caballeros.
Tendremos dos días para la selección del jurado a partir del 3 de abril, y luego tengo la intención de comenzar este juicio el lunes 7 de abril por la mañana.
Tendremos las mociones finales previas al juicio una semana antes.
Espero recibir las listas definitivas de testigos el día anterior a comenzar a seleccionar al jurado.
¿Hay algo más que deseen poner en conocimiento del tribunal?
—Sí, señoría —dije.
—Adelante, señor Haller —contestó Ruhlin.
—Bueno, hace dos fines de semana, entraron en el instituto Grant, en el valle de San Fernando, concretamente en las oficinas de orientación académica.
Al parecer, no se llevaron nada, pero encontraron varias carpetas desordenadas en los armarios.
Eran expedientes de estudiantes. Y el historial de la fotocopiadora mostraba que se había utilizado para hacer copias en mitad de la noche.
—¿Y qué tiene eso que ver con este caso?
—Es solo que me preocupa, señoría. Entre los expedientes desordenados se encontraban los de la víctima de este caso, Rebecca Randolph, y los de su homicida, Aaron Colton. Me preocupa que, si los han copiado y acaban en manos de la defensa…
—¡Protesto! —gritó Mason.
Sonó como un animal herido.
—Ahora nos acusa de cometer allanamientos en institutos —dijo—. Es indignante, señoría. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Debería haber sanciones.
Ruhlin levantó una mano hacia mí para que no respondiera y otra hacia Mason para impedirle hablar.
—¡Basta! —dijo—. Los dos, paren ya. No toleraré otra refriega entre ustedes. Vamos a ver, soy buena escuchando, señor Mason, y no he oído que el señor Haller lo haya acusado ni a usted ni a su cliente de entrar en el instituto.
—Sin duda lo ha insinuado —respondió Mason.
—Señoría —dije—, lo único que intento es pedir al tribunal que mantenga el rumbo de este juicio. Se trata de las acciones y de los motivos de Tidalwaiv, no de los de la víctima, ni siquiera de los del asesino.
—Sin duda, tenemos permitido indagar en la mentalidad del asesino —dijo Mason.
—Ah, entonces, quizá su cliente sí tuvo algo que ver con el allanamiento —repuse—. ¿Quién irrumpiría en la oficina de un orientador escolar solo para copiar expedientes de alumnos?
—¡Basta ya! —ordenó la jueza—. Los dos. Señor Haller, ¿cómo sabe usted lo del allanamiento?
—Alguien del centro se lo ha contado a mi directora de oficina —respondí—. Ella se graduó en el instituto Grant y sigue en contacto con el centro.
—¿Y fueron esos los únicos dos expedientes que se copiaron? —preguntó Ruhlin.
—Es imposible saberlo —contesté.
—Entonces, me cuesta ver qué relación tiene con este caso o cómo le afecta —dijo Ruhlin—. ¿Han detenido a alguien?
—No, señoría —respondí—. No que yo sepa.
—Entonces, ¿qué quiere que haga, señor Haller? —preguntó Ruhlin.
—Que pida al tribunal que esté alerta a cualquier intento de desacreditar a la víctima de este caso o de convertir al joven que disparó en chivo expiatorio.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Ruhlin—. ¿Cómo podría convertirse en chivo expiatorio? Al fin y al cabo, él es el asesino.
—Creo que está bastante claro que la defensa va a querer juzgar al autor de los disparos y culparlo —respondí—.
Es como el viejo argumento de la Asociación Nacional del Rifle: «Las armas no matan a las personas; la gente sí».
Pero esto es diferente. Esta tragedia la causó una máquina de autoaprendizaje con salvaguardas limitadas.
Marcus Mason empezó a hablar, pero Ruhlin lo detuvo.
—No es necesario, señor Mason —dijo ella—.
Estoy de su lado en esto, en su mayor parte.
Señor Haller, la cuestión de la responsabilidad en esta tragedia es algo que deberá dirimir el jurado.
Sin duda, estaré muy atenta durante el juicio.
Y puedo asegurarles que no tendré ninguna compasión si se descubre que alguna de las partes ha obtenido información por medios ilegales.
Ninguna compasión. Esta reunión ya se ha alargado demasiado.
Caballeros, necesito que se marchen para continuar con mi trabajo.
Los abogados le dimos las gracias y salimos en el mismo orden que antes. Una vez más, yo iba el último, detrás de Marcus, y le susurré:
—Sé que mandaste a alguien a entrar en el instituto —le dije—. Cuando lleguemos al juicio, lo demostraré.
Era un farol. Sabía por Cisco, que lo había investigado después de que Lorna recibiera el soplo de su antigua orientadora de Grant, que del caso se estaba ocupando sin demasiado interés un detective de robos asignado a la División de Van Nuys del Departamento de Policía de Los Ángeles.
—Estás soñando, Haller —dijo Mason—. Yo en tu lugar me preocuparía por lo que ha dicho la jueza al final.
—¿Sí? ¿Qué ha dicho? —pregunté.
—No va a tener en cuenta las pruebas obtenidas ilegalmente. Creo que se refería a ti, que te estaba enviando un mensaje.
—Claro, Marcus. ¿Quién está soñando ahora?
Pero sus últimas palabras me afectaron. Me quedé en silencio, haciéndome preguntas mientras atravesábamos la sala del tribunal.
¿Sabían los Mason que disponía del contenido que se había descargado del ordenador de Aaron Colton?
¿Me estaban tendiendo una trampa? ¿Quién había dejado el disco duro en mi coche mientras estaba en la tintorería?