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El caso Randolph contra Tidalwaiv LLC se aplazó en el calendario de litigios del tribunal federal después de que Marcus Mason comunicara que había perdido su casa de Malibú en el incendio y pidiera tiempo para cuidar de su familia mientras superaban el trauma.
El tribunal se mostró comprensivo y la jueza Ruhlin le concedió la mitad de los sesenta días de aplazamiento que había solicitado.
Poco después, Cisco investigó en los registros de la propiedad y de VRBO y descubrió que Mason había perdido una vivienda, no su hogar.
La edificación destruida era una propiedad de inversión que alquilaba durante el verano por veinticinco mil dólares al mes.
Su verdadero hogar estaba en Beverly Hills y no había resultado afectado por las llamas.
No puse esta información en conocimiento del tribunal.
Sabía que podría utilizarla más adelante si era necesario: esperaría al momento oportuno.
Aunque me había opuesto al aplazamiento, este me benefició, porque el tiempo adicional me permitió ensayar mejor el juicio, reforzar los puntos débiles de mi argumentación y disponer de una última oportunidad con Naomi Kitchens.
Dos testigos que ya estaban garantizados eran los padres de Aaron Colton, el joven autor de los disparos.
Me habían evitado hasta que obtuve una citación de la jueza Ruhlin que los obligaba a prestar declaración.
Cisco los localizó en un lugar bien llamado Hideaway, en Palm Springs; los siguió desde esa comunidad cerrada hasta un restaurante y les entregó la citación.
Programé sus declaraciones en días separados en Los Ángeles y elegí empezar por el padre, pues suponía que sería el más difícil: él había comprado el arma que utilizó su hijo.
Como el almacén no era propicio para entrevistar a testigos reticentes, alquilé una oficina en un edificio cercano al juzgado.
A la hora acordada para su declaración, Bruce Colton acudió con su esposa, Trisha. Les dije que no era necesario que estuvieran los dos presentes y fue entonces cuando me contaron algo que dio un nuevo giro al caso.
—Queremos demandar a Tidalwaiv por lo que le hicieron a nuestro hijo —expuso Bruce—. Queremos que se encargue de nuestro caso.
—Sabemos que nuestro hijo hizo algo terrible —añadió Trisha—, pero Clair era como una droga. Estaba bajo su influencia e hizo una cosa horrible. Pero no fue él, señor Haller. Ese no era nuestro hijo. Fue Clair. Y ahora lo hemos perdido.
—Tidalwaiv debería pagar —insistió Bruce—. Tienen tanta responsabilidad como Aaron. Incluso más, en mi opinión.
Fue algo inesperado, pero enseguida encajó en mi estrategia judicial.
Después de consultar con Brenda Randolph y obtener su aprobación para que aceptara el nuevo caso, presenté otra demanda por negligencia contra Tidalwaiv en nombre de los Colton, citando la responsabilidad de la empresa por las acciones llevadas a cabo por su hijo al matar a Rebecca Randolph.
A continuación, solicité que los casos Colton y Randolph se fusionaran en uno solo.
Los gemelos Mason se opusieron, pero estaba claro que los dos procesos eran idénticos en cuanto a las pruebas y a la causa petendi.
La jueza unió las dos demandas, pero, como premio de consolación para los Mason, retrasó el inicio del juicio hasta abril para que tuvieran más tiempo para prepararse y tomar declaraciones juradas a los Colton.
A medida que se acercaba la fecha del juicio, yo seguía trabajando con otros testigos.
Había asignado a Jack McEvoy la tarea de mantener la relación con Naomi Kitchens.
Ella no se había comprometido ni a entregar documentos ni a testificar en el juicio, pero seguía hablando con McEvoy.
Jack hizo otros dos viajes a Palo Alto para tener esas conversaciones en persona.
Kitchens estuvo a punto de decidirse a cooperar en las dos ocasiones, pero se echó atrás, alegando miedo a represalias contra ella y su hija.
McEvoy incluso viajó a San Francisco para visitar a Lily Kitchens en la universidad para intentar que nos ayudara a convencer a su madre, pero ese esfuerzo también fracasó.
Aparte de los testigos, lo más importante que teníamos a nuestro favor era el contenido del ordenador portátil del asesino, descargado en el disco duro que había dejado semanas antes en el escritorio de Maggie McPherson.
Lo encontré una mañana en el asiento del copiloto del Bolt cuando dejé el coche abierto mientras recogía mis trajes de la tintorería Flair, en Laurel Canyon Boulevard.
La caja negra estaba allí cuando regresé.
Miré alrededor y no vi quién la había puesto en el asiento.
Nunca le hablé a Maggie de ello, pues sabía que tenía que preservar mi posibilidad de decirle a una jueza, más adelante, que no sabía quién me la había dado.
En la jaula, descargamos el contenido del disco duro en un portátil limpio que Lorna había comprado en efectivo.
Sin conectarnos a internet, ya que sin duda eso habría alertado a Tidalwaiv de que la cuenta de Aaron Colton se había activado, revisamos todo y encontramos lo que parecía ser el historial de la relación entre el chico y la amiga virtual del Proyecto Clair.
Él la había rebautizado como Wren, el nombre de una luchadora profesional de la que estaba prendado.
Eso significaba que podíamos acceder a sus meses de conversaciones con Wren, cientos de horas de interacción.
McEvoy se encargó de revisarlo todo para encontrar algo que fuera útil en el juicio.
La imagen de IA de Wren no cruzaba el valle inquietante.
Si bien su apariencia y sus movimientos corporales resultaban bastante convincentes, sus ojos eran inexpresivos, carentes de humanidad.
Proyectaban desde la pantalla una mirada perdida que planteaba la pregunta de cómo un chico de dieciséis años pudo engancharse completamente de esa falsa compañía y acatar sus palabras hasta el punto de llegar a la violencia.
¿Qué vacío tenía Aaron Colton como para llenarlo con esa farsa?
A finales de marzo, sentí que estábamos listos para el juicio, pero la confianza que irradié durante la última conferencia de conciliación con los gemelos Mason los llevó a solicitar otra prórroga —denegada por Ruhlin— y, luego, otra reunión de conciliación que, por primera vez, sería arbitrada por la jueza.
Estaba claro que en Tidalwaiv estaban desesperados por pagar lo que fuera para evitar un juicio que podría exponer sus secretos y prácticas y hundir las acciones de la empresa, justo cuando en Silicon Valley se rumoreaba que iba a ser adquirida por una de las grandes —Meta, Microsoft, Apple— por varios miles de millones de dólares.
Los Mason y yo volvimos a la mesa redonda del despacho de Ruhlin y nos sentamos en los mismos sitios que la última vez que la jueza nos convocó. En esta ocasión no había taquígrafa, solo nosotros cuatro. Ella ya sabía que Marcus Mason era el alfa de los gemelos y clavó en él una mirada penetrante.
—Señor Mason —dijo—, comencemos con una explicación de por qué no ha podido llegar a un acuerdo satisfactorio para todas las partes en este caso.
—Gracias, señoría —contestó él—. Estamos en un punto muerto, porque el abogado de los demandantes es inflexible y no acepta negociar un acuerdo y una solución equitativos para el caso. Lo hemos intentado con diligencia, señoría, pero en este momento es como hablar con una pared.
—¿Es eso cierto, señor Haller? —preguntó Ruhlin—. ¿Es usted una pared?
—Señoría —dije—, mis clientes han visto cómo destruían sus familias.
Una joven ha muerto. Es probable que el otro muchacho nunca vuelva a casa.
No hay cantidad de dinero que pueda curar esas heridas.
El señor Mason parece pensar que todo esto es una cuestión de dinero, pero no tiene nada que ver.
Mis clientes quieren que Tidalwaiv garantice que Clair es segura para los adolescentes y que se disculpe por el daño que ha causado su peligroso producto.
De no ser así, tienen derecho a que se celebre un juicio y pretenden ejercerlo.
Como es mi deber, les he transmitido las ofertas realizadas en nombre de Tidalwaiv, y todas han sido rechazadas de plano, porque ninguna incluía lo que mis clientes quieren más que el dinero: una declaración pública de Tidalwaiv en la que admita sus decisiones intencionadas de lanzar al mercado un producto que sabían que tenía defectos críticos y podía causar daños a las personas.
Sin eso, y sin una disculpa y el compromiso de la empresa de rediseñar y garantizar la seguridad de su producto, tenemos la intención de llegar a juicio y que un jurado dicte sentencia.
—Señoría —dijo Mason alzando la voz—, la empresa no va a mentir para llegar a un acuerdo.
El señor Haller quiere que Tidalwaiv admita algo que no ha hecho.
La compañía siempre ha operado con los más altos niveles de protección y seguridad del consumidor.
El señor Haller quiere que sus directivos comprometan su propia integridad admitiendo que, en esencia, no tienen ninguna.
No están dispuestos a hacerlo. Sienten mucha empatía por los padres y están dispuestos a compensarlos económicamente con creces, pero no admitirán algo que no hicieron.
—Y menos con la mitad de Silicon Valley husmeando y Tidalwaiv esperando una fusión de mil millones de dólares —solté.
—Eso no tiene nada que ver —replicó Mason.
Me burlé de esa afirmación. La jueza permaneció en silencio hasta que terminó de escribir una nota. Finalmente habló sin levantar la vista del bloc.
—¿De qué cantidad de dinero estamos hablando? —preguntó.
—Le hemos ofrecido a Brenda Randolph dieciséis millones de dólares —dijo Mason—. A los Colton, cuatro.
La jueza levantó la cabeza, sorprendida.