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Hay cosas que brotan después de que un incendio forestal arrase el paisaje.
Hay cosas que florecen tras la destrucción.
Está bien documentado que el calor abrasador del fuego puede estimular la germinación de las semillas enterradas y que pronto asoman flores silvestres y nueva vegetación para cubrir las cicatrices que los incendios dejan en la tierra.
Se llama «sucesión ecológica» y es vital para el mantenimiento de los hábitats naturales.
En ese sentido, los incendios son una parte necesaria del rejuvenecimiento.
Lo mismo ocurre con la reconstrucción de una ciudad.
«Reconstruir mejor» se convierte en un eslogan.
Después de un incendio, comienzan a surgir viviendas más nuevas, más seguras, más atractivas y eficientes, como las flores silvestres en las laderas y en los desfiladeros.
La ciudad evoluciona y vuelve a crecer mejor.
Y lo mismo puede decirse de las relaciones entre personas.
Algunas que llevaban mucho tiempo inactivas y enterradas comienzan a crecer de nuevo después de un incendio. Otras incluso florecen.
Maggie McPherson lo perdió todo. El día de la tragedia, escapó con su coche, su ordenador y la ropa que llevaba puesta.
Nada más. Durante casi dos semanas, no le permitieron volver al lugar donde había estado su hogar.
Más tarde fui con ella y presencié la devastación.
Todo el barrio había desaparecido. La casa de Maggie había quedado reducida a cenizas y metal deformado, con una chimenea de ladrillo carbonizada que se erigía como una lápida torcida.
La abracé y ella volvió a llorar por todo lo que había perdido.
Maggie aprovechó entonces esa ira y la utilizó en su trabajo.
Volvió a convertirse en Maggie McFierce y trabajó codo a codo con los investigadores y los fiscales más jóvenes para encontrar y acusar a los pirómanos y a los saqueadores que se habían aprovechado de la terrible situación.
Celebró ruedas de prensa y anunció que no se llegaría a acuerdos prejudiciales.
Garantizó que se haría justicia al máximo.
La primera persona a la que juzgaron fue un saqueador que, ataviado con una pesada chaqueta amarilla y un casco de bombero, se había colado en el lujoso barrio de Palisades durante el toque de queda y había robado objetos de valor de entre las cenizas humeantes y los escombros.
Y, cada noche, Maggie regresaba a casa, en Fareholm Drive, donde cenábamos juntos y ella se tomaba una copa o dos de vino tinto.
Se quitaba la armadura de Maggie McFierce y mostraba su lado más vulnerable y necesitado.
Tuvimos suerte de que, en el divorcio de años atrás, se hubiera producido un reparto equitativo de los bienes, incluidas las fotos de nuestra hija y otros recuerdos sentimentales.
Aunque evocaban lo que había perdido, también le recordaban lo que aún tenía.
Nuestra hija volvió de Hawái para pasar una semana con nosotros.
Cada noche nos reuníamos en torno a la mesa para cenar y charlar, o nos sentábamos en la terraza delantera a ver la puesta de sol.
Hayley pedía repetidamente abrazos grupales y, durante unos días, nuestra familia volvió a estar unida después de muchos años.
Yo no podía evitar pensar en lo que había nacido del fuego, en cómo era posible que surgiera algo tan bueno de tanta destrucción y desesperación.
Por supuesto, me guardé esos pensamientos para mí. En la mente de Maggie, hablar de encontrar lo bueno en algo tan trágico seguramente me situaría en las filas de los saqueadores que se habían hecho pasar por bomberos.
Seis semanas después de la tormenta de fuego, Maggie se mudó de la habitación de invitados al dormitorio que habíamos compartido años atrás.
Volvíamos a estar juntos. Los incendios parecían habernos brindado una segunda oportunidad, lo que me llevó a una reflexión inquietante.
¿Había tomado ella una decisión basada en su vulnerabilidad y su necesidad instintiva de protección o en respuesta a sus verdaderos sentimientos?
¿Había renacido nuestra relación, como las semillas de las flores silvestres, a causa de los incendios?
Por muy culpable que me hicieran sentir esas preguntas, no podía abordarlas.
Estaba de nuevo con el amor de mi vida, el que creía haber perdido, y aceptaría cualquier nivel de culpa para mantenerla cerca.