11
Joanie’s era un local frecuentado por la gente del lugar. Cuando lo encontramos, Kitchens ya estaba en una mesa, al fondo. Nos sentamos frente a ella y le presenté a McEvoy. Se estrecharon la mano. Ella reconoció el apellido.
—Escribió el libro sobre el ADN, ¿verdad? —dijo—. Sobre ese depredador de Los Ángeles que utilizaba características genéticas para elegir a sus víctimas.
—Eh, sí, ese soy yo —dijo McEvoy—. Advertencia razonable. ¿Lo ha leído?
—Sí —respondió Kitchens—. Entra en mi ámbito como especialista en ética.
—Qué bien —dijo él—. Escribo en Substack, por si quiere echar un vistazo.
De camino, le había dicho a McEvoy que quería cambiar la estrategia en la segunda conversación con Kitchens.
Quería que él llevara la iniciativa, así yo podría analizar las respuestas de la especialista en ética sin tener que preocuparme por mantener la comunicación.
Esa estrategia también me permitiría observar a McEvoy para evaluar lo útil que podría ser para el caso.
Ya había demostrado su capacidad investigadora al dar con Kitchens.
Pronto vería si sabía utilizar una entrevista para obtener información sobre el caso.
Le había dicho que me había marcado dos objetivos para el viaje a Palo Alto.
Hasta el momento, no habíamos logrado ninguno de los dos.
Una camarera se acercó a la mesa, dejó las cartas y tomó nota de nuestros pedidos de té helado.
—Bueno —dijo McEvoy—, ¿por qué la enseñanza?
—Sé lo que está pensando —repuso Kitchens—. Los que pueden hacen. Los que no pueden enseñan.
—No, para nada —dijo él—. Solo me preguntaba si la situación se complicó tanto en Tidalwaiv que dijo: «Al cuerno con el negocio este de la IA».
—Sí, bueno, la cosa se puso fea —confirmó Kitchens—. Y mi sensación era que se trataba de un problema de todo el sector, no solo de Tidalwaiv. La ética no formaba parte de la ecuación. Tenían que decir que le prestaban atención, pero era como el salvaje Oeste. No les importaba.
—Es una afirmación bastante fuerte. ¿Quiere decir que no había suficientes salvaguardas?
—¿A qué salvaguardas se refiere?
—¿Qué les dijo cuando dimitió?
Quería pedir un tiempo muerto antes de que McEvoy terminara la pregunta, pero ya era demasiado tarde. Había ido demasiado lejos.
—Eso se consideraría producto del trabajo —dijo Kitchens—. No puedo hablar con usted sobre eso.
Por su gestualidad, me di cuenta de que la cuestión le había recordado con quién estaba hablando y que no se trataba de una charla inocente a la hora del almuerzo.
—Ah, no pasa nada —dijo McEvoy—. No me había dado cuenta…
Sí, sí pasaba. Tuve que intervenir.
—Supongo que su acuerdo de confidencialidad le prohíbe hablar sobre el producto del trabajo con la competencia y probablemente con los medios de comunicación —dije—. Nosotros no somos ni lo uno ni lo otro.
—Él acaba de decir que escribe en Substack —dijo Kitchens—. Eso es un medio de comunicación.
—Ahora no está escribiendo sobre este caso —expliqué—. Forma parte del equipo de la demandante. Una vez que termine el juicio, puede que decida…
—No me importa —dijo Kitchens—. No…
Se detuvo cuando la camarera regresó y puso tres tés helados delante de nosotros.
Esta pareció percibir la tensión en la mesa y no nos preguntó si estábamos listos para pedir.
Simplemente se dio la vuelta y nos dejó solos.
Sentí que el teléfono me vibraba en el bolsillo, pero no era el momento de atender una llamada.
—Naomi, necesitamos su ayuda —le dije—. El engendro de esta empresa convirtió a un niño en un asesino. Creo que usted intentó evitar que eso sucediera, y nosotros estamos intentando que no vuelva a pasar.
—Si los ayudo, ¿qué les impedirá a ellos venir a por mí? —preguntó Kitchens—. No lo entiende. Esta gente es tan peligrosa como su producto.
Asentí y extendí las manos, con las palmas hacia abajo, en un gesto tranquilizador.
—En todo el material que hemos recibido sobre el Proyecto Clair no hay nada que tenga siquiera sus iniciales —dije—. Y sé que la primera regla de la supervisión ética es documentarlo todo. Profesora Kitchens, ¿lo documentó?
—Por supuesto que sí —contestó ella—. Probablemente lo borraron todo cuando dejé la empresa.
—¿Y usted lo borró todo?
—No voy a responder a eso.
—Como he dicho, podemos protegerla.
—No, la verdad es que no pueden. No pueden protegerme de ellos.
—Tiene…
Mi teléfono volvió a vibrar y lo saqué del bolsillo solo para asegurarme de que no era la única persona cuya llamada aceptaría en cualquier circunstancia: mi hija.
No era Hayley, pero casi. Maggie McPherson había hecho las dos llamadas.
Desvié esta al buzón de voz y volví a centrar mi atención en Kitchens.
—No lo entiende —le dije—. Le están tendiendo una trampa, Naomi.
La han eliminado del proyecto. La han tachado.
Eso significa que es su salida. Dirán que usted es la razón de que no hubiera restricciones de seguridad.
Usted estaba allí para mantenerlos en el buen camino y falló.
Si no da la cara, la echarán a los pies de los caballos.
¿Lo entiende? Su defensa se basará en que tenían a una especialista en ética en el proyecto y que no dijo nada.
Estaba improvisando, contradiciendo lo que yo mismo había dicho antes, pero estaba desesperado.
Kitchens tenía lo que yo necesitaba y estaba dispuesto a intentar cualquier cosa, a decir cualquier cosa para conseguirlo.
Me detuve para ver si mis palabras estaban surtiendo efecto.
Me di cuenta de que se empezaba a formar una ligera arruga de tensión entre las cejas de Kitchens.
—Espero que haya guardado copias de su trabajo —le dije—. Eso habría ido en contra de la política corporativa y tal vez incluso fuera ilegal, pero espero que documentara lo que dijo y cuándo lo dijo, y que tenga copias de esos papeles.
La arruga se pronunció más.
—Si lo hizo, eso es lo que necesito —continué—. Y me encantaría que testificara, pero, si eso es pedir demasiado, hay una manera de que funcione sin que tenga que acercarse al juzgado.
—¿Cómo? —preguntó.
Acababa de entreabrir la puerta. Me incliné sobre la mesa.
—Si me da material que debería haber sido compartido como prueba, no podrán decirle a la jueza que no existía —le dije—. ¿Lo entiende? No revelarán que lo ocultaron, porque la jueza se subiría por las paredes y los sancionaría.
—¿Y está diciendo que no tendría que testificar? —preguntó.
—No me malinterprete, quiero que testifique.
Me encantaría que testificara. Y ya he vencido una vez el acuerdo de confidencialidad estándar de Tidalwaiv en este caso.
Estoy seguro de que podría volver a hacerlo.
Pero, si llega el momento y usted ha guardado registros de las alarmas que activó y que ellos desoyeron, eso es todo lo que necesitaría. Podría ir a juicio con eso.
—Pero sabrían que proviene de mí.
—No necesariamente. Estoy seguro de que sus informes éticos llegaron a todos los interesados en el proyecto.
Cualquiera de ellos podría haber guardado los documentos y habérmelos pasado a escondidas.
Y no tiene que preocuparse por nosotros.
Nunca la delataríamos. Este hombre que está a mi lado se pasó sesenta y tres días en la cárcel por no revelar una fuente en el tribunal.
Puse una mano en el hombro de McEvoy.
—Y yo mismo he pasado varias noches en el calabozo por proteger a clientes. Después de esta reunión, nunca tendríamos que volver a vernos. Usted nos proporciona sus informes y nosotros nos encargamos del resto.
Me detuve ahí. La oferta estaba sobre la mesa. No había nada más que añadir.
—Tengo que pensarlo —dijo Kitchens—. Quiero hablar con mi hija.
Asentí y sonreí.
—¿Cuántos años tiene? —pregunté.
No era solo para conocerla mejor ni porque yo también tuviera una hija, sino porque su hija podría ser una pista.
Los niños son idealistas cuando son pequeños y se vuelven pragmáticos a medida que crecen.
Quería saber si Kitchens tenía una hija pragmática que le diría que fuera sobre seguro y no se involucrara.
—Tiene diecinueve años —dijo Kitchens—. Va a la USF.
—¿Qué estudia? —pregunté.
—Psicología. Quiere ser trabajadora social.
—Bien hecho.
Una estudiante de la Universidad de San Francisco que quería ser trabajadora social: todo eso me parecía idealista. Cogí mi maletín y lo puse en mi regazo.
—Por supuesto que debe hablar con ella —dije—.
Le voy a dar un teléfono. Está cargado y ya tiene mi número guardado.
Úselo para llamarme o enviarme mensajes en cualquier momento.
Después de hablar con su hija, avíseme. Si la respuesta es no, tírelo.
En caso contrario, lo usaremos para comunicarnos y le daré instrucciones sobre cómo enviarme lo que tenga.
Saqué el teléfono de la caja y lo puse sobre la mesa delante de ella. Kitchens lo miró, pero no lo cogió.
—Parece trabajo de espionaje —dijo.
—Sí —respondí—, pero, como sabe, debemos tomar precauciones. Tidalwaiv se juega mucho y quiero protegerla. Nos vamos, así puede disfrutar de su almuerzo.
—Qué fácil es decirlo.
—Lo sé, pero gracias por su tiempo.
McEvoy y yo nos levantamos y la dejamos allí. El teléfono prepago seguía sobre la mesa. No sé si la paranoia es contagiosa, pero, fuera del restaurante, eché un vistazo a los coches aparcados y a los otros negocios para ver si detectaba a alguien observándonos. McEvoy se dio cuenta.
—¿Crees que tiene razón? —preguntó—. ¿La están vigilando?
—Es difícil saberlo —respondí—. Si no la vigilan físicamente, estoy seguro de que la están espiando. Por eso traje el teléfono prepago.
—¿Siempre llevas uno encima?
—No, a veces. Va a ser un buen libro, ¿eh?
—Sí. Si ganas.
—Eso pretendo. Tengo que llamar a mi ex. No ha dejado de llamarme mientras estábamos dentro.
—¿Lorna?
—No, mi primera exmujer.
—¿También se dedica al mundo del derecho?
—Más o menos. Es la fiscal del distrito.
—¿Qué? ¿Del condado de Los Ángeles? ¿Quieres decir que es Maggie McFierce?
Asentí con la cabeza.
—Fui yo el que le puso ese apodo —dije—. Luego lo usaron como eslogan de campaña.
Ya había sacado mi teléfono y marcado el número de Maggie en mis contactos. Esperaba que me hubiera llamado para decirme que iba a devolverme el disco duro externo con el contenido del portátil de Aaron Colton.
Respondió de inmediato. Noté que estaba en un coche.
—Mickey, ¿dónde estabas? ¿Has escuchado mis mensajes?
Su voz denotaba adrenalina y pánico.
—No, solo te devuelvo la llamada. ¿Qué pasa? ¿Hayley…?
—Los incendios. Mi casa está en una zona de evacuación. Voy a intentar recoger algunas cosas. Fotos y ropa.
—¿Qué incendios?
—¿Cómo que qué incendios? ¿Dónde estás?
—En Palo Alto. Maggie, cálmate y dime qué está pasando.
—El viento está provocando incendios por todas partes. En Palisades, Malibú, Altadena… Son incendios grandes. Tengo que ir a casa a recoger algunas cosas. Quiero saber si puedo quedarme en tu casa.
—Si es seguro, por supuesto.
La casa de Maggie estaba en Altadena. La mía, en Fareholm Drive, en las colinas del lado sur de Laurel Canyon, una zona también vulnerable a los incendios forestales.
—Ahora mismo tu casa no está en la zona del fuego —dijo Maggie—. Iré allí. ¿La llave de repuesto está en el mismo sitio?
Tuve que recordar la época en que estábamos casados y compartíamos la casa.
—Sí, en el mismo sitio, en la rana de Hayley.
Nuestra hija había hecho una rana en un taller de pintar cerámica.
—Nos vemos en mi casa —le dije—. Voy camino del aeropuerto y aterrizaremos en Burbank alrededor de las seis.
—No, qué va —dijo ella—. Burbank va a cerrar. Probablemente LAX también. Hay vientos huracanados.
Recordé la advertencia de Lorna el día anterior en la oficina. No había visto las noticias ni leído el periódico desde entonces. Estaba absorto en el caso Tidalwaiv.
—De acuerdo, veré qué pasa y llegaré en cuanto pueda, Mags. Ten cuidado.
—Tú también.
Colgué. Cuando nos subimos en el coche de alquiler, antes de arrancar, puse al corriente a McEvoy.
—Parece que Los Ángeles está en llamas y Burbank ha suspendido los vuelos.
—Mierda. ¿Dónde están los incendios?
—Ha mencionado Palisades, Malibú y Altadena.
—¿Solo ahí?
—No lo sé. ¿Dónde vives?
—En Sherman Oaks.
—No debería afectarte.
—¿Y tú?
—En las colinas frente a Laurel Canyon.
—Ah.
—Sí.
Miré la aplicación de JSX para ver si había algún vuelo anterior disponible, pero no; todos los que iban desde Monterey y Oakland a Burbank estaban cancelados o retrasados debido a los fuertes vientos.
Tenía aplicaciones de Delta y American, y le dije a McEvoy que buscara en United y Southwest cualquier vuelo desde los aeropuertos del área de la bahía a Los Ángeles o Burbank.
Todos los que encontré que aún iban a LAX, Burbank o al aeropuerto John Wayne, en el condado de Orange, estaban completos, probablemente con viajeros trasladados desde vuelos cancelados.
McEvoy encontró lo mismo en las aerolíneas que consultó.
—Estamos jodidos —dijo.
—No —respondí—. Iremos en coche.