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«Ahora mismo» resultó ser a la mañana siguiente.
McEvoy y yo tomamos un vuelo de JSX de Burbank a Oakland, recogimos un coche de alquiler de Go y cruzamos la bahía hasta Palo Alto y la Universidad de Stanford.
En el avión, McEvoy había buscado en internet la oficina y el horario de la profesora Kitchens.
Encontró las dos cosas y resultó que solo daba una clase los martes: «Historia del aprendizaje automático».
—Perfecto —dije.
La clase era de once a doce en el Hewlett Teaching Center.
Nos perdimos dos veces intentando encontrarlo en el Science and Engineering Quad de la universidad y finalmente llegamos poco antes del mediodía.
La asignatura se impartía en un aula de tamaño medio con la mitad de los espacios ocupados.
Un centenar de estudiantes se repartían por las seis filas de asientos.
Las dos entradas estaban en la parte de atrás.
Accedimos en silencio y ocupamos dos sitios libres cerca de la puerta.
Kitchens estaba abajo, de pie ante un atril.
Detrás de ella, en un gran monitor de pantalla plana fijado a la pared, se veía una foto en blanco y negro de un hombre que me resultaba familiar, aunque no conseguía situarlo.
En una pizarra junto a la pantalla, Kitchens había escrito con tiza su nombre y su dirección de correo electrónico de la universidad.
Fue entonces cuando me di cuenta de que era la primera clase de un nuevo semestre.
—¿Con qué jugada derrotó Deep Blue a Kaspárov? —preguntó Kitchens—. ¿Alguien lo sabe?
Nadie levantó la mano. Entonces reconocí al hombre de la pantalla. Se trataba de Garri Kaspárov, el campeón de ajedrez que había perdido una famosa partida contra un ordenador de IBM hacía casi tres décadas.
—El sacrificio del caballo —dijo Kitchens—.
Fue en ese momento cuando muchos creyeron que las máquinas se habían vuelto más inteligentes que los humanos.
Y lo dejaré ahí hasta la semana que viene.
Por favor, empezad a leer el libro de Kurzweil y lo añadiremos al debate del próximo martes. Que lo disfrutéis.
Los alumnos empezaron a salir. Vi que un chico se guardaba un libro en la mochila. Eché un vistazo al título, La singularidad está más cerca, y supuse que era el que Kitchens había asignado a la clase.
Vi que la profesora recogía sus notas y se acercaba a un escritorio. Aparentaba entre treinta y tantos y cuarenta y pocos años, y tenía la piel oscura y el pelo recogido en trenzas apretadas. Vestía unos vaqueros descoloridos y una blusa roja, también descolorida, que llevaba por fuera.
—No quiero que se agobie —dije—. Deja que me acerque solo primero.
—¿Seguro que no quieres que te acompañe? —preguntó McEvoy.
—No, debería ir solo. Quédate atrás hasta que te haga una señal. Si es que te la hago.
—De acuerdo.
Bajé los escalones hacia la tarima, pasando junto a los últimos estudiantes que subían hacia las puertas.
Cuando llegué al frente, Kitchens estaba guardando en su mochila las notas y el portátil que había utilizado para su presentación en PowerPoint.
Aunque tenía la mirada baja y estaba cerrando la cremallera, habló antes que yo.
—Los he visto a los dos allí arriba y he sabido que no eran estudiantes —dijo.
—Sí, hemos llegado tarde, pero lo de Deep Blue y el sacrificio del caballo ha sido muy interesante —dije—. De ahí a que la IA esté en los teléfonos, los coches, todo lo que tenemos en menos de treinta años. Da miedo, en mi opinión.
—Sí que da miedo.
—Profesora Kitchens, me llamo Michael Haller, pero la gente me llama Mickey. Soy…
—Sé quién es.
Por fin me miró.
—¿De verdad?
—Estoy siguiendo su caso contra Tidalwaiv. Probablemente lo incluiré en una de mis clases.
—Entonces, sabe por qué estoy aquí.
—Sí, y lamento decepcionarlo, pero no puedo hablar con usted.
—¿Firmó un acuerdo de confidencialidad? Hay formas de soslayarlo. La mayoría de acuerdos impiden trabajar para un competidor o hablar con él, pero no es mi caso. Solo busco la verdad.
La mochila estaba sobre la mesa y ella la sostenía en posición vertical, casi como un escudo.
—No es por el acuerdo de confidencialidad —dijo—. Es porque me siento amenazada.
—Lo lamento —repuse—. No pretendo amenazarla. Solo quiero…
—Sé lo que quiere. También sé que ellos me están vigilando.
—¿Ahora mismo? ¿La están vigilando?
—Si no físicamente, seguro que digitalmente. Todo el tiempo.
—Porque usted es una amenaza para ellos.
Sabe cosas. Entregaron más de doce terabytes de documentos relacionados con el desarrollo del Proyecto Clair en la fase de presentación de pruebas.
Doce. Y su nombre no aparece en ninguno de ellos.
La han borrado, profesora. Están tratando de ocultarla.
Pero yo sé que estuvo allí y que sabe cosas.
Es especialista en ética. Podría marcar la diferencia si hablara conmigo.
Me di cuenta de que respiraba con dificultad. Estaba realmente asustada.
—No puede protegerme —dijo.
—La verdad la protegerá —repuse—. Una vez que se sepa, no podrán hacerle daño.
—Eso no lo sabe.
—Lo que sí sé es que una chica de dieciséis años fue asesinada porque Clair le dijo a su exnovio que estaba bien matarla. Usted sabe cómo ocurrió. El mundo debería conocer esa verdad.
—Tengo que pensarlo.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Tengo que pensarlo. ¿Quién es el hombre que ha venido con usted? —Señaló con la cabeza en dirección a McEvoy.
—Trabaja conmigo —le dije—. Es escritor y va a escribir un libro sobre este caso. Él fue quien la encontró por mí.
—¿Cómo? —preguntó ella—. Ha dicho que me han borrado de los registros.
—Es una historia bastante larga. Se la contaré o, mejor dicho, se la contará él, si podemos continuar con esta conversación.
Necesitaba hacerle una pregunta, pero sabía que aún no era el momento. En un mundo perfecto, ella la respondería antes de que se la planteara.
—Volamos de vuelta a Los Ángeles a las cinco —dije—. ¿Podemos seguir hablando en algún sitio, en privado?
Kitchens negó con la cabeza.
—No sé —dijo—. No quería que esto sucediera. Lo había dejado atrás. Nada de esto fue culpa mía.
—¿Y Rebecca Randolph? —dije—. El chico que la mató está detenido y será procesado. Pero ¿cómo se responsabilizará a la empresa si nadie se enfrenta a ellos?
Vi un brillo en sus pupilas y supe que había metido la pata.
—Eso es completamente injusto —dijo—. Hice mi trabajo. Se lo advertí. No me siento culpable por lo que hice.
—Lo sé, lo sé —dije enseguida—. No debería haber dicho eso. Lo siento. Pero no tengo nada. Necesito su ayuda.
—Esta mañana he visto una noticia en internet sobre un hombre que iba a ser su testigo. La policía dice que se suicidó. ¿Están seguros?
Asentí con la cabeza. Me preguntaba si ella había visto las noticias.
—Parece que sí —dije.
—Él era su testigo y ahora me quiere a mí —replicó—. No quiero acabar así.
—Mire, sabíamos que tenía problemas. Es muy probable que lo que hizo no tuviera nada que ver con esto. Con el caso.
Una de las puertas de arriba se abrió de golpe y Kitchens se sobresaltó. Entró un hombre, pasó junto a McEvoy y bajó rápidamente las escaleras hasta la tarima. Me moví para que Kitchens quedara detrás de mí.
—No pasa nada —dijo ella—. Da clase aquí ahora.
Me relajé y volví a mirarla.
—¿Podemos continuar en otro sitio? —le pregunté.
Antes de que respondiera, el hombre ya estaba en la tarima. Llevaba una chaqueta de mezclilla y parecía el típico profesor universitario.
—Naomi, ¿todo bien? —preguntó—. ¿Te está molestando?
—No, Moses —dijo Kitchens—. Estoy bien. Ya me voy.
—¿Seguro?
—Seguro.
Moses me miraba con recelo. Yo solo asentí con la cabeza.
Kitchens se colgó la mochila al hombro y se dirigió hacia las escaleras. Empezamos a subir, uno al lado del otro.
—¿Sabe dónde está Joanie’s? —preguntó.
—Eh, no —respondí—. ¿Qué es?
—Un restaurante. Está fuera del campus, en California Avenue. Nos vemos allí. No tengo mucho tiempo. Los martes tengo tutorías de dos a cinco.
—Nos vemos allí. Y gracias.
—No me las dé todavía. Si lo hago es por cómo se ha interpuesto delante de mí ahí abajo para protegerme.
Asentí con la cabeza.
—La protegeré si colabora conmigo —dije.
—Aún no prometo nada —señaló ella.
—Lo entiendo, pero gracias por escucharme.
—Hasta luego.