Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 9
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Cuando Cisco y yo regresamos al almacén, metí el Bolt en una de las plazas del garaje y bajé la puerta.

—Cisco, ¿tienes tu varita mágica? —le pregunté.

—En una de mis alforjas —respondió.

La varita mágica era un detector de micrófonos ocultos que captaba señales de campos magnéticos y radiofrecuencias.

—Quiero que revises el coche y tu Harley —le dije—. Y luego todo el almacén.

—¿Crees que Marcus mintió a la jueza sobre la vigilancia? —preguntó Cisco.

De camino desde el juzgado, le había contado lo que se había discutido en el despacho de Ruhlin.

—No voy a correr ningún riesgo —dije—. Mason habló en nombre propio y de su bufete. Eso no significa que Tidalwaiv no esté tramando algo.

—De acuerdo —dijo Cisco—. Me ocupo.

—Y cortemos las transmisiones de las cámaras que hay fuera de la jaula. Ya sé que no podrás vigilar a Lorna y McEvoy; es una pena. De todos modos, ella se merece tu confianza.

—Lo sé. Sé que se la merece. ¿Qué pasa con el wifi de tu oficina?

—Lo vamos a necesitar, pero apaguémoslo hasta que nos haga falta.

—De acuerdo.

McEvoy había abandonado la sala cuando me hicieron pasar al despacho de Ruhlin.

Lo encontré otra vez en la jaula. Primero fui a mi oficina para comprobar si Lorna tenía alguna novedad y colgué mi chaqueta en un perchero.

Estaba sentada en mi silla, mirando la pantalla de su ordenador portátil.

Mientras me quitaba la corbata, rodeé el escritorio y vi que estaba viendo las noticias del Channel 5 de KTLA y llevaba puestos los auriculares.

—¿Qué pasa, Lorna? —pregunté en voz alta.

Se quitó uno de los auriculares.

—Mañana soplará un viento fuerte de Santa Ana —dijo—. Dicen que alcanzará los ciento sesenta kilómetros por hora.

—No puede ser —dije—. Eso es un huracán.

—Lo sé, pero eso dicen. ¿Quieres tu escritorio?

—No, voy a hablar con McEvoy.

Colgué la corbata en el pomo de la puerta de la oficina.

—¿Cisco ha vuelto contigo? —preguntó Lorna.

—Sí, está fuera revisando mi coche —respondí.

—¿Qué ha pasado?

—Espero que nada, pero va a hacer un barrido allí y en todo el almacén. Los Mason sabían que estábamos en casa de Patel esta mañana. Le dijeron a la jueza que lo estaban vigilando a él y no a mí, pero no me lo creo.

Lorna, en lugar de preocuparse por el hecho de que nuestros adversarios nos tuvieran bajo vigilancia, pensó en Patel. En el trayecto de regreso desde Venice, Cisco le había contado que lo habíamos encontrado muerto.

—Pobre hombre —dijo—. Quitarse la vida…

—Si es que lo hizo.

—¿Qué? ¿Crees que lo asesinaron?

—No creo nada hasta que la policía lo confirme, pero nos enfrentamos a una empresa cuyo futuro está en juego, Lorna.

Si pierden este caso, Musk, Gates, Zuckerberg y compañía no querrán ni acercarse a ellos.

Eso convierte esta situación en desesperada, y todo es posible.

Mi consejo es que mires por encima del hombro allá donde vayas hasta que esto termine.

—Eso no es muy tranquilizador.

—Es lo que hay. Quédate cerca de Cisco.

—Lo haré.

—Ah, ¿y cómo te va con McEvoy?

—Bien. Va bien. ¿Por qué? ¿Crees que es un infiltrado o algo así? Creía que Cisco lo había investigado.

—Sí, así que no creo nada, pero ahora mismo está solo en la jaula y está al tanto de todos nuestros movimientos. Me sentiré mucho mejor cuando no sea una calle de sentido único y empiece a producir cosas que nos sirvan. Voy a hablar con él. Puedes quedarte en el escritorio.

Salí de la oficina y pasé al otro lado de la cortina de cobre. McEvoy estaba frente al ordenador. Yo estaba demasiado lejos para ver el contenido de su pantalla.

—Hola —saludó.

—Te he visto en la sala del tribunal —dije—. No te has quedado. ¿Cómo sabías que la sesión no continuaría cuando saliéramos del despacho?

—Eh, en realidad, no lo sabía, pero quería ponerme con esto. Creo que ya he encontrado algo bueno. —Señaló la pantalla con la cabeza.

—La verdad es que me vendría muy bien —dije—. Muéstramelo.

McEvoy abrió una carpeta que contenía una lista de archivos.

—Bien, estos son algunos de los mensajes de correo electrónico que descargamos de las pruebas compartidas —dijo—.

Todos se enviaron a las partes interesadas del Proyecto Clair, desde que estaba en fase inicial de desarrollo hasta el entrenamiento y las pruebas.

Hay cuarenta y seis mensajes. La mayoría son inocuos y se refieren a la programación de reuniones, videoconferencias y demás, pero algunos son más importantes, porque contienen información sobre las pruebas y las salvaguardas del proyecto.

—Dime que has encontrado una prueba irrefutable —dije.

—Eh, no exactamente, pero quizá sí un testigo irrefutable. O al menos alguien que podría sustituir a Rikki Patel, que podría ser incluso mejor.

—De acuerdo. ¿Quién?

McEvoy seleccionó un archivo de la pantalla, aparentemente al azar, y lo abrió. Era un mensaje de correo electrónico y me incliné para leer el asunto.

Recordatorio: reunión sobre el progreso del PC a las 13:00 en la sala de conferencias A.

—¿Qué es PC? —pregunté.

—Estoy casi seguro de que significa Proyecto Clair, pero eso no es lo importante —dijo McEvoy—, ni el contenido del mensaje. Lo que nos interesa es la lista de destinatarios.

McEvoy hizo clic en el enlace de la lista de correo que aparecía en el encabezado y se mostraron las direcciones de correo electrónico del remitente y los destinatarios.

Se había enviado desde [email protected] a una lista de más de una docena de personas, cuyas direcciones de correo terminaban en tidalwaiv.com.

Era un mensaje interno. A mitad de la lista, había una dirección de correo electrónico censurada.

—Así que tenemos estos cuarenta y seis mensajes de correo sobre el Proyecto Clair y en todos ellos se ha censurado una dirección —dijo McEvoy.

—¿Hay alguna forma de saber si la dirección de correo electrónico censurada es la misma? —pregunté.

—Bueno, siempre se encuentra entre estas dos direcciones, Isaacs y Muniz, así que es probable que sea la misma persona, pero no hay forma de saberlo con certeza con la información que tenemos aquí.

—Entonces, ¿no podría haber sido Rikki Patel?

—No lo creo, porque él era programador, no parte interesada, por lo que yo sé, y estas personas son todas de la alta dirección; además, esta lista de correo electrónico se generó en orden alfabético por apellido. ¿Lo ves?

Me incliné hacia la pantalla para leer los apellidos de los destinatarios: Alpert, Bastin, Bernardo, Davidson, Harlan, Isaacs… La lista estaba efectivamente en orden alfabético.

—Entendido —dije—. Esto es bueno. Tenemos que averiguar quién es y por qué han ocultado su identidad.

—Creo que ya lo sé —dijo McEvoy.

—Pues dímelo. Alégrame el día.

—Bueno, si partes de la idea de que están tratando de ocultarte la identidad de esta persona, tienes que suponer que posee información o conocimientos que pueden dañar la causa de la empresa, ¿no?

Para mí, eso quiere decir que esa persona fue apartada de la empresa en algún momento después de que se enviaran estos mensajes.

Se marchó o la obligaron a irse. Puede ser que la despidieran.

—Eso tiene sentido, pero ¿cómo demonios averiguamos quién es? Patel probablemente podría habérnoslo dicho, pero ya no está.

—Exacto, así que lo que hice fue ir a TheUncannyValley para buscar…

—Espera. ¿Qué es eso?

—Bueno, en el mundo digital, el «valle inquietante» se refiere al salto psicológico que los humanos tienen que dar para aceptar los robots y las imágenes digitales como reales, eh, como en un juego o con un chatbot.

Los robots y las imágenes digitales que parecen casi humanos, pero no del todo, incomodan mucho a la gente, y, si se perciben así, no se los creen.

Eso es el «valle inquietante». Pero ahora estoy hablando de una plataforma social muy parecida a LinkedIn que se llama así, TheUncannyValley, todo junto.

Es para gente que trabaja en IA, en programación de juegos digitales, etcétera.

Básicamente es una red social y empresarial con una base de datos de currículums.

—Entendido. Así que has entrado en TheUncannyValley, ¿y luego qué?

—He hecho una búsqueda básica de antiguos empleados de Tidalwaiv.

Había un par de docenas, entre ellos Rikki Patel, pero solo una persona cuyo apellido se encuentra entre Isaacs y Muniz: Naomi Kitchens.

Su currículum dice que trabajó para Tidalwaiv unos dos años a partir de finales de 2021.

La amiga virtual Clair se lanzó al público a finales de 2022.

Y, fíjate, el currículum de Kitchens dice que es especialista en ética.

—¿Especialista en ética?

—Todas estas empresas de IA tienen ahora especialistas en ética.

La mayor parte de las veces es solo para salvar las apariencias, para cubrirse las espaldas, pero no siempre.

Técnicamente, se supone que deben supervisar las normas éticas y las restricciones de seguridad en el desarrollo de sus programas y productos de IA.

Sentí que una descarga eléctrica me recorría la columna. Le di una palmada en el hombro a McEvoy.

—Joder, McEvoy —le dije—. ¿Un día en el trabajo y ya has encontrado esto? ¿Has buscado en el resto de los documentos a esta Naomi Kitchens?

—Sí —respondió McEvoy—. No hay nada.

—¿Doce terabytes de documentos y ni una sola mención a Naomi Kitchens, la supuesta especialista en ética de este proyecto?

—Ninguna.

—¿La han eliminado por completo de la investigación?

—Eso parece. En los documentos posteriores a su salida de la empresa, aparece otra persona como especialista en ética del proyecto: Francis Ross.

—Así que se deshicieron de Kitchens por alguna razón, la eliminaron de todos los registros y luego trajeron a Ross.

—Eso parece. Supongo que podrás poner a los Mason en apuros en el juicio por esto, ¿verdad?

—Podría, pero probablemente no lo haga.

—¿Por qué no? Pensaba que…

—No quiero que sepan que la conocemos. Todavía no. Por cierto, no hay wifi en la jaula. ¿Cómo la has buscado en TheUncannyValley?

—Con mi teléfono. Salí para hacerlo. Creí que no pasaría nada.

Pensé en ello un momento. El hecho de que McEvoy hubiera encontrado a Naomi Kitchens aliviaba mis sospechas sobre él, y era poco probable que los Mason o Tidalwaiv supieran de mi decisión de permitirle unirse al equipo.

Mi principal preocupación en ese momento era ocultarles que habíamos descubierto la identidad de la especialista en ética que ellos intentaban encubrir.

—Cuando has salido para buscar en tu teléfono, ¿a qué distancia te has ido? —le pregunté.

—Eh, en realidad, lo he buscado en la sala del tribunal mientras esperábamos a que entrara la jueza —dijo McEvoy—. ¿Por qué? ¿Qué te preocupa?

—Que tengan un sniffer aquí, un analizador de paquetes.

—¿Un analizador de paquetes? ¿En serio? Eso parece un poco extremo.

—Créeme, Tidalwaiv no se andará con chiquitas para ganar este caso. ¿Alguna idea de dónde está Naomi Kitchens ahora?

—Sí, la he encontrado. Está en Palo Alto, da clases en Stanford, y una de sus asignaturas se llama «Ética en la era de la inteligencia artificial».

Asentí con la cabeza. Las piezas estaban encajando.

—Pues iremos allí a hablar con ella —dije.

—¿En serio? —preguntó McEvoy—. ¿Cuándo?

—Ahora mismo.

—¿No quieres llamarla primero?

—No. Puede que la estén vigilando, igual que a Patel. Además, si la llamamos, puede que se asuste y se escape. Seguro que sabe lo de esta demanda, pero no ha dado un paso al frente. ¿Por qué? ¿Otro acuerdo de confidencialidad? Creo que es otra cosa. Está asustada.