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—Bueno, señoría, lo único que puedo decir es que el señor Mason tiene mucha imaginación —respondí—.
Me halaga que crea que puedo pensar tan rápido después de encontrar a un hombre muerto en su cama y que pueda determinar el momento de su fallecimiento sin consultar con un forense.
Pero lo que me preocupa, señoría, es que el señor Mason parece tener mucha más información que yo.
Solicito al tribunal que le pregunte lo mismo que me ha pedido a mí, es decir, qué sabe y cómo se ha enterado. También cuándo lo averiguó.
Marcus Mason no necesitó que la jueza le diera la palabra. Intervino de inmediato.
—Señoría —comenzó—, tenemos el solemne deber para con nuestro cliente de proporcionarle la mejor defensa posible contra esta demanda frívola.
En el proceso, nos dimos cuenta de que el señor Patel era un exempleado descontento que podría haber sido tentado por el señor Haller o su investigador para romper su acuerdo de confidencialidad con Tidalwaiv.
Somos un gran bufete con muchos recursos.
Los utilizamos para monitorizar al señor Patel, y de ahí proviene nuestra información.
Negué con la cabeza. La jueza se inclinó hacia Marcus Mason.
—¿Estos recursos son personas, cámaras u otros dispositivos? —preguntó.
—Eh, tanto personas como cámaras —respondió Mason.
—¿Pusieron una cámara en el interior de la casa del señor Patel? —insistió Ruhlin.
—No, señoría —respondió Mason rápidamente—. Por supuesto que no. Nunca.
—Señoría —dije.
—Todavía no, señor Haller —repuso Ruhlin—. Entonces, señor Mason, ¿cómo llevó a cabo la vigilancia del señor Patel hasta el punto de saber que su muerte se está investigando como un suicidio?
—Señoría, teníamos una cámara fuera de la casa que graba audio.
No estaba en su propiedad. Estaba en un poste eléctrico municipal.
Ha captado parte de lo que los investigadores han discutido en el exterior de la casa, y esa información me ha sido remitida.
No es ilegal, y algunos incluso dirían que es una buena estrategia.
Me devolvió mi mirada desdeñosa.
—He recibido la información justo antes de que comenzara la vista —dijo Mason—. Iba a llamar la atención del tribunal sobre la situación al principio, pero el señor Haller se ha adelantado.
La jueza volvió a juguetear con el bolígrafo mientras pensaba en todo lo que acababa de oír.
—Señoría —dije de nuevo.
—Adelante, señor Haller —respondió Ruhlin con impaciencia.
—Gracias. Señoría, me gustaría que el abogado de la parte contraria dejara constancia en acta de si su bufete o alguien que trabaje para él nos tiene a mí o a algún miembro de mi personal bajo una vigilancia similar.
—Esa es una afirmación indignante, señoría —dijo Mason enfadado—.
Tidalwaiv tenía todo el derecho a vigilar a un exempleado descontento e inestable por razones de seguridad.
El señor Haller está utilizando esta práctica comercial perfectamente legítima para intentar poner en tela de juicio al abogado de la parte contraria.
—Palabrería, señor Mason —dijo Ruhlin—, pero no lo he oído decir que no tiene al señor Haller ni a ninguno de sus empleados bajo vigilancia.
—Disculpe, señoría, es que estoy muy alterado —dijo Mason—. La respuesta es no. No tenemos al señor Haller ni a ninguno de sus empleados, ni a su clienta, por cierto, bajo ningún tipo de vigilancia. Punto.
—¿Y antes de esta reunión? —pregunté—. ¿Han estado vigilándome a mí o a mi investigador?
—No —respondió Mason—. Ahí lo tiene. Queda constancia.
—¿Alguna otra pregunta, señor Haller? —inquirió Ruhlin.
—Me gustaría que constara en acta que al hombre al que el señor Mason llama «exempleado descontento e inestable» yo lo calificaría de «alertador» —dije—. Pero no, no hay más preguntas, señoría.
Por la expresión de Ruhlin, supe que no tenía que jugar la baza de la indignación. Ella se encargaría de eso.
—Muy bien —dijo—. Caballeros, considero que las tácticas y los comportamientos que han exhibido fuera de la sala son preocupantes e indignos de este tribunal.
Advierto a ambas partes de que tendré poca paciencia y mostraré poca compasión si alguno de ustedes o quienes trabajan para ustedes violan la ley o el decoro de este tribunal federal de distrito.
Eso incluye proporcionar a los medios de comunicación afirmaciones infundadas o información errónea.
Esto no es una pelea callejera, caballeros, y hago hincapié en la palabra «caballeros».
Quedan advertidos: compórtense como corresponde.
Ruhlin recibió un coro de «Sí, señoría» por parte de los Mason y de mí. A continuación, declaró suspendida la vista y nos despachó. Salimos en silencio y en fila india detrás de la taquígrafa y nos dirigimos otra vez a la sala. Yo era el último, detrás de Marcus Mason.
—Parecías un poco estresado ahí dentro, Marcus —le dije a su espalda—. ¿Cómo lo estás llevando?
No se volvió para mirarme cuando habló.
—Vete a la mierda, Haller —dijo.
—¿Seguro que esa pajarita no te aprieta demasiado? —le pregunté—. No querrás cortar el flujo sanguíneo al cerebro. Eso no es bueno.
Esta vez se detuvo y se volvió. Casi choqué con él.
—¿Sabes lo que eres, Haller? —preguntó.
—Tengo la sensación de que estás a punto de decírmelo —respondí.
—Un gilipollas —dijo—, así que vete a la mierda.
Le sonreí hasta que se volvió para dar alcance a los demás.