Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 8
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La jueza llegaba tarde a la vista de urgencia que ella misma había programado.

Los abogados esperábamos en silencio en nuestras mesas.

No tenía nada que decir a los Mason y ellos a mí tampoco.

Había informado a mi clienta, pero no pudo ausentarse de su trabajo en el laboratorio con tan poca antelación, así que me senté solo.

En la primera fila de la galería había tres periodistas, uno de prensa escrita y dos de televisión; todos habían recibido un soplo anónimo de Lorna sobre la vista.

Eso me permitiría protegerme si se me acusaba de poner en marcha una noticia de última hora desfavorable para la defensa.

McEvoy se había ausentado de su trabajo en la jaula y estaba sentado en la última fila, junto a Cisco, para no perderse nada.

—Muy bien —dijo la jueza—. Volvemos al caso Randolph contra Tidalwaiv y tenemos una moción de la defensa para suspender mi providencia de esta mañana. Señores Mason, ¿alguno de ustedes quiere exponer sus argumentos a favor de la suspensión?

Marcus se dirigió hacia el atril, pero, antes de que llegara, me levanté.

—Señoría, ¿puedo intervenir? —dije—. Creo que dispongo de información que tiene un impacto significativo en esta vista y en la moción de la defensa.

Ruhlin me miró, mostrando un destello de irritación durante unos largos segundos, antes de responder.

—Muy bien, señor Haller —dijo—. Puede intervenir.

Me acerqué al atril, obligando a Marcus Mason a retroceder hasta su mesa. Le guiñé un ojo desde el lado que la jueza no veía. Él se quedó de pie, listo para protestar ante cualquier cosa que yo fuera a decir.

—Gracias, señoría —empecé—. Y buenas tardes.

Lamentablemente, tengo que comunicar noticias bastante inquietantes y tristes al tribunal.

Al parecer, la misma mañana en que el tribunal ha dictaminado que Rikki Patel podía presentarse como testigo en este juicio, ha perdido la vida.

Su muerte es objeto de una investigación por homicidio que está llevando a cabo el Departamento…

—¡Protesto! —rugió Marcus Mason.

—… de Policía de Los Ángeles —continué—. No hay necesidad de celebrar esta vista, señoría, porque mi testigo clave ha fallecido en circunstancias muy sospechosas. El resultado…

—¡Protesto! —volvió a gritar Marcus.

—… de la investigación sin duda arrojará luz sobre hasta qué punto Tidal…

—Vale, basta —dijo Ruhlin—. Esperen todos un momento.

Hizo una señal a su secretario, que estaba al lado del estrado. Ruhlin hizo rodar su silla para acercarse a él y le susurró algo. Acto seguido, el secretario abandonó la sala por la puerta que daba al despacho de la jueza y Ruhlin volvió a su sitio.

—Bien, vamos a mi despacho para seguir discutiendo esta cuestión —dijo.

—Señoría, protesto —repuse—. Este es un asunto serio y debería discutirse en público.

—Señoría —dijo Marcus Mason—, el abogado de la demandante intenta airear de nuevo afirmaciones escandalosas ante los medios de comunicación reunidos aquí con la esperanza de manchar el…

—¡Basta! —bramó Ruhlin desde el estrado—. Los dos. Basta. Mi secretario está retirando documentos de otro caso de la mesa de mi despacho y luego nos reuniremos allí para continuar con esto. Andrew los hará pasar cuando estemos listos.

Dicho esto, se levantó y salió por la puerta que conducía a su despacho.

Marcus Mason se acercó de inmediato a mí, que estaba en el atril, y me susurró enérgicamente:

—Esto es una majadería —dijo—. Y tú eres un majadero.

—Claro, Marcus —respondí—. Lo que tú digas.

—¡Lo de Patel no tiene nada que ver con este caso!

—¿Ah, no? Espero que puedas convencer al jurado de eso.

Lo dejé allí y regresé a mi mesa, pero, antes de sentarme, uno de los periodistas, un tipo que llevaba décadas trabajando en la tele, saltando de una cadena a otra en el mercado local, se levantó y, desde detrás de la barandilla, me hizo una señal.

—¿Es cierto lo que acaba de decir? —preguntó—. ¿Un testigo ha sido asesinado?

—No he utilizado ese término —respondí—. Y nunca mentiría a una jueza federal.

Me volví hacia mi mesa y vi a Andrew, el secretario, de pie junto a la puerta que daba acceso al despacho de Ruhlin.

—La jueza los recibirá ahora —dijo.

Los Mason ya se habían puesto en marcha.

Los seguí y pasamos por el recinto del secretario del tribunal y por la puerta que daba a un pasillo corto que conducía al despacho de Ruhlin.

La jueza estaba sentada a una mesa redonda frente a una pared cubierta por estanterías de suelo a techo que contenían volúmenes encuadernados en cuero de los códigos y leyes de Estados Unidos.

Era algo estrictamente decorativo, puesto que todo se podía encontrar y leer con facilidad en línea.

En una esquina, detrás de la jueza, la taquígrafa del tribunal estaba lista para dejar constancia de la sesión a puerta cerrada.

—Caballeros, siéntense —ordenó Ruhlin—. Señor Haller, quiero que se ponga ahí.

Señaló la silla situada justo enfrente de ella, al otro lado de la mesa. Los Mason la flanquearían, pero la mirada de la jueza se centraría en mí.

—Seguimos en actas —dijo Ruhlin—, pero, ahora que la prensa no nos oye, no hay necesidad de fingir ni de actuar para el público. Señor Haller, cuéntenos lo que sabe y cómo se ha enterado.

Me aclaré la garganta para ganar un par de segundos y poder preparar una respuesta.

—Señoría —comencé—, esta mañana he recibido por correo electrónico su providencia sobre la moción relativa al señor Patel, y estoy seguro de que los abogados de la defensa también.

Supuse que los abogados de Tidalwaiv recurrirían la resolución y solicitarían una suspensión para impedirme tomar declaración al señor Patel.

Desde el principio, ha quedado claro que no querían que hablara con ese hombre, porque él conocía las irregularidades de la empresa y…

—Señor Haller —me interrumpió Ruhlin—, le he dicho que no haga teatro. Dígame lo que sabe y cómo se ha enterado.

—Sí, señoría —respondí—. Así que, anticipando cuál sería probablemente su jugada, y en un intento por adelantarnos a la presentación de esa apelación, mi investigador, Dennis Wojciechowski… ¿Quiere que le deletree el apellido?

—No es necesario —dijo Ruhlin—. Lo tenemos. Continúe.

—Cisco y yo fuimos a casa del señor Patel…

—Espere, ¿quién es Cisco? —preguntó ella.

—Lo siento, Cisco es Dennis —respondí—. Es su apodo. El caso es que Dennis Wojciechowski y yo hemos ido a la casa del señor Patel, en Venice, esta mañana con el fin de hablar con él antes de que se presentara la apelación y se concediera cualquier tipo de suspensión.

Marcus Mason negó con la cabeza con desdén.

—Es perfectamente legal, algunos incluso dirían que es una buena estrategia —dije.

Le devolví una mirada igual de desdeñosa.

—En fin, fuimos a la casa —continué—. Encontramos la puerta de la calle abierta y, después de llamar y gritar su nombre, entramos.

Registramos la casa y lo encontramos en un dormitorio.

Muerto. Entonces llamamos a la policía. Dos agentes de patrulla y su sargento acudieron y entraron en la casa.

Cuando salieron, el sargento consideró que la muerte era sospechosa y llamó a un equipo de homicidios.

Nos quedamos hasta que llegaron los investigadores y les contamos lo que sabíamos, mencionando también que el señor Patel era testigo en este caso. Y luego nos fuimos.

Nadie dijo nada. Intenté llenar el vacío.

—Mientras esperábamos a los detectives, la directora de mi oficina se puso en contacto conmigo y me dijo que se había presentado la apelación y que el tribunal había programado una vista sobre la suspensión.

He venido directamente de Venice al juzgado cuando los detectives nos han dado permiso para abandonar el lugar de los hechos.

Ruhlin jugueteó con el bolígrafo con el que había estado tomando alguna que otra nota mientras yo contaba la historia.

—He visto a su investigador en la sala del tribunal —dijo—. Si lo trajera aquí, ¿contaría la misma versión?

—Por supuesto que sí —respondí—. ¿Quiere que vaya a buscarlo?

—No creo que sea necesario todavía —dijo la jueza—. ¿Le dijeron los investigadores qué les parecía sospechoso de la muerte?

—No, señoría —respondí—, pero tengo sus nombres, si desea ponerse en contacto con ellos.

—Tampoco creo que sea necesario —dijo Ruhlin—. Mi secretario me ha confirmado que hay una investigación en curso. Señor Mason, ¿desea intervenir?

Marcus Mason asintió enfáticamente.

—Sí, señoría. El señor Haller ha contado una buena historia, pero ha omitido detalles clave. En primer lugar, cuando dice que la puerta estaba abierta, sabemos de buena fuente que no es así. La puerta no estaba abierta, como afirma, y él y su investigador han irrumpido en la casa y…

—Eso es mentira —interrumpí—. Al decir que la puerta estaba abierta, me refería a que no estaba echada la llave. La encontramos sin cerrar y entramos cuando…

—Señor Haller, ya ha tenido su turno —dijo la jueza—. No interrumpa al abogado de la parte contraria. Continúe, señor Mason.

—Como decía —prosiguió este—, las afirmaciones del señor Haller tanto en la sala del tribunal como aquí son exageradas.

Sí, hay una investigación sobre la muerte del señor Patel, pero se está investigando como un suicidio que ocurrió la semana pasada, antes incluso de que se celebrara la vista para determinar si Patel podía ser testigo.

El señor Haller lo sabía y, sin embargo, ha decidido difundir en audiencia pública, ante la presencia de los medios, una versión completamente falsa que espera que la prensa haga llegar a los potenciales miembros del jurado.

La jueza me miró con recelo.

—Señor Haller —dijo—, el señor Mason acaba de hacer una declaración contundente. ¿Desea responder?

Tenía que darle rápidamente la vuelta a la situación y lograr que el foco no se centrara en mis motivos, sino en los de Mason.