Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 7
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Cisco y yo esperamos junto a la puerta de la calle. Tenía la esperanza de que la brisa marina se llevara el olor a muerte de mi nariz, pero era una batalla perdida.

Los primeros en responder a mi llamada a la policía fueron dos agentes de patrulla de la División Pacific.

La mujer tomó nota de mis datos mientras su compañero accedía a la vivienda para confirmar la muerte.

Cuando volvió al exterior, iba hablando por el micrófono de la radio que llevaba en el hombro y pedía que un supervisor acudiera a la escena.

Pasaron otros diez minutos antes de que apareciera un sargento de patrulla y entrara en la casa para verlo por sí mismo. Al salir, vino directamente hacia mí.

—¿Encontró usted el cadáver? —preguntó.

—Mi investigador y yo, sí —respondí. Me fijé en que su placa decía « Finley » .

—¿«Investigador»?

—Soy abogado —respondí—. Dennis Wojciechowski es mi investigador. El hombre que está ahí dentro iba a ser testigo en un juicio civil en el que participo. Se suponía que hoy íbamos a tomarle declaración.

Finley levantó la cabeza en señal de reconocimiento.

—Usted es el Abogado del Lincoln, ¿verdad? He visto sus vallas publicitarias.

El legado del Lincoln… Nunca lo van a olvidar.

—Ya no —dije—. Ya no me dedico a los casos penales. ¿Vienen los detectives? Me gustaría hablar con ellos.

—Voy a ratificarlo como un suicidio autoinfligido —explicó Finley—. No hace falta llamarlos.

No me molesté en mencionar que un suicidio solo podía ser autoinfligido.

—¿Tiene autoridad para tomar esa decisión? —pregunté.

—Sí, la tengo —dijo Finley—. No hay indicios de que se trate de un crimen.

Un frasco de pastillas vacío, un desahucio inminente.

La oficina del forense tomará la decisión final sobre la toxicología, y ya están en camino.

Todos nuestros informes se enviarán a la brigada de detectives para su revisión, pero, ahora mismo, no es necesario molestar a los detectives con esto.

—Bueno, sargento, voy a tener que insistir en que lo haga. Este hombre iba a ser un testigo clave en un juicio civil que está a punto de celebrarse en el que estarán en juego miles de millones de dólares, y hay una empresa que haría cualquier cosa para subvertir la causa de la justicia.

Finley sonrió, miró alrededor y comprendió que tenía público: sus dos subordinados. Volvió a centrar su atención en mí.

—Bonito discurso —dijo—, pero no cambia mi decisión sobre este asunto.

El investigador del forense lo examinará y estoy seguro de que estará de acuerdo.

Ya tenemos su declaración y sus datos, y nos pondremos en contacto si es necesario.

Usted y su investigador pueden marcharse, señor. Que tenga un buen día.

Se volvió para hablar con los otros dos policías. Miré a Cisco y negué con la cabeza.

—Hay una vista hoy en el tribunal federal —dije en voz alta pero controlada—.

Es sobre este testigo. Habrá medios, un montón: el caso ya ha despertado el interés nacional y aún no hemos llegado al juicio.

Cuando informe de que el Departamento de Policía de Los Ángeles no ha investigado la muerte de este hombre, será noticia, y su decisión acabará siendo cuestionada por su jefe, y por el jefe de su jefe, y por el jefe de su jefe, hasta llegar al jefe del Departamento de Policía.

Solo quiero que recuerde que se lo he advertido.

Finley se volvió y puso los brazos en jarras mientras me fulminaba con la mirada, claramente molesto por recibir una respuesta negativa a su orden. Cisco me puso una mano en el brazo y me dio un tirón.

—Vamos, Mick —dijo—. Deberíamos irnos.

Se la aparté mientras Finley se acercaba a mí.

—Señor, ¿tenía permiso para entrar en esta casa? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Ah, ¿quiere ir por ese camino? —dije—. ¿Me va a detener por allanamiento? ¿De verdad quiere meterse en un lío tan gordo, sargento Finley?

—Señor, lo que quiero es que abandone este lugar —dijo él—. Mientras pueda.

—No se preocupe, sargento, nos vamos —dijo Cisco.

Volvió a tirarme del brazo, pero yo me mantuve firme y señalé la puerta de la casa.

—No —dije—. No me iré hasta que sepa que van a investigar la muerte de este hombre adecuadamente. Por detectives, no por agentes de patrulla.

Finley sonrió.

—De acuerdo. Si quiere una investigación, la tendrá —dijo—. Lo investigaremos a usted. Agente Dance, lleva al Abogado del Lincoln al asiento trasero de su coche.

Dance era la mujer. Se acercó a mí.

—¿Lo esposo, sargento? —preguntó.

—No creo que sea necesario —dijo Finley—. Va a cooperar. Solo mételo en el coche y ya nos ocuparemos de él cuando podamos.

—Por aquí, señor —dijo Dance. Señaló hacia el pasaje peatonal con una mano mientras me cogía del brazo con la otra.

—Esto es absurdo —me quejé—. Si me meten en el coche, me están deteniendo, y tendrán que responder ante un juez federal por ello.

—Vamos, señor —insistió Dance.

—Mick, ¿a quién quieres que llame? —dijo Cisco.

—Llama al secretario de la jueza Ruhlin —dije por encima del hombro—.

Diles que la policía me está deteniendo ilegalmente y que necesito que Peggy, quiero decir, la jueza, dicte una orden de comparecencia para el sargento Finley, de la División Pacific del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Dile que, de lo contrario, no podré asistir a la vista de hoy.

Dejé de resistirme y permití que Dance me llevara del brazo al otro lado de la cancela. Llegamos a la calle antes de que Finley la llamara.

—Dance, tráelo aquí —dijo.

Nos dimos la vuelta con una especie de pirueta.

—Por fin está siendo inteligente —susurré a la agente Dance.

Ella no respondió. Volvimos a cruzar la cancela y enfilamos directamente hacia Finley.

—De acuerdo, Dance —dijo—. Ve a Pacific y para la furgoneta del forense.

—Sí, señor —respondió Dance. Se dio la vuelta para cumplir la orden.

Finley se me acercó un paso más para que no lo oyera el compañero de Dance, que estaba junto a Cisco, al lado de la cancela.

—¿Qué voy a hacer con usted, Lincoln? —dijo.

Por la pregunta y el tono, supe que iba a capitular.

Se había dado cuenta de que el camino que tenía por delante estaba plagado de obstáculos si insistía en satisfacer por un momento su deseo de ponerme en mi lugar.

Quizá por eso era supervisor. Mi parte del trato tácito consistía en actuar como si él no hubiera pestañeado.

Sabía exactamente qué darle para que él pudiera salvar las apariencias y yo conseguir lo que quería.

—¿Ha visto el nombre del médico en el frasco de pastillas? —le pregunté.

—No lo he mirado —respondió Finley.

—El mismo apellido que el del hombre que está en la cama. A ver, no soy detective, pero me pareció un poco sospechoso.

Finley asintió y se volvió hacia el otro agente de patrulla.

—Bien, tenemos nueva información —dijo—. Johnson, acordonemos esto y preservemos la escena. Voy a llamar a la Oficina Oeste para que vengan a echar un vistazo dentro.

Johnson se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta, presumiblemente para coger un rollo de cinta de escena del crimen del coche patrulla. Eso me dejó a solas con Finley.

—¿Contento ahora, abogado? —preguntó.

—Estoy contento de que los profesionales vayan a echar un vistazo, sí —respondí—, pero no de haber perdido a mi testigo.

—Bueno, va a tener que quedarse aquí y hablar con los profesionales sobre este gran caso suyo.

—No hay problema.

Finley me dio la espalda para llamar a los detectives por radio. Me acerqué a Cisco para esperar.

—¿Qué coño, Mick? —susurró—. ¿Por qué casi te detienen? El tipo se suicidó. Has estado en la casa. Está clarísimo.

Miré a Finley para asegurarme de que no nos oía. Estaba en el porche hablando por la radio junto a la puerta principal. Yo no podía oírlo y él no podía oírme a mí.

—Necesitamos una investigación —dije.

—¿Por qué? —preguntó Cisco—. Va a salir que fue un suicidio. El tipo se tomó un frasco entero de oxicodona.

—No importa lo que salga.

—¿Por qué?

—Porque lo que importa es que se investigue.

Cisco me miró fijamente un largo rato antes de que yo viera que entendía lo que quería decir. Asintió despacio con la cabeza.