Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 6
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Acompañé a McEvoy hasta la jaula para dejarlo con Lorna. Miró las pilas de documentos, todas ellas de al menos quince centímetros de altura.

—¿Quieres que empiece por algún lugar en particular? —preguntó.

—Lorna, ¿cuál es la del entrenamiento de la IA y las pruebas? —pregunté.

—Esa —respondió Lorna, señalando la pila más baja.

—Empieza por ahí —le dije—. Toma notas. Busca fallos, atajos. Averigua qué están ocultando.

—Claro —dijo McEvoy—. Es pan comido.

Noté el sarcasmo. Se acercó a la mesa.

—Cisco, tú vienes conmigo —le dije—. Vamos.

—¿Adónde? —preguntó él.

—A ver a Rikki Patel.

—¿Seguro que me necesitas?

—Sí, Cisco. Vamos.

Atravesé la cortina de cobre y me dirigí hacia la puerta del almacén. Interpreté la reticencia de Cisco como una preocupación por dejar a Lorna con McEvoy. No lo mencioné hasta que estuvimos fuera, junto a mi coche. Lo miré por encima del techo.

—Tú mismo lo investigaste y no encontraste nada —le dije—. ¿Cuál es el problema?

—¿Con McEvoy? —preguntó Cisco—. No hay ningún problema.

—No tienes que preocuparte por Lorna. Ella puede valerse por sí misma.

—Ya lo sé. Pero aun así tengo que preocuparme por ella. Es mi trabajo.

—Tu otro trabajo. Ahora mismo, te necesito en este.

—Vale, aquí estoy. ¿Por qué tanta prisa con Patel, si la jueza lo ha aceptado como testigo?

—No me ha devuelto las llamadas en todo el fin de semana ni hoy. Vamos a verlo y a grabarlo antes de que los Mason presenten una moción para suspender la providencia de la jueza mientras apelan.

Abrí el coche y nos subimos.

—¿Le has dejado un mensaje esta mañana? —preguntó Cisco.

—Sí —respondí—, pero no me ha devuelto la llamada. Espero que los gemelos no hayan llegado a él y lo hayan sobornado.

—¿Mason y Mason? No, imposible. Odia a esos tipos y a la empresa, dice que Tidalwaiv le arruinó la vida, que lo vetaron. Está claro que quiere venganza. Quiere su día en el tribunal. Después de que ganes este caso, quiere contratarte para demandar personalmente a Victor Wendt y a la empresa.

—Si le caigo tan bien, ¿por qué no me devuelve la llamada?

—No lo sé, tío. La última vez que hablamos, me contó que quería volver al norte para probar suerte allí con el mercado laboral. Pero prometió avisarme si se mudaba.

—¿Dónde está su última dirección conocida aquí?

—En Venice Beach.

Cisco era demasiado grande para el coche y nos esperaba un viaje de al menos treinta minutos hasta la playa.

Era exmotero y no se molestaba en disimularlo: hombros y bíceps abultados en un cuerpo de metro noventa y tres.

Mi Chevy Bolt era pequeño y acogedor, y la cabeza de Cisco rozaba el techo.

El coche era un descenso en cuanto a espacio y comodidad con respecto al Lincoln Navigator con chófer.

A cambio, al otro lado de la balanza, llevaba quince meses sin pisar una gasolinera.

Tomamos la 10 hacia el oeste. Cada vez que miraba a Cisco, él estaba viendo imágenes de las cámaras del almacén en su teléfono.

—Nunca te había visto así —le dije finalmente—. ¿Qué problema tienes con el escritor?

—Mi problema es que el tipo suele relacionarse con mujeres con las que trabaja, ¿vale? —respondió Cisco.

—¿Y qué, tío? ¿No te fías de Lorna?

—De ella sí. De quien no me fío es de él.

—Lorna toma buenas decisiones. No tienes por qué preocuparte. Además, le sacas quince centímetros y unos cuarenta kilos, no va a intentar nada. Tienes que olvidarlo para poder concentrarte en el caso. Lo digo en serio. No podemos cagarla.

—Vale, vale. Estoy concentrado. No tienes que preocuparte por mí, Mick. Estoy concentrado de cojones.

—Bien. ¿A qué parte de Venice vamos?

—Al número 25 de Breeze. Es una de las calles peatonales que salen de Pacific. Vas a necesitar suerte para encontrar aparcamiento.

—Al menos no vamos en un Navigator. Ese barco era difícil de aparcar en cualquier sitio.

—Ojalá fuéramos en el Navigator. Al menos allí quepo.

Tardamos casi cuarenta minutos en llegar debido al tráfico y, tal y como temía Cisco, no había ningún sitio libre cerca de Breeze Avenue.

Al final, me rendí y estacioné en un aparcamiento de la playa junto a Speedway.

Caminamos cinco manzanas hasta el bungaló de Patel, que estaba en un barrio donde había casas a ambos lados de una vía peatonal.

Mientras íbamos por Breeze, recibí un mensaje de Lorna.

—Mierda —dije cuando lo leí.

—¿Qué pasa? —preguntó Cisco.

—Los Mason ya han presentado un recurso y Ruhlin quiere escuchar los argumentos sobre su solicitud de suspensión esta tarde a las tres.

—Entonces, ¿no podemos hablar con Patel?

—Técnicamente, no. Pero yo tengo apagado el teléfono y no he recibido el mensaje de Lorna.

Eso fue justo lo que hice cuando nos acercamos al número 25 de Breeze.

La casa estaba detrás de una hilera de arbustos de jazmín descuidados que se extendían por encima de una valla perimetral baja.

Más allá de una cancela que no estaba cerrada con llave, se veían los escalones de un pequeño bungaló con un porche completamente cubierto.

La terraza de madera, expuesta durante mucho tiempo a la brisa marina, crujía y se hundía bajo nuestro peso combinado de casi doscientos kilos.

Antes incluso de llamar a la puerta, Cisco hizo una observación inquietante.

—Alguien ha muerto.

—¿Qué?

—¿Hueles eso?

—Sí, es el jazmín.

—No es el jazmín, Mick. Cuando abramos la puerta, lo notarás.

Cisco miró los muebles del porche. Había un sofá acolchado, dos sillas y una mesa baja. Estaba dispuesto como una sala de estar al aire libre. Había cojines decorativos en el sofá, y Cisco cogió dos y me lanzó uno.

—Úsalo.

—¿Para qué?

—Para el olor.

Se acercó a la puerta principal. Había un panel de cristal en la mitad superior. Hizo visera con las manos sobre los ojos y se inclinó para mirar más allá del reflejo de la luz exterior. Dentro estaba oscuro.

—Hay una nota —dijo—. En el suelo.

Me acerqué a él y miré a través del cristal. Había un trozo de papel en el suelo, esperando a quien entrara.

—¿Ves lo que pone? —pregunté.

—Sí —respondió Cisco—. Dice «dormitorio del fondo». Está impreso.

—¿Nada más? ¿Solo «dormitorio del fondo»?

—Nada más.

Llamé al cristal.

—No va a responder nadie, Mick —dijo Cisco.

Parecía convencido. De todos modos, volví a llamar. Él no esperó una respuesta. Probó la manija: la puerta no estaba cerrada con llave y empujó para abrirla. La nota que estaba en la alfombra de la entrada se desplazó hacia un lado.

Entonces nos invadió el hedor. El olor a muerte me repugnó de inmediato. Estuve a punto de vomitar. Nos tapamos la boca y la nariz a la vez con los cojines.

—Dios mío —exclamé.

—Te lo he advertido —dijo Cisco.

Nuestras voces estaban amortiguadas. Entré en la casa.

—Espera —dijo él—. ¿Qué vamos a hacer?

—Vamos a entrar y a averiguar quién ha muerto.

—¿Estás seguro? ¿No deberíamos llamar a la policía?

—No te preocupes, lo haremos.

Me adentré un poco más y Cisco me siguió. A la izquierda había un comedor con una mesa en la que había un ordenador y una impresora pequeña. Alrededor había montones de documentos desordenados.

A la derecha, vi una salita de estar con una chimenea.

Un pasillo oscuro conducía a la parte de atrás de la casa, y Cisco tomó la delantera, utilizando el codo para pulsar un interruptor en la pared que encendía las luces del techo.

Pasó por delante de un arco, a la izquierda, que daba a la cocina y por una puerta abierta, a la derecha, que conducía a un pequeño dormitorio.

Al final del pasillo había un cuarto de baño y otra puerta abierta que daba a un dormitorio grande.

El principal. Entramos y estaba oscuro, porque las cortinas cubrían las ventanas.

Alcancé a ver la silueta de alguien sentado en la cama, recortada contra el cabecero de madera clara.

—¿Hola? —dije.

No hubo respuesta.

Cisco volvió a usar el codo para encender una luz del techo, esta vez la que estaba sobre la cama.

Entonces vimos el cuerpo con nitidez. Era un hombre de unos treinta años, con el pelo oscuro; estaba sentado, con la parte inferior del cuerpo bajo las sábanas.

Estaba claramente muerto, con los ojos entrecerrados.

Un líquido oscuro, ahora seco, había fluido desde la nariz y la boca hasta una camiseta verde.

Tenía las manos por encima de las sábanas, sobre su regazo.

En la izquierda sostenía un teléfono móvil.

Nunca había visto a Rikki Patel. Me llamó tras la presentación de la demanda de Tidalwaiv y envié a Cisco para que realizara la entrevista preliminar y juzgara si podía ser un testigo creíble.

Una vez que se confirmó, tuve una o dos conversaciones telefónicas con él, pero mantuve la distancia por cuestiones relacionadas con la divulgación de pruebas.

No quería dar a Tidalwaiv ninguna pista de los testigos que estaba reclutando hasta que tuviera que presentar mi primera lista.

—¿Es Rikki Patel? —pregunté.

—Sí —dijo Cisco.

—Joder.

—Sí.

Cisco se acercó a la mesita, junto al cadáver. Sacó su teléfono, encendió la linterna y la enfocó hacia el mueble, donde había un frasco de medicamentos abierto de color ámbar. Se inclinó para intentar leer la etiqueta sin tocarlo.

—Oxicodona —dijo—. Recetada por el doctor Patel, dentista. Está vacío.

—¿Su padre? —pregunté.

—¿Quién sabe? Patel es como la versión india de Smith.

Cisco apagó la luz y se guardó el teléfono en el bolsillo. Se apartó del cadáver y se volvió hacia mí.

—Supongo que ahora llamaremos a la policía —dijo.

—Todavía no —respondí—. ¿Has visto alguna nota?

Mi mente se aceleró con pensamientos sobre lo que significaba la muerte de Patel para mi caso. Sabía que su fallecimiento era una tragedia para él y sus seres queridos, pero no podía evitar pensar en el impacto que tendría en el juicio.

—Eh, no hay ninguna nota —dijo Cisco—. Aparte de la que encontramos en la puerta. Pero puede que le estuviera enviando un mensaje a alguien.

Miré el teléfono que tenía en la mano el fallecido. La pantalla estaba en una posición que sugería que había estado mirando el dispositivo en sus últimos momentos.

—Tenemos que mirar ese móvil —dije.

—Mick, no conviene alterar una posible escena del crimen —contestó Cisco—. Es bastante obvio lo que ha pasado aquí, pero no querrás que esto te pase factura, ¿no? Tenemos que llamar a la policía.

—Ya te he dicho que lo haremos.

—Déjalo, Mick. Vámonos de aquí y llamemos a la policía.

No le respondí. Miré alrededor y vi una caja de pañuelos en la cama, al alcance de Patel. Saqué dos.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Cisco.

—Solo quiero ver qué estaba haciendo —respondí.

Volví a rodear la cama, pasé junto a él y me acerqué al cadáver. Protegiéndome los dedos con un pañuelo, le quité el teléfono a Patel.

—Joder, Mick —dijo Cisco.

No le hice caso. Utilicé un dedo envuelto para pulsar el botón lateral del teléfono. No ocurrió nada. La pantalla permaneció en negro. La batería estaba agotada.

—Mierda.

—Déjalo como estaba, Mick. Vamos a salir y llamamos a la policía, como buenos ciudadanos que somos.

Volví a colocar con cuidado el teléfono donde estaba.

—Echemos un vistazo —dije.

Caminé por el pasillo hacia la parte delantera de la casa.

Cisco me siguió, pero atravesó la cocina mientras yo me dirigía al comedor.

Con el pañuelo, aparté las pilas de documentos que había a ambos lados del ordenador.

Todo eran facturas impagadas, avisos finales y cartas de agencias de cobranza de la luz, la televisión por cable, el wifi, las cuotas del coche, el seguro y el alquiler.

En el fondo de una de las pilas había una notificación de desahucio que había sido entregada por la Oficina del Sheriff del Condado de Los Ángeles justo antes de Navidad.

Le daba a Patel treinta días para dejar la propiedad.

Sabía, por haber gestionado desalojos en el pasado, que se podía pasar casi un año sin pagar el alquiler antes de que el propietario al fin pudiera echarte físicamente. Patel estaba al límite.

—La puerta lateral está cerrada con un candado. No ha salido nadie por ahí.

Me volví. Cisco venía de la cocina. Llevaba el cojín que había cogido en el porche a un costado, porque el olor a muerte parecía mucho menos molesto en la parte delantera de la casa.

Yo no me lo había apartado de la cara, con la esperanza de que me ayudara a contener las náuseas.

Volví a la mesa y me serví de un dedo cubierto con el pañuelo de papel para tocar la barra espaciadora del teclado del ordenador.

La pantalla se iluminó, pero había una ventana de contraseña vacía que impedía el acceso.

No iba a poder ver cuáles eran los últimos trabajos y mensajes de Rikki Patel.

—Bueno —dije—, vámonos.

—Llama a la policía, ¿no? —dijo Cisco.

—Desde la calle.

—Supongo que puedes cancelar la vista judicial de hoy.

—Ni hablar. Voy a estar ahí. El día que la jueza decide que Patel puede ser testigo, acaba muerto… Voy a tener que decir algo al respecto.

—Mick, el tipo lleva muerto varios días. Has visto el cadáver, lo has olido. Por eso no pudiste localizarlo durante el fin de semana. Además, es un suicidio evidente. La puerta lateral está cerrada por dentro y nadie podría haber dejado esa nota en el suelo y luego salir por la entrada principal.

Asentí con la cabeza, pero no estaba de acuerdo.

—¿Y? —dije—. La jueza no lo sabrá. Y la prensa tampoco.