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La jueza Ruhlin entregó puntualmente sus providencias por correo electrónico a las nueve de la mañana del lunes.
Yo estaba en el Arts District, en el centro de la ciudad, en el almacén donde en tiempos guardaba una flota de Lincoln y que, en ese momento, utilizaba sobre todo para conservar archivos y como oficina.
En unas providencias concisas y con escasas explicaciones, la jueza se limitó a tomar una decisión salomónica, dando una victoria a cada parte.
Despejó el camino para que Rikki Patel declarara como testigo de la parte demandante en el caso, pero permitió a Tidalwaiv mantener sus censuras en el material compartido en el proceso de divulgación de pruebas.
Dejaba en mi tejado la decisión de retrasar o no el juicio contratando (y pagando) a un perito especial para que revisara los miles de documentos y determinara qué partes censuradas debían ser accesibles.
Era como sacarse el fardo de encima. En realidad, yo pensaba que se dictarían resoluciones opuestas, que perdería a Patel, pero obtendría acceso a las partes censuradas.
No sabía cómo reaccionar. Si hubiera perdido a Patel, simplemente habría enviado a Cisco a buscar a otra persona que hubiera sido testigo del funcionamiento interno de la empresa.
En cambio, recurrir a un perito retrasaría el juicio meses, o incluso un año o más.
Y, tanto si decidía retrasar las cosas como si no, las providencias de la jueza daban a Tidalwaiv la oportunidad de frenar el caso con su propia apelación sobre la decisión de Patel.
McEvoy llegó al almacén puntualmente a las diez de la mañana, tal y como le había indicado en un mensaje de texto. Lo acompañé a la oficina, pero antes se detuvo al ver a dos personas detrás de la malla de una zona vallada en uno de los muelles del almacén.
—Espere, ¿eso es una jaula de Faraday? —preguntó.
—En este caso, es absolutamente necesario —respondí.
—Esa iba a ser mi primera sugerencia. ¿Puedo echar un vistazo?
—Eh, adelante.
La jaula era un cubo de malla metálica de tres metros y medio por tres metros y medio.
En la parte superior había un entramado de alambres que sostenían una red de cobre que también cubría los cuatro lados de la jaula, impidiendo cualquier tipo de intrusión electrónica.
El interior proporcionaba más de doce metros cuadrados de espacio de trabajo.
La jaula era la zona cero del caso Randolph contra Tidalwaiv.
Había una única entrada, a través de una cortina también de cobre. La abrí para McEvoy.
Cisco Wojciechowski y Lorna Taylor estaban de pie frente a Big Bertha, el nombre que Lorna le había puesto a la impresora industrial que había alquilado para ocuparnos de los materiales probatorios compartidos.
En dos mesas de tres metros de largo, situadas a ambos lados de la jaula, había documentos impresos apilados por categorías: desarrollo de sistemas, arquitectura, pruebas, etcétera.
En una de ellas, Lorna había instalado un ordenador de sobremesa con dos monitores de pantalla panorámica y un disco duro externo de doce terabytes.
Sin conexión a internet. A pesar de las alarmas, las cámaras y otras protecciones del almacén, ese disco duro se iba a casa con uno de nosotros cada noche en una bolsa Faraday.
Después de presentar a McEvoy al equipo, se lo expliqué todo.
—Vais a desconectaros por completo —dijo.
—Lo intentamos —respondió Lorna—. Todo lo que podemos.
—¿Por qué? —preguntó McEvoy—. ¿Ha habido alguna intrusión?
—Queremos evitarlo —respondió Lorna.
—No vamos a correr ningún riesgo —añadió Cisco.
Lo dijo en un tono que sugería que McEvoy había hecho una pregunta estúpida.
Me acerqué a la mesa donde estaba el ordenador y toqué el disco duro con un dedo. Era una copia del que había dejado en el escritorio de Maggie McPherson el viernes anterior.
—Esto son las pruebas compartidas —dije—. Y creo que sería ingenuo pensar que una empresa como Tidalwaiv no aprovechará cualquier ventaja que pueda obtener en términos de recopilación de información sobre el caso en su contra.
—Cree que los espían —dijo McEvoy.
—Considerando lo que está en juego en este caso, creo que debemos asumir que la parte contraria está desesperada por saber qué estamos tramando —dije—. Pero hablemos de eso en mi oficina. Quiero repasar algunas cosas con usted antes de seguir adelante.
Extendí la mano hacia la cortina y McEvoy se dirigió hacia allí.
—Encantado de conocerlos —les dijo a Cisco y Lorna.
—Igualmente —respondió Cisco con aire hosco.
Era obvio que no estaba convencido de que necesitáramos a McEvoy.
Lo llevé a mi oficina, que, en la década de 1960, había sido la sala de control cuando el edificio fue el centro de operaciones de una empresa de taxis.
Después, fue una cooperativa de artistas durante medio siglo, y yo la compré en una subasta por quiebra.
La salita donde tenía mi escritorio contaba con una ventana interior que permitía ver el resto del almacén, incluida la jaula.
También tenía una caja fuerte vertical Mosler vieja, demasiado pesada para moverla, y un cuarto de baño privado en el que había unos aparatos sanitarios que parecían centenarios.
Me senté detrás del escritorio y le indiqué a McEvoy que se acomodara en la silla del otro lado.
—Siéntese —le pedí mientras me instalaba—.
Me ha preguntado por la intrusión en la jaula.
No nos preocupa demasiado. Creo que lo tenemos bastante bien controlado, y uno de nosotros se lleva el disco duro externo a casa todas las noches.
Mi principal preocupación es que entre alguien en quien no puedo confiar.
—Se refiere a mí —dijo McEvoy.
—Exactamente. Así que, a petición mía, Cisco ha pasado casi todo el fin de semana investigándolo. Confío en él y es muy bueno en lo que hace. Lleva muchos años conmigo y dice que está limpio. Me dijo que incluso fue a la cárcel una vez por proteger a una fuente.
—Sesenta y tres días.
—Yo también he pasado días entre rejas. No es divertido. De todos modos, antes de seguir adelante, necesito que firme unos documentos que me darán tranquilidad de cara a que forme parte de esto y escriba sobre ello en el futuro.
—Bien. ¿Qué quiere que firme?
Abrí un cajón y saqué los tres documentos sujetos con clips que había preparado el domingo mientras veía los playoffs de fútbol americano. Los deslicé por el escritorio.
—Es un acuerdo de confidencialidad bastante básico —dije—. No puede revelar nada de lo que vea u oiga sobre este caso hasta que el juicio llegue a su conclusión, ya sea por acuerdo o por veredicto.
—¿Se está considerando un acuerdo? —preguntó McEvoy—. Eso sería decepcionante. Para el libro, quiero decir.
—Bueno, en realidad no me corresponde a mí decidirlo. Depende de mi clienta, pero hasta el momento ha rechazado todas las ofertas, porque no incluyen lo que ella quiere más que el dinero. Quiere lo que yo llamo un acuerdo triple: responsabilidad, acción y disculpa.
—Entiendo dos de las tres. ¿A qué acción se refiere?
—Queremos que arreglen el maldito producto que acabó con la vida de su hija.
—Claro.
Señalé los tres documentos que McEvoy había extendido sobre el escritorio frente a él.
—Luego hay una declaración personal de que no trabaja de ningún modo para Tidalwaiv —dije.
McEvoy se burló.
—¿Habla en serio?
—Muy en serio —respondí—. Es como una tarjeta para salir libre de la cárcel del Monopoly. Si resulta que está trabajando como agente doble, esto me dará un nuevo juicio.
—De acuerdo, está bien. ¿Cuál es la tercera?
—Es sobre el libro. Quiero ver el manuscrito antes de que lo publique.
McEvoy negó con la cabeza antes de que terminara la frase.
—No puedo aceptarlo —dijo—. Ningún periodista muestra el tema de una historia antes de publicarla. Al menos, ningún buen periodista.
—Ya no eres periodista, Jack —le dije, llamándolo por su nombre de pila—.
Al menos, aquí no. Ahora formas parte del equipo de la demandante.
Voy a ponerte a trabajar en la jaula y te incorporarás al caso.
Eres un empleado y, como tu jefe, puedo exigirte acceso al producto de tu trabajo para dar mi aprobación.
Si firmas estos documentos, también estarás sujeto al privilegio abogado-cliente, que se extiende más allá del veredicto y la sentencia de este caso.
Tanto mi cliente como yo queremos asegurarnos de que no violas ese privilegio.
—¿Me vas a pagar?
—Ahora no. Cuando vendas el libro, cobrarás. Mira, no voy a discutirlo. Si quieres participar en este caso, firma los documentos. Si no quieres, nos daremos la mano y diremos que no ha salido bien.
McEvoy se quedó mirando un buen rato los papeles que había sobre la mesa, por lo demás vacía.
—¿Puedo pedir a un abogado que los revise? —preguntó por fin.
—Claro —respondí—. Te lo recomiendo. Pero no entrarás en la jaula hasta que los tenga firmados y guardados en la caja fuerte.
Señalé con el pulgar por encima del hombro la Mosler que había en la esquina. No le dije que venía con el almacén y que era tan antigua que la combinación se había perdido y el mecanismo de cierre no funcionaba.
—A la mierda —soltó McEvoy—. Dame un bolígrafo.
—¿Estás seguro? Luego no podrás decir que te he coaccionado.
Señalé la esquina del techo sobre la puerta de la oficina. McEvoy se volvió y miró hacia la cámara que había instalado poco después de alquilar el local.
—También graba el sonido —dije.
—Dame un bolígrafo —insistió McEvoy.
Abrí un cajón y saqué un rotulador azul que utilizaba para firmar contratos.
—Creía que todos los escritores llevaban uno —dije.
—Bueno, supongo que me he dejado el mío en casa —repuso McEvoy.
Le pasé el rotulador por encima del escritorio y lo observé mientras examinaba cada página de cada documento; luego firmó y puso sus iniciales donde correspondía.
—Es un poco irónico, ¿no? —dijo mientras tanto.
—¿El qué? —pregunté.
—Que me hagas firmar un acuerdo de confidencialidad cuando la semana pasada, en el tribunal, hiciste que parecieran instrumentos demoníacos de las empresas.
—Sí, bueno, eso fue en el tribunal. No creo que nosotros lleguemos tan lejos con este asunto.
McEvoy terminó de firmar los documentos y me los devolvió deslizándolos por el escritorio.
Los apilé y volví mi silla hacia la caja fuerte Mosler.
Después de girar la manivela y abrir la pesada puerta de hierro, los coloqué en un estante que suponía que, en algún momento, había estado lleno de dinero en efectivo para que los taxistas tuvieran cambio.
Después de cerrar la caja fuerte, me volví hacia McEvoy.
—Bienvenido al equipo —le dije.
Él asintió y abrió los brazos.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó.
—Este caso se ganará o se perderá por las pruebas compartidas —le dije—. Te quiero en la jaula. Trabaja con Lorna. Sé que Tidalwaiv está ocultando algo en las partes censuradas de los documentos que han entregado. Si lo encontramos, creo que ganaremos.