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La entrada al edificio del tribunal penal estaba al otro lado de la calle, a media manzana del juzgado federal.
De camino, llamé a mi investigador, Cisco Wojciechowski, que se había quedado conmigo durante la transición de la práctica penal a la civil, a pesar de que había disminuido considerablemente el trabajo que requería de él.
Contestó al teléfono con una pregunta en lugar de un saludo.
—¿Cómo nos ha ido?
—La jueza ha tomado en consideración las dos mociones y emitirá su resolución el lunes.
—Mierda. ¿Quieres que llame a Patel? Esperaba saberlo hoy.
—No, ya lo llamaré yo. Quiero que busques información de alguien.
—¿Un testigo?
—No, un escritor. Jack McEvoy. Quiere ayudarnos.
—¿Ayudarnos cómo?
—Escribe sobre tecnología. Tiene un blog o un Substack o como se llame eso ahora.
También ha escrito libros. Quiere que le dejemos mirar por una rendija y luego escribir un libro sobre el caso, centrándose en la falta de control sobre la IA.
Dice que, a cambio, formará parte del equipo y nos ayudará a revisar el material compartido.
—Mick, ¿de verdad quieres meter a un desconocido en esto? Es arriesgado.
Estaba esperando para cruzar Temple Street y, como de costumbre, me volví para ver si había alguien detrás de mí.
Tidalwaiv disponía de enormes recursos para esa batalla en la que había miles de millones en juego.
El fundador de la empresa, Victor Wendt, había prometido a los accionistas en la última reunión de la junta directiva que el caso se resolvería de forma discreta y económica.
Pero ahí estaba yo, llevándolo a juicio.
Sentía constantemente que me observaban.
No había nadie a mis espaldas. Yo al menos no lo vi.
—Por eso quiero que lo investigues —le dije—. Tiene tres libros que, según él, fueron todos grandes éxitos de ventas.
—¿Sabes los títulos? —preguntó Cisco.
—Solo recuerdo el último: Advertencia razonable. El nombre de su…
—Vaya, conozco a ese tipo. A Lorna le encanta todo lo que escribe.
Se refería a la directora de mi oficina. También era la esposa de Cisco y mi exmujer. Y, de alguna manera, esa combinación funcionaba.
—Perfecto —dije—. Solo quiero saber si puedo confiar en él como para darle acceso. Estamos ahogados en datos técnicos. Sería útil contar con otro par de ojos, sobre todo si realmente sabe lo que hace.
—Me pongo con eso —dijo Cisco—. ¿Adónde vas ahora?
—Al penal, a ver si me dejan ver a Maggie.
—¿Llevas la caja negra?
—La tengo.
—El tribunal penal: de vuelta a casa. Buena suerte con eso.
—Creo que la necesitaré.
Colgué y crucé Temple hacia la entrada principal del edificio del tribunal penal.
Había muchas cosas que echaba de menos de ese lugar, pero los ascensores no eran una de ellas.
Seguían tan lentos y abarrotados como los recordaba de mis años trabajando en los pasillos y las salas de ese edificio.
Una vez que pasé el control de seguridad y el detector de metales —tuve que explicar qué era la caja negra que llevaba en mi maletín—, tardé casi media hora en llegar a la planta dieciséis y a la oficina de la fiscal del condado de Los Ángeles.
Me dirigí al mostrador de recepción, me identifiqué y expliqué que no tenía cita, pero que deseaba ver a la fiscal del distrito.
Le dije que quería hablar con ella sobre su hija, porque sabía que eso me permitiría entrar.
Las sillas de la sala de espera eran de plástico y con patas cromadas, un estilo que había pasado de moda hacía un par de décadas.
Sin embargo, como la mayoría de los muebles del edificio, habían resistido y cumplían su función.
Estuve allí durante veinte minutos antes de que la recepcionista me invitara a pasar.
Eso me llevó a otra sala de espera, a las puertas de la oficina de la fiscal.
Esta vez, el asiento era un poco más cómodo e incluso tenía un cojín, aunque estaba muy gastado.
Y la espera fue de solo diez minutos. Se me concedió la entrada al sanctasanctórum, donde mi primera exmujer, Maggie McPherson, recién nombrada fiscal del distrito, estaba sentada tras un gran escritorio con una fila de banderas alineadas a sus espaldas.
Había alcanzado el cargo en unas elecciones especiales.
El anterior fiscal del distrito había dimitido abruptamente después de que Los Angeles Times desenterrara y publicara una serie de mensajes de texto que revelaban sus prejuicios raciales.
Extendí los brazos, sosteniendo mi maletín.
—Vaya —dije—. Maggie McFierce en la cima del mundo.
—Bueno, en la cima de este mundo, tal vez —dijo ella—. Me preguntaba cuándo aparecerías, aunque no me esperaba que usaras a nuestra hija para colarte.
—¿Colarme? Solo he dicho que quería hablar contigo sobre ella. ¿Cómo está?
—Está bien, que yo sepa.
—Bueno, ojalá estuviera bien aquí, en casa.
—Solo se está tomando un año sabático. Me ayudó mucho durante la campaña y, en mi opinión, se ha ganado el descanso.
—Bueno, entonces paga tú sus facturas, ya que eres la única aquí con un sueldo fijo.
Nuestra hija, Hayley, con un título muy caro en Derecho por la Universidad del Sur de California en el bolsillo, había decidido, después de criarse con un padre y una madre abogados, que no estaba segura de querer dedicarse a las leyes.
Estaba tratando de encontrarse a sí misma mientras surfeaba en Hawái con la ayuda de un novio que no tenía ingresos apreciables, pero sí un bronceado impresionante y una colección de tablas de surf aún más impresionante.
—Mira, no soy yo la que le enseñó a surfear —dijo Maggie—. Eso es cosa tuya. Tampoco fui yo la que decidió renunciar a un lucrativo bufete de defensa penal en el apogeo de mi carrera.
—Sí, bueno, gracias por recordármelo —dije—. Feliz año nuevo a ti también.
—Igualmente. Veo que traes tu maletín. Intuyo que esto podría ser más que una visita de cortesía.
Maggie siempre era perspicaz cuando se trataba de mí.
Yo nunca podía verla sin lamentar que no siguiéramos juntos.
Vestía un traje de chaqueta azul con la blusa abotonada hasta el cuello.
Sus rizos oscuros tenían algunos toques de gris.
Había envejecido espléndidamente en los treinta años transcurridos desde que la conocí.
—Nunca se te escapa nada —dije—. Sí, necesito hablar contigo de algo.
—Siéntate —dijo—. No prometo nada que no vaya a cumplir.
Sonrió. Ese era uno de sus eslóganes de campaña.
Aparté una de las sillas que había frente a su escritorio y me senté, dejando mi maletín en el suelo. Detrás de Maggie, las banderas estaban tan alineadas que parecían una cortina de seda multicolor.
—Son muchas banderas —dije.
—Una por cada país de origen de nuestro electorado —respondió.
—Puede que tengas que quitar algunas si Trump deporta a todo el mundo, como dice.
El nuevo presidente, con una campaña basada en la promesa de eliminar la inmigración ilegal, había ganado las elecciones la misma noche que Maggie. Al ser elegida candidata independiente, no mordió el anzuelo de la política.
—Bueno, ¿qué quieres pedirme, Mickey?
—¿Eso es todo lo que soy ahora, alguien que pide cosas?
—Bueno, como ya he dicho, supongo que por eso has venido.
—También fui contribuyente de nivel platino a la campaña.
—Sí, y te lo agradezco mucho. Así que, dime, ¿qué está pasando?
—Supongo que estás revisando casos y poniéndote al día.
—Así es, y no he visto ninguno con tu nombre como abogado defensor.
—Y espero que siga así. Además, el conflicto de intereses que supondría que tú fueras fiscal del distrito sin duda causaría a tu oficina y a la mía quebraderos de cabeza que no necesitamos.
Pero hay un caso que está llevando la fiscalía en el tribunal de menores que se cruza con uno de mis casos civiles.
Maggie asintió.
—El caso de Aaron Colton —dijo—. Estuve trabajando en él durante una hora con Will Owensby antes de las vacaciones.
Eso me sorprendió. Maggie había tomado posesión del cargo inmediatamente después de las elecciones, pero eso había ocurrido hacía menos de dos meses.
Había habido vacaciones, decisiones que tomar sobre el personal y una montaña de casos con los que ponerse al día, así que esperaba que aún no estuviera preparada para este.
Habría sido más fácil orientarla en la dirección que yo quería si no hubiera estado al tanto de los entresijos del caso, y me di cuenta de que mi camino hacia el éxito iba a ser empinado.
—Owensby es un buen abogado —dije—, pero es muy escrupuloso, ¿sabes a qué me refiero?
—¿Quieres decir que quiere ceñirse a las reglas del juego? —preguntó Maggie.
—Lo que digo es que está centrado en su caso, y eso está bien, pero no tiene una visión general.
—Que es…
—Llamémoslo «una justicia más completa».
—Tengo que decir que vino aquí y habló del caso durante una hora, y nunca mencionó tu nombre. Sé lo de tu caso civil porque lo he visto en las noticias, pero no tiene nada que ver con nuestro caso penal.
—¿Qué? No, en eso te equivocas. Tiene todo que ver con tu caso.
Aaron Colton mató a la hija de mi clienta por culpa de un chatbot de inteligencia artificial que se descontroló.
Vas a encerrar al chico, pero ¿qué pasa con la empresa que creó la aplicación sin pensar en las consecuencias de ofrecerla a mentes impresionables?
Ese es el delito más grave, Mags. Tienes que verlo.
Ella bajó la mirada hacia sus manos, que tenía cruzadas sobre el escritorio.
Era un gesto que había visto muchas veces.
Daba la impresión de estar esperando a que pasara la tormenta, y esa tormenta era yo.
Cuando por fin habló, lo hizo en un tono tranquilo que también reconocí de mil roces anteriores.
—Entonces, ¿qué quieres, Mickey?
—Quiero que hagas lo que hay que hacer. Quiero acceso al ordenador del chico.
Maggie negó con la cabeza enfáticamente.
—No, eso no va a suceder —dijo—. En primer lugar, se trata de un caso de menores y, en segundo lugar, ni siquiera ha sido juzgado. No compartimos pruebas de casos abiertos, al margen de si se trata de menores o no.
—Necesito demostrar lo que sucedió y por qué para construir mi argumentación —dije.
—Entonces, retrasa tu caso y, una vez que mi oficina haya terminado con Colton, hablaremos de lo que puedo compartir.
—No es tan sencillo. Tu caso se va a prolongar años.
Tienes la evaluación psicológica en curso y luego la vista de competencia.
Después, tendrás que decidir si lo remites a un tribunal de adultos, y el caso seguirá y seguirá.
Pero el tiempo es clave aquí. Esa empresa está vendiendo su aplicación a personas de todo el mundo.
Niños, Maggie. Victor Wendt, el fundador, dice que ve un futuro en el que todos los niños tendrán un amigo virtual, como si fueran muñecas Barbie.
Esto volverá a ocurrir, Maggie, y mi caso, no el tuyo, es la mejor oportunidad para detenerlo.
Ella negó con la cabeza, un gesto desdeñoso que había visto demasiadas veces como para contarlas.
—Hablas como un paladín del pueblo —dijo—. Y supongo que no habrá un cheque jugoso por daños y perjuicios al final de tu gran juicio de servicio público, ¿verdad?
—No se trata de dinero —dije—. Si fuera así, ya habríamos llegado a un acuerdo. La empresa ha ofrecido una suma de siete dígitos para que esto desaparezca, pero no queremos que barran esto debajo de la alfombra. Queremos evitar que vuelva a suceder.
—¿«Queremos»?
—Mi clienta, Brenda Randolph. Perdió a su hija de dieciséis años. Su única hija, Mags. No quiere que nadie más pierda a un hijo. De eso se trata en este caso, de cambiar el mundo para hacerlo mejor y más seguro para estos niños.
—Eso es muy elocuente. Creo recordar de las noticias que has presentado esto en un tribunal federal.
—Así es.
—¿Quién es el juez?
—Peggy Ruhlin.
—Entonces, ¿por qué no estás aquí con una citación judicial? O ella ya lo ha rechazado o, lo que es más probable, quieres acceder al ordenador del chico a escondidas para que tu oponente no sepa que lo tienes.
No tenía respuesta. Mi exmujer era una buena abogada y me conocía bien.
—Mira, Mickey, no puedo hacer esto —dijo—. No voy a involucrarme en una de tus jugadas del Abogado del Lincoln.
—No es una jugada —dije—. Y, por cierto, hace dos años me deshice de todos los Lincoln excepto uno. El único que me quedé está debajo de una lona en mi almacén.
—Bueno, tengo las manos atadas por la ley.
—No, no es así, Mags. Ahora eres la fiscal del distrito de este condado. Si quieres hacer lo correcto, puedes.
Puse el maletín que había traído en mi regazo y lo abrí. Saqué una caja metálica negra del tamaño de un libro de tapa dura y la puse sobre su escritorio.
—¿Qué es eso? —preguntó Maggie—. No lo pongas ahí.
—Lo voy a dejar aquí —dije—. Es un disco duro externo. Tiene capacidad para doce terabytes. Cópiame ahí todos los datos del portátil de Aaron Colton y yo me encargaré del resto.
Me levanté.
—Mickey, no me dejes esto aquí —dijo Maggie—. No lo voy a hacer.
Me dirigí a la puerta, sin hacer caso de su orden. Mientras la abría, me volví y la miré.
—Lo harás si quieres actuar correctamente —le dije.
Luego salí y cerré la puerta detrás de mí.