Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 3
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Las salas de abogados del tribunal federal eran diminutas y solo tenían una mesita y cuatro sillas.

Estaban diseñadas para que los abogados se reunieran con sus clientes y testigos antes de entrar en la sala.

Encontré una vacía y deslicé el letrero rojo de « ocupado» sobre el de « disponible» .

Abrí la puerta para dejar pasar a McEvoy.

Nos sentamos uno a cada lado de la mesa.

Saqué una libreta de mi maletín y comencé la reunión pidiéndole que deletreara su apellido. Lo hizo.

—El nombre me resulta familiar —dije—. ¿Debería conocer su trabajo?

—He publicado tres libros de no ficción en los últimos veinte años —respondió McEvoy—. Llegaron a las listas de los más vendidos, aunque no se quedaron allí mucho tiempo. Todos tienen relación con Los Ángeles.

—¿Cuáles son los títulos?

— El poeta fue el primero. Era sobre internet.

Hizo una pausa por si acaso yo exclamaba que me había encantado el libro. No dije nada.

—Eh, luego pasaron muchos años antes de que escribiera un libro, que se tituló El espantapájaros —continuó—. Trataba sobre la minería de datos. Y luego el último, que se llamó Advertencia razonable. Eso fue hace unos años. Se centraba en la industria no regulada del ADN.

Asentí con la cabeza.

— Advertencia razonable. Sí, lo recuerdo —dije—. Hablaba de un asesino que utilizaba el ADN para encontrar a sus víctimas. Conozco a algunos de los abogados que se mencionaban en el libro.

—Todas mis obras tratan sobre los avances tecnológicos —explicó McEvoy—. Avances de los que se aprovecharon delincuentes y otras personas sin escrúpulos.

—Y había como una revista o algo así, ¿no? ¿Se llamaba FairWarning ?

—Era un sitio web de noticias centrado en la protección del consumidor, pero el propietario y editor se jubiló y cerró. Compré los derechos del nombre. Ahora escribo en Substack.

—Cómo no. ¿También se llama FairWarning ?

—Así es. Escribo sobre los disparates de la tecnología.

Asentí con la cabeza y examiné a McEvoy. Estaba más que interesado, pero no quería demostrarlo todavía.

—Empiezo a entender por qué quiere involucrarse en este caso —dije.

—Lo suponía —contestó.

—Entonces, ¿qué es este caso para usted? ¿Un boletín en Substack o un libro?

—Podría ser ambas cosas —respondió sin dudar—.

Y un pódcast. Y una película. Condensa todo lo que he estado investigando y escribiendo sobre la inteligencia artificial generativa.

Cada semana se presentan nuevas demandas contra los sistemas de IA, pero parece que este es el caso que va a ir a juicio.

Creo que lo reúne todo: lo bueno y lo malo de esta tecnología que está cambiando el mundo. En mi opinión, es un caramelito.

—De acuerdo, usted consigue su caramelito, pero ¿qué gana mi clienta?

—Mi investigación. Mi experiencia. Tengo contactos que creo que pueden ayudarlo. Incorpóreme al caso y déjeme trabajar para usted. No escribiré ni una palabra al respecto hasta que haya un veredicto.

Intenté mostrar escepticismo, pero lo que McEvoy no sabía era que me estaba ahogando.

Estaba abrumado por la cantidad de material y carecía de los medios y la experiencia para gestionarlo todo.

Es decir, me faltaban tiempo y conocimientos.

Gran parte de la vertiente científica se me escapaba.

Me aterrorizaba llegar al juicio sin estar bien informado y preparado.

Ya contaba con un investigador, y era muy bueno encontrando testigos y llevando a cabo investigaciones de campo.

Pero no se le daba bien revisar terabytes de código y circulares de Silicon Valley.

No hacía mucho que me había dado cuenta de que el caso me superaba.

En la sala del tribunal era implacable, pero necesitaba armas.

Estaba ahogándome, y McEvoy me estaba ofreciendo un salvavidas.

Intenté que no se me notara, pero sabía que, si le dejaba pasar solo quince minutos en el almacén, entendería mi situación y lo grave que era.

—¿Qué implicaría que trabajara para mí? —pregunté—. Acepté este caso con honorarios a éxito. Si no gano, no cobro. En este momento, no hay dinero para un investigador.

—No le pido que me pague —dijo McEvoy—. Solo déjeme participar. Déjeme mirar por una rendija. Yo lo ayudo y usted me ayuda.

—Tengo que hablar con mi clienta.

—Por supuesto.

—¿Cómo puedo localizarlo?

McEvoy tenía preparada una tarjeta de visita. Me fijé en que el logotipo de su Substack subrayaba su foco en la inteligencia artificial: las letras «ai » de FairWarning estaban estampadas en relieve y en rojo.

Jack McEvoy Escritor F AI R WARNING

El logotipo de Tidalwaiv reproducía el mismo patrón, aunque en este caso las letras «ai » eran de un relajante tono azul. Me guardé la tarjeta en el bolsillo y le dije a McEvoy que pensaría en su propuesta y que me pondría en contacto con él después de considerarlo con Brenda Randolph.