Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 2
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Un hombre me esperaba en el pasillo, al otro lado de la puerta de la sala del tribunal.

Lo había visto durante la audiencia, sentado solo en la última fila de la galería.

Si era de la prensa, no me resultaba familiar.

Conocía de vista a la mayoría de los periodistas de tribunales de la ciudad, a algunos por su nombre, y a otros incluso los había tratado.

Sin embargo, la demanda había captado mucha atención en todo el país y a algunos miembros de la tribu de los medios de comunicación nacionales que estaban presentes no los había visto nunca.

Ese hombre llevaba una mochila al hombro y vestía una chaqueta informal, sin corbata.

Eso me indicó que probablemente no era abogado, o al menos no uno con asuntos que tratar en el edificio.

Se quedó apartado mientras yo me despedía en un susurro de mi clienta y le decía que me pondría en contacto con ella en cuanto recibiera una resolución de la jueza sobre las mociones que acabábamos de argumentar.

En cuanto nos separamos, el desconocido se acercó.

Aparentaba unos cincuenta años y tenía el pelo castaño salpicado de canas.

Parecía un surfista envejecido. Hay que ser surfista para reconocer a otro.

—Señor Haller, me gustaría invitarlo a un café —dijo.

—No necesito café —respondí—. Estoy acelerado después de la vista. ¿Lo conozco? ¿Es periodista?

—Eh, escritor, sí. Quería hablarle de algo que podría ser beneficioso para ambos.

—¿Qué tipo de escritor?

—Escribo libros sobre tecnología. Y sobre cómo puede volverse contra nosotros. También escribo una columna en Substack sobre el mismo tema.

Lo miré fijamente unos segundos.

—¿Y quiere escribir sobre este caso?

—Sí.

—¿Y cuál es la parte que me beneficiaría?

—Bueno, si pudiéramos sentarnos unos minutos, se lo podría explicar.

—¿Dónde? Tengo una reunión al otro lado de la calle en… —levanté la muñeca para mirar el reloj— veinte minutos.

Era mentira. Solo quería poner un límite a la conversación por si no me gustaba. Tenía pensado cruzar la calle para ir a la oficina del fiscal del distrito, pero no tenía cita. Mi intención era convencerlos para que me dejaran entrar.

—Deme diez minutos —dijo el escritor.

—¿Necesita un café? —le pregunté.

—No, si usted no toma.

—De acuerdo, vamos a una de las salas de abogados del final del pasillo. Será lo más rápido y lo más tranquilo.

—Lo sigo.

Empecé a caminar y luego me detuve.

—¿Cómo se llama? —le pregunté.

—Jack McEvoy —respondió—. Encantado de conocerlo.

Me tendió la mano y se la estreché. Tenía un apretón fuerte y me miró a los ojos sin vacilar. En ese momento, tuve la impresión de que aquello podía ser el comienzo de algo bueno.