Campo de pruebas (Mickey Haller 8) 1 #2
3%

1 #2

—Señoría, en esencia, se trata de un caso de responsabilidad civil por el producto y es contrario al interés público impedir que un antiguo empleado testifique sobre la imprudencia de Tidalwaiv en relación con la seguridad de su producto.

Los tribunales de California se niegan habitualmente a hacer cumplir los acuerdos de confidencialidad, porque infringen la política de interés público.

Mi clienta y la ciudadanía no forman parte de ese acuerdo de confidencialidad y tienen interés en conocer los hechos y las circunstancias relativos a cómo una amiga virtual animó a un adolescente a matar a su exnovia.

Rikki Patel no es un testigo que vaya a divulgar secretos comerciales o información privilegiada; testificará sobre el fracaso de Tidalwaiv en…

—Que yo sepa, estamos en un tribunal federal, señor Haller, no en un tribunal de California.

—Puede que sea así, señoría, pero el tribunal también debe saber que el acuerdo de confidencialidad se firmó bajo coacción. El señor Patel temía que, si no lo aceptaba al dejar su empleo en Tidalwaiv, hubiera consecuencias para él y su familia.

Marcus Mason se levantó para protestar, alzando las manos con las palmas hacia arriba en un gesto que parecía decir: «¿De dónde ha salido esta afirmación tan extravagante?».

—Un momento, señor Mason —lo contuvo la jueza—. Es una afirmación muy fuerte, señor Haller. Una vez más, le advierto que este tribunal no tolerará declaraciones sin fundamentar dirigidas a los medios de comunicación y al jurado.

—Señoría —dije—, el señor Patel está dispuesto a testificar a puerta cerrada o en audiencia pública sobre los temores y presiones que lo llevaron a firmar un acuerdo de confidencialidad con un lenguaje que es amenazante en sí mismo.

No debería estar maniatado por el documento, y puedo asegurar al tribunal que su propósito como testigo no es revelar la información patentada que tanto preocupa a la empresa.

Testificará acerca de las objeciones que planteó sobre el Proyecto Clair desde el principio, objeciones que se desestimaron y que claramente la empresa no quiere que la opinión pública conozca.

—¿Señoría? —dijo Mason, por si acaso la jueza había olvidado que estaba delante de ella.

—Adelante, señor Mason —intervino Ruhlin.

Volví a mi mesa y Marcus Mason se acercó al atril. Era el gemelo bien afeitado que llevaba pajarita en lugar de un chaleco estampado con su Armani.

—Señoría, este juicio es una emboscada —dijo—.

Ni más ni menos. El señor Haller, cuando defendía a delincuentes, era conocido por ser un abogado que manejaba los medios de comunicación como un arma.

Lo está haciendo de nuevo aquí. Por supuesto, no respondió a la moción por vía electrónica.

¿Por qué iba a hacerlo, si podía invitar a periodistas a un tribunal federal para que escuchen sus afirmaciones desmedidas y sus mentiras descabelladas?

No hay ninguna amenaza en la redacción del acuerdo de confidencialidad más allá de lo que figura en todos ellos.

No había ninguna amenaza para Patel y no hay ningún argumento legal que justifique que pueda infringir el acuerdo para testificar sobre este asunto.

Tuve que contener una sonrisa. Marcus Mason era bueno.

Estaba claro que era el más inteligente de los dos hermanos y en el que tenía que centrarme.

Las pajaritas servían para suavizar su imagen implacable en la sala del tribunal.

Pero no importaba, porque yo también lo era.

Si contuve la sonrisa fue porque mencionó mis días en la defensa penal como algo peyorativo.

Era cierto que me había forjado un nombre en el mundo del crimen.

Desde vallas publicitarias hasta paradas de autobús, desde los tribunales penales hasta las cárceles del condado, se me conocía como el Abogado del Lincoln.

Donde haya un caso, allá voy. Prometía una duda razonable a un precio razonable.

Fue una época de lucha encarnizada. El Colegio de Abogados de California esperaba a que cometiera un error ético.

La policía esperaba a que cometiera un error que pudiera considerarse delito.

Todo el mundo esperaba mi caída. Ese era el legado que me acompañaba en la ciudad.

Pero ya había tenido suficiente y había pasado a otra cosa.

Y, en los dos años transcurridos desde que dejé los abarrotados y mugrientos pasillos de la justicia penal, había encontrado nuevos niveles de trabajo sucio y peligros en las salas de techos altos y supuestamente distinguidas de los tribunales civiles.

Estaba como en casa y los hermanos Mason no tenían ni idea de lo que les esperaba.

La jueza concluyó diciendo que tomaría en consideración los argumentos orales y las alegaciones escritas y que emitiría una resolución sobre ambos asuntos el lunes siguiente.

—Se levanta la sesión —dijo.

Ruhlin abandonó el estrado y se dirigió a su despacho.

Los hermanos Mason recogieron sus documentos y libros de derecho mientras los representantes de la prensa comenzaban a salir de la primera fila.

Volví a la mesa de la demandante y me senté junto a mi clienta.

Brenda Randolph era una mujer menuda, con una mirada atormentada que nunca volvería a ver la felicidad.

Trabajaba como pulidora de lentes en un laboratorio de optometría en el valle de San Fernando.

Estaba utilizando sus vacaciones y horas de compensación para asistir a todas las vistas relacionadas con lo que ella llamaba «el caso de su hija».

—¿Está bien, Brenda? —le susurré.

—Sí —respondió—. Quiero decir, no. Nunca estaré bien. Cada vez que se menciona su nombre o se habla de lo que pasó, me derrumbo. No puedo evitarlo. Lo siento.

—No se disculpe. Solo sea usted misma.

—¿Cree que la jueza fallará a nuestro favor?

—Debería.

Los Mason se levantaron y se dirigieron a la puerta. No me dijeron nada al pasar.

—Que paséis un buen fin de semana —les grité.

No obtuve respuesta.