Campo de pruebas (Mickey Haller 8)
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Para algunos es un escenario, un espacio donde se desarrolla un drama cuidadosamente coreografiado.
Para otros, es una partida de ajedrez con jugadas concebidas y ensayadas con semanas y, en ocasiones, meses de antelación.
Donde no se deja nada al azar. Donde un movimiento desacertado acarrea consecuencias graves e irreversibles.
Donde el público reclutado se sienta en un reflexivo silencio, ocultando sus prejuicios y su desprecio.
Yo nunca lo he visto así. Para mí es el cuadrilátero donde se libra un combate de boxeo brutal. Entran dos y solo uno sale victorioso. Nadie se va ileso. Nadie se va sin cicatrices. Eso es para mí la sala del tribunal.
La vista de ese día se celebraba en un tribunal civil, un nombre inadecuado donde los haya.
No había nada remotamente civil ni civilizado en esa lucha.
Randolph contra Tidalwaiv Technologies LLC era uno de esos raros casos en los que lo que estaba en juego iba mucho más allá de las paredes de esa sala, incluso más lejos del alcance del tribunal federal del Distrito Central de California.
Era una lucha por el futuro de todos, o al menos así es como iba a plantearlo.
Estaba en una vista preliminar ante la jueza del tribunal federal de distrito, Margaret Ruhlin.
La conocía desde sus días como miembro del colegio de abogados local, cuando todos la llamaban Peggy Ruhlin y se pasaba por la barra del Redbird después del horario judicial.
Había sido nombrada durante los años de Obama y se había convertido en una jurista veterana y muy respetada.
Ruhlin había combinado las demandas cruzadas de las dos partes e intentaba evitar un retraso en el juicio arbitrando las disputas.
Yo estaba a favor de empezar ya, pero nada deseaban más los abogados que ocupaban la otra mesa, los hermanos Mason, que volver a aplazar el juicio unos meses.
Tidalwaiv estaba en venta y sus inversores confiaban en que alguna de las grandes tecnológicas se hiciera con ella.
Las tres M estaban al acecho: Microsoft, Meta y Musk.
El juicio y su resultado podían marcar la diferencia entre millones y miles de millones.
Yo estaba decidido a impedir el retraso.
Tidalwaiv había entregado más de doce terabytes de pruebas, suficientes para cubrir literalmente las paredes de un almacén con cajas de archivos si se imprimieran.
Sin embargo, lo importante de esos miles y miles de páginas estaba muy censurado, y eso hacía que los documentos me resultaran casi inútiles.
Tenía que descubrir lo que se escondía en esas páginas o perdería el caso más importante de mi vida.
La jueza aguardaba pacientemente mi respuesta a uno de los Mason, que se había levantado para afirmar que la censura en los documentos probatorios compartidos era necesaria debido a las protecciones de la propiedad intelectual en el competitivo mundo de la inteligencia artificial generativa.
Aseguró que la información que me ocultaban era como las llaves del reino. Y no iban a revelarla.
—Señor Haller —me instó la jueza—, su respuesta, por favor.
—Sí, señoría —dije.
Siguiendo el protocolo de la sala del tribunal, me levanté y me dirigí al atril situado entre las mesas de la demandante y el demandado.
—Señoría, el argumento de la defensa es, como poco, engañoso —comencé—.
No estamos hablando de las llaves del reino.
Estamos hablando de que se están ocultando pruebas clave, porque, como bien sabe el señor Mason, son incriminatorias.
Apoyan la tesis de la demandante. La creación de Tidalwaiv le dijo a un joven impresionable que llevara el arma de su padre al instituto y…
—Señor Haller —me interrumpió la jueza—, no es necesario que repita su causa petendi con cada protesta. Estoy segura de que los medios de comunicación a los que ha invitado hoy aquí lo agradecen, pero el tribunal no.
La jueza hizo un gesto hacia la primera fila de la galería del público, donde los miembros de la prensa estaban sentados hombro con hombro.
No se permitían cámaras ni dispositivos de grabación en los tribunales federales.
Todos los periodistas, incluso los de televisión, se veían obligados a tomar notas a mano.
Y al final de la fila había un dibujante de tribunales que estaba retratando a este servidor para la CNN.
La pluma y el papel parecían sumamente anticuados en un mundo en el que imperaban los medios electrónicos, junto con sus cómplices, la inteligencia artificial e internet.
—Gracias, señoría —dije—. La cuestión es que este caso se centra en las barreras de seguridad.
Tidalwaiv dice que tenían salvaguardas en el sistema, pero no las revela, porque, supuestamente, están patentadas.
Eso es absurdo, señoría. La demandante tiene derecho a comprender cómo el engendro creado por la inteligencia artificial de Tidalwaiv se saltó esos mecanismos de seguridad y le dijo a un adolescente que estaba bien disparar a la gente.
Los Mason se levantaron a la vez para protestar. Estaban solos en la mesa de la defensa, ya que, para las escaramuzas previas al juicio, su cliente había decidido no llevar al tribunal a ningún representante.
Los gemelos deliberaron y luego Marcus se sentó, dejando que Mitchell expusiera su argumento.
—Señoría, el abogado de la demandante vuelve a tergiversar los hechos y las pruebas —dijo—. Está hablando para la prensa, y no con el tribunal.
Reaccioné al instante, ya que todavía estaba en el atril.
—¿Cómo podemos conocer los hechos y las pruebas si no nos proporcionan todos los materiales requeridos? —pregunté, abriendo desmesuradamente los brazos.
Ruhlin levantó las manos para pedir silencio.
—Basta —dijo—. Señor Mason, por favor, acérquese al atril.
Volví a sentarme junto a mi clienta, Brenda Randolph, que tenía lágrimas en las mejillas.
Cualquier referencia en el tribunal a su hija asesinada la hacía llorar.
No era una actuación. No estaba ensayado.
Era el resultado de una pérdida y un dolor genuinos que nunca desaparecerían, independientemente de lo que sucediera en esa sala.
Me acerqué y le puse la mano en el brazo para consolarla.
Tenía que prestar atención a la jueza y a mis oponentes, pero sabía lo difíciles que eran esos momentos para ella y, también, que sería aún más complicado a medida que avanzara el juicio.
—Señor Mason, el tribunal se inclina por estar de acuerdo con el señor Haller en este asunto —dijo Ruhlin—. ¿Cómo propone rectificar esta cuestión? El abogado de la demandante tiene derecho a un acceso completo.
—No es posible, señoría —respondió Mitchell Mason desde el atril—.
En lugar de revelar nuestra información científica, códigos y métodos patentados, ofrecimos a la demandante una generosa indemnización, pero la rechazó para que su abogado pueda seguir pavoneándose ante la prensa con sus afirmaciones completamente infundadas y…
—Permítame que lo interrumpa de inmediato, señor Mason —dijo la jueza—. Todo demandante tiene derecho a un juicio. No vamos a entrar a valorar las motivaciones por las que se llega o no se llega a un acuerdo en esta demanda.
—En ese caso, señoría —replicó Mason—, estaremos encantados de someternos a un perito judicial designado por el tribunal para que revise los materiales que hemos proporcionado y determine qué puede divulgarse y qué debe permanecer censurado por ser confidencial.
Me levanté para protestar, pero la jueza no me hizo caso.
—Aunque no me guste su propuesta a la luz de lo que eso significaría para el calendario del tribunal, la consideraré —dijo Ruhlin—, pero pasemos ahora a la siguiente cuestión. Señor Mason, ha…
—Señoría —dije—, antes de continuar, ¿puedo responder a la propuesta de la defensa de un perito judicial?
—Señor Haller, conozco su opinión —dijo Ruhlin—.
Se opone porque quiere que este caso llegue a juicio sin desvíos.
Si lo desea, puede presentar una protesta convincente por vía electrónica y la tendré en cuenta antes de emitir una resolución.
Por ahora, sigamos adelante. La defensa ha presentado una moción ante el tribunal para suprimir a una persona de la lista preliminar de testigos de la demandante.
Se trata de Rikki Patel, que es un antiguo empleado del demandado, Tidalwaiv.
Señor Mason, ¿desea exponer su alegación para que conste en acta?
Mitchell Mason vestía un traje azul oscuro de Armani con su característico chaleco estampado para completar un conjunto que transmitía la idea de poder.
Tenía el pelo castaño, corto y bien peinado, y una barba perfilada que empezaba a mostrar algunas canas elegantes.
Así los distinguía. Mitchell llevaba barba. Marcus no.
—Sí, señoría —dijo Mitchell—. Como se sostiene en la moción, el señor Patel es un antiguo empleado de Tidalwaiv que, al dejar la empresa, firmó un acuerdo de confidencialidad, cuya copia se adjuntó a la moción.
Señoría, en pocas palabras, se trata de un intento de la demandante de eludirnos y obtener datos e información confidenciales de la empresa, y nos oponemos enérgicamente a que el señor Patel preste declaración jurada o, con más motivo, a que testifique en audiencia pública sobre este asunto.
—Muy bien, puede sentarse —dijo Ruhlin—. Señor Haller, veo que no ha presentado una respuesta a la moción. ¿Va a retirar al señor Patel de su lista de testigos?
Regresé al atril.
—Al contrario, señoría —dije—. Rikki Patel es un testigo clave para la demandante. Estaba en el laboratorio cuando esta empresa engendró a la compañera de IA a la que llaman Clair y la soltó sobre los desprevenidos…
—Basta ya de frases para la prensa, señor Haller —espetó Ruhlin—. Ya se lo he advertido. Diríjase a mí, no a las personas de la primera fila.
—Sí, señoría.
—Veamos, ¿por qué el tribunal no debería hacer cumplir el acuerdo de confidencialidad firmado por su testigo potencial?