Capítulo Diez
Desde la primera noche del entrenamiento de supervivencia, Eric se sentía aún más dividido que antes. Tocar la muñeca de Janine —después de aquel pequeño incidente le costaba pensar en ella de forma impersonal— le había revelado mucho más de lo que había dejado entrever.
Sí, ahora tenía la confirmación de que, a pesar de ser humana, ella también lo oía dentro de su mente. Lo que no le había contado desde entonces era que, durante aquel contacto tan breve, de algún modo había recibido una avalancha de recuerdos de ella.
Desde el momento en que se conocieron hasta su primera reunión con el general, cuando ella llegó a la base. Incluso los problemas que había tenido con Oliver Teese, el político.
Ahora Eric entendía a qué se refería ella cuando pensó por primera vez en sus verdaderas órdenes. Sabía que el Escuadrón Alfa estaba destinado a fracasar.
Y por decepcionante que hubiera sido aquella revelación, Janine seguía siendo su pareja destinada. No tenía a nadie a quien recurrir; no podía traicionar la confianza de ella. Los secretos de Janine eran ahora los suyos.
Eric supuso que tenía sentido. Él mismo no había creído en la causa al principio, así que ¿por qué iba a creer el ejército? Era simplemente decepcionante, teniendo en cuenta que todos habían dado lo mejor de sí, y al final todo sería en vano. Podía percibir que Janine compartía esa decepción.
Nadie, y menos alguien tan ambiciosa como ella, disfrutaba dirigiendo un equipo perdedor.
No es que alguien pudiera adivinar nada de esto con solo mirarla.
Se comportaba con el mismo profesionalismo que desde el principio.
Después de su primera noche a la intemperie, habían realizado una marcha de resistencia que duró un día entero y casi toda la noche.
Después de eso, los habían dividido en dos equipos para simular una misión de rescate y extracción.
Lo habían hecho bien y habían superado la etapa de supervivencia del entrenamiento. Janine se lo había confirmado. Todos, incluso Bentley, parecían satisfechos al final; cansados, pero contentos.
Eric, por supuesto, sabía la verdad. Por mucho que hubiera mejorado el equipo, ¿de qué servía todo aquello? Entendía perfectamente el dilema de Janine. Si sus órdenes eran dejar que el Escuadrón Alfa fracasara, ¿qué podía hacer ninguno de ellos al respecto? Nada.
No eran más que engranajes en una máquina mucho mayor que manejaba otro. Y lo peor era que ese alguien de arriba podía cortar el suministro cuando quisiera. Estaban indefensos.
Tras un par de días de descanso en la base, llegó la siguiente etapa del entrenamiento avanzado: la única que Eric había temido desde que supo de su existencia. Entrenamiento de paracaidismo.
Un temporal había retrasado su primer salto un día, pero las clases teóricas adicionales no habían conseguido que Eric le cogiera el gusto a la idea.
Esto iba a ser infinitamente más difícil que todo lo que habían afrontado hasta entonces, y así estaba planeado, como Eric había descubierto en los recuerdos de Janine. Quizás fuera la última oportunidad de que el equipo fracasara de verdad, si no lograban controlar los nervios.
Cuando el avión de carga despegó, Eric y Adam intercambiaron una mirada. Aquello quedaba muy lejos de su terreno conocido. La Nueva Alianza no tenía presupuesto para aviones, y los hermanos tampoco habían viajado mucho fuera del país. Esto significaba que era la primera vez que iban a volar.
Bentley, cómo no, tenía cara de suficiencia. Cooper no parecía muy alterado, y Blackwood estaba emocionado como siempre. Después de semanas de dominio físico por parte de los dos cambiaformas oso y Blackwood, quizás ahora iban a cambiar las tornas.
La demostración y la formación teórica que habían recibido hasta entonces les habían explicado exactamente lo que debían hacer. Pero la teoría era mucho más fácil que la práctica.
El avión militar no tenía ventanas, así que Eric no tenía ni idea de a qué altura estaban ya. Probablemente fuera mejor así.
A Eric le crujieron los oídos un par de veces antes de que el avión pareciera estabilizarse. Instintivamente se revisó las correas del arnés del paracaídas. Habrían calculado bien las medidas, ¿no? Apenas podía creer que aquel pequeño artilugio fuera capaz de sostenerlo cuando llegara el momento.
Todo irá bien, se dijo.
La puerta que daba a la cabina se abrió y apareció Janine. Eric se fijó en que llevaba el mismo arnés y mochila que todos los demás.
¿Todos iban a saltar? La idea hizo que su imaginación se desbocara. ¿Y si algo salía terriblemente mal?
—Escuchen con atención. En un minuto abriré la escotilla y saltaremos uno por uno.
Estarán pendientes de sus medidores y activarán el paracaídas tirando de la correa, tal como les demostré antes.
Si no lo consiguen, o algo falla con el paracaídas principal, el de reserva se activará automáticamente. ¿Entendido? —dijo Janine.
¿Y si el de reserva también falla?
Pero Eric no lo dijo en voz alta. Se limitó a asentir.
—¡Sí, señora! —exclamó Blackwood, casi como un vítore.
Bentley asintió con sequedad. Por supuesto, él ya lo sabía todo, como siempre.
—Cuando se abra el paracaídas, se dirigirán hacia la gran X en el suelo. Callahan ya está esperando en tierra, y yo me reuniré con ustedes allí.
Adam cruzó los brazos e intentó parecer duro, pero Eric veía en sus ojos que su hermano estaba asustado. Igual que él. Pero su ego no le permitía demostrarlo, y menos delante de Janine. Claro que, si ella estaba escuchando sus pensamientos en ese momento, ya lo sabía...
Apoyó la mano en el hombro de Adam y miró al frente.
Janine se acercó a la escotilla y abrió las palancas, que parecieron gemir en protesta. En cuanto terminó, el ruido del exterior se volvió ensordecedor. Era como si pasara un huracán.
Bentley se levantó de un salto.
—¡Yo voy primero! —gritó.
Janine frunció los labios y sonrió, luego le indicó con un gesto que volviera a sentarse.
—Eres el más experimentado. Saltarás el último.
Nada más dar la orden, se ajustó la correa del casco y se acercó a la salida.
¡No lo hagas!, gritó el oso interior de Eric. Pero ella parecía ajena a sus protestas —o quizás simplemente las ignoraba— y saltó una fracción de segundo después.
Se levantó de un salto y la siguió. Ni hablar de quedarse allí sentado preguntándose si ella había llegado sana y salva al suelo. Él no funcionaba así.
—¡Eh! —gritó Adam a su espalda. Eric se encogió de hombros.
Con su mujer cayendo en picado hacia el suelo, ahora era sálvese quien pueda.
Además, no tendría ni la más remota esperanza de impresionarla si no daba un paso al frente y hacía lo que debía. Eric se detuvo un instante en la puerta, pero luego se lanzó de cabeza hacia el ruido. Todo o nada.
La sensación de caída libre durante lo que parecieron unos interminables treinta segundos fue distinta a todo lo que Eric había experimentado antes.
Cerró los ojos un momento para acostumbrarse, pero no sirvió de nada.
No había forma de acostumbrarse. Era algo extraño, aterrador y estimulante a la vez.
Tiró de la cuerda en el momento exacto; el paracaídas se abrió y lo frenó con un tirón brutal.
Aquello tenía que ser un récord. Jamás había oído que un cambiaformas oso saltara de un avión. Y hoy, si no se rajaba, serían dos. Y un lobo.
Miró hacia abajo y vio la X que había mencionado Janine, y un paracaídas, seguramente el suyo, dirigiéndose directo hacia la marca.
Arriba, un par de figuras aparecieron a toda velocidad: los demás, cuyos paracaídas aún no se habían abierto.
Uno a uno, parecieron quedarse suspendidos en el aire cuando sus mochilas liberaron los metros de tela cuidadosamente plegados.
Era fascinante. Flotaban con tanta elegancia, virando a izquierda y derecha para cogerle el truco.
Era mágico, emocionante. Se sentía invencible.
Entonces Eric se fijó en alguien que desentonaba claramente. Un miembro del equipo cuya trayectoria no tenía elegancia ni control, que giraba sobre su propio eje una y otra vez.
¡Adam!
El corazón de Eric se desbocó mientras observaba a su hermano pequeño caer un poco más rápido que los demás, a pesar de tener el paracaídas abierto. Algo había salido muy, muy mal.
A medida que Adam se acercaba a su altitud, Eric pudo ver el problema. Ya no estaba en forma humana. Unas enormes zarpas peludas intentaban agarrar las cuerdas del paracaídas, pero no podían manejarlas con la delicadeza necesaria para maniobrar bien.
Entonces le pasó a él también. Sintió que el cambio lo invadía tan rápido que no pudo hacer nada para frenarlo. Sus instintos protectores habían anulado su capacidad de decidir conscientemente. Su hermano, su propia sangre, estaba en peligro, y su oso reaccionó.
Hizo todo lo posible por acercarse a Adam, pero fue inútil. Así no podía ayudarlo de ninguna manera.
Eric cerró los ojos y se obligó con todas sus fuerzas a devolver al oso a su jaula. «Por Adam. Por favor, ¡no puedo fallarle!».
Funcionó, por los pelos. Se quedó en un estado intermedio que al menos le permitía acercarse a su hermano.
—¡Tienes que concentrarte, Adam! —intentó gritar, pero sonó más a gruñido.
—¡No funciona! ¡Voy a estrellarme! —gritó Adam.
—Confía en mí. Vuelve a transformarte.
—¿Cómo?
—¡No discutas! ¡Hazlo y punto! —le apremió Eric.
—¡Voy demasiado rápido!
—Tira de las dos cuerdas a la vez —dijo Eric, recordando las instrucciones que les habían dado justo antes de despegar.
Adam lo hizo, torpemente, y efectivamente, redujo un poco la velocidad.
Eric hizo todo lo posible por igualar la velocidad de su hermano, pero tampoco es que él fuera un experto. Entonces, por el rabillo del ojo, divisó a Bentley, que empezó a gritar sus propias instrucciones. Apenas podían oírlo con el rugido del viento.
—¡Izquierda! —pareció decir Bentley.
Adam giró la cabeza, mirando al humano de mediana edad.
—¿Qué? —ladró.
—¡Tira a la izquierda! —repitió Bentley, más fuerte esta vez.
Eric negó con la cabeza.
—Vuelve a tu forma humana. Podrás hacerlo si cambias. Vacía la mente.
Ahora fue Bentley quien pareció confundido. El problema no era que Adam no quisiera manejar el paracaídas bien, sino que simplemente no podía hacerlo así. Era difícil ser delicado cuando tenías zarpas del tamaño de platos de servir.
—¡Vacía la mente, joder! —volvió a gritar Eric.
Adam por fin dejó de agitarse y cerró los ojos. El cambio fue sutil al principio, pero cuando el pelaje empezó a desaparecer de sus manos y brazos, Eric pudo al fin respirar aliviado.
—¡Joder, tenías razón, hermano! —gritó Adam cuando por fin el paracaídas respondió a sus movimientos mucho más sutiles—. ¡Funciona!
Eric soltó el aire bruscamente. En el fondo sabía que todavía podían salir muchas cosas mal. Pero al menos Adam iba por buen camino.
—Apunta a la X —dijo, y siguió sus propias instrucciones.
Los osos tardaron solo unos minutos en tocar tierra firme. Habían aterrizado sorprendentemente cerca de la X, teniendo en cuenta las circunstancias.
La mayor y la soldado Callahan ya estaban esperando.
«Ha faltado un pelo». Eric se pasó la mano por el cabello y soltó una risa nerviosa.
«¿Estás bien?». Su voz, no, su presencia, entró en su mente, igual que en la colina durante el ejercicio de supervivencia.
«Bien, pero mejor no repetirlo», pensó, y volvió a centrar su atención en Adam, que todavía temblaba, aunque ya tenía los pies bien plantados en el suelo.
Eric examinó el uniforme de su hermano, completamente destrozado, colgando hecho jirones de su cuerpo ya del todo humano. Entonces se dio cuenta de que Adam lo miraba con una sonrisa divertida.
—Lo logramos. Pero creo que ambos necesitamos ropa nueva.
Eric bajó la vista y descubrió que su propio equipo estaba en las mismas condiciones.
Luego levantó la vista y vio que Callahan les lanzaba miraditas furtivas a él y a Adam. «Incómodo». Janine alzó la vista un momento antes de coger el portapapeles que Callahan le tendía y apuntar algo. ¿Habría echado ella también un vistazo?
«Lo siento mucho», dijo la misma voz.
No estaba seguro de qué era exactamente lo que sentía, pero al menos parecía haber captado su atención de nuevo. Su oso interior se regocijó con la idea de que ella lo hubiera mirado, aunque su lado humano aún se sintiera algo avergonzado.
Hacía mucho que no se transformaba involuntariamente así. De hecho, no desde aquel primer incidente que obligó a su familia a mudarse al este de Londres, cuando acababa de desarrollar la capacidad de transformarse.
Quizás ahora Janine decidiera que ya había pensado bastante y le permitiera acercarse a ella.