Caminos Opuestos Capítulo 72 #2
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Capítulo 72 #2

John se acercó a ella para entregarle unas tijeras enormes de metal plateado.

La multitud empezó a guardar silencio, cerrando el círculo alrededor de la entrada donde una cinta roja brillante bloqueaba el acceso.

Aria se colocó en el centro de la escalinata, respiró hondo y miró a todos los presentes con una seguridad que me hizo sonreír.

Después de todos los meses de lágrimas, de dudar de sí misma, de romper con las expectativas de su madre y de machacarse las manos pintando paredes, el momento había llegado.

Sujetó las tijeras con mano firme, posicionó las cuchillas sobre la tela y, con un corte limpio y decidido, dividió la cinta roja en dos.

Los aplausos y los vítores estallaron con fuerza entre la gente, rompiendo la tensión del ambiente.

Aria soltó las tijeras sobre una pequeña mesa lateral y abrió de par en par las grandes puertas de madera de la academia, invitando a todo el mundo a pasar y conocer las instalaciones.

La gente empezó a entrar en tropel, maravillándose con el olor a madera y los espacios iluminados que ella misma había diseñado.

Aproveché el flujo de gente para colarme en dirección opuesta, directo hacia ella, que se quedó un poco a un lado de la entrada observando el éxito de su apertura.

No esperé a que me dijera nada. La agarré de la cintura, atrayéndola hacia mi cuerpo sin importarme que medio pueblo estuviera mirando, y la uní a mí en un beso profundo y lleno de una felicidad compartida que nos hizo sonreír en mitad del acto.

—Enhorabuena, bombón —susurré contra sus labios en cuanto nos separamos un poco, manteniendo mis manos fijas en sus caderas—. Lo has conseguido. Tu propia academia de baile está abierta. Estoy tan orgulloso de ti que no quepo en mí.

La tarde se evaporó entre una marea de música, risas y felicitaciones.

La inauguración de la Soft Whisper Dance Academy fue un éxito rotundo, una locura absoluta que superó cualquiera de nuestras expectativas.

Decenas de madres del pueblo y de los alrededores colapsaron la recepción, ansiosas por apuntar a sus hijas en clases.

Aria no dio abasto en toda la tarde; la vi correr de un lado a otro con las plantillas de inscripción, responder preguntas con una paciencia infinita y guiar a los grupos por las salas con una pasión que contagiaba a cualquiera que la mirara.

Nuestros amigos no la soltaron ni un solo segundo, haciendo de barrera cuando la multitud amenazaba con agobiarla o ayudando a repartir los aperitivos.

Cuando por fin el último vecino cruzó la puerta y las luces de la academia se apagaron, el silencio de la noche nos recibió. Estábamos agotados, pero con una adrenalina flotando en el aire que nos impedía irnos a dormir.

Sin pensarlo dos veces, nos fuimos todos a nuestro jardín.

A ese pequeño pedazo de tierra detrás de nuestra nueva casa que, en apenas tres meses, se había convertido en el escenario de nuestras mejores tardes.

Era el rincón donde ya celebramos  los primeros bocetos de mis tatuajes, donde ahogamos  los miedos del juicio y donde nos sentábamos a ver las estrellas.

Encendimos las hileras de luces cálidas y nos repartimos por el porche, con unas cervezas frías en las manos y los pies descalzos sobre el césped.

Ahí estábamos todos reunidos: Elara, Eiden, Jack, Ivelle y Sienna, que en la puta vida se perdería un día tan importante para su mejor amiga.

—¡Os lo dije! —exclamó Sienna, rompiendo el silencio de la noche mientras daba un trago a su botella y gesticulaba de esa manera tan suya—.

Windale no estaba preparado para el huracán Morgan.

Tenías a la mitad de las madres del condado suplicándote por una plaza, nena. ¡Eres una empresaria de éxito!

—Todavía no me lo creo —admitió Aria, dejándose caer en una de las sillas, con las mejillas todavía encendidas por la emoción—. Cuando vi a tanta gente en la entrada pensé que me iba a dar algo. Creí que nadie vendría.

—¿Estás de coña? —Eiden soltó una carcajada ronca, pasando un brazo por encima de los hombros de Elara—.

El pueblo entero se moría por ver el milagro que has hecho con ese edificio viejo.

Aunque, ahora que lo pienso... espero que no les enseñes a tus alumnas a montar los muebles de la academia, porque si no, el negocio se nos va a pique el mes que viene.

—¡Oye! —protestó Aria, lanzándole un cojín de la silla entre risas—. Ya te dije que las instrucciones del mostrador estaban mal traducidas. Los tornillos no encajaban.

—Sí, claro. Échale la culpa al folleto —chinchó Jack desde su rincón. Tenía su sonrisa de lado, mucho más relajada de lo habitual.

—Hiciste un trabajo increíble, Aria —añadió Elara con esa voz suave y dulce que siempre transmitía paz—. El espacio tiene una luz preciosa. Dan ganas de ponerse a bailar solo con entrar.

—Tiene toda la razón —secundó Ivelle, guiñandole un ojo a mi chica—. Es el sitio más bonito de todo el pueblo. Te lo has currado muchísimo estos meses, te mereces todo lo bueno que te pase.

Me mantuve un paso por detrás, apoyado contra la pared de madera de nuestra casa, observando la escena en silencio.

Le di un trago largo a mi cerveza y dejé que la calidez del momento me calara hasta los huesos.

Miré a Eiden, que bromeaba con Sienna; a Elara y a Ivelle riéndose juntas; a Jack, que por fin parecía respirar tranquilo.

Esta gente que estaba aquí reunida, alborotando nuestro jardín a medianoche, no eran solo nuestros amigos si no nuestra familia.

Esa que no comparte tu misma sangre, pero que se escoge con el corazón y te llena el alma de una manera que las palabras no alcanzan a explicar.

Eran los que nos sostuvieron cuando todo se caía a pedazos, los que rezaron  por mí en la sala de un hospital y los que ahora celebraban nuestras victorias como si fueran propias.

Sentí una oleada de amor y de un orgullo inconmensurable de tenerlos a cada uno de ellos en mi vida.

Al fin, mis ojos se posaron en Aria. Mi otra mitad. La mujer que había encontrado el camino de vuelta a mí, huyendo de sus propias prisiones y que, sin darse cuenta, terminó derribando los muros de la mía.

Me acerqué despacio por detrás, sin hacer ruido sobre el césped.

Aria estaba explicando animada algo sobre el suelo de parqué de la sala principal, moviendo las manos con esa gracia innata que me volvía loco.

Pasé mis brazos por su cintura, rodeándola con firmeza, y la pegué por completo contra mi pecho.

Soltó un suspiro suave y se relajó contra mí, dejando caer su cabeza hacia atrás para que pudiera apoyar mis labios en su coronilla en un beso lento y prolongado.

Nuestros amigos continuaron hablando, acostumbrados ya a nuestras muestras de afecto pero,  para mí el mundo se detuvo. Sosteniéndola entre mis brazos en el porche de la casa que habíamos construido juntos, rodeado de la gente que amaba, me sentí pleno, feliz y en paz.

Miré hacia el horizonte oscuro de Windale, sabiendo que ya no quedaban deudas con el pasado ni miedos que nos obligaran a escondernos.

Deseaba con todas mis fuerzas vivir el resto de mi vida con ganas, exprimir cada segundo, porque sabía que si ellos estaban a mi lado, no había tormenta que pudiera tumbarnos.

Esto no era el final de nada. Era el comienzo de una larga y hermosa historia que todavía estaba por escribir.