Caminos Opuestos Capítulo 72
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Capítulo 72

Nevan

Tres meses después…

Si alguien me dijera  hace medio año que mi vida cambiaría de esta manera, me habría reído en su cara a carcajadas. Pero aquí estaba.

Estos últimos tres meses han sido, sin duda alguna, los mejores de toda mi puta existencia y, al mismo tiempo, una completa y absoluta locura.

Aria estaba a tan solo a unas horas de abrir las puertas de su academia de baile, la Soft Whisper Dance Academy .

Verla trabajar durante todo este tiempo ha sido un espectáculo digno de admirar.

Habían sido semanas extenuantes de reformas a contrarreloj, contrataciones de profesores y un papeleo legal infernal que la traía de cabeza pero, por fin estaba a punto de conseguirlo.

Su sueño estaba ahí mismo, materializado en ese precioso edificio de ladrillo que pronto se llenaría de música y de vida.

Por otro lado, el maldito peso que nos hundía el pecho a todos se evaporó  por completo. El juicio contra mi padre se celebró por fin y, aunque fue un trago amargo, nos mantuvimos más unidos que nunca.

Mi madre se armó de un valor que no creí que tuviera y contó ante todo el tribunal el infierno absoluto que ese hombre nos hizo  pasar a ella y a mí durante muchísimos años, dejando al descubierto esas heridas en la piel y en el corazón que jamás desaparecerían del todo.

Gus testificó justo después, con voz firme y su habitual seriedad, corroborando cada palabra del testimonio de mi madre y del mío.

Aria también tuvo que sentarse allí; se me partió el alma cuando relató lo que vio la noche de la paliza y cómo ese cabronazo intentó sobrepasarse con ella.

Pero cuando me tocó el turno a mí, me planté en el estrado y solté todo lo que me había guardado desde que tuve uso de razón.

Le conté al juez cada tortura y cada humillación, manteniendo la mirada fija en sus ojos podridos, que por primera vez en mi vida no me causaron ni un ápice de temor.

La sentencia fue maravillosa: pasaría el resto de sus días en la cárcel, sin la más mínima posibilidad de volver a salir en libertad.

Fue una de las mejores noticias que he recibido jamás; ni mi madre ni yo tendríamos que volver a tener miedo de ese hijo de puta nunca más.

Con la justicia de nuestro lado y recuperado por completo de mis lesiones, decidí que era hora de poner manos a la obra con mi propio futuro.

Después de pasarme semanas encerrado practicando sin descanso con la máquina en casa, destrozando un montón de pieles sintéticas y viéndome mil tutoriales en internet, por fin me sentí preparado.

Fue entonces cuando llamé de nuevo a Leo.

Me pasé un buen tiempo yendo y viniendo de Los Ángeles, devorando cursos, practicando hasta que me sangraban los dedos y formándome a fondo en el oficio.

Por fin podía decir con orgullo que era apto para ejercer como tatuador profesional.

La jugada maestra vino cuando Leo decidió expandirse y abrir un estudio de tatuajes aquí mismo, en Windale, contratándome como su socio y primer tatuador.

Llevaba ya un mes trabajando de ello y, joder, me encantaba.

Adoraba el zumbido constante de la máquina, pasarme las horas muertas dando forma a los bocetos y hablar con los clientes sobre el significado de lo que querían grabar para siempre en su piel.

Me sentía feliz y realizado con lo que hacía.

Gus se pasaba a diario por el estudio, ya que fue tatuador en el pasado, y ver cómo se le inflaba el pecho de orgullo al verme trabajar era mi mejor recompensa.

Si no fuera por Gus, por sus libretas viejas y sus consejos en la caravana, quizá jamás habría cogido un lápiz para empezar a crear.

Le agradezco tantas cosas a ese hombre que sé que nunca podré pagarselas; para mí, siempre será como un padre.

Mientras tanto, la reforma de nuestra preciosa casa iba genial.

Compramos la mayoría de los muebles que nos gustaban a los dos, pero lo cierto es que Aria y yo no pudimos esperar a que estuviera terminada.

En cuanto tuvimos una cama y la metimos en el dormitorio principal, armamos las maletas y entramos a vivir, porque no aguantabamos más las ganas de empezar nuestra vida y rutina los dos solos, disfrutando de la bendita independencia.

Todo este proceso fue  como un sueño del que no quería despertar.

Recordaba pintar las paredes con ella mientras ponía música de fondo, se ponía a bailar con la brocha en la mano y terminabamos dejándolo todo perdido entre risas y besos.

O montar los muebles en el suelo del salón mientras Aria se volvía loca porque no entendía las instrucciones de los folletos ni sabía dónde iban los malditos tornillos, obligándome a abrazarla por la espalda para resolver el misterio juntos.

Y, sobre todo, recordaba las noches tranquilas en nuestro pequeño jardín, hablando de cualquier tontería, riéndonos de la vida y siendo felices el uno con el otro.

Aún quedaban muchas cosas por hacer en la casa, rincones por decorar y detalles que rematar, pero no había ninguna prisa. Ese sería nuestro hogar para el resto de nuestra vida y queríamos que todo fuera perfecto.

El zumbido constante de la máquina de tatuar llenaba el estudio, un sonido rítmico que durante las últimas horas me había mantenido en una especie de trance enfocado.

Deslicé la aguja con pulso firme por última vez, rematando las líneas finas de la sombra que le daba profundidad al diseño.

Era un dibujo mío, una pieza personalizada que me llevó  un par de noches perfeccionar en el papel.

Apagué la máquina y el silencio repentino de la sala se sintió casi nítido.

Cogí un trozo de papel limpio, empapado en jabón antiséptico, y limpié con cuidado el exceso de tinta negra de la piel enrojecida del brazo del cliente.

—Listo, tío. Echa un vistazo —dije dándole una palmada suave en el hombro no tatuado.

El chaval se levantó de la camilla y se acercó de inmediato al espejo de la pared.

Se quedó mirándose el antebrazo durante unos segundos en absoluto silencio, moviendolo para ver cómo la luz incidía en los sombreados.

De repente, una sonrisa enorme le cruzó la cara y se giró hacia mí con los ojos encendidos.

—Nevan es una puta pasada, de verdad —soltó pasándose la mano libre por el pelo, alucinado—. Ha quedado muchísimo mejor de lo que parecía en el boceto. Eres un artista, tio.

Sentir ese reconocimiento, ver que alguien iba a llevar una parte de mi arte grabada en su piel para siempre, me dio un subidón de orgullo tremendo.

Le apliqué el protector, envolví el tatuaje con el plástico film y le di las recomendaciones habituales de cuidado mientras me pagaba.

En cuanto cruzó la puerta, me puse en marcha a contrarreloj.

Tiré los guantes a la basura, desinfecte la camilla, guardé las agujas en el contenedor de seguridad y dejé la mesa de trabajo impecable para el día siguiente.

Apagué las luces del estudio, cerré la puerta con llave y giré el cartel de la entrada. Ya llegaba tarde.

Me subí al coche de un salto y conduje a toda prisa por las calles de Windale hacia el centro del pueblo.

Al doblar la esquina donde se encontraba el renovado edificio de ladrillo, me di cuenta de que aparcar iba a ser una misión imposible.

La calle peatonal estaba a rebosar. Había muchísima gente agolpada frente a la entrada principal: madres sosteniendo a sus hijas pequeñas de la mano, adolescentes emocionadas comentando los horarios y un buen puñado de vecinos cotillas que se habían acercado para no perderse el evento del año en el pueblo.

El edificio, que tres meses atrás era un cascarón abandonado y cubierto de polvo, lucía ahora imponente, con los ventanales limpios reflejando el cielo de la tarde y el elegante cartel de la Soft Whisper Dance Academy presidiendo la entrada.

Me bajé del coche y empecé a abrirme paso entre la multitud. Debido a mi altura, no me costó demasiado localizarla por encima de las cabezas de la gente. Aria estaba allí, plantada justo al lado de la puerta principal, hablando de forma animada e ilusionada con una mujer del pueblo.

Al verla, se me cortó la respiración de golpe, como si fuera la primera vez que la miraba en lavida.

Estaba radiante. Llevaba un vestido largo y elegante de color verde claro que realzaba su figura y contrastaba de manera hermosa con su piel.

Tenía su melena dorada recogida en un moño alto y sofisticado, pero había dejado dos mechones sueltos a cada lado que le caían con suavidad, enmarcando a la perfección su precioso rostro.

Ese mismo rostro que tenía la maldita y jodida suerte de ver todas las mañanas, adormilado, despertando a mi lado en nuestra cama.

En un movimiento reflejo, Aria desvió la mirada de la mujer y recorrió la masa de gente hasta que sus ojos se cruzaron con los míos.

Al instante, toda la formalidad de su postura se derritió; sus ojos se llenaron de una ternura infinita y me dedicó una sonrisa inmensa, de esas que eran solo para mí.

Le sostuve la mirada, guiñé un ojo y le devolví la sonrisa, intentando transmitirle todo mi apoyo, mi orgullo y el amor que me desbordaba el pecho.

Ella asintió, más tranquila al saber que ya estaba allí.