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Epílogo

Nevan

Cinco años más tarde…

Estos años pasaron volando, transformando por completo el paisaje de mi vida. Si el Nevan de veinticuatro años pudiera  asomarse por una rendija del tiempo a este caluroso día de agosto, jamás habría creído la escena que se extendía ante sus ojos.

El jardín de nuestra casa, el mismo que levantamos a base de reformas, risas y cajas de pizza, estaba invadido por globos de colores, guirnaldas y el caos sonoro que solo un niño puede provocar. Estábamos celebrando el quinto cumpleaños de Liam, mi hermanito pequeño.

—¡Que no me pillas, Nevan! —gritó el renacuajo, corriendo descalzo por el césped con la cara manchada de chocolate y una risa que contagiaba a cualquiera.

—¿Ah, sí? ¡Vas a ver lo que le pasa a los fugitivos! —rugí fingiendo una voz de monstruo mientras acortaba la distancia con mis zancadas largas.

Lo atrapé por la cintura en un movimiento rápido, levantándolo en vilo mientras él pataleaba y se partía a carcajadas.

Lo lancé al aire para atraparlo contra mi pecho, llenándole la mejilla de cosquillas con mi barba.

Le tenía un amor tremendo a ese pequeñajo.

Desde el mismísimo día en que nació, me desviví  por pasar cada segundo libre a su lado.

Me lo llevaba al estudio de tatuajes, le enseñaba  a sostener los lápices para que hiciera sus propios garabatos en mis libretas viejas y, para qué mentir, lo malcriaba  con todas las fuerzas que mi posición de hermano mayor me permitía.

Alcé la vista mientras Liam se estabilizaba en mis brazos y divisé al otro lado del jardín a mi madre y a John.

Estaban sentados en el porche, compartiendo una jarra de limonada y mirándonos con una sonrisa cómplice y rebosante de orgullo.

La relación con ellos hacía ya muchísimo tiempo que dejó de ser tensa o incómoda.

Los quería. Costó sudor, terapia y muchas conversaciones honestas pero, por fin sentía de verdad que todo el dolor de mi infancia había quedado enterrado en el pasado.

Éramos una familia real, de las que se apoyan de verdad.

En ese momento, la puerta del porche se abrió de par en par y Aria apareció en el jardín cargando un bol gigante de patatas fritas. A sus costados, flanqueándola con una atención casi militar, caminaban Isabel y William, sus padres, asegurándose de que no diera un paso en falso.

Giré la cabeza hacia ella y el mundo entero volvió a perder su sonido.

La miré con todo el amor que me cabía en el pecho, un amor que lejos de apagarse con los años, no había hecho más que volverse más maduro.

Aria estaba deslumbrante. Llevaba un vestido veraniego de flores holgado, pero la tela no podía —ni quería— ocultar su ya avanzada barriga de embarazada.

Dejé a Liam en el suelo con una palmadita en la espalda y caminé directo hacia ella.

En cuanto me tuvo a su alcance, Aria me dedicó esa sonrisa inmensa que seguía siendo mi único norte en el mapa.

Dejé el bol de patatas sobre la mesa exterior, la tomé de la nuca y le di un beso lento y profundo en los labios, saboreándola.

—Hola, bombón —susurré contra su boca.

—Hola, papá oso —bromeó ella, con los ojos chispeantes.

Sin romper el contacto físico, me agaché sobre una rodilla frente a ella. Deslicé mis manos grandes por la tela de su vestido, acunando la curva perfecta de su vientre, y deposité un beso cálido y prolongado sobre su barriga.

Sí, chicos, estábamos esperando para ser padres.

Y estábamos ilusionados, con una felicidad que a veces me asustaba por lo grande que era.

Además, ya sabíamos con certeza que iba a ser una niña la que, estaba seguro, iba a malcriar como a nadie en este planeta porque se convertiría en mi pequeña princesa desde el primer segundo en que respirara.

Recordar el momento en que nos enteramos de que venía en camino todavía me ponía la piel de gallina.

Fue una auténtica montaña rusa de emociones.

Al principio, el miedo nos atenazó; los dos veníamos de pasados tan complicados que el terror a repetir los errores de nuestros padres nos paralizó durante unas horas.

Lloramos juntos en el baño de nuestra casa, abrazados en el suelo, mezclando lágrimas de alegría con el pánico más visceral.

Pero nos recompusimos, como siempre hacíamos.

A ese pánico inicial se le sumó el temor de Aria a que el embarazo frenara en seco todo su trabajo en la academia.

Le había dedicado tanta alma en estos cinco años…

Se corrió  la voz de una manera increíble y ahora venían alumnos de muchos lugares diferentes gracias al excelente trabajo que había hecho.

La idea de parar la asustaba, pero todos nos volcamos a una para apoyarla.

Ella demostró la fuerza que tiene: siguió dando clases adaptadas, mucho más suaves, hasta que el avance del embarazo se lo imposibilitó por completo.

E incluso entonces, no dejó de ir ni un solo día para supervisar los ensayos y estar cerca de sus alumnas, a las que adoraba.

Apoyé a Aria en todo momento desde ese día.

No me había perdido ni una sola ecografía, aguantaba sus antojos nocturnos más raros y estaba ahí para abrazarla en cada día malo o en cada bajón emocional provocado por las hormonas.

La amaba con todo mi corazón y estaba deseando empezar esta nueva etapa juntos; no tenía la menor duda de que sería una madre increíble.

Por mi parte, el estudio de tatuajes también iba viento en popa.

En este tiempo logramos  expandir el negocio a más sitios y no podía sentirme más feliz y realizado.

Estaba muy contento con mi trabajo; ver que los clientes siempre salían impecables, contentos y agradecidos con lo que les grababa en la piel me confirmaba que valía la pena cada trazo.

Me puse en pie, rodeando su barriga con mi brazo para que descargara parte de su peso en mí, y miré a sus padres.

—Espero que no la estéis haciendo cargar con mucho peso —dije con un tono divertido, alzando una ceja hacia Isabel.

—Por favor, Nevan, si por nosotros fuera, Aria estaría en una silla de ruedas hasta el día del parto —respondió Isabel, soltando una risa elegante mientras recolocaba uno de los vasos en la mesa—. Pero ya sabes cómo es tu mujer de cabezota. No se queda quieta ni aunque se lo ordene un juez.

—Tiene toda la razón del mundo —coincidió Michael, su padre, dándome una palmada afectuosa en el hombro—. Intenta convencer a una Morgan de que descanse. Yo pasé más de veinte años intentándolo y sigo sin conseguirlo.

—¡Oíd, que sigo aquí! —protestó Aria, fingiendo indignación mientras se cruzaba de brazos, aunque la traicionó su sonrisa—. Solo son unas patatas, papá. Puedo con ello.

Antes de que alguno pudiera replicar, sentí un tirón brusco y familiar en la pernera de mis vaqueros. Bajé la mirada y me encontré con los ojos enormes de Liam, que se había enganchado a mi pierna como un koala, usando todo su cuerpo para llamar mi atención.

—¡Nevan, Nevan! —pidió el pequeño, tirando de mi pantalón con insistencia—. ¡Papá dice que ya casi va a encender las velas de la tarta, pero quiero que me hagas el avión una vez más antes de cantar! ¡Por favooooor!

Aria soltó una carcajada, apoyando su mano sobre mi hombro, mientras sus padres miraban la escena con ternura. Miré al cumpleañero, luego la tripa de mi mujer, y una sensación de paz me inundó las venas.

—Está bien, renacuajo. Súbe a bordo —dije, agachándome para cargarlo de nuevo mientras los globos de colores flotaban bajo el sol de agosto, completando la estampa perfecta de nuestra felicidad.

Aria

El dolor era una ola gigantesca, ciega y abrasadora que amenazaba con arrastrarme por completo.

No había música, ni coreografía, ni control posible; solo la fuerza de la naturaleza abriéndose paso a través de mi cuerpo.

Sentía la piel arder, la respiración entrecortada y el pitido sordo del monitor del hospital marcando el ritmo de mis contracciones.

Pero en mitad de aquel caos doloroso, había una constante. Una roca inamovible a la que me aferraba con la fuerza de una náufraga.

—Mírame, Aria. Solo mírame a mí, bombón. Lo estás haciendo muy bien —la voz de Nevan, cargada de una urgencia protectora, me devolvió a la realidad.

Tenía mis dedos entrelazados con los suyos, apretando con tanta fuerza que estaba segura de que iba a romperle la mano, pero él ni parpadeaba.

Con su otra mano, me apartaba el pelo empapado en sudor de la frente, pegando su frente contra la mía.

Sus ojos estaban fijos en los míos, inyectándome una dosis de coraje.

—Una última vez, cariño. Solo un empujón más y la tenemos aquí con nosotros. Te lo prometo —susurró contra mis labios, y juré ver una lágrima resbalar por su mejilla, pero su voz no tembló.

Apreté los dientes, reuní el último aliento que me quedaba en los pulmones y canalicé todo el amor, el miedo y la esperanza de los últimos cinco años en ese último esfuerzo.

El dolor llegó a su punto álgido y, de repente, una sensación de vacío me recorrió seguida, un segundo después, por el sonido más desgarrador, hermoso y puro que jamás había escuchado en toda mi vida.

Un llanto agudo y enérgico llenó la sala de partos.

Me dejé caer hacia atrás sobre las almohadas, exhausta, temblando de arriba abajo.

Nevan soltó un jadeo ahogado, un sonido que era mitad risa y mitad sollozo, y me besó la frente con una devoción casi religiosa antes de girar la cabeza hacia los médicos.

Cuando volvió a mirarme, su rostro estaba bañado en lágrimas.

—Es ella, Aria —susurró con la voz rota—. Nuestra pequeña ya está aquí.

Unas horas más tarde, la agitación del equipo médico y las visitas rápidas de nuestras familias se habían desvanecido.

La habitación del hospital quedó sumida en una penumbra azulada y pacífica, iluminada solo por la suave lámpara de la mesilla de noche.

El silencio era absoluto, un contraste maravilloso con la tormenta de la mañana.

Nevan arrastró  un sillón justo al lado de mi cama. Estaba sentado muy cerca de mí, con los hombros relajados y la mirada perdida en el pequeño bulto envuelto en una manta de algodón rosa que sostenía contra mi pecho.

Nuestra hija. Olivia Grayson Morgan.

Tenía una pequeña pelusa de cabello rubio, la piel todavía un poco sonrosada y unos dedos diminutos que se aferraban con fuerza ciega al dedo índice de Nevan.

Ver la mano enorme de mi hombre, tosca, curtida y tatuada, siendo prisionera de los dedos de nuestra bebé era una imagen de una ternura tan devastadora que me hacía doler el pecho.

—Sigue pareciéndome un milagro de la hostia —murmuró Nevan en un susurro casi inaudible, temiendo romper el encanto de la habitación—. Mírala, cariño. Es... es perfecta. Es la cosa más hermosa que he visto jamás.

—Tiene tu nariz, Nevan —apunté con una sonrisa suave, estirando la mano libre para acariciarle la nuca, sintiendo la calidez de su piel.

Él soltó una risa ronca, muy baja, y se inclinó hacia delante para apoyar sus labios con una delicadeza infinita en la frente de Olivia. La pequeña soltó un leve suspiro dormida, acomodándose mejor contra mi cuerpo.

Supongo que la vida tenía esto preparado para nosotros.

Dos personas que crecieron rodeadas de muros, de silencios impuestos y de un dolor que amenazaba con devorarnos;  ahora sosteníamos en los brazos una vida nueva.

Sin manchas. Sin pasados oscuros. Olivia era el lienzo en blanco más perfecto que el destino nos había regalado.

Nevan se enderezó y cambió su mirada hacia mí.

El brillo de sus ojos ya no arrastraba los fantasmas de la clínica, ni el miedo a su padre, ni la rabia de aquellos años perdidos en Windale.

Ahora solo había paz, una dorada y sólida.

Me tomó de la barbilla con suavidad y me unió a él en un beso pausado que sabía a refugio.

—Gracias, Morgan —susurró contra mis labios, rozando su mejilla con la mía—. Gracias por volver a este pueblo. Gracias por no rendirte conmigo cuando era un puto desastre.

—Siempre iba a volver a ti, Nevan —respondí entrelazando mis dedos en su cabello rubio—. Te lo dije hace cinco años: tú eres mi hogar. Y ahora, nuestra casa tiene una habitación más.

Él me dedicó esa sonrisa que seguía volviéndome loca como el primer día, y se acomodó a mi lado en la cama, rodeándonos a Olivia y a mí con sus brazos fuertes, manteniéndonos a salvo del resto del universo.

Miré al amor de mi vida, luego a mi hija durmiendo en mis brazos y cerré los ojos con la certeza absoluta de que el libro de nuestras vidas por fin había encontrado su melodía perfecta.

El viaje fue duro pero qué hermoso era el destino cuando te dejaba en el lugar correcto.