Caminos Opuestos Capítulo 71 #2
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Capítulo 71 #2

Estábamos celebrando la vida. Hacía apenas unos meses, la persona que hoy acaparaba todas las miradas colgaba de un hilo tan frágil que recordarlo todavía me provocaba un escalofrío.

Pero allí estaba Nevan, con sus veinticuatro años recién estrenados.

Llevaba  una camisa oscura que le sentaba de miedo y esa sonrisa de lado que volvía a tener toda su fuerza.

Observé la escena con una copa de vino entre las manos, sintiendo que el corazón me iba a estallar de gratitud.

Sienna, fiel a su estilo, ya se había ganado a todo el mundo.

Llegó un par de horas antes, directa de Los Ángeles y derrochando energía.

En ese momento estaba apoyada en la barra improvisada junto a John, gesticulando de forma exagerada mientras le contaba una de sus salvajes anécdotas de la gran ciudad, haciendo que el marido de Maeve soltara una carcajada.

Se la veía feliz y saber que condujo hasta aquí solo por nosotros, me recordaba la suerte que tenía de contar con ella en mi vida.

A unos metros, sentados en las sillas de mimbre cerca del césped, estaban Eiden y Elara.

Ella sostenía una libreta pequeña en su regazo, esbozando alguna idea para su galería, mientras él la miraba como si el sol saliera y se pusiera solo para ella.

Le apartaba el pelo con una delicadeza que contrastaba con sus manos curtidas de mecánico y le susurraba cosas al oído que hacían que ella se riera y le diera un empujoncito cariñoso en el pecho.

Verlos así, tan asentados y felices después de todo lo que habían pasado en su propia historia, era el reflejo exacto del futuro que quería para Nevan y para mí.

Y luego estaban Jack e Ivelle. La tensión entre esos dos era tan palpable que casi se podía cortar con el cuchillo de la tarta.

Estaban de pie cerca de la piscina, hablando de forma casual, pero las miradas que cruzaban decían todo lo contrario.

Nevan les lanzó una mirada burlona desde la distancia y le dio un trago a su cerveza, disfrutando del sutil sufrimiento de su amigo.

Maeve apareció desde el porche portando una bandeja con aperitivos, luciendo una tripa de embarazada que ya se notaba bajo su vestido holgado.

Se detuvo un momento al lado de Nevan, le puso una mano en el hombro y le dedicó una mirada tan cargada de amor, orgullo y disculpa silenciosa que a mí se me humedecieron los ojos.

Él no se apartó; al contrario, cubrió la mano de su madre con la suya durante un segundo, aceptando el gesto.

El ciclo de dolor se estaba cerrando por fin.

Caminé hacia él, deslizándome entre las luces de la verbena, dispuesta a unirme a su lado. Nevan notó mi presencia antes de que llegara a tocarlo, giró esos ojos azules hacia mí y estiró el brazo para rodearme la cintura, pegándome a su costado con una posesión suave que me hizo suspirar.

—¿Te estás divirtiendo, Morgan? —me susurró al oído, dejando un beso rápido en mi sien.

—Mucho —respondí rodeándo su espalda con el brazo y apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo el latido constante de su corazón—. Mira a tu alrededor, Nevan. Todos están aquí por ti. Estás aquí.

Él miró al grupo, deteniéndose en Sienna que ahora intentaba enseñar a Jack un paso de baile ridículo mientras Eiden vitoreaba de fondo, y luego miró a su madre, que sonreía junto a John. Una expresión de paz se instaló en su rostro.

—Sí —admitió apretándome contra él—. Estoy aquí. Y joder, qué buena noche para estar vivo.

—Tengo una sorpresa para ti —susurré, aprovechando que la música tapaba nuestra conversación—. Vas a tener que ausentarte un rato de la fiesta, porque tenemos que ir en coche.

Nevan se separó un poco y me miró frunciendo el ceño, con la intriga y la sospecha reflejada en sus ojos. Sin embargo, no protestó. Esbozó una media sonrisa, asintió y se giró hacia el grupo para levantar la mano.

—Oíd, nos vamos un momento. Volvemos en un rato, no os bebáis todo lo que queda —avisó con su habitual tono burlón.

—¡Más os vale no tardar, que he venido desde Los Ángeles a verte soplar las velas, rubito! —gritó Sienna desde la barra.

Nos alejamos del jardín tomados de la mano y caminamos hacia la entrada principal de la mansión. Aparcado en la acera nos esperaba mi nuevo coche blanco.

Nos subimos y arranqué el motor. A medida que avanzaba por las calles tranquilas bañadas por el atardecer de Windale, sentí cómo un nudo de nervios se me instalaba en el estómago.

Me sudaban las manos sobre el volante. Llevaba días planeando esto en absoluto secreto con Maeve y John, pero ahora que el momento había llegado, me aterrorizaba que a Nevan no le gustara o que sintiera que me había precipitado. ¿Y si era una cagada monumental?

Nevan, que me conocía demasiado bien, no tardó en notar la rigidez de mis hombros y cómo mordía mi labio inferior.

—A ver, Morgan, me estás empezando a asustar —bromeó acomodándose en el asiento del copiloto—. Estás tan tensa que parece que me vas a secuestrar para pedir un rescate. Te aviso que John es rico, pero igual no paga tanto por mi cabeza.

Solté una risa nerviosa, agradeciendo el intento de romper el hielo.

—Cállate y déjate secuestrar, Nevan. Te prometo que vas a conservar todos tus órganos intactos.

Giré en una calle residencial un poco apartada del centro, una zona preciosa rodeada de árboles frondosos y un silencio acogedor.

Estacioné el coche frente a la acera y apagué el motor.

Miré a Nevan. Él miró por la ventanilla y luego volvió a mirarme, con cara de confusión, sin entender qué demonios estábamos haciendo allí ni por qué nos detuvimos  en ese lugar exacto.

Le tomé la mano sintiendo su calidez y lo guíe fuera del coche. Caminamos unos pasos por la acera hasta detenernos frente a una pequeña y encantadora casa de estilo rústico. Empujé la valla blanca de la entrada y avanzamos por el caminito de piedra que cruzaba el jardín delantero.

—Aria, en serio, ¿qué pasa? —preguntó, deteniéndose a un par de pasos de la puerta principal, mirándome con una insistencia que mezclaba la curiosidad con un ligero rastro de vulnerabilidad—. ¿De quién es esta casa? ¿Por qué estamos aquí?

Me coloqué frente a él, bloqueando el paso a la puerta. El corazón me latía tan deprisa que temía que pudiera escucharlo. Metí la mano en el bolso, saqué un juego de llaves sujeto por un llavero sencillo y se las mostré, extendiendo la palma de mi mano.

—He comprado la casa, Nevan —solté de golpe, con la voz temblando—. Es nuestra.

Nevan abrió los ojos de par en par. Se quedó de piedra, con la mirada clavada en las llaves y luego en mi rostro.

El silencio que se instaló entre nosotros fue asfixiante.

Pasaron cinco, diez, quince segundos y él no decía nada, ni un músculo de su cara se movía.

Mis alarmas internas se encendieron a toda potencia; empecé a ponerme nerviosa, convencida de que la había cagado a niveles estratosféricos, que había invadido su espacio o que su orgullo no iba a soportar algo así.

Estaba a punto de guardar las llaves y empezar a disculparme cuando vi cómo sus ojos se empañaban. Una única lágrima resbaló por su mejilla, rompiendo toda su coraza.

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Nevan dio un paso al frente, me rodeó con sus brazos fuertes y me pegó a su pecho con un abrazo tan profundo, desesperado y tierno que me dejó sin aliento.

Se enterró en mi cuello, apretando como si fuera lo único real que le quedaba en el mundo y, sentí cómo sus hombros temblaban.

—Aria… —susurró contra mi piel, con la voz rota por la emoción—. Me vas a matar de un maldito infarto un día de estos.

Le devolví el abrazo con la misma intensidad, hundiendo mis manos en su espalda, sintiendo una paz inmensa inundarme al comprender que no estaba enfadado. Nos quedamos así un largo rato, mecidos por la brisa del atardecer de agosto, en un momento íntimo.

Cuando se separó un poco, me tomó de la cara con ambas manos, había una sombra de reparo en sus ojos, ese orgullo que todavía le costaba domar.

—Es preciosa, bombón, de verdad que lo es —admitió mirando la fachada de la casa y luego volviendo a mí—. Pero… joder, me da un reparo tremendo que te hayas gastado todo ese dinero tú sola. No he aportado nada aquí. Siento que, no sé, que tendría que ser a medias.

Le dediqué una sonrisa tierna y le cubrí las manos con las mías, obligándolo a mirarme a los ojos para que entendiera la verdad de mis palabras.

—Escúchame bien, Nevan —lo tranquilicé con voz firme—.

Tenía muchísimo dinero acumulado y guardado de todas las campañas de publicidad, el ballet y los contratos que hice en Los Ángeles.

Estaba ahí metido en el banco, recordándome una etapa de mi vida que me hizo daño.

No vi mejor manera en el mundo de usar ese dinero que limpiándolo y transformándolo en un futuro real para los dos.

Es mi regalo de cumpleaños para ti, pero también es un regalo para mí misma. Nuestro hogar.

Nevan tragó saliva asimilando mis palabras, y la rigidez de sus hombros terminó de desaparecer. Una sonrisa, la más bonita que le vi jamás, iluminó su rostro.

—Además —añadí guiñándole un ojo de forma cómplice—, el dinero solo compra las paredes.

A partir de aquí, el trabajo de verdad comienza ahora.

Nos toca a los dos empezar a reformarla por dentro, pintarla, amueblarla y ponerla a nuestro gusto.

Y sé de buena tinta que eres muy bueno con las manos y las herramientas, así que no te vas a librar de trabajar.

Nevan soltó una carcajada ronca y me arrebató las llaves de la mano para guardarlas en su propio bolsillo antes de volver a atraparme por la cintura.

—Está bien, Morgan. Me has convencido—cedió rozando sus labios con los míos—. Prepárate, porque te voy a dejar la casa más increíble de todo el pueblo.

Antes de que pudiera reaccionar, Nevan se agachó con agilidad, me pasó un brazo por debajo de las rodillas y el otro por la espalda, levantándome en vilo al estilo de novia recién casada.