Capítulo 71
Aria
Han pasado ya varios días desde mi regreso a Windale y cada mañana me despertaba con la maravillosa certeza de estar donde debía estar.
Maeve ha sido muy generosa al dejar que me quedara en su casa mientras terminaba de asentarme y organizaba todos los detalles de mi nueva vida.
No solo ella se ha volcado conmigo; mi propia madre estaba cumpliendo su promesa de una manera que jamás habría imaginado.
Llamaba a diario, enviaba presupuestos, se coordinaba con proveedores de suelos especializados y me ayudaba con todo el papeleo legal de la academia.
Las reformas ya han comenzado, el eco de los martillazos en el viejo edificio me sonaba a música y la ilusión me desbordaba. Me sentía, por primera vez, en paz absoluta conmigo misma.
Y no era la única que estaba construyendo su propio futuro.
Nevan también avanzaba a su manera. Se había comprado su primera máquina de tatuar y un montón de pieles sintéticas para empezar a practicar en casa.
Verlo concentrado durante horas entre sus bocetos y el zumbido de la aguja, con esa chispa de ilusión de vuelta en los ojos, me llenaba el pecho de orgullo.
Los dos estábamos, por fin, creando algo propio.
Pero hoy no era un día para pensar en reformas o en tatuajes. Hoy era diecisiete de Octubre. El cumpleaños de Nevan.
Cumplía veinticuatro años y le tenía preparada una sorpresa enorme.
Había pasado días conspirando en secreto con Maeve y John, quienes me ayudaron entusiasmados a escoger el regalo perfecto, asegurándose de que fuera algo que él jamás olvidaría.
Nevan, fiel a su nuevo enfoque de la vida, decidió celebrarlo en petit comité .
Nada de fiestas salvajes con desconocidos; solo nosotros y sus amigos más cercanos: Eiden, Elara, Jack e Ivelle.
Además, invitó a Sienna, que en ese mismo instante conducía hacia Windale.
Mi loca amiga se negó en redondo a perderse el cumpleaños del «chico duro» al que tanto cariño cogió durante nuestras semanas en Los Ángeles.
Me incorporé despacio sobre el colchón, apoyándome en un codo para observarlo.
Nevan dormía a mi lado, ajeno al mundo. La luz suave de la mañana entraba por la ventana, recortando su silueta contra las sábanas oscuras.
Ya apenas le quedaban marcas físicas de la paliza, más allá de las nuevas cicatrices que ahora surcaban su piel, sumándose a las antiguas como un mapa de su supervivencia.
Así, adormilado y con las facciones relajadas, se le veía tan joven, tan en paz.
Extendí la mano con infinita lentitud y le aparté un mechón de pelo rubio que le caía sobre la frente.
Una oleada de amor, un sentimiento tan puro que casi me impedía respirar, me inundó por completo.
Amaba a este hombre con cada fibra de mi ser.
Estaba tan roto cuando lo conocí, pero por fin había empezado a reconstruirse y, en el proceso, me salvó a mí de mi prisión.
Nunca en mi vida había sentido algo tan sagrado por nadie.
Una sonrisa pícara y decidida comenzó a dibujarse en mis labios. Era su cumpleaños y se merecía el mejor de los despertares.
Me deslicé hacia abajo, arrastrándome bajo las sábanas hasta quedar entre sus piernas.
Con movimientos felinos y silenciosos, introduje las manos por debajo de la pretina de sus boxers, acariciando primero la piel firme de sus muslos antes de deslizar la prenda hacia abajo con suavidad, liberando su erección matutina.
Estaba erecto, caliente y tenso, listo para mí.
Me incliné hacia delante, dejando que mi melena dorada cayera a los lados, y bajé la cabeza.
Primero pasé la punta de la lengua por toda la longitud de su miembro, saboreándolo, sintiendo cómo daba un sutil latido ante el primer contacto húmedo.
Sin perder el ritmo, abrí la boca y lo tomé por completo, envolviéndolo con la calidez de mi garganta.
Comencé a succionar con suavidad pero con una firmeza experta, moviendo la cabeza de arriba abajo en un vaivén rítmico y constante.
El contraste de mis labios apretados y el calor húmedo de mi boca alrededor de su hombría creó una fricción intensa y sensual.
A los pocos segundos, escuché cómo el ritmo de su respiración cambiaba.
Nevan soltó un jadeo ronco, ahogado, y se removió entre las sábanas.
Al abrir los ojos, todavía entornados y pesados por el sueño, se encontró conmigo allí abajo, devorándolo con la mirada mientras mi boca se deslizaba arriba y abajo por su longitud, absorbiendo cada vez más profundo.
—Joder, Aria… —gruñó con la voz rota por el letargo matutino, mientras arqueaba la pelvis hacia mi boca, buscando más de ese calor.
Sus manos, grandes y de dedos largos, bajaron por instinto hasta mi cabeza, hundiéndose en mi pelo suelto para guiar el ritmo, sin presionar, dejándose llevar por completo por el placer que le estaba regalando.
Continué incrementando la intensidad, usando la lengua para juguetear alrededor de la punta cada vez que subía, saboreando el líquido preseminal que empezaba a brotar; antes de volver a hundirme por completo hasta la base, haciéndole soltar una retahíla de maldiciones en voz baja.
Estaba atrapado entre las redes de un placer puro y salvaje que lo estaba despertando de la mejor manera imaginable, con sus caderas respondiendo de forma espasmódica a cada una de mis succiones.
El letargo del sueño desapareció por completo de los ojos de Nevan, sustituido por un brillo oscuro y cargado de una urgencia primitiva.
Sus manos, que antes solo descansaban en mi cabello, se cerraron con fuerza entre los mechones dorados, afianzando el agarre con una firmeza posesiva y autoritaria que me hizo dar un vuelco al corazón.
Me encantaba cuando tomaba el control de esa manera, cuando desnudaba al tipo duro y dominante que llevaba dentro y que tanto me fascinaba.
Arqueó la pelvis hacia arriba, rompiendo la pasividad, y empezó a marcar él mismo el compás.
Con un movimiento decidido de sus caderas, se abrió paso más profundo en mi garganta, obligándome a acogerlo casi por completo.
Sosteniendo mi cabeza con fuerza, comenzó a embestir contra mi boca en un vaivén profundo, rítmico y demandante.
Acepté su dominancia con gusto, disfrutando de la sensación de perder el control ante él.
Entrecerré los ojos para mirarlo desde abajo mientras succionaba con más fuerza, amoldando mis labios a su grosor y dejando que el calor húmedo de mi boca lo envolviera a cada embestida.
El sonido lascivo de la fricción y sus gemidos roncos inundaban la habitación, subiendo la temperatura por segundos.
Nevan apretó los dientes, con los músculos del abdomen tensos y las venas de los brazos marcadas por el esfuerzo de contenerse.
Su ritmo se volvió más rápido, más salvaje, hundiéndose en mí hasta el fondo una y otra vez.
De repente, su agarre en mi pelo se volvió casi desesperado y detuvo el movimiento de sus caderas por un instante, conteniendo el aliento con los ojos fijos en los míos.
—Aria... joder, para... me voy a correr —advirtió con una voz rota, rasgada por el límite del placer.
En lugar de apartarme, lo miré y me hundí aún más en su longitud, usando la lengua alrededor de la punta en un claro desafío.
No pensaba retirarme. Al notar mi negativa, Nevan soltó un rugido ahogado y se entregó por completo, embistiendo una última vez mientras su cuerpo se tensaba en un espasmo violento.
Sentí la descarga caliente, copiosa y espesa de su orgasmo golpear el fondo de mi garganta, llenándome.
Mantuve la posición, saboreando cada latido de su liberación hasta que el último impulso cesó, y tragué todo el calor de su esencia sin romper el contacto visual, demostrándole que era suya.
Me deslicé hacia arriba, limpiándo la comisura de mis labios con el pulgar mientras una sonrisa pícara volvía a dibujarse en mi rostro. Nevan estaba tumbado bocarriba, respirando con rapidez, con el pecho subiendo y bajando y una mirada de absoluta estupefacción mezclada con devoción.
—Feliz cumpleaños, Grayson —dije con la voz suave y cargada de una sensual picardía.
Él soltó una risa ronca, todavía intentando recuperar el aliento, y estiró el brazo para cogerme de la nuca, tirando de mí hacia arriba sin contemplaciones hasta que mi cuerpo quedó tendido sobre el suyo, atrapada entre sus piernas.
—Morgan... Ese es, con una diferencia abismal, el mejor despertar de cumpleaños que he tenido en toda mi puta vida — admitió mirándome con unos ojos azules que ahora rebosaban un brillo tierno.
Me unió a él en un beso profundo, ajeno a los sabores compartidos, un beso hambriento que se transformó en una caricia lenta y protectora. Sus manos me acunaron la espalda, manteniéndome pegada a su pecho, donde su corazón todavía latía a mil por hora.
—Eres el mejor regalo que la vida me ha dado, ¿lo sabes? —susurró contra mis labios, entrelazando sus dedos en mi pelo—. Te quiero, Aria.
—Y yo te quiero a ti, Nevan —respondí apoyando la barbilla en su pecho, sabiendo que este cumpleaños era solo el primero de todos los que pasaríamos construyendo nuestro propio mundo.
***
El sol de Octubre comenzó a caer, tiñendo el cielo de Windale de unos tonos anaranjados y violetas que hacían que el enorme jardín de Maeve y John pareciera sacado de un cuadro.
Despojamos al lugar de cualquier rigidez aristocrática; en lugar de una recepción formal, el espacio se transformó en un refugio íntimo.
Hileras de luces cálidas parpadeaban entre las ramas de los robles, una fila de farolillos iluminaba el porche y la música suave flotaba en el aire, mezclándose con el crujido del hielo en los vasos y el sonido más hermoso del mundo: las risas de la gente que queríamos.