Capítulo 70
Nevan
Aria se fue hace una semana y cada día se me estaba haciendo más largo que el anterior. Sabía alguna cosa de ella por los mensajes que nos mandábamos, pero no eran demasiados y mi cabeza empezaba a ponerse nerviosa. El silencio digital alimentaba mis peores temores.
Por suerte, el cuerpo me daba treguas. Cada vez me encontraba mejor, ya apenas tomaba ningún medicamento y por fin podía moverme con total libertad.
De vez en cuando, alguna punzada de dolor agudo me atravesaba las costillas cuando hacía un movimiento brusco, pero poco a poco el malestar iba menguando.
Para no volverme loco dándole vueltas a las cosas, empecé a refugiarme en el dibujo.
Pasaba las tardes enteras con el cuaderno apoyado en las rodillas, gastando lápices y canalizando toda la ansiedad al trazar líneas.
De hecho, me atreví a intercambiar un par de mensajes con Leo.
Le mandé fotos de algunos de mis últimos diseños y su respuesta me dio un subidón que no esperaba.
Me dijo que tenía una técnica brutal para las sombras, que me consiguiera un par de pieles sintéticas para ir practicando el pulso en casa y que, en cuanto me viera con fuerzas para aguantar sesiones largas de pie, las puertas de su estudio estaban abiertas para enseñarme a usar las máquinas de verdad.
Saber que mi futuro empezaba a tener un rumbo real, un proyecto que dependía solo de mí, me servía de salvavidas.
La relación con mi madre y con John cada vez era más natural y fácil de llevar.
Todavía no me acostumbraba a recibir atención constante ni a que se preocuparan tanto por mí, pero me estaba adaptando.
El embarazo de mi madre iba genial. Aunque jamás admitiría en voz alta delante de nadie que, en secreto, me moría de ganas de conocer al que sería mi hermano. Quería estar ahí para él.
Gus y Martha se pasaron varias veces por la casa para verme.
Los echaba mucho de menos en el día a día.
Al final, ellos eran mi verdadera familia y eso era algo que jamás iba a cambiar.
Me dieron muchísimo más de lo que jamás podría haber pedido en mis peores años, y los quería como si fueran mis padres.
Estaba divagando en el porche, con el cuaderno de bocetos cerrado a mi lado y absorto en mis pensamientos, cuando el sonido de mi teléfono rompió la calma. Al mirar la pantalla, el nombre de Aria parpadeó en letras grandes.
Descolgué con una rapidez que me daría hasta vergüenza si se tratara de cualquier otra persona en el planeta. Pero con Aria las reglas no existían.
—¿Aria? —solté conteniendo el aliento.
—¡Hola, Nevan! —su voz cantarina y llena de vida resonó al otro lado de la línea, inyectándome un chute de adrenalina instantáneo.
—¿Cómo estás? ¿Cómo te está yendo todo por allí? —pregunté, incapaz de camuflar la urgencia en mi tono.
—Todo ha ido genial —me tranquilizó, y pude notar la sonrisa en su voz—. Escúchame, necesito que cojas el coche ahora mismo y vayas a una dirección que te voy a mandar.
Fruncí el ceño extrañado por el misterio, pero no me lo pensé dos veces.
—Está bien. Pásamela.
Conduje a toda prisa, devorando los pocos kilómetros que me separaban de las coordenadas que me había enviado. Cuando detuve el motor en el arcén, el corazón me dio un vuelco salvaje.
Aria estaba allí, de pie, apoyada al lado de un coche blanco impecable.
Supuse que era el coche en el que había vuelto desde Los Ángeles, ya que para irse tuvo que coger un taxi.
Al bajarme, me quedé un segundo paralizado mirándola.
Estaba radiante. Vestía unos pantalones blancos de lino sueltos y una camiseta ajustada rosa que resaltaba su piel dorada por el sol.
Llevaba su larga melena suelta, ondeando al viento, y lucía una sonrisa inmensa y brillante en su preciosa cara.
No pude contenerme. Crucé la distancia que nos separaba casi corriendo y la estreché entre mis brazos con una necesidad desesperada. La levanté del suelo y le di una vuelta en el aire, provocando que soltara una carcajada que me llenó el pecho de música.
—Has vuelto —susurré contra su cuello, aspirando su perfume, todavía sin creérmelo del todo—. Has vuelto conmigo.
Aria se separó apenas unos centímetros, me miró a los ojos con una ternura infinita y me dio un beso suave en la mejilla.
—Siempre volveré a mi hogar, Nevan —dijo con una voz firme y cargada de una verdad absoluta—. Y mi hogar siempre serás tú.
Esas palabras me destrozaron y me reconstruyeron al mismo tiempo.
No pude resistirlo más; la tomé de la nuca y la besé con toda la pasión, el miedo y las ganas que fui acumulando durante su ausencia.
La besé porque ella también era mi hogar.
Daba igual dónde estuviéramos en el mapa; sea donde sea que ella estuviera, ahí estaría mi corazón.
Cuando nos separamos, recuperando el aire a duras penas, recorrí el entorno con la mirada, todavía confuso. Estábamos en una calle peatonal del centro de Windale.
—Y bien... ¿se puede saber por qué me has citado en esta dirección? —pregunté alzando una ceja con curiosidad.
Aria sonrió con una picardía deliciosa. Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones de lino y sacó un juego de llaves tintineantes, moviéndolas delante de mis ojos. La miré ceñudo, sin entender muy bien a dónde quería llegar con todo este juego.
—Nevan, soy oficialmente la propietaria de la Soft Whisper Dance Academy —anunció, y sus ojos brillaron con una emoción desbordante mientras señalaba con la cabeza el edificio que teníamos justo al lado.
Giré la cabeza para contemplar la estructura.
Era un edificio antiguo de ladrillo visto, de dos plantas, con unos ventanales enormes que prometían inundar todo el interior de luz natural.
Era evidente que todavía le faltaba una reforma profunda, pintura y horas de trabajo para ponerlo a punto, pero tenía una fachada preciosa, con un encanto rústico e histórico que encajaba a la perfección en la estética de Windale.
Una oleada de felicidad y un orgullo inmenso me golpeó el estómago. Lo había logrado. Había roto sus cadenas.
—No me lo puedo creer, bombón —dije agarrándola de la cintura para volver a pegarla a mí—. Es increíble. Estoy tan orgulloso de ti.
Aria, desbordando felicidad por cada poro de su cuerpo, empezó a explicarme a toda velocidad todo lo que sucedió en Los Ángeles durante esos días.
Verla hablar con esa ilusión, ver cómo sus sueños ya no eran una imposición de nadie sino suyos, hizo que la paz me inundara.
Su felicidad era tanta que no pude evitar contagiarme por completo, sabiendo que el futuro, por fin, empezaba hoy.
El sonido de la llave girando en la cerradura vieja resonó con un eco metálico.
Aria empujó la pesada puerta de madera y un olor a madera antigua, polvo en suspensión y tiempo detenido nos recibió de golpe.
El calor sofocante se quedó fuera, sustituido por una corriente fresca que corría por el pasillo principal.
Aria no esperó ni un segundo. Me tomó de la mano y, con un tirón lleno de energía, me arrastró hacia el interior del edificio.
Tenía los ojos desorbitados, brillantes, y una especie de electricidad le recorría el cuerpo.
Caminaba con un aire soñador, como si no estuviera pisando un suelo cubierto de polvo, sino flotando sobre nubes.
Cruzamos un arco de ladrillo y entramos en una estancia gigantesca. El suelo de parqué crujió bajo nuestras botas, desgastado por los años pero con una estructura impecable. La luz del sol entraba a raudales por los enormes ventanales, dibujando rectángulos dorados en el suelo.
Aria soltó mi mano y avanzó hacia el centro de la gigantesca estancia.
Incluso vestida con ropa informal y pisando un suelo cubierto de polvo, se movía con una gracia innata, casi flotando, como si el espacio entero le perteneciera desde siempre.
Se detuvo justo donde un enorme rayo de sol cruzaba el parqué y empezó a girar sobre sí misma barriendo el lugar.
—Quiero que todo esto vaya pintado de un blanco roto muy suave, casi crema —explicó, alzando el brazo y señalando las altas paredes con un dedo entusiasmado, trazando líneas imaginarias en el aire.
Se detuvo en seco y me miró de reojo, buscando mi reacción. Yo me limité a sonreír, apoyando el hombro contra el marco de la puerta y cruzándome de brazos.
—Quiero que cuando los alumnos entren aquí, sientan que es un lugar cálido, acogedor… —continuó ella, bajando la voz a un tono casi reverente, mientras dejaba caer los brazos a los lados—. Como un refugio, Nevan. Un lugar donde estar a salvo.
—Suena perfecto, Morgan —respondí y el tono ronco de mi voz delató lo mucho que me gustaba verla así de libre—. Compro la idea del blanco crema. El blanco puro está sobrevalorado.
Ella soltó una pequeña risa y continuó su recorrido. Se deslizó con paso ágil hacia el lateral de la sala, deteniéndose a escasos centímetros de la superficie rugosa. Extendió ambas manos, abiertas de par en par, y las movió de arriba abajo para abarcar toda la longitud de la estructura.
—Toda esta pared de la derecha estará cubierta de espejos, desde el suelo hasta el techo —anunció, y por un segundo su rostro se ensombreció, un sutil recordatorio de las largas y crueles horas de juicio a las que su madre la había sometido en Los Ángeles.
Sin embargo, se sacudió el pensamiento con una rapidez asombrosa y me clavó una mirada decidida—.
Pero no van a ser para buscar la imperfección, ni para machacarse.
Van a estar ahí para enseñarles a corregir la postura con cariño. Con paciencia.
Sentí un pinchazo de orgullo en el pecho que no tuvo nada que ver con mis costillas lesionadas. Esta chica estaba dispuesta a reescribir las reglas de un mundo que casi la destruye.
—Me parece la mejor idea que he oído hoy —aseguré enderezándome un poco—. Rompe con todo lo anterior, bombón. Te va a quedar increíble.
Aria me dedicó una sonrisa radiante y dio media vuelta sobre sus talones.
Cruzó la estancia en dirección opuesta, levantando una mota de polvo dorado a su paso que bailó bajo la luz de la tarde.
Se detuvo frente al tabique de ladrillo y lo acarició con la yema de los dedos, como si ya pudiera sentir los materiales definitivos bajo su tacto.
—Enfrente colocaremos las barras de madera clara —explicó, volviéndose hacia mí con los ojos chispeantes—. Quiero que mantenga este toque rústico de Windale, ¿sabes? Combinando la fuerza del ladrillo visto con la calidez de la madera.
De repente, acortó la distancia entre los dos a zancadas, me tomó de las manos y me obligó a dar un paso hacia el centro del espacio vacío, arrastrándome consigo a su burbuja.
Me tocó el mentón con suavidad para que mirara hacia el suelo desgastado y me susurró al oído, con un aire tan soñador que me resultó imposible no contagiarme:
—¿Te lo imaginas, Nevan? Aquí en el centro, el suelo bien lijado y pulido, brillando bajo el sol…
Yo me apoyé contra el marco de la puerta, cruzándome de brazos. No podía dejar de mirarla. Verla gesticular, dibujar líneas en el aire con sus manos de bailarina y hablar con esa pasión desbordante me llenaba el pecho de un orgullo que apenas me cabía dentro.
Me tomó de nuevo de la mano y me guió hacia una estancia más pequeña que comunicaba con la entrada.
Después de enseñarme las demás salas y los vestuarios, terminó el recorrido y se giró hacia mí, un poco jadeante por hablar tan deprisa, con las mejillas encendidas y esa sonrisa radiante que me devolvía la vida.
Se acercó despacio, entrelazando sus brazos alrededor de mi cuello, mirándome con una mezcla de expectación y timidez.
—¿Qué te parece? —susurró buscando mi aprobación—. Sé que ahora mismo se ve como un desastre lleno de polvo y escombros, pero ¿puedes verlo, Nevan? ¿Puedes ver mi sueño aquí dentro?
La agarré con firmeza de la cintura, pegándola a mi cuerpo sin importarme el leve pinchazo en mis costillas. Le aparté un mechón de pelo dorado de la cara y la miré con toda la verdad de la que era capaz.
—No veo ningún desastre, Morgan —aseguré con la voz un poco ronca por la emoción—. Solo veo el lugar más increíble de este pueblo. Y te prometo que voy a ayudarte a lijar cada tabla de este suelo y a pintar cada milímetro de estas paredes hasta que quede tal y como lo tienes en tu cabeza.
Aria soltó un suspiro tembloroso, con los ojos empañados de felicidad, y se inclinó para besarme, sellando entre aquellas paredes vacías el inicio de nuestra verdadera historia.