Capítulo 69
Nevan
Aria se fue hace un par de días y, joder, el silencio en la casa se sentía el doble de pesado sin ella. Aunque intentaba mantener la cabeza ocupada, su ausencia me dejaba un vacío extraño en el pecho.
Por suerte, no estaba solo. Mi madre había estado ahí, cuidándome como nunca jamás lo había hecho en la vida.
Al principio me costó horrores pero, por fin, estaba dando mi brazo a torcer y dejando que lo hiciera.
Si me dolía el costado, ella aparecía con los analgésicos; si me quedaba dormido en el sofá, me tapaba con una manta.
Aún no sabía del todo si la había perdonado al cien por cien; las heridas de la infancia no se curan con un par de semanas de buenas intenciones.
Pero le estaba haciendo un hueco. Veía cómo se esforzaba de verdad, cómo la culpa la empujaba a intentar ser la madre que nunca pudo ser, y creo que, al final, todos nos merecemos una segunda oportunidad en la vida.
Sin embargo, cuando la casa se quedaba en silencio por las noches, los demonios volvían a susurrar.
Aunque intentara con todas mis fuerzas no pensarlo, me daba terror que Aria no volviera.
Se había ido a Los Ángeles, a su mundo, a la boca del lobo.
Me daba pánico que, al volver a ver a su madre, cayera otra vez en esa espiral asfixiante de obligaciones y expectativas de la que tanto le costó salir.
Quería creer que no iba a ser así, confiar en sus palabras, en que de verdad me quería y que regresaría conmigo.
Pero esa pequeña y maldita posibilidad de no ser suficiente para ella, de ser solo un tipo roto de Windale con demasiadas cicatrices, me carcomía por dentro.
Necesitaba salir y despejarme antes de volverme loco.
Como ya podía moverme un poco mejor —sin hacer ninguna locura, claro—, descubrí que ya era capaz de conducir a sitios cercanos sin que las costillas me mataran de dolor.
Así que cogí las llaves y quedé con Eiden y Jack en el bar del pueblo.
Hacía muchísimo que no teníamos una reunión de chicos, y la verdad es que me apetecía estar con ellos.
Estar al borde de la muerte te hace replantearte muchas cosas; cuando ves el final tan de cerca, te das cuenta de que lo único que de verdad importa es aprovechar el tiempo con la gente que quieres.
Empujé la puerta del bar y, el familiar olor a madera, tabaco y cerveza me recibió como un abrazo. No tardé en localizarlos al fondo.
Ahí estaban los dos. Eiden, con su inseparable chupa de cuero, su pelo negro y salvaje revuelto y esos ojos azules como el mar, gesticulaba con una cerveza en la mano mientras le explicaba algo a Jack.
Este, por su parte, con el pelo castaño igual de alborotado, clavaba sus ojos verdes en él, escuchando con esa atención silenciosa que lo caracterizaba.
Eran la noche y el día: Eiden siempre tan abierto, bromista y hablador; Jack mucho más reservado e introvertido, pero un pedazo de pan que se desvivía por sus amigos.
Cuando notaron mi presencia, a los dos se les iluminó la cara. Sonrieron de golpe y me saludaron con un par de golpes afectuosos en el hombro, con ese buen rollo genuino que siempre había fluido entre nosotros.
—Míralo, el muerto viviente ha salido de la tumba —bromeó Eiden, arrastrando una silla para mí—. ¿Cómo estás, tío? Tienes mejor cara que la última vez que te vimos rodeado de cables.
—Vivo, que no es poco —respondí dejándome caer con cuidado en la silla.
—Nos pegaste un susto de muerte, cabrón —añadió Jack, con una sonrisa sincera en sus ojos verdes, demostrando lo mucho que se había preocupado—. Me alegro de verte en pie, Nevan.
Se pidieron las rondas y, tras los primeros tragos, la conversación derivó hacia lo que me estaba quitando el sueño.
—Y bueno ¿cómo va la cosa con Aria? —preguntó Eiden, apoyando los codos en la mesa—. Nos enteramos de que tuvo que volver a Los Ángeles hace un par de días.
Solté un suspiro largo mirando la espuma de mi cerveza y decidí vaciar el buche.
Con ellos no me hacían falta escudos. Les hablé de mi miedo, de la inseguridad que me causaba que decidiera quedarse allí, de que se diera cuenta de que su vida perfecta en la gran ciudad no encajaba con el desastre que era yo.
Eiden soltó una carcajada corta y negó con la cabeza, mientras Jack me miraba con una seriedad aplastante.
—Eres un jodido idiota si de verdad piensas eso, Nevan —soltó Eiden, dándole un trago a su botella—. Esa chica vale oro y está coladita por ti. Tienes que creértelo un poco.
—Eiden tiene razón —secundó Jack, con su voz calmada y firme—.
Estuvimos aquí mientras estabas en el hospital.
Esa chica no se apartó de tu camilla ni un solo segundo cuando estabas en coma.
Se estaba cayendo a pedazos del cansancio, pero jamás perdió la esperanza de que despertaras.
Estaba ahí para ti cuando no eras más que un cuerpo inmóvil en una cama.
Si eso no es amor, ya no sé qué es. No va a cambiarte por un par de luces brillantes en Los Ángeles.
Escucharlos hablar con tanta seguridad me dio un vuelco en el corazón. Me tranquilizó muchísimo saber que ellos, desde fuera, lo veían tan claro. Me quité un peso de encima y decidí cambiar de tema antes de ponerme más sentimental de la cuenta.
Señalé a Eiden con la botella, desviando el foco.
—¿Y tú qué? ¿Qué tal están las cosas con Elara?
A Eiden se le ablandó la mirada de inmediato. Era increíble ver cómo el chico duro del pueblo se derretía cada vez que se mencionaba a su chica.
—Genial, tío —dijo, y una sonrisa de puro orgullo le cruzó la cara—.
Elara es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Ahora mismo está como loca en casa, preparando una serie de cuadros para una galería de arte que la ha contratado.
No para de pintar. Y yo, bueno, en breves seré el dueño del taller mecánico.
El viejo se jubila el mes que viene y me deja el negocio.
—Joder, hermano, cuánto me alegro —dije, sonriendo de verdad.
Eiden era como mi familia, pero en todo este tiempo Elara también se convirtió en una gran amiga para mí. Saber que por fin la vida les sonreía a ambos, después de todo lo que arrastraban me llenaba de una satisfacción enorme. Se lo merecían.
—Oye, y hablando de negocios y de futuro ¿has pensado en seguir aprendiendo a tatuar? —preguntó Eiden, apuntándome con el cuello de su botella—. Antes de que todo saltara por los aires estabas muy metido en eso y pasabas horas dibujando.
Me miré las manos, que todavía se sentían un poco rígidas, y sonreí de lado. La verdad es que diseñar era de las pocas cosas que me daban una paz real.
—Sí, la verdad es que le he estado dando bastantes vueltas estos días —admití, recostándome con cuidado—.
Estar al borde de la muerte te espabila.
En cuanto esté más recuperado y tenga un poco más de movilidad, mi idea es llamar a Leo para que me guíe en los próximos pasos.
Quiero tomármelo en serio y ver a dónde me lleva.
—Haces bien, tío —secundó Jack con un asentimiento—. Tienes un don para el dibujo, sería una soberana gilipollez que lo dejaras perder ahora.
Asentí y aproveché el momento de relax para girarme hacia Jack. Le clavé una sonrisa vacilona y vi cómo se tensaba en la silla de inmediato. Enderezó la espalda y dejó su cerveza a medio camino, sabiendo la que se le venía encima.
—Y bien, Jack —alargué las palabras con dramatismo—. ¿Qué tal están las cosas con Ivelle?
Tragó saliva y por un milisegundo pareció que se le iba a cortar la respiración. Intentó mantener su habitual rostro inexpresivo de tipo reservado, pero un ligero rubor delató la tensión que le recorría el cuerpo.
—Bien. Normal —soltó intentando usar su tono más plano y casual—. Como siempre. Es la hermana de mi mejor amigo, ya sabes. No hay novedades.
Eiden y yo nos miramos, compartiendo una sonrisa de complicidad diabólica.
La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo.
Jack estaba escondiendo algo, se le notaba a leguas que había gato encerrado y que las cosas entre ellos habían pasado a otro nivel, aunque se estuviera muriendo de miedo por la reacción del mellizo de Ivelle.
—¿Normal? —repitió Eiden, inclinándose hacia delante con malicia, picándole—. Vamos, Jack, que nos conocemos. El otro día te vi pasar por su calle a deshoras con una sonrisa de atontado.
—Solo... le estaba llevando unas cosas—se defendió, apartando la mirada hacia la barra del bar, tratando de actuar como si no pasara nada, aunque se estaba muriendo de vergüenza por dentro.
—Claro, a las doce de la noche. Muy generoso por tu parte —le di una palmadita en la espalda, riéndome por lo bajo—. Ya nos contarás el secreto cuando dejes de esconderte, campeón.
Jack gruñó algo ininteligible y le dio un trago largo a su cerveza para esquivar las preguntas, haciéndose el interesante mientras Eiden y yo seguíamos chinchando.
Por primera vez en muchos meses, rodeado de mis amigos, con las risas llenando la mesa y el fantasma de la muerte pisándome los talones pero ya de lejos, sentí que la vida en Windale volvía a tener sentido.
Solo faltaba que mi bailarina cruzara esa puerta para que el cuadro estuviera completo.