Capítulo 68
Aria
Meter la llave en la cerradura de mi apartamento de Los Ángeles me produjo una sensación extraña. Después de tantas semanas fuera, el olor de mi propia casa me resultó extraño. Nada más abrir la puerta, el eco de unos pasos apresurados resonó en el pasillo.
—¡Aria! —el grito de Sienna precedió a su propio cuerpo, que impactó contra el mío a toda velocidad.
Me rodeó con los brazos con una fuerza que me sacó el aire de los pulmones, hundiéndose en mi cuello. Nos fundimos en un abrazo profundo, de esos que curan un poquito por dentro.
Sienna había sido mi cable a tierra durante todo este último mes.
No dejó de llamarme ni un solo día desde que Nevan recibió aquella brutal paliza, dispuesta a escuchar mis llantos, mis miedos y mi desesperación a cualquier hora de la madrugada.
Le habría encantado dejarlo todo y viajar a Windale para estar a mi lado, pero su realidad no se lo permitía.
Sienna era una chica trabajadora que nunca tuvo las cosas fáciles en la vida, y sus turnos interminables en el bar eran lo único que la mantenía a flote.
Saber que estaba al otro lado del teléfono había sido mi mayor apoyo.
Al separarse un poco, me tomó por los hombros y me miró de arriba abajo con los ojos muy abiertos, analizandome.
—Por favor, dime cómo estás. ¿Cómo está Nevan? ¿Sigue todo bien por allí? —preguntó atropellando las palabras con preocupación.
—Todo está yendo genial, de verdad —aseguré, sonriendo con una calma que pareció tranquilizarla al instante—.
Nevan ya está fuera de peligro, se está recuperando muy bien y se ha mudado con su madre.
Las cosas por fin se están asentando. He venido porque necesito hablar contigo. Vengo a despedirme, Sienna.
Sienna parpadeó, asimilando mis palabras en silencio. Antes de que pudiera protestar o abrumarme a preguntas, abrí mi bolso y saqué un sobre de papel, entregandole el documento que llevaba guardado todo el viaje.
—¿Qué es esto? —preguntó frunciendo el ceño mientras lo tomaba.
—El contrato del piso. He arreglado todo el papeleo. Ahora está a tu nombre. Es tuyo, Sienna. Te lo regalo.
Se quedó de piedra, mirando los papeles y luego a mí, con la boca entreabierta y los ojos llenos de lágrimas.
—Aria no, estás loca, no puedo aceptar algo así...
—Claro que puedes —la interrumpí tomándole las manos con firmeza—.
Me voy de Los Ángeles. Windale es un pueblo tranquilo, alejado de todo el ruido y de la presión que casi me destruye y es allí donde quiero empezar de cero.
Sé que es un cambio drástico y, por supuesto, me encantaría que te vinieras conmigo. Hay espacio de sobra para las dos.
Sienna soltó una pequeña risa ahogada entre las lágrimas que ya le resbalaban por las mejillas, negando con la cabeza con esa madurez que siempre la caracterizaba.
—Cariño, me parece el plan más increíble del mundo, pero no puedo —dijo, apretando mis dedos—.
Windale es tu lugar, tu nuevo comienzo. Pero todavía tengo demasiados sueños salvajes que cumplir aquí, en esta maldita y ruidosa ciudad.
Tengo que quemar mis propias etapas pero sabes que siempre, siempre vamos a estar en contacto.
—Lo sé —susurré sintiendo que el nudo en mi garganta también empezaba a apretar—. Pero me va a costar muchísimo estar sin ti a diario.
—¡Oye, ni se te ocurra ponerte dramática!
—bromeó ella, limpiándose las lágrimas con un gesto rápido y recuperando su chispa habitual—.
Piensa en el lado positivo: voy a ir a visitarte a Windale cada dos por tres.
Además, he oído que en esos pueblos pequeños hay granjeros y vaqueros buenorros.
A lo mejor encuentro a uno que valga la pena y me fugo con él a caballo.
No pude evitar soltar una carcajada limpia contagiada por su locura. Nos volvimos a abrazar, pero esta vez fue uno diferente, de despedida, cargado de nostalgia pero también de una gratitud infinita por todos los momentos compartidos en este salón.
—Estoy tan orgullosa de ti, Aria —me susurró al oído, apretandome con fuerza—.
Has roto con todo lo que te hacía daño. Te mereces que todo te vaya de maravilla de ahora en adelante.
Ve allí y sé feliz. Y dile a Nevan que más le vale hacerte la mujer más feliz del mundo, porque si te hace sufrir, me planto en Windale con un bate de béisbol.
—Se lo diré, te lo prometo —respondí riendo y llorando a la vez.
Al separarnos, supe que las distancias no significarían nada para nosotras. Los Ángeles se quedaba atrás, pero mi mejor amiga se quedaba custodiando el lugar donde empecé a ser dueña de mi propio destino.
***
El coche se detuvo frente a la verja de hierro forjado.
Cruzar el control de seguridad del barrio privado de Los Ángeles siempre me hizo sentir como si entrara en una fortaleza fortificada, un mundo aparte donde las apariencias lo eran todo.
Al avanzar por el camino empedrado, la enorme casa de mis padres se alzó ante mí, imponente y blanca, rodeada de un césped perfecto que parecía cortado con tiralíneas.
Antes de bajar, respiré hondo y me aferré al volante. Había llegado el momento de afrontar la batalla final de mi antigua vida.
Nada más cruzar la puerta principal, el eco de unos pasos apresurados rompió la rigidez del vestíbulo.
Para mi sorpresa, no era un empleado si no mi padre.
Su presencia en casa a mitad de semana era una rareza absoluta; como abogado de renombre, su vida transcurría entre tribunales, bufetes de enotra punta del país y salas de espera de aeropuertos.
—¡Aria! ¡Mi princesita! —su voz resonó con una calidez que me inundó el pecho.
No me dio tiempo ni a dejar el bolso. Me rodeó con sus brazos fuertes, me levantó del suelo y me dio una vuelta en el aire, igual que hacía cuando era una niña pequeña. Con él, daban igual los años que pasaran o lo mucho que hubiera crecido; siempre sería su ojito derecho.
—Mírate, qué alegría tenerte aquí —dijo al dejarme en el suelo, tomándome de la cara con ambas manos para examinarme con los ojos llenos de una adoración genuina—. ¿Cómo estás, cariño? ¿Cómo ha ido todo? Te he echado muchísimo de menos.
—Yo también a ti, papá. Estoy bien, de verdad, mucho mejor —sonreí, sintiendo un alivio inmenso por tenerlo allí—. ¿Y tú? Qué milagro verte en Los Ángeles.
—He cancelado un par de reuniones en Chicago.
Tenía el presentimiento de que mi niña necesitaba un abrazo de su viejo —guiñó un ojo, rodeándome los hombros con el brazo.
Luego, bajó la voz para que solo yo lo escuchara—.
Tu madre no lo va a admitir, Aria, pero lleva tres semanas sin pegar ojo.
Le ha faltado el aire desde que te fuiste.
Al entrar en el gran salón de techos altos, la atmósfera cambió de manera drástica, volviéndose densa y fría.
Mi madre estaba sentada en una de las butacas individuales, sosteniendo una taza de té.
Al verme, no se levantó. Me recorrió con una mirada crítica, juzgando mi ropa informal, mi pelo un poco más libre y la evidente ausencia del moño tirante de bailarina.
Su expresión derrochaba una amargura y un desdén que, en otro momento, me encogerían el corazón por completo.
Sin embargo, al dar un paso más, noté las ojeras sutiles que el corrector no lograba tapar y cómo el té tintineaba contra la porcelana por el temblor de sus dedos.
Estaba tensa, pero no solo de rabia si no de cansancio.
—Hola, mamá —dije dando un paso al frente—. ¿Podemos hablar?
Ella dejó la taza sobre la mesa de cristal con un tintineo pausado y me miró con una ceja alzada.
—Vaya, la hija pródiga decide aparecer el día después del casting más importante de su carrera —soltó con una voz gélida, aunque hizo un ademán plano con la mano—. Siéntate si vas a hablar.
Me senté frente a ella en el enorme sofá de cuero, mientras mi padre se colocaba de pie a un lado, manteniéndose como un apoyo silencioso pero firme. Miré a la mujer que me había dado la vida y que, al mismo tiempo, casi me la roba a base de exigencias.
—Siento mucho no haber estado a la altura de tus expectativas, mamá —empecé, forzando a que mi voz no temblara—. Sé lo que significaba esa plaza para ti. Sé que tu propio sueño de ser primera bailarina se rompió en mil pedazos cuando tuviste la lesión y te quedaste embarazada de mí.
Mi madre se tensó, abriendo los ojos con sorpresa. Nadie en esta casa se atrevía a verbalizar su frustración en voz alta.
—Pero tienes que entender de una vez por todas que no tengo la culpa de lo que pasó —continué ganando firmeza con cada palabra—.
No tengo por qué cargar sobre mis hombros con el peso de tus sueños rotos.
He pasado toda mi infancia y mi adolescencia destrozándome los pies y la mente para intentar curar tu herida, pero es tuya, no mía.
Quiero crear mis propios sueños. Ojalá me apoyes en esto, mamá.
Espero que puedas estar orgullosa de la hija que tienes y no de la bailarina que querías que fuera.
Te quiero y sé que en el fondo tú también me quieres, aunque nunca hayas sabido demostrarlo.
Mi madre abrió la boca para replicar con los ojos inyectados en rabia y las manos temblando sobre su regazo, pero no le di espacio para interrumpirme.
—No voy a volver a la academia —declaré—. Me mudo a Windale. Estoy planeando abrir mi propia academia de baile allí, un lugar donde se enseñe a amar la danza, no a temerla. Me encantaría contar con tu apoyo en este proyecto, pero quiero que sepas que lo voy a hacer igual, con o sin aprobación.
El silencio que siguió fue atronador, esperaba que mi madre estallara en gritos, que me echara de casa o que recurriera a sus habituales comentarios hirientes para intentar anularme. Sin embargo, no hizo nada de eso.
Miró a mi padre, buscando un reproche o un aliado, pero él solo le sostuvo la mirada severa y cargada de una profunda tristeza.
Mi madre volvió a mirarme. Intentó tensar la mandíbula, recuperar esa rigidez altiva que siempre la protegía del mundo, pero el labio inferior la traicionó con un temblor incontrolable.
Ver mi postura decidida, la total ausencia de miedo en mis ojos y la madurez con la que le hablaba pareció quebrar la última línea de sus defensas.
El rostro de mi madre se descompuso de repente.
Su máscara de frialdad e indiferencia se agrietó por completo y, por primera vez en toda mi vida, la vi romperse en mil pedazos.
Las lágrimas empezaron a desbordarse de sus ojos, resbalando por sus mejillas y arruinando su maquillaje impecable. Soltó un sollozo ronco, tapándose la cara con las manos mientras los hombros le temblaban de forma violenta.
—Lo siento… Dios mío, Aria, lo siento tanto…
—consiguió articular entre el llanto, con una voz que ya no reconocía, despojada de todo su orgullo—.
Tienes razón. Tienes toda la razón del mundo.
Desde que eras una niña pequeña solo te he presionado; volqué en ti toda mi amargura y mi frustración.
Fui tan egoísta que no me di cuenta de que te ahogaba.
Estas semanas que apenas supe de ti, sin casi contacto, han sido un infierno.
Ver que te alejabas me hizo darme cuenta de lo mucho que te echo de menos, de lo mucho que te quiero por encima de cualquier escenario, pero no sabía cómo decírtelo.
Se inclinó hacia delante en el sofá, mirándome a través de sus ojos empañados, desarmada por completo.
—Por supuesto que estoy orgullosa de ti, Aria.
Lo he estado siempre, pero estaba tan cegada por mi propio fracaso que no supe decírtelo —confesó limpiándose el rostro de manera torpe—.
Te apoyaré en lo que necesites, te lo prometo.
Quiero empezar a enmendar este error tan terrible.
No quiero perder a mi hija por culpa de mi maldito orgullo.
No me lo pensé dos veces. Me deslicé por el sofá y me arrojé a sus brazos.
Nos fundimos en un abrazo profundo, uno que habíamos esquivado durante años.
Lloramos juntas, soltando el dolor acumulado en cada ensayo, en cada mala mirada y en cada silencio incómodo en esta misma casa.
Mi padre se acercó y nos rodeó a las dos con sus brazos largos, cerrando el círculo.
Sentí cómo, por fin, todas las piezas de mi tablero familiar se colocaban en su sitio exacto. La tormenta había pasado.
Al separarnos un poco, mi madre me apartó un mechón de pelo de la cara, forzando una sonrisa cansada pero genuina entre las lágrimas.
—Una academia en Windale, ¿eh? —dijo intentando recuperar un poco la compostura—.
Va a ser el mejor centro de danza del estado, te lo aseguro.
Mañana mismo empezaré a hablar con mis contactos de la federación y con los patrocinadores para conseguir el mejor equipamiento y los permisos necesarios.
Si vas a hacerlo, Aria, lo harás a lo grande.
Sonreí, sintiendo que el futuro en Windale no solo iba a ser tranquilo si no brillante. Tenía a mi mejor amiga guardando mis espaldas en la distancia, a Nevan esperándome para sanar juntos y, ahora, a unos padres que por fin me veían de verdad.