Capítulo 67
Aria
Las semanas pasaron volando, trayendo consigo un alivio que todavía me costaba asimilar.
Nevan se estaba recuperando bien. Verlo ganar color, quejarse con su habitual burla de la comida del hospital y moverse cada vez con más soltura era el mejor bálsamo para mis nervios.
En pocos días le darían el alta y el ambiente de la habitación se sentía más ligero.
Sin embargo, la sombra del juicio contra su padre seguía planeando sobre nosotros.
Se celebraría dentro de poco. Deseaba con todas mis fuerzas que la justicia hiciera su trabajo y le cayera una condena lo suficientemente larga como para que ese hijo de puta jamás volviera a pisar la calle.
Nevan merecía cerrar ese capítulo de terror para siempre y yo, también.
Durante todo este último mes, mi vida se redujo a esas cuatro paredes blancas.
Iba al hospital a diario; después de estar a punto de perderlo, me resultaba doloroso separarme de él.
Cada vez que cruzaba la puerta del hospital para volver a casa, sentía un nudo en el estómago.
Pero sabía que no podía estancarme. Nevan estaba sanando su pasado, y yo necesitaba empezar a arreglar los asuntos de mi propia vida para poder avanzar a su lado.
Y hoy era el día idóneo para empezar.
Me miré en el espejo. Llevaba unos vaqueros y una camiseta cómoda, nada que ver con el maillot negro y el moño tirante que se suponía que debía llevar a estas horas.
Hoy era el día del casting para el American Contemporary Ballet .
La fecha que mi madre había marcado en rojo en el calendario, el objetivo por el que me había dejado la piel, la salud y las lágrimas durante años.
Pero no iba a ir y, por primera vez en mi vida, no sentía miedo si no paz.
Saqué el móvil del bolsillo. Mis dedos flaquearon un segundo sobre la pantalla, pero respiré hondo y busqué el contacto. Marqué el número de Lila.
Ella era mi competencia directa en la academia. Alguien que se había dejado el alma en cada ensayo y que no me soportaba. Para ella, yo solo era una niña mimada con un apellido influyente y una madre que le pavimentó el camino. Nunca vio las cadenas que venían con ese privilegio.
El tono sonó tres veces antes de que se escuchara una voz jadeante y tensa al otro lado de la línea.
—¿Aria? —respondió desconcertada—. ¿Qué pasa? El registro para el casting empieza en cuarenta minutos. ¿Dónde estás?
—Hola, Lila —respondí manteniendo la voz lo más serena posible—. Sé qué hora es. No te preocupes, no voy de camino. Solo te llamaba para desearte muchísima suerte hoy.
Se hizo un silencio absoluto al otro lado del teléfono. Me pareció escuchar de fondo el eco de la música de piano de la academia y el murmullo de otras bailarinas estirando en los pasillos.
—¿Suerte? —replicó desconfiada, como si buscara la trampa—. ¿De qué vas, Aria? ¿Es algún tipo de juego psicológico para desconcentrarme antes de salir al escenario?
—No, no lo es —solté una pequeña risa, sin pizca de ironía—. Te lo digo de verdad. Estoy segura de que lo vas a bordar hoy. Eres una bailarina extraordinaria, Lila.
—No entiendo nada —su voz bajó, perdiendo la agresividad defensiva y mostrando un shock genuino—. ¿Cómo que no vienes? Tu madre ha movido cielo y tierra para esta plaza. Todo el mundo asume que el puesto es tuyo.
—Pues todo el mundo se equivoca. Me retiro de ese mundo, Lila —declaré y pronunciar esas palabras en voz alta hizo que sintiera cómo una losa de cemento se desprendía de mi pecho—.
Ese tren ya no es el mío. Pasé tiempo bailando para cumplir las expectativas de otra persona y necesito averiguar quién soy fuera de un escenario.
Lila no respondió de inmediato. Podía imaginarla con la mano en la cintura, procesando la información con los ojos abiertos de par en par.
—Tú… ¿te retiras? ¿Así de fácil? —preguntó con un hilo de voz.
—No ha sido fácil, pero es lo correcto —aseguré—. Y quiero que sepas que nadie se merece esa plaza más que tú. Sé cuánto has trabajado, el talento que tienes y lo mucho que has luchado por estar ahí, sin que nadie te regalara nada. Ve ahí dentro y quédate con ese maldito puesto. Es tuyo.
Escuché una respiración honda al otro lado de la línea. El muro de hostilidad que Lila levantó contra mí durante meses pareció desmoronarse en un segundo, sustituido por un respeto mutuo que nunca creí que llegaríamos a tener.
—Gracias, Aria —susurró, y esta vez su tono fue sincero—. No sé qué decir. De verdad.
—No digas nada. Calienta bien y déjalos a todos con la boca abierta. Nos vemos.
—Nos vemos, Aria. Suerte con lo tuyo.
Colgué. Me quedé mirando la pantalla parpadeante unos instantes antes de guardarla en el bolsillo. Caminé hacia la ventana y contemplé el cielo de Windale. El aire entraba de forma diferente en mis pulmones. Había cerrado la primera puerta. Eralibre.
El alta médica llegó, por fin, unos días después.
Ver a Nevan cruzar las puertas del hospital por su propio pie, aunque todavía arrastrara un caminar algo pesado, fue como volver a respirar aire puro después de una eternidad bajo el agua.
«Fuera de peligro», era la frase que mi mente repetía en bucle.
Al mirarlo de cerca, todavía se le podían ver algunos atisbos de moratones desvaneciéndose en su piel y nuevas cicatrices que ahora se sumaban a las antiguas, como marcas de una batalla que, esta vez, ganaba para siempre.
Lo más asombroso de esas semanas no fue solo su recuperación física, si no la emocional.
La relación de Nevan con su madre iba cada vez mejor.
Maeve venía muchas tardes a visitarlo, se sentaba a su lado en silencio al principio.
Pero después empezaban a hablar, a contarse cosas, a intentar reconstruir los puentes que el pasado dinamitó.
Nevan, después de muchísimos años de guardar un rencor y un dolor que le reconcomía el pecho, la estaba dejando entrar.
A su manera, por supuesto, despacio y con reservas, pero el progreso era innegable.
Tanto era así que, cuando llegó el momento de decidir dónde pasaría el reposo que aún tenía por delante, Nevan nos sorprendió a todos.
En lugar de quedarse en la casa de Elara y Eiden, decidió mudarse un tiempo con su madre y con John.
Entrar de nuevo en esa mansión, el lugar donde nunca sintió encajar y que tanto rechazó, significaba un cambio enorme.
Pero ahora, al verlo caminar por esos pasillos, se notaba que empezaba a vislumbrar un futuro real.
Yo no podía estar más orgullosa de él. Se merecía ser feliz como ninguna otra persona en este mundo y, mi mayor deseo, era poder estar a su lado para verlo reconstruirse desde los cimientos.
Ahora que Nevan estaba a salvo y cuidado por su madre, había llegado el momento de mover mis propias fichas.
Él no lo sabía aún, pero planeaba mudarme a Windale más pronto que tarde.
Mi lugar ya no estaba en los escenarios de Los Ángeles si no aquí, con él.
Pero antes de dar el salto definitivo, tenía que regresar a la ciudad para arreglar toda una vida, cerrar el contrato de mi piso, empaquetar mis cosas y despedirme de esa vieja etapa.
Entré en su habitación con el corazón flotandome en el pecho. Nevan estaba recostado entre almohadas, haciendo el reposo obligatorio que el médico le había exigido. Al verme entrar, sus ojos azules se iluminaron de inmediato con esa intensidad que siempre conseguía ablandarme.
Me acerqué a la cama con una sonrisa suave y me senté justo al borde del colchón, hundiendome un poco hacia él. Le tomé la mano, entrelazando mis dedos con los suyos.
—Tengo que decirte algo —empecé, acariciando el dorso de su mano con el pulgar—. Voy a ir a Los Ángeles un par de días. Necesito resolver un par de cosas pendientes de mi vida allí.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, sentí cómo sus dedos se tensaron.
Su mirada, siempre tan firme y cargada de ese sarcasmo defensivo, flaqueó por un segundo.
Vi una sombra de inseguridad cruzar sus ojos, una vulnerabilidad tan cruda que me encogió el estómago.
Era el miedo reflejado de un niño que estaba demasiado acostumbrado a que la gente que amaba se marchara para no volver.
—¿A Los Ángeles? —preguntó intentando que su voz sonara casual, aunque falló en el intento—. Pensé que... Bueno, supongo que tu vida está allí. El ballet, la academia... todo eso.
—Ey, mírame —pedí con ternura. Ladeé el rostro y alcé mi otra mano para acunar su mejilla, rozando con suavidad una de las pequeñas cicatrices que le quedaban cerca del pómulo—. Mírame, Nevan.
Él tragó saliva y clavó sus ojos en los míos, conteniendo la respiración.
—No me voy para siempre —aseguré, bajando la voz a un susurro—. Voy a solucionar unos asuntos pendientes, pero voy a volver contigo. No te vas a librar de mí tan rápido.
Nevan soltó una exhalación lenta y una pequeña sonrisa, algo tímida pero aliviada, empezó a dibujarse en la comisura de sus labios.
—Es que aún no se me da muy bien eso de confiar en que la gente se quede —admitió en un susurro, relajando por fin los hombros contra el respaldo.
—No vas a tener que esperar mucho —prometí, inclinándome hacia él hasta que nuestras frentes se rozaron—. Da igual las vueltas que dé el mundo, lo lejos que parezca que nos lleve la corriente. Siempre encontramos el camino de vuelta el uno al otro, Nevan. Siempre.
Corté la distancia que nos separaba y lo besé. Fue un beso lento con sabor a un futuro que ya no parecía tan lejano. Cuando me separé, no me soltó la mano, la apretó un poco más, asimilando mis palabras como el ancla que tanto había necesitado toda su vida.