Caminos Opuestos Capítulo 66
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Capítulo 66

Nevan

La habitación estaba sumida en un silencio denso. Después de todo el caos, de las visitas que se sucedían como un desfile de sombras, de las risas nerviosas y las lágrimas contenidas, por fin solo quedamos ella y yo.

La chica que me salvó. La mujer que no se movió ni un milímetro de mi lado, ni cuando estaba perdido en el fondo del pozo, ni cuando nadie sabía si volvería a despertar.

La miré desde mi cama, con el cuerpo envuelto en una maraña de vendas y un dolor sordo que me recordaba que seguía vivo pero, por primera vez en mi vida, con el alma en paz.

Aria dormía en la silla junto a mí. Tenía la cabeza ladeada, el pelo rubio cayendo en una cascada desordenada sobre su cara, las piernas recogidas y los brazos cruzados sobre su abdomen.

Sus labios estaban entreabiertos en un suspiro suave. Se rindió al agotamiento.

Estaba preciosa, incluso en su derrota frente al cansancio.

Me incorporé poco a poco, ignorando el tirón punzante en mis costillas, alargué la mano y aparté un mechón que le ocultaba el rostro, pasándolo con suavidad detrás de su oreja.

Sus pestañas eran largas, sus mejillas estaban sonrosadas por el esfuerzo de estos días.

Era la imagen más perfecta que había visto nunca.

¿Cómo era posible que, después de todo lo rotos que estábamos, ella siguiera aquí? Sin dudar. Sin huir.

Un leve crujido en la puerta interrumpió mis pensamientos.

Giré la cabeza con lentitud. Gus entró despacio, cerrando tras de sí con el cuidado de quien entra en un terreno sagrado.

Llevaba su camisa vaquera de siempre, arrugada, y la gorra mal colocada pero, sus ojos cansados, al posarse en mí, perdieron ese rastro de sarcasmo eterno que solía llevar.

—Joder… —susurró dejando escapar el aire que retenía—. Pensé que esta vez te perdíamos, chaval.

Tragué saliva, sintiendo que la garganta aún me ardía.

—No os ibais a deshacer de mí tan fácilmente, Gus —murmuré con la voz rota, forzando una sonrisa leve.

Él soltó una carcajada, negando con la cabeza mientras se acercaba al borde de la cama.

—Muchacho… haces mucha falta por aquí, aunque no te lo creas.

Se quedó callado un segundo, observando a Aria con una mezcla de respeto y ternura, antes de volver a mirarme. Su expresión se tornó más seria, más oscura.

—No se movió ni un puto segundo de tu lado, ¿sabes? —dijo bajando la voz—. Estuvo todo el tiempo sujetándote la mano, hablándote, llorando cuando creía que nadie la veía. Se peleó con las enfermeras para no salir de aquí. No quería irse.

Sentí que algo dentro de mí se encogía. Fuerte y doloroso.

Una punzada en el corazón que me dejó sin aire.

Sabía que estaba ahí, la sentía en la oscuridad, pero imaginarla así, rota, luchando contra el mundo entero solo por estar conmigo…

Joder. La amaba, de una forma que me quemaba el pecho, que me desbordaba. No iba a dejarla ir. Nunca.

—Esa chica te quiere, Nevan —continuó Gus con tono grave—. No sé qué pasó entre vosotros antes de, bueno… antes de que apareciera ese hijo de puta.

Y entonces, todo volvió de golpe. Como un tren de mercancías arrollandome desde dentro. La imagen de mi padre, su voz arrastrada, el hedor a alcohol rancio, el miedo absoluto, eEl asco, el dolor…

Y Aria frente a él, gritando, luchando contra aquel monstruo. Y yo destrozado, sin poder moverme, viendo cómo estaba en peligro. Se me heló la sangre y la mandíbula se tensó hasta dolerme.

—Le puso la mano encima —susurré con los dientes apretados, la rabia empezando a hervir bajo mis vendajes—. Si no hubieras llegado… —tragué saliva, sintiendo un sudor frío recorriéndome la espalda—. Joder, Gus… Si no hubieras llegado a tiempo…

No pude acabar. La oscuridad de lo que podría haber pasado era demasiado insoportable. En ese momento lo supe con una certeza absoluta: no dejaría que nada le hiciera daño nunca más. Aria y yo estábamos destinados.

—No pienses en eso, chaval —contestó—. Lo importante es que estáis aquí. Que estás vivo.

Asentí, aunque el nudo en mi garganta seguía allí, bloqueando cualquier otra palabra.

—Escuché el jaleo —continuó recordando—. Me pareció raro, así que salí. Y cuando vi lo que ese cabronazo estaba haciendo… No lo dudé.

Se pasó la mano por la cara, afectado por el recuerdo.

—¿Y qué ha sido de él? —pregunté en voz baja.

No estaba seguro de querer oír la respuesta. Pero necesitaba saber que ese infierno había terminado de verdad.

Gus soltó un bufido cargado de veneno y se pasó la mano por la cara de nuevo, como si quisiera borrar el recuerdo.

—Ese cabrón… lo soltaron. «Buen comportamiento», decían. El sistema es una broma de mal gusto, Nevan. Dos semanas fuera y ya estaba buscando problemas.

Se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión de acero.

—Cuando Martha y Aria te metieron en el coche para traerte aquí, me quedé.

No iba a dejar que ese desgraciado se largara de rositas ni un minuto más —continuó, bajando la voz—.

Lo tuve encañonado todo el tiempo. No se movió.

No dijo ni una palabra. Solo me miraba, esperando que bajara la guardia pero, te juro que si hubiera hecho el más mínimo amago de huir, le habría volado la cabeza allí mismo.

Sentí un escalofrío, pero no de miedo, sino de alivio al saber que Gus estuvo allí para proteger lo que yo no pude.

—Cuando llegaron las sirenas, el aire se le salió del cuerpo —siguió Gus—.

Los agentes llegaron, lo tiraron al suelo y se lo llevaron detenido.

Esa misma noche nos tomaron declaración: a mí, a Marta, a Aria, a los vecinos…

todo quedó registrado. Recabaron  pruebas suficientes, Nevan. Esta vez no creo que lo dejen escapar.

Gus se acercó un poco más, apoyando una mano firme sobre la barandilla de mi cama.

—El juicio es dentro de unos meses. No creo que vaya a salir de esta. Vamos a asegurarnos de que todo lo que ha hecho quede reflejado en el acta. Estará donde pertenece y va a ser por mucho, mucho tiempo.

Cerré los ojos, sintiendo cómo el peso del mundo se aligeraba por primera vez en mi vida. El ciclo se cerraba. La amenaza que había planeado sobre mí durante años se desmantelaba, ladrillo a ladrillo, en una sala de justicia.

—Gracias, Gus —repetí más firme esta vez—. Por no dejar que se fuera. Por salvarla.

Me dedicó una media sonrisa, casi paternal.

—No tienes que agradecerme nada, chaval. Lo volvería a hacer mil veces. Ahora, lo único que tienes que hacer es curarte. Déjanos el resto a nosotros.

Asentí, exhausto. La adrenalina de la conversación empezaba a desvanecerse, dejando paso al peso de los analgésicos y al cansancio acumulado. Miré a Aria, que seguía dormida, ajena a que el monstruo que nos había perseguido ya no tenía poder alguno sobre nuestro futuro.

—Vete a descansar, Gus —le pedí cerrando los ojos—. De verdad.

—Eso voy a hacer —dijo dándome un último toque en el hombro antes de alejarse hacia la puerta—. Mañana vuelvo a verte.

Escuché sus pasos alejarse y el suave clic de la puerta al cerrarse.

Me quedé allí, en la penumbra de la habitación, con la mano de Aria aún entre las mías.

El miedo, esa sombra constante, empezaba a disiparse dejando espacio para algo que casi no me atrevía a nombrar todavía: la posibilidad de un mañana donde no tuviéramos que mirar por encima del hombro.

***

La mañana siguiente llegó con una luz blanca que me resultó insoportable al abrir los ojos. La noche fue un borrón de analgésicos y sueños interrumpidos, pero la realidad se instaló en cuanto vi a Aria dormida en la butaca.

Estaba destrozada y agotada. Costó lo suyo convencerla, tuve que prometerle por lo más sagrado que no pasaría nada, que el médico había dicho que estaba estable y, que si no se iba a ducharse y a dormir en una cama de verdad, yo mismo me desconectaba todo y me largaría de allí.

Fueron casi tres horas de negociación hasta que, al fin, accedió.

Se marchó con la promesa de volver en un par de horas, dejando la habitación en un silencio que se me clavaba en los huesos.

Los médicos habían pasado a primera hora. «Evolución favorable», «hay que vigilar la inflamación», «todo parece estar bajo control». Palabras técnicas que no me decían nada. Yo solo quería sentirme entero otra vez.

Estaba contemplando el gotero sumido en mis pensamientos, cuando un par de golpecitos suaves en la puerta me sacaron de mi letargo. No era el ritmo apresurado de una enfermera, ni el paso firme de Eiden. Era un toque dubitativo.

—Pasa —dije con la voz todavía un poco ronca.

La puerta se abrió con una lentitud casi temerosa. Esperaba ver a Aria o a Gus arrastrando las botas y trayendo ese eterno olor a grasa de motor y tabaco, pero era ella.

Mi madre cruzó el umbral y se detuvo a los pocos pasos.

No tenía el aspecto impecable ni la postura rígida de siempre; no había joyas ostentosas ni ropa de diseño elegida por John.

Vestía unos vaqueros gastados y un jersey de punto que le quedaba grande, haciéndola ver pequeña.

Tenía unas ojeras profundas que le surcaban el rostro y los ojos hinchados.

Al verme despierto y con la mirada fija en ella, se le escapó un sollozo ahogado que intentó contener tapándose la boca con la mano.

Cerró la puerta detrás de sí con un cuidado infinito, como si temiera romper el silencio de la habitación, o romperme a mí.

—Hola, Nevan… —susurró dando un paso vacilante hacia la camilla.

No aparté los ojos, por primera vez en muchísimos años, no sentí el impulso inmediato de levantar el muro, de escupir un comentario sarcástico o de atacar antes de que pudiera hacerme daño.

Supongo que ver la muerte tan de cerca, sentir el cuerpo destrozado por los mismos golpes que me atormentaron en la infancia, cambió mis  prioridades.

O quizás solo estaba demasiado cansado para seguir cargando con el peso del odio.

—Ayer no me atreví a hablarte cuando abriste los ojos —continuó, acercándose un poco más, con las manos temblorosas entrelazadas con fuerza contra su pecho—. No sabía si querrías verme y tenías todo el derecho a no hacerlo.

Se sentó en la esquina de la butaca que Aria había dejado libre antes. Se inclinó hacia mí, abriéndose en canal de una manera que nunca antes había hecho.

—No vengo a pedirte que te olvides de nada, Nevan.

Ni a poner excusas —su voz se quebró, dejando caer las primeras lágrimas—.

Sé lo que hice. Sabía que cuando tu padre te levantaba la mano, no te estaba protegiendo.

Estaba sumida en mi propio infierno, ahogada en el alcohol, en la depresión y en mi propia cobardía.

Te dejé solo cuando más me necesitabas y ese es un peso con el que voy a cargar el resto de mi vida. Fui una cobarde.

La escuché en silencio, asimilando cada palabra. El monitor cardíaco seguía con su ritmo constante, pero en mi pecho algo empezó a aflojarse.

—Y cuando John me ayudó a salir de la miseria y quise compensarte, lo hice todo mal —continuó limpiándose las mejillas con impaciencia—.

Pensé que una casa grande, el dinero o las cosas materiales taparían las grietas de lo que te hice pasar.

Fui egoísta por querer comprar tu perdón en lugar de sentarme a escucharte y pedirte disculpas de verdad.

Preferiste volverte a una caravana con Gus antes que aceptar una comodidad que te sabía a mentira y te entendí, de verdad que lo hice.

Estiró la mano con timidez, deteniéndose a milímetros de la mía sobre la sábana, esperando mi rechazo.

—Sé que no vas a perdonarme de la noche a la mañana y no te lo pido. Pero necesito que sepas, Nevan, que pase lo que pase, siempre voy a ser tu madre. Siempre voy a estar aquí, esperándote, el tiempo que te haga falta para sanar. No me voy a volver a marchar.

Miré su mano temblorosa y luego su rostro desarmado. Por primera vez, no vi a la madre ausente que se refugió en una vida perfecta para olvidar el pasado; vi a una mujer rota por la culpa que casi pierde a su hijo a manos del mismo monstruo que la destrozó a ella.

Aria tenía razón: odiarla me estaba consumiendo a mí, no a ella. El juicio de mi padre estaba cerca, él volvería a la cárcel y el ciclo de terror se terminaría. Era hora de dejar ir el rencor.

Inhalé hondo, aguantando el pinchazo de dolor en las costillas y desvié la mirada hacia el techo para tragarme el nudo de la garganta. Decidí dar el brazo a torcer, rompiendo el hielo de la única forma que sabía.

—¿Y cómo está… el inquilino? —pregunté con la voz baja, haciendo una sutil referencia a su vientre.

Maeve se quedó congelada por un segundo, parpadeando con sorpresa. Luego, una sonrisa inmensa, llena de alivio y lágrimas frescas, iluminó su rostro cansado.

—Está bien, Nevan. Todo está bien.

—Más vale que le enseñes a defenderse mejor que a mí —añadí forzando una pequeña e imperfecta sonrisa de lado.

Ella soltó una risa ahogada entre los sollozos y acortó la distancia para tomar mi mano entre las suyas. Esta vez, no la aparté. La apreté de vuelta sintiendo que, después de tantos años a la deriva, el primer eslabón de la cadena volvía a encajar en su sitio.