Capítulo 65
Nevan
Todo era una oscuridad absoluta, una masa compacta que me envolvía. Pero ya no era ese vacío gélido y silencioso de antes; ahora había algo más. Una vibración. Un murmullo. Una caricia persistente que se filtraba a través de la negrura como una señal de radio en medio de una tormenta.
Era como si el mundo estuviera llamando a la puerta, esperando con una paciencia infinita. Y entonces, sentí el peso de algo cálido, familiar. Su mano.
La reconocí antes de que mi mente pudiera siquiera procesar dónde estaba. Mi cuerpo sabía lo que la razón aún no alcanzaba a comprender: ese tacto, esa forma única de entrelazarse con la mía, como si hubiera sido diseñada para encajar conmigo… Aria.
Luché por salir, me obligué a atravesar la bruma espesa.
Los párpados me pesaban toneladas, como si estuvieran sellados con plomo, la garganta me ardía, seca como una lija, y cada pensamiento era un eco doloroso en mi cabeza.
Pero, poco a poco, los sentidos empezaron a despertarse.
La luz blanca y cegadora. El olor a antiséptico.
Y ese pitido constante, rítmico y monótono que marcaba el pulso de la habitación.
Pip… Pip… Pip…
Y entonces, la vi.
Frente a mí pegada a la cama, estaba ella.
Tenía la mirada fija en nuestras manos unidas.
Su pulgar trazaba círculos lentos casi hipnóticos, sobre mi piel, como si estuviera invocando mi alma de vuelta.
Se veía tan frágil… Con ojeras profundas, el pelo revuelto como si no hubiera pasado por un peine en días, los labios agrietados y el rastro de lágrimas secas surcando sus mejillas.
Y, aun así, me pareció la mujer más hermosa que jamás había tenido delante.
Hice un esfuerzo titánico. La garganta se me cerró, pero forcé las cuerdas vocales, buscando la única palabra que tenía sentido en aquel momento.
—Bombón… —mi voz salió como un hilo de grava, rota y rasgada.
Fue apenas un susurro, pero el efecto fue instantáneo. Ella alzó la cabeza de golpe. Sus ojos verdes y brillantes, se clavaron en los míos. Y entonces, se quebró.
—¡Nevan! —exclamó, y su voz estalló en un llanto que era pura liberación—. ¡Estás despierto!
Se inclinó sobre mí, cubriéndose la boca con una mano, mientras las lágrimas empezaban a caer sin control.
Sus dedos no soltaban los míos; temblaban, se hundían en mi piel, pero no se soltaban.
Quería decirle mil cosas, que lo había oído todo, que cada una de sus palabras fue el faro que me impidió perderme en la oscuridad.
Pero estaba agotado, la garganta me abrasaba como si hubiera tragado arena y apenas me salía la voz, así que me limité a mirarla y a forzar una pequeña sonrisa.
—Estás aquí… —susurró acercándose tanto que su frente terminó descansando contra la mía.
Cerré los ojos un segundo, saboreando el contacto. Sí, estaba aquí. Con ella. Y el resto del universo podía desaparecer.
Los médicos llegaron poco después de que Aria llamara, irrumpiendo en nuestra burbuja.
Me revisaron con eficiencia clínica: pupilas, tensión, reflejos.
Uno de ellos me preguntó si sabía en qué día estábamos.
Solté un hilo de voz incomprensible; no tenía ni la menor idea de la fecha, y Aria dejó escapar una carcajada entrecortada, con los ojos aún húmedos, diciendo: «Mientras sepa su nombre, vamos bien».
El médico, un hombre mayor con cara de haber visto demasiado, me dio un par de palmadas en el hombro al terminar.
—Enhorabuena, chico. Tienes a una luchadora a tu lado. Créeme, es ella quien te ha traído de vuelta.
Se fueron y nos dejaron solos. Pero mi cuerpo no dio para más. El esfuerzo de mantenerme despierto y la garganta destrozada tras tantos días entubme pasaron factura. Las fuerzas me abandonaron de golpe y me hundí de nuevo en un letargo profundo mientras la medicación hacía su trabajo.
Pasaron horas. Horas de sueño pesado, de enfermeros entrando a medir constantes en penumbra y de un descanso que mi mente necesitaba con desesperación para salir del todo de la niebla.
Cuando volví a abrir los ojos, la luz de la ventana cambió por completo; la noche cubría el hospital y el ardor de mi garganta por fin se había aplacado lo suficiente.
Aria seguía ahí, velando mi descanso. Estaba sentada en la silla, con el desorden de su pelo y su camiseta arrugada, y me pareció la visión más perfecta del mundo.
Notó que me movía y volvió a coger mi mano.
Esa electricidad, la misma que siempre me había conectado a la vida, recorrió mis terminaciones nerviosas.
—Has vuelto —dijo, con una voz ronca, cargada de alivio que me hizo tragar saliva—. Has vuelto conmigo…
Le sonreí, esta vez con un poco más de fuerza.
—Jamás te dejaría sola, Aria Morgan. Nunca me fui del todo. Siempre estuve aquí.
Sus ojos verdes se congelaron en los míos, brillaban con una intensidad que no supe descifrar.
—¿Has… has escuchado todo?
Asentí muy despacio.
—Cada palabra, Aria. —Hizo una mueca, como si se sintiera expuesta, y aproveché para soltar la puntilla—. Por cierto, me parece una traición imperdonable que te comieras mis galletas en el campamento.
Hubo un segundo de pausa, un silencio cargado de tensión, y entonces se echó a reír. Fue una risa histérica mezclada con el llanto y con el alivio de saber que, contra todo pronóstico, estábamos vivos.
—Eres un idiota —dijo entre risas, tapándose la cara con la mano.
Joder, cómo la había echado de menos.
—Yo también te amo, Aria —susurré mirándola como si pudiera grabarla en mi retina para siempre—. Desde que tenía ocho años. Siempre has sido tú, para mí también.
Me miró y, aunque las lágrimas volvieron a brotar, esta vez no tenían nada que ver con el miedo. Era amor. Y en ese instante, con el corazón aún débil y la cabeza ardiendo, supe que nunca estuve tan vivo como ahora.
No dijimos nada más, no hacía falta. Nos quedamos en ese silencio cómodo, del que solo compartes con quien ya conoce todas tus grietas. Ella en su silla, yo en mi cama, y nuestras manos entrelazadas, cerrando el círculo. Por fin estábamos a salvo.
La puerta se abrió con una calma inusual.
Jack entró primero, echando un vistazo rápido a la habitación antes de relajarse del todo al verme con los ojos abiertos.
Eiden venía justo detrás, y al cruzar el umbral el aire pareció cambiar; sus hombros, que parecía que habían estado tensos durante días, se desplomaron en un suspiro de alivio tan profundo que casi fue un sollozo.
Jack se acercó con paso pausado, observando el monitor con una media sonrisa seca, de esas que solo le salían cuando intentaba ocultar cuánto le importaba algo.
—Vaya, parece que alguien ha decidido volver al mundo de los vivos antes de gastar toda mi paciencia —dijo Jack con un tono tranquilo mientras se colocaba al pie de la cama—. Tenía mis dudas de si ibas a seguir durmiendo hasta el año que viene, Grayson.
Ivelle, que venía con él, se acercó al otro lado y me acarició el brazo con suavidad, con los ojos brillando.
—Nos has dado un susto de muerte, idiota. Pero me alegra verte.
Elara se detuvo a un par de pasos, llevándose una mano al pecho, y Eiden se acercó a la cabecera de la cama casi sin hacer ruido.
No dijo nada al principio. Solo me miró, escaneandome, buscando confirmar que era yo, que estaba allí.
Sus ojos estaban rojos, llenos de esa intensidad que solo compartes con alguien que es, a todos los efectos, tu hermano.
—Joder, Nevan… —susurró con la voz quebrada. Se pasó una mano por la cara, superado, y luego la apoyó con firmeza en mi hombro, apretando como si necesitara asegurarse de que no me iba a evaporar—. Pensé que te perdía… no sabes lo que ha sido esto.
—No te vas a librar de mí tan fácilmente, Eiden —dije intentando que mi voz sonara firme, aunque el cansancio me pesaba—. Me debías una cerveza.
Eiden soltó una carcajada corta, entrecortada por la emoción, y me dio un golpe suave en el brazo.
—Eres un gilipollas —murmuró, pero con una sonrisa llena de puro alivio.
—Siempre tan cariñoso —repliqué, sonriendo con debilidad.
Aria se movió un poco para dejarles más espacio, pero mantuvo mi mano enredada con la suya.
Jack se dejó caer en la butaca con parsimonia, cruzando las piernas.
—Bueno, dejando de lado los momentos tiernos… Nevan, cuando salgas de aquí, vas a tener que explicarnos muchas cosas. Sobre todo por qué siempre te gusta llevar las cosas al límite.
—No sé de qué hablas —dije arqueando una ceja—. Solo soy un imán para el drama.
—Lo eres —concedió Jack con una sonrisa tranquila—. Pero esta vez casi lo consigues, tío. Casi nos dejas solos.
Elara se acercó y me dio un beso rápido en la frente, con los ojos húmedos.
—No vuelvas a hacernos esto. Nunca.
—Prometido —dije mirando a cada uno de ellos.
A Eiden le devolví la mirada y, en ese silencio, sin decir una palabra más, entendí todo lo que no necesitábamos expresar. El miedo, la lealtad, los años de historia que casi se borran.
Estábamos todos aquí. El desorden de los amigos, el olor a hospital, la luz de la tarde filtrándose por la ventana y, sobre todo, el agarre firme de Aria a mi lado. Por primera vez desde que desperté en aquella negrura, el mundo volvió a encajar.
Ya no estaba solo. Estaba en casa.