Capítulo 64
Aria
Llevábamos una semana en esta burbuja. Siete días sentada junto a la cama, hablando hasta que la garganta me ardía, contándole desde las estupideces más grandes hasta los recuerdos que guardaba bajo llave.
Bromas privadas, promesas susurradas al aire, momentos del campamento…
Todo. Le hablaba como si estuviera despierto, como si pudiera oírme, porque era la única forma que tenía de aferrarme a la esperanza.
Gus y Martha vinieron a la mañana siguiente de que lo ingresaran. La puerta se abrió despacio y allí estaban, con el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre.
Gus, con la voz rota, me explicó el motivo de su silencio cuando por fin nos quedamos a solas.
—En cuanto os llevasteis a Nevan llamé a la policía —explicó con una rabia contenida que le temblaba en la voz—.
Nos retuvieron allí toda la noche. Tuvimos que declarar, darles toda la información que teníamos.
Pero ha merecido la pena: lo han detenido.
Su padre no va a volver a hacerle daño a nadie.
Al ver a Nevan en la cama, rodeado de máquinas, ambos se rompieron. Fue un llanto silencioso, cargado de años de miedo y culpa. Martha se acercó y le acarició la cara con una delicadeza infinita, mientras Gus se quedaba de pie apoyado en la pared, conteniendo un sollozo que le desgarraba el pecho.
Se quedaron conmigo casi todo el día. Me obligaron a comer algo, me dieron espacio, pero sobre todo, estuvieron presentes. Fue como si, al estar allí, el peso de toda esa situación fuera un poco más llevadero. Cuando se marcharon al atardecer para ir a descansar, me quedé sola con él de nuevo.
Para los médicos, Nevan era solo un caso clínico, un paciente estable en coma inducido. Para mí él era mi vida entera suspendida de un hilo invisible. Estaba devastada, con el cuerpo pesado y el corazón hecho trizas, pero no me movía de allí.
Mi madre no dejó de llamar. Mensajes, llamadas perdidas, notificaciones que me irritaban como picaduras de avispa. Contesté una vez, solo una.
—Estoy en el hospital. Nevan está en coma. No voy a volver —dije cortante.
—Aria, tienes compromisos, el ballet te necesita, los periodistas están preguntando...
—No me importa —interrumpí con el tono frío como el hielo—. Ni el ballet, ni los periodistas, ni tus expectativas. Solo me importa él. Y no pienso moverme de aquí.
Colgué antes de que pudiera decir una palabra más.
Elara era mi ancla, aparecía cada día con ropa limpia, comida y café que yo apenas tocaba.
Ella y Eiden se turnaban para vigilar la habitación mientras me escapaba diez minutos para ducharme.
Tiempo donde ni siquiera me secaba el pelo, porque mi única urgencia era volver a su lado.
A su mano, a su rostro dormido, y a seguir hablándole, contándole lo que pasaba en el mundo exterior, manteniendo viva la conexión.
—Hoy Jack e Ivelle tuvieron otra de sus discusiones filosóficas sobre si el queso fundido debería ser una religión —le conté sonriendo con los ojos empañados—.
No sabes lo que daría por ver tu cara burlona, por escuchar alguna de tus salidas de tono...
o por oír tu risa. Vamos, cariño… Sé que estás ahí.
Y entonces, sucedió. Un movimiento. Mínimo. Casi imperceptible. Su mano presionó, un roce, la fuerza más pequeña del universo apretando mis dedos.
El corazón se me paró en seco. La respiración se me quedó atrapada en la garganta y las lágrimas empezaron a caer, imparables.
—¿Nevan? —susurré sin atreverme siquiera a parpadear—. ¿Cariño… me oyes?
Volvió a apretar, fue casi imperceptible, pero fue real. Era todo lo que necesitaba.
—¡Joder…! —sollocé, apoyando la frente en su pecho vendado—. Eso es, mi vida… vuelve a mí. Estoy aquí.
Presioné el timbre y vinieron corriendo. Les dije que había movido la mano, que me la había apretado. Los médicos llegaron deprisa, le revisaron con esa calma técnica y vacía que yo tanto odiaba.
—Podría haber sido un espasmo involuntario —dijeron.
Pero yo negué. No me dieron esperanzas, pero tampoco me las quitaron. Fueron pragmáticos, distantes. Pero a mí no me importaba lo que pensaran los monitores. Yo sabía lo que había visto.
Elara se quedó conmigo un rato más; Eiden me trajo otro jersey suyo, sabía que me tranquilizaba dormir con el olor de Nevan cerca.
Se turnaban para acompañarme, para obligarme a descansar un poco, pero yo no dormía.
Solo hablaba. Y esperaba. Porque si Nevan estaba peleando su propia batalla en la oscuridad, yo no iba a bajar los brazos.
Iba a seguir allí, hablándole hasta que abriera los ojos, hasta que dijera alguna estupidez y, por fin, me devolviera la vida.