Capítulo 63
Nevan
No existía el tiempo aquí. No había arriba ni abajo, ni coordenadas. Solo un vacío inmenso, denso como si estuviera sumergido en mercurio, y era esa tranquilidad la que me resultaba tan ajena.
Mi cuerpo había dejado de ser mío. No pesaba, no flotaba, solo había dejado de existir. Ya no era Nevan. Ya no había carne, ni huesos, ni rabia quemándome el pecho. Solo era un pulso de conciencia suspendido en la nada. Un pensamiento flotando a la deriva.
Durante siglos —o quizás fueron solo segundos, es imposible saberlo— me dejé llevar.
Me pareció bien. Por fin, el ruido se había apagado.
Por fin, el dolor no ardía, la rabia no me consumía, la culpa no me devoraba por dentro.
No tenía que fingir que era fuerte, ni que estaba cuerdo, ni que era capaz de seguir un día más en ese mundo que siempre me exigía demasiado. Solo era silencio. Paz.
Y entonces…
—Hola, Nevan…
La voz se oía lejana, como si viajara a través de años luz para encontrarme.
Dulce. Rota. Pero la reconocí al instante.
Era ella. Mi Aria. Esa voz era el único refugio que había conocido en toda mi maldita existencia.
Una cuerda que alguien lanzó desde el borde del abismo en el que me estaba ahogando.
Me hablaba. Me contaba cosas pequeñas, cotidianas, como si estuviera sentada a mi lado, y con cada una de sus palabras, el vacío se volvía insoportable.
La paz se quebraba como cristal bajo mis pies.
Empecé a sentir: una presión dolorosa en el pecho, un ardor que me recorría el cráneo, un peso muerto en mi mano derecha.
Como si el universo entero me gritara: «Estás aquí.
No te has ido todavía. Tienes la oportunidad de volver».
Pero qué difícil era. Dios, fue una agonía. Porque una parte de mí, la que estaba agotada de tanto pelear, quería quedarse aquí, en la sombra. Porque allá fuera, la vida dolía. El mundo tenía dientes, estaba lleno de esquinas afiladas, y yo… yo estaba demasiado cansado de devolver el mordisco.
Hasta que la escuché otra vez.
—Te quiero, Nevan. Vuelve conmigo.
Y ahí, en esa oscuridad absoluta, lo entendí todo. No tenía que volver por el mundo ni que volver por la gente. Solo tenía que volver por ella.
A sus ojos verdes, a ese lugar donde por fin dejaba de ser un desastre. A su risa ronca, a sus manos pequeñas que me mantenían atado a la tierra, a la forma en la que me miraba como si no tuviera cicatrices, como si no estuviera roto.
Ella era mi hogar. No había otro.
Así que empecé a moverme. A caminar, a arrastrarme, a nadar contra esta corriente de negrura. No sabía cómo lo hacía, ni qué era lo que me impulsaba , pero avanzaba. Aunque el camino quemara, a pesar de que me costara cada gramo de voluntad que me quedaba en el alma.
La luz al final de este pozo tenía su voz. Y no pensaba dejar que se apagara.