Capítulo 62 #3
Yo no solté su mano. No podía hacerlo. La apreté, sintiendo el contacto de su piel contra la mía y le hablé, ignorando al resto del mundo.
—Están todos aquí —susurré solo para él—. Los que te quieren. Los que te esperan. Y yo... yo te estoy esperando más que nadie. Vuelve conmigo, Nevan Grayson. Por favor.
Poco a poco, fueron marchándose. Elara me dio un abrazo que me sostuvo cuando sentí que me derrumbaba; Eiden me puso una mano en el hombro con un asentimiento mudo; Ivelle me besó la frente y Jack me lanzó un susurro: « sigue peleando por él », antes de desaparecer por la puerta.
Se fueron, pero yo no me moví. Me quedé allí, sentada al borde del abismo, con la cabeza apoyada en sus dedos, las piernas recogidas y la espalda tensa.
No me importaba el cansancio, ni el hambre, ni la garganta seca.
Si me separaba de él, si me iba, sentiría que en el momento de volver, él ya no estaría.
Y eso, bajo ninguna circunstancia, iba a permitirlo.
Mis ojos pesaban, una lucha perdida contra el agotamiento, cuando la puerta se abrió con una suavidad casi irreal.
Levanté la vista, apenas podía enfocar. La madre de Nevan entró con pasos cautelosos, casi temblorosos, como si el suelo bajo sus pies pudiera romperse en cualquier momento.
John permaneció en el marco de la puerta, un guardián silencioso, y le puso una mano firme pero delicada en la espalda antes de quedarse fuera, dándole su espacio.
—Tómate tu tiempo. Te espero aquí —susurró él.
Ella asintió, sin apartar la mirada de la cama y se acercó. Me quedé inmóvil, observándola. Se detuvo ante él y, por un segundo, vi el reflejo de Nevan en sus facciones. Sus ojos eran idénticos. Ese azul intenso, aunque ahora estaba empañado por lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—Mi niño… —la voz se le quebró, un hilo de sonido que apenas alcanzó para llenar el silencio de la estancia—. Mi pobre niño…
Le pasó los dedos por la frente con un cuidado reverencial, una caricia que destilaba un arrepentimiento infinito. Era una mezcla de ternura, de culpa y de un amor que llegó tarde, o quizás, que nunca supo cómo expresar.
No me moví. No quería romper aquel instante ni arrebatarle un solo gramo de su duelo. Pero ella, al notar mi presencia, se giró hacia mí. Sus ojos suplicaban una tregua.
—¿Puedo sentarme un momento? —preguntó con la voz baja.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Asentí y le hice un hueco en la silla junto a la mía, un espacio compartido en medio de aquella vigilia interminable.
Se sentó con las manos entrelazadas sobre el regazo, rígidas, mirando a Nevan como si intentara descifrar cómo había llegado a terminar así: herido, entubado, silenciado por un daño que, de alguna manera, sentía que ella había permitido.
—Siempre pensé que tendría tiempo para arreglar las cosas —dijo de pronto, sin dirigirse a nadie en particular, como si estuviera confesándose ante el aire—.
Que un día él volvería, que querría hablar, que podríamos poner parches a todo.
Pero no me di cuenta de que algunas heridas no se arreglan con el tiempo. Se infectan. Crecen. Se vuelven veneno.
La escuché en silencio. No como una juez, sino como alguien que conocía demasiado bien el sabor de la culpa.
—Sé que está roto —continuó y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla pálida—. Y sé que, en gran parte, lo rompí yo. No supe protegerlo. No supe ser la madre que él necesitaba cuando todo se derrumbaba. Y ahora no sé si existe perdón para eso.
—No fue tu culpa —respondí con una firmeza que me sorprendió incluso a mí.
Ella me miró, sorprendida, como si mis palabras fueran un refugio inesperado.
—Lo es. Al menos, en parte.
—Está dolido, lleno de cicatrices, sí, más por dentro que por fuera —dije mirándola a los ojos—. Pero no te odia.
Ella me sostuvo la mirada, buscando una mentira, pero no la encontró.
—Te lo juro —continué—. Puede que no lo diga, que ni siquiera él mismo se permita creerlo, pero te quiere.
El silencio volvió a instalarse entre nosotras, pero ya no era gélido, era denso.
—Solo necesita sanar primero —añadí acariciando con suavidad la mano de Nevan, sintiendo la tibieza que, poco a poco, regresaba a su piel—. Tiene que reconstruirse desde cero. Y para eso necesita tiempo, amor y saber que vas a estar aquí, esperando, sin pedirle nada a cambio. Solo estando.
Ella asintió, dejando que el llanto fluyera sin intentar ocultarlo. Sus hombros, antes tensos, parecían hundirse un poco, como si una carga invisible se hubiera aligerado. Parecía más serena, como si por primera vez, alguien le devolviera una parte de su propia esperanza.
—Gracias —susurró, y en su tono había una gratitud que me llegó al alma.
—Gracias a ti —respondí—. Por estar aquí. Por permitir que yo también esté.
Nos quedamos en silencio, dos mujeres unidas por el mismo hombre. Una atada a lo que fue, a los recuerdos de un hijo; la otra, aferrada a lo que teme perder. Pero en aquel instante, en la penumbra de la habitación, el dolor se sintió un poco menos solitario.