Caminos Opuestos Capítulo 62 #2
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Capítulo 62 #2

Me hundí en la pequeña silla metálica junto a la cama.

Tiritaba, un frío que me nacía en el estómago.

Le busqué la mano, estaba helada, tan distinta a la calidez de su piel cuando me rodeaba el muslo en medio de una risa o cuando me acariciaba la espalda en la oscuridad de nuestra habitación.

Apreté sus dedos entre los míos, bajando la cabeza para ocultar mi rostro.

Lloré en silencio, dejando que las lágrimas empaparan mis mejillas, el cuello, sus dedos inmóviles.

—Hola, Nevan —susurré con la voz rota, intentando invocar la normalidad en medio de este infierno—. Estoy aquí. He venido por ti. Y no pienso moverme de este lado de la cama.

No hubo respuesta. Solo el pitido.

Pip… pip… pip…

—Me he pasado horas ahí fuera —continué acariciando con la yema de los dedos el dorso de su mano, memorizando cada pequeña cicatriz que ya estaba ahí antes de esta tragedia—, sin saber si saldrías de quirófano, si volvería a ver tus ojos. Y ahora aquí estás. Pero tan lejos. Tan quieto.

Solté una risa quebrada.

—Tú, que no sabes estarte quieto ni dos minutos. Que siempre estás buscándome, molestándome, burlándote de todo… Y ahora te da por guardar silencio. Qué cabrón estás hecho, Nevan.

Me incliné sobre él, apoyando la frente en el borde del colchón, sin soltar su mano. Si lo hiciera, sentiría que se desvanecería.

—No tienes idea del miedo que he pasado. Lo que sentí al abrir esa puerta y verte ahí, roto.

Lo observé con detenimiento. Sus pestañas no se movían. Su respiración asistida, subía y bajaba con una lentitud desesperante. Su rostro era un mapa de nuevas heridas sobre las cicatrices de una vida entera de guerra.

—¿Sabes qué es lo peor? —pregunté con la voz ahogada—. Que lo supe desde el principio. Desde que volví a verte en el cumpleaños de Elara, supe que si dejaba que te acercaras, si te permitía entrar en mi vida otra vez, me ibas a romper en mil pedazos. Y aun así lo hice.

Apreté su mano con más fuerza, buscando con desesperación una señal de que estaba aquí, conmigo.

—Porque no podía evitarlo. Porque siempre, desde hace más de doce años, has sido tú. Aunque lo negara, aunque huyera, aunque intentara convencerme de que podía ser otra persona… siempre fuiste tú.

Una lágrima solitaria cayó sobre su muñeca vendada, perdiéndose en el tejido blanco.

—Te quiero. Te lo dije antes en el pasillo, entre los gritos de los médicos, pero no era así como quería que lo escucharas.

No de esa manera. —Le acaricié la frente con una ternura infinita, apartando un mechón de pelo rebelde que se le pegaba a la piel cenicienta—.

Así que te lo repito. Despierto o no. Te quiero, Nevan Grayson.

Y no me voy a ir a ninguna parte. Pienso quedarme aquí, agarrada a tu mano, hasta que decidas volver conmigo.

Pip… pip… pip…

Y su mano, aunque gélida e inmóvil, permaneció entrelazada con la mía como si, en lo más profundo de su inconsciencia, supiera que no estaba solo.

***

Después de lo que parecieron siglos de espera, trasladaron a Nevan a una habitación de planta.

Un entorno más silencioso, aunque bajo vigilancia constante.

Los enfermeros intentaron convencerme, una y otra vez, de que saliera, de que me fuera a casa, de que necesitaba una ducha, una cama de verdad, dormir aunque fuera un par de horas.

Me miraban con esa mezcla de compasión y cansancio profesional, como si supieran que no lograrían nada.

Yo solo los miré, sin moverme ni un milímetro de la silla junto a su cama.

—Le prometí que no iba a soltarle la mano —dije con una voz que, por primera vez en horas, no tembló—. Y no pienso romper esa promesa.

Al final, se rindieron. Colocaron una silla más cómoda, me trajeron una manta y hasta un té que se enfrió antes de que pudiera darle un sorbo.

Poco después, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era Gus. Me dijo que la policía estaba presionando y que necesitaban que fuera a declarar, pero me negué en rotundo a abandonar la habitación. No había ni una sola cosa en este mundo que fuera a separarme de su lado.

Al ver que no pensaba ceder, la policía no tuvo más remedio que adaptarse.

A los pocos minutos, dos agentes aparecieron por el hospital y entraron en la habitación.

Intentaron pedirme que saliéramos al pasillo para hablar con un poco de privacidad, pero volví a negarme; me aferré a la mano de Nevan con más fuerza y les dejé claro que, si querían mi testimonio, tendría que ser allí.

Así que me tomaron declaración mientras sostenía la mano de mi chico, al lado de la cama.

Les conté todo. Sin rodeos, sin ahorrarme un solo detalle de lo que había visto y de la pesadilla que había vivido.

Les relaté lo que ese cabrón me hizo y cómo intentó  violarme, sintiendo cómo se me anudaba la garganta pero sin apartar los ojos de los agentes ni soltar a Nevan ni un solo segundo.

Cuando terminé de vomitar toda la verdad y anotaron todo en sus carpetas, se despidieron con un gesto sobrio y se fueron, dejándonos de nuevo en silencio.

Volví a acomodarme en la silla, envolviéndome en la manta.

Me dio igual la policía, me dio igual el té frío.

Solo me importaba Nevan. Seguía inconsciente, sumido en ese abismo que le impedía regresar, pero su piel ya no estaba tan gélida y su respiración, aunque acompasada por la máquina, se sentía un poco más firme.

Eso era todo lo que necesitaba para seguir aguantando.

La puerta se abrió con un leve chirrido y entraron uno a uno. Elara, Eiden, Ivelle, Jack. Al principio se quedaron en silencio, moviéndose con esa cautela reverencial que se reserva para los lugares sagrados o para las habitaciones donde la vida cuelga de un hilo.

Elara fue la primera en acercarse al lado de la cama, justo enfrente de mí. Me miró y en sus ojos vi el reflejo de mi propio miedo, aunque lo cubrió con una sonrisa triste. Con una delicadeza infinita, le acarició el cabello a Nevan.

—Ya es hora de que dejes de hacer las cosas de forma tan dramática, Nevan —susurró, con un deje de humor forzado—. Siempre te ha gustado ser el centro de atención, ¿eh?

Ivelle se sentó a los pies de la cama, suspirando con un cansancio que iba más allá de lo físico.

—La próxima vez que quieras reunirnos a todos, podrías mandarnos un mensaje —dijo, intentando quitar hierro al asunto—. Esto ha sido un poco excesivo, ¿no crees?

Eiden, que permanecía de pie con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, bajó la vista hacia el cuerpo inerte de su amigo. Su gesto era más serio, más oscuro que de costumbre.

—Tienes que despertar, tío —murmuró, y luego desvió la mirada hacia mí, con una chispa de respeto—. Por ella. Mírala, no se ha movido en horas.

—Ni un centímetro —añadió Elara, mirándome con una complicidad que me hizo sentir un poco menos sola.

Jack se acercó por el otro lado de la cama. Tenía esa expresión que rara vez dejaba ver, esa máscara de dureza que se le caía cuando la vida golpeaba a los suyos. Apoyó una mano sobre la sábana, cerca del brazo de Nevan, con un gesto casi posesivo de protección.

—Despierta, capullo —murmuró Jack, con un deje triste en su voz—. Tenemos cosas pendientes que hacer en esta vida.