Caminos Opuestos Capítulo 62
83%

Capítulo 62

Aria

—¡Tenemos pulso débil, pero lo tenemos! ¡A quirófano, ya! ¡Preparen el protocolo de trauma!

La puerta de urgencias se abrió de golpe.

La luz blanca me golpeó fracturando la realidad.

De pronto, todo fue una coreografía frenética de batas, gritos y camillas metálicas que rechinaban contra el suelo.

En cuestión de segundos, me arrancaron a Nevan de los brazos, separándolo de mi cuerpo como si nos estuvieran diseccionando a ambos.

—¡Cuidado con el costado! ¡Está perdiendo mucha sangre, preparad vía central! —Se escuchó a un médico, y cada palabra, fue un disparo.

Corrí tras ellos, ciega, agarrada al borde de la camilla con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos. Mi vida se terminaba ahí, en ese trozo de metal y sábanas.

—¡Voy con él! —grité con la voz desgarrada—. ¡Por favor, no me apartéis!

—Señorita, tiene que esperar fuera. —dijo una enfermera, bloqueando mi paso con una mano firme.

—¡No! ¡Se está muriendo! —Lloraba, no, gritaba, un alarido que subía desde mis entrañas.

Me lancé casi encima de él, rozando su piel. Estaba tan pálido que parecía hecho de cera, con los labios amoratados y una mirada vidriosa, perdida en un parpadeo que apenas tenía fuerza.

—¡Nevan! —le acaricié la mejilla, sintiendo el calor residual de su sangre—. Mírame, joder… quédate conmigo.

Los médicos me empujaron hacia atrás y las puertas dobles de quirófano se interpusieron entre nosotros. El sonido del cierre fue definitivo, una guillotina de metal.

Martha me rodeaba con sus brazos, sujetándome con una firmeza que era lo único que me impedía colapsar contra el suelo.

Me dejé sostener, aferrándome a ella en un intento desesperado por no desmoronarme del todo, hasta que su teléfono vibró y  rompió el silencio.

Era Gus. Escuché su voz al otro lado de la línea, urgente, avisando de que la policía acababa de llegar y necesitaban que Martha bajara a declarar de inmediato como testigo.

Me miró con una mezcla de impotencia y culpa, apretándo mis manos un último segundo antes de soltarme y alejarse a prisa por el corredor.

Y entonces me quedé sola. De pie, en medio de ese pasillo inmenso, helada. Devastada. Acababa de decirle a Nevan la verdad, de entregarle la última parte de mi alma y no sabía si alguna vez iba a poder repetirlo o si solo se lo había dicho a un cuerpo vacío.

El tiempo se volvió abstracto. No sé si pasaron minutos u horas. Solo recuerdo el frío, uno que se me metía por los poros y se instalaba en mis huesos. El silencio después del caos era una losa pesada, insoportable.

Poco después, Elara y Eiden aparecieron al fondo del pasillo.

Ella me vio primero. No dijo nada, solo corrió hacía mí.

Sus brazos me rodearon con una fuerza que me mantuvo en pie.

Ahí me rompí por completo. Lloré contra su cuello, perdiendo el control, dejando que todo el horror saliera.

Me susurraba cosas, intentando anclarme, pero yo no escuchaba nada.

—No puedo perderlo, Elara… no puedo —gemí—. Lo amo.

Eiden se quedó a unos pasos, como un animal herido. Tenía los ojos inyectados en sangre y se pasaba las manos por el pelo, superado por la rabia y el miedo. No dijo nada, no hacía falta, su mirada era la de quien quiere destrozar algo para aliviar el dolor que le oprime el pecho.

Más tarde aparecieron Jack e Ivelle. Todo era un borrón, una sucesión de sombras y voces apagadas.

Gente moviéndose como fantasmas. Recordé ver a Gus y a Martha en algún momento, pero yo solo tenía ojos para esa maldita puerta.

¿Me hablaron? No lo sé. Recuerdo las manos de Elara temblando sobre las mías, la tensión de Eiden discutiendo con una enfermera porque no nos daban información, Ivelle sentada a mi lado en silencio, ofreciéndome una presencia que apenas podía registrar.

Las horas se estiraban como un chicle. Estaba atrapada en una pecera. Elara intentó darme agua, luego un café, una galleta… pero si tragaba algo, sentía que mi cuerpo lo rechazaría al instante. Tenía un nudo en el estómago que me estrangulaba. Un dolor sordo, punzante.

—Quiero verlo —dije por fin, con la voz rota, como si el aire me faltara—. Por favor… necesito saber que sigue aquí.

Nadie me contestó. Estábamos todos condenados a la espera. Mis piernas estaban entumecidas, los dedos blancos de tanto apretar. La cabeza apoyada contra la pared fría, los ojos tan secos de llorar que me escocían.

Entonces, al final del pasillo, apareció un médico con bata blanca, gorro quirúrgico y la mascarilla colgando del cuello. Caminaba lento, medido, todos nos pusimos de pie al unísono, como si un resorte nos hubiera disparado hacía él.

Di dos pasos en su dirección, con el corazón en la garganta.

—¿Nevan? —pregunté, apenas un susurro rasgado—. ¿Cómo está?

El médico se detuvo. Tenía ojeras profundas, una marca de fatiga que me dio un vuelco al corazón. Miró a nuestro grupo, eligiendo las palabras con la precisión de un verdugo.

—La cirugía ha sido larga y complicada… —empezó.

Sentí que el suelo se abría, un abismo negro bajo mis pies.

—No… —susurré, dejando que las lágrimas volvieran a brotar—. Por favor, no.

—Pero ha salido del quirófano con vida —continuó firme, clavando sus ojos en los míos para que no perdiera el hilo—. Ahora está en la UCI, su cuerpo ha entrado en coma.

Las piernas me fallaron, pero Elara me sostuvo al instante.

—Su cuerpo ha sufrido un trauma severo —explicó—. Varias costillas rotas, hemorragia interna contenida y una contusión cerebral importante. Pero está vivo, ha resistido. Ahora el proceso será lento. Depende de él.

Mi mano voló hasta cubrir mi boca, intentando sofocar un sollozo que me desgarraba por dentro. Tenía una mezcla de miedo, de un alivio tan intenso que dolía y de una devastación absoluta.

—¿Puedo verlo? —pregunté con la voz rota, sin importarme si sonaba patética o desesperada. Solo necesitaba verlo.

El médico me escaneó un segundo más con ese gesto profesional, aséptico, que ocultaba cualquier pizca de empatía detrás de una norma inamovible.

—¿Eres familiar directo?

Sentí que el corazón se me paraba en seco. Fue como si me dieran  un golpe en el estómago.

—No —negué con la cabeza, sintiendo cómo esa respuesta, tan simple y tan cruel, me apuñalaba el pecho—. No soy nadie legalmente. Pero por favor, déjeme pasar. Es todo lo que le pido.

—Lo siento, son las normas. Solo permitimos la entrada a familiares —concluyó, sin rastro de dureza, pero con la firmeza de quien ha repetido esa frase mil veces y no tiene intención de ceder.

—Solo un minuto —supliqué con la voz ahogada por las lágrimas—. Solo necesito verlo. No tiene a nadie más. Su madre no está aquí, Nevan está solo, ¡por favor!

Estaba a punto de volver a rogarle, de arrodillarme si hacía falta, cuando una voz suave pero cargada de una pesadez inmensa, cortó el aire del pasillo.

—Estoy aquí. Yo soy su madre.

Todos nos giramos como si nos dispararan .

Allí estaba Maeve. De pie, al final del pasillo, con el rostro desencajado por el miedo y una culpa que le pesaba en cada facción.

Llevaba una chaqueta arrugada, como si se la hubiera puesto a toda prisa, el pelo recogido de cualquier manera y los ojos, rojos, inyectados en sangre, clavados en mí.

Caminó hacia nosotros, con una fragilidad que no esperaba ver. No me miró con desprecio, ni con celos, lo hizo como quien reconoce una derrota.

—Por favor, doctor —su voz era un susurro quebrado—. Déjela pasar. Mi hijo la necesita más que a nadie. Más que a mí.

Se hizo un silencio tenso, absoluto. El aire se volvió irrespirable.

—Aria es su hogar —añadió mirándome, y vi en sus ojos una verdad que me hizo temblar—. Ella es la única que puede traerlo de vuelta. Yo… —hizo una pausa y su voz se quebró del todo—, nunca fui suficiente para salvarlo.

El médico miró a la mujer, luego a mí. Pareció dudar, pesando la norma contra la desesperación. Al fin, soltó un suspiro y asintió.

—Ve. Pero solo tú. Pasillo recto a la izquierda…

No esperé. No di las gracias, no miré atrás. Corrí por el pasillo esquivando camillas que me parecían jaulas, enfermeros que eran sombras, paredes que se cerraban sobre mí. Mis pulmones ardían, pero no me importaba.

Cuando llegué frente a esa puerta, con el cristal opaco que ocultaba mi mundo, me detuve. Mi pecho subía y bajaba con rapidez. Respiré hondo, intentando controlar el temblor de mis manos.

Empujé la puerta. Entré.

La puerta se cerró tras de mí con un clic seco, casi imperceptible, y el mundo exterior se evaporó. Aquí dentro, la realidad era otra. Más artificial.

La habitación estaba sumida en una penumbra azulada, solo interrumpida por el foco quirúrgico sobre la cama, que bañaba a Nevan en una luz clínica. El aire era pesado, cargado con el olor metálico del desinfectante y el zumbido eléctrico de los equipos. Y luego, el sonido. Ese maldito sonido.

Pip… pip… pip…

Un pitido monótono, lento, constante. Un metrónomo cruel que marcaba los segundos de una vida que pendía de un hilo.

Mis pies avanzaron por instinto, arrastrándome hacia el centro de aquella pecera de cristal.

Y ahí estaba Nevan, inmóvil, con la piel tan pálida que parecía de mármol, contrastando con las manchas amoratadas que le florecían por el rostro.

Tenía el torso vendado, cables serpenteando sobre su pecho desnudo, una vía en el brazo y un tubo en la nariz. Estaba destrozado, hecho pedazos.

El pecho se me cerró. Las lágrimas empezaron a caer, calientes, sin permiso. Me acerqué con una cautela reverencial, como si temiera que mi propia respiración fuera a desmoronarlo aún más. El pitido seguía ahí, marcando el ritmo.

Pip… pip… pip…