Capítulo 61
Nevan
Todo era negrura. Un vacío espeso, viscoso, que me envolvía como plomo. Silencioso. Frío. No sabía si esto era el final, o tan solo un limbo en el que me había quedado atrapado después de tanto tiempo peleando contra las sombras.
El dolor físico se convirtió en un eco lejano, casi imperceptible.
Lo que de verdad me estaba aplastando no eran los golpes de mi padre; era el cansancio.
Uno que me venía de los huesos, de los años, de haber vivido siempre con la guardia alta.
Me dolía recordar. Dolía existir. Y, por primera vez en toda mi vida, la idea de no despertar sonaba tentadora.
Dejar que la oscuridad me engullera. Apagar el ruido. Descansar de ser yo.
Y entonces… una voz.
—Nevan…
Aria. Su voz no llegó como un susurro, sino como un estallido de luz que desgarró la negrura. Suave. Temblorosa. Cargada de un miedo que me partía el alma. Pero, sobre todo, real.
—Tienes que quedarte…
Me aferré a ese sonido como un náufrago se agarra al último trozo de madera en mitad de una tormenta: con uñas, con cada gramo de energía que me quedaba en los músculos destrozados. No podía moverme, ni siquiera intentar abrir los ojos, pero estaba ahí. Porque ella estaba ahí.
Su voz era el único sonido entre el caos de mis pensamientos. Una melodía que me rozaba el pecho, que acariciaba las grietas que nunca dejé que nadie tocara.
Decía mi nombre y sentía que no podía soltarme.
Que no debía. Quería dejarme ir. Lo juro.
Quería rendirme, apagarme, dejar de sentir el peso de este mundo de mierda.
Pero cada vez que escuchaba su voz rota, su llanto desesperado, algo dentro de mí se resistía a rendirse.
Ella estaba allí, viendo los pedazos que intentaba ocultar, viendo la basura que soy y, aun así, me pedía que me quedara.
Porque ella era hogar. No un lugar, no cuatro paredes, sino Aria. Porque me vió completo cuando solo me miraba como un error, como un fallo de fábrica.
Me estaba esperando. Y no podía fallarle. No esta vez.
Tenía que volver, arrastrarme fuera de este pozo, que volver a casa. Necesitaba volver con ella.