Capítulo 60 #2
Nada. Ni un suspiro.
—¡Gus! —grité con la garganta hecha polvo, mirando hacia él—. ¡No se mueve! ¡No se mueve, hay demasiada sangre! ¡No respira bien!
El pánico se apoderó de mí, frío y asfixiante. Miré a Nevan, su rostro destrozado, y me arrepentí de no haberle dicho nada. De haberme guardado ese «te amo». ¿Y si ese era el final? ¿Y si el último recuerdo que tenía de mí era mi silencio?
—¡Nevan! —desgarré el aire abrazándolo contra mí, sintiendo su frío contra mi calor, mientras el mundo se desmoronaba en el silencio más absoluto de la caravana.
Gus seguía allí, una estatua de furia contenida, apuntando al hombre que seguía en el suelo, sollozando y farfullando amenazas vacías entre estertores de cobardía. Pero mi mundo se redujo a Nevan, a ese cuerpo roto que yo intentaba retener en este plano de existencia.
—¡Una ambulancia no llegará a tiempo! —solté con la voz rasgada, el corazón golpeándome contra las costillas como un pájaro enjaulado—. ¡El camino del parque está destrozado, los baches… tardarán una eternidad en llegar hasta aquí!
Miré a Nevan de nuevo. Su piel era de un blanco cerúleo, y cada segundo que pasaba sin que reaccionara era una sentencia que me negaba a firmar.
—Se está yendo —susurré acunando su rostro lleno de sangre entre mis manos, evitando presionar las heridas—. No me dejes… Por favor, Nevan, mírame. Tienes que quedarte. Tengo algo que decirte… algo que no puede quedarse aquí, en este puto suelo frío. Tienes que despertar para oírlo.
—¡Aria!
La voz de Martha, quebrada y urgente, cortó el aire estancado de la caravana. Entró como una ráfaga, descalza y con el pijama manchado, frenando en seco al ver la masacre. Sus manos volaron a su boca en un intento de sofocar un grito que ya había soltado.
—Tenemos que llevarlo al hospital —espeté levantándome con las piernas temblando—. ¡Ahora, Martha! ¡Va a morir si esperamos!
Ella no necesitó más. La veterana que había en ella tomó el control.
—¡Vamos! ¡Vamos, nena, coge las piernas! Yo cojo los hombros. ¡A la cuenta de tres, despacio pero firme!
Pasé mis brazos por debajo de sus rodillas, sintiendo la pesadez antinatural de un cuerpo que ya no tenía fuerza propia.
Valiéndome de la adrenalina para sacar la fuerza del pánico, la suficiente para no dejarlo caer.
Su cabeza colgaba hacia atrás, inerte. Nunca había sentido un terror tan visceral, tan paralizante.
Gus nos abrió paso, sin dejar de apuntar a la alimaña que tenía arrinconada.
—¡Coche abierto! ¡Llevadlo! —bramó con la voz cargada de un odio que solo un padre siente cuando le tocan a lo que más quiere—. ¡Yo me encargo de este cabrón!
Bajamos las escaleras de la caravana como pudimos, tropezando, jadeando, con los zapatos resbalando en la gravilla.
El cuerpo de Nevan se balanceaba entre nosotras, un peso muerto que sentía que se me escapaba de los dedos con cada segundo.
Mi única prioridad era mantener su cabeza estable, evitar que el dolor lo desgarrara más.
—No me hagas esto, aguanta. Por favor, aguanta, Nevan, estoy contigo —susurraba con lágrimas que me quemaban la cara—. No te atrevas a irte ahora.
Martha arrancó el coche y la salida del parque fue una carrera de obstáculos. Cada bache era una tortura. El motor rugía pero para mí era un ruido lejano, ahogado por el sonido del siseo de la respiración de Nevan, cada vez más superficial.
Estaba tumbado sobre mi regazo en el asiento trasero. Mis brazos lo rodeaban con una fuerza desesperada, presionando una toalla contra su costado; la tela ya estaba empapada, un rojo oscuro que se extendía sin piedad. Su cabeza apoyada en mi pecho subía y bajaba con un ritmo errático.
—Vamos, cariño, sigue conmigo, ¿vale? Martha está conduciendo como una loca. Estamos cerca. Muy cerca. Solo tienes que aguantar un poco más.
Mi voz era un hilo, un lamento que luchaba contra el rugido del coche. Le acariciaba el pelo, esquivando los cortes y los coágulos de sangre, necesitando sentir su calor, aunque fuera a través de la fiebre que empezaba a subirle.
—Tengo que decirte algo —murmuré pegando mis labios a su sien, sintiendo el frío de su piel—. Iba a decírtelo hoy, al volver. A mirarte a los ojos, sin muros, sin el maldito miedo a rompernos… Iba a decirte que te amo. Que estoy enamorada de ti.
Mis lágrimas se deslizaron por sus pómulos, limpiando un poco el rastro de la paliza. Era patético. Decírselo ahora, cuando quizás ya no podía oírme.
—Y ahora estás aquí, rompiéndote en mis brazos, y no puedo hacer nada. Me estoy muriendo de miedo, Nevan. Estoy aterrorizada.
Apoyé mi frente en la suya. El coche botaba, golpeando mis huesos, pero solo sentía la fragilidad de su vida bajo mis dedos.
—Tienes que quedarte. ¿Me oyes? No puedes hacerme esto. No te puedes ir así, dejándome con estas palabras atragantadas. Eres mi hogar, joder. Mi único hogar.
De repente, un suspiro. Un movimiento mínimo en sus labios. Respiró. Apenas un hilo de aire, pero lo hizo.
—Eso es —susurré, con el corazón dándome un vuelco de esperanza dolorosa—. Así me gusta. Aguanta. Eres fuerte, eres la persona más fuerte que conozco. No me dejes sola en esto, Nevan. No te mueras… por favor, no te mueras.
El coche siguió avanzando hacia la carretera, de camino a un hospital que parecía estar a años luz, mientras me aferraba a su cuerpo roto, rezándole a un Dios en el que nunca creí para que, por favor, no me dejara sola con este «te quiero» quemándome la garganta.