Capítulo 60
Aria
Pasé la última hora en casa de Elara, sentada en su sofá con una manta sobre las piernas y el pecho a punto de explotar por la presión de todo lo que llevaba guardado.
Le conté todo: el miedo, la intensidad, la forma en la que Nevan me miraba y cómo, a veces, sentía que me ahogaba en sus ojos.
Le confesé lo que me quemaba por dentro, el miedo a decir esas palabras y romperlo todo.
Elara solo me escuchó, sin interrumpir, sin juzgar. Como solo ella sabía hacer.
—Estáis enamorados los dos —dijo cuando terminé, con una certeza que me hizo temblar—. Solo que a veces no sabéis verlo cuando el pasado y el miedo os nublan la vista.
Asentí, sintiendo que las lágrimas se me acumulaban en la garganta.
Nevan me daba miedo, sí. No él, sino lo que me hacía sentir.
Esa entrega absoluta, irreversible. Pero también me daba vida.
Me hacía sentir completa de una manera que ni yo misma entendía.
Y ya no pensaba dejar que el miedo a rompernos nos alejara.
Había tomado una decisión. Se lo iba a decir.
Todo. Que lo amaba, que no me iba a ir y q pensaba rendirme.
Salí de casa de Elara con la determinación ardiendo bajo la piel, con el corazón latiendo desbocado, como si supiera que estaba a punto de dar un paso que cambiaría el resto de mi vida.
Pero cuando aparqué frente a la caravana, el silencio que la envolvía me dio un vuelco al estómago.
La puerta estaba entreabierta. Una sombra alargada se proyectaba desde el interior, rompiendo la calma de la noche.
Eché a correr, olvidando cualquier rastro de duda.
—¿Nevan? —grité, y mi voz sonó como un quejido en el aire frío.
No hubo respuesta. Solo un ruido sordo, como algo pesado cayendo contra madera, y un gruñido ahogado. Empujé la puerta y el mundo se paró. El tiempo se fracturó en mil pedazos.
Nevan estaba en el suelo, sangrando e inmóvil. Encima de él, un hombre enorme, de rostro ajado y ojos vacíos, le estaba pateando con una brutalidad que me cortó la respiración. Cada impacto resonaba con un sonido húmedo, asqueroso, como si estuviera golpeando un saco de carne rota.
Grité. Chillé sin pensar, sin contenerme, un sonido agudo, salvaje, arrancado de las entrañas.
El hombre se giró. Sus ojos eran dos pozos negros, desprovistos de cualquier rastro de humanidad.
Tenía una sonrisa torcida, manchada de saliva y maldad, que se me quedó grabada a fuego.
Nevan alzó un poco la cabeza. Tenía el rostro irreconocible, una máscara de sangre, los labios partidos y la respiración rota.
Sus ojos, esos luceros azules que hace unas horas me miraban como si fuera su mundo, estaban apagados.
Desenfocados. Perdidos en una bruma de dolor agónico.
—A… Aria… —susurró con una voz que era solo un hilo de aire—. Vete… Joder, corre.
—No… —negué con la cabeza, mientras el mundo se me nublaba por las lágrimas—. No voy a dejarte. ¡Suéltalo!
El hombre soltó una carcajada ronca, un sonido que me revolvió el estómago.
—¿Así que tú eres la princesita? —Dio un paso hacia mí, lento, arrastrando los pies como un depredador que se toma su tiempo para jugar con la presa—.
Joder… —Me recorrió con la mirada, una inspección viscosa que me hizo sentir sucia—.
Ahora entiendo por qué este capullo no podía olvidarte. Mírate, estás de escándalo.
Sentí el estómago revolverse, un asco puro y físico.
—Das asco —escupí sintiendo una furia que luchaba contra el terror.
—¿Eso te parece? —Se rió, mostrando unos dientes amarillentos y desgastados—. Al menos yo aguanto los golpes como un hombre, no como esta nenaza. —Sin dejar de mirarme, lanzó una patada lateral directa al estómago de Nevan.
—Déjala... hijo de puta —Nevan consiguió arrastrar las palabras desde el suelo, con una rabia sorda y agónica, intentando apoyar las manos para levantarse—. Te lo juro... como la toques, te mato...
El hombre arrugó la frente, molesto por la insistencia de su hijo.
Se giró del todo y, con una frialdad que me paralizó el corazón, descargó la bota con toda su fuerza justo en la cabeza de Nevan que soltó un quejido ahogado, sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo se fue de bruces contra el suelo, quedando inmóvil.
El silencio que se instaló en la caravana fue lo más terrorífico que he vivido jamás. No se movía. Ni un músculo. Ni un espasmo. Nada.
—¡Nevan! —grité perdiendo la cabeza.
Me lancé hacia él, dispuesta a cubrirlo con mi cuerpo, pero no llegué a dar dos pasos. Una mano enorme y áspera me agarró del pelo por la espalda con una violencia brutal, tirando de mí hacia atrás. El tirón fue tan salvaje que vi destellos blancos y solté un chillido de dolor que rasgó la noche.
—No tan rápido, preciosa —su aliento rancio a tabaco y alcohol me golpeó la cara mientras me estampaba de espaldas contra la pared de aluminio de la caravana, que vibró por el impacto.
Tenía el corazón desbocado, golpeándome las costillas como si quisiera salirseme del pecho.
Nevan seguía en el suelo, inconsciente, con sangre avanzando por la madera, y yo estaba atrapada por ese maldito monstruo.
Intenté zafarme, le clavé las uñas en los brazos, le arañé las muñecas, pero era como intentar mover una roca.
Me acorraló contra la pared, usando su peso para aplastarme.
—Qué suerte ha tenido el gilipollas de mi hijo... —murmuró con un tono viscoso, acercando su cara demasiado a la mía—. Pero al chaval se le acabó el chollo. Ahora vas a jugar conmigo.
Me revolví con todas las fuerzas que me quedaban, dando rodillazos, intentando alcanzarle en la cara, desesperada.
—¡Suéltame! ¡Suéltame, hijo de puta! —grité llorando de impotencia.
Su mano libre subió por mi cuello, apretando mi garganta lo justo para cortarme el aire y recordarme quién mandaba allí.
—Qué boca tan sucia tienes... —susurró pegando sus labios secos a mi oreja—. Vamos a ver qué más sabes hacer con ella.
El asco me desbordó. Sin pensarlo, reuní saliva y le escupí en la cara.
El hombre se congeló un segundo. Limpió la saliva de su mejilla despacio y la expresión de sus ojos se volvió asesina.
Lo siguiente que sentí fue un impacto brutal en la mejilla.
La bofetada me giró la cabeza por completo y me estampó la sien contra la pared.
El sabor metálico y caliente de mi propio labio roto me inundó la boca al instante.
Caí al suelo de rodillas, mareada, con el oído zumbando y las lágrimas resbalando sin control.
—¡Nevan! —grité con el último hilo de voz que me quedaba, mirando su cuerpo inerte—. ¡Nevan, por favor, abre los ojos!
El hombre se agachó, agarrándome de la cintura con una fuerza increíble, pegando su cuerpo al mío mientras intentaba arrastrarme por el suelo en dirección a Nevan.
Yo pataleaba, arañaba el suelo, gritando con todas mis fuerzas en un intento desesperado por no rendirme al vacío que me amenazaba la mente.
—Tranquila, si al final te va a gustar... —jadeó en mi oído.
Yo gritaba, me resistía, pero era como pelear contra el destino. Estaba sola.
—¡Suéltala ahora mismo!
La voz retumbó en todo el espacio de la caravana, pesada, cargada de una autoridad y una furia destructiva que lo congeló todo.
El padre de Nevan se detuvo en seco, con la sorpresa dibujada en su rostro, y soltó el agarre. Giré la cabeza hacia la entrada, con la respiración entrecortada y la vista borrosa.
Ahí estaba Gus, parado bajo el marco de la puerta, con los ojos inyectados en sangre y una pistola apuntando directo a la cabeza del hombre.
Su mirada bajó un segundo hacia mí, hacia mi labio roto y luego al cuerpo inmóvil de Nevan en el suelo, la furia de sus ojos se transformó, por un instante, en horror.
El cañón del arma de Gus no tembló ni un milímetro.
La sola presencia de ese hombre, imponente y ciego de rabia en el umbral, cambió la presión del aire dentro de la caravana.
El monstruo que me aplastaba contra el suelo dio un paso atrás despacio, abriendo las manos y soltándome por completo.
Toda la chulería asquerosa de antes se le evaporó del rostro en un parpadeo, sustituida por una cobardía rancia al verse encañonado.
Caí de rodillas sobre el suelo cubierto de cristales y papeles rotos, pero el dolor de mi labio o el impacto de la bofetada desaparecieron de mi mente al instante. Mi cerebro eliminó todo el ruido, a Gus y al hombre que empezaba a suplicar. Ya no existía nada más.
Aproveché para gatear hasta Nevan.
—Nevan —susurré temblando tanto que apenas podía articular palabra—. Por favor…
Seguía sin moverse. Frío. Hundido. Roto.
Levanté la cabeza, con lágrimas corriéndome por las mejillas, para mirar a Gus. Vi cómo apretaba los dientes, con el arma firme, apuntando al hombre que casi acaba conmigo, al hombre que estaba destrozando la vida de su protegido.
—No te muevas —ordenó sin un solo temblor en la voz—. Ni un puto centímetro o te juro por Dios que te vuelo la cabeza ahora mismo.
Nevan estaba gélido bajo mis manos. Tenía la cabeza ladeada en un ángulo que me dolía ver, el labio abierto, la ceja reventada, un hilo de sangre espesa bajándole por la sien, perdiéndose en el pelo. El pecho subía y bajaba apenas, como si cada respiración le costara una batalla contra la muerte.
—Nevan —susurré con la voz rota, arrastrando su cuerpo con cuidado, colocándolo sobre mis piernas—. Eh… mírame. Vamos, mírame, por favor.
Le aparté con los dedos manchados de sangre un mechón del pelo que se le había pegado a la frente. Su piel estaba cenicienta. Y su cuerpo pesaba como si ya no quedara nada dentro de él, como si su alma hubiera decidido abandonar el refugio de sus huesos.
—No… no hagas esto. No ahora, por favor.
—Mis lágrimas le caían en el cuello, entre los moretones, los cortes, la sangre que ya empezaba a coagularse—.
Joder, Nevan, despierta, háblame, dime cualquier cosa.
Dime que soy pesada, que grito mucho, que llevo demasiados lazos… dime lo que quieras, pero dime algo.