Caminos Opuestos Capítulo 59
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Capítulo 59

Nevan

Habían pasado unos diez minutos desde que ella se fue, y el aire dentro de este lugar todavía conservaba su perfume. Me quedé un momento de pie, mirando la puerta, con esa sensación de vacío que siempre me deja cuando no está.

Fui hasta la nevera, el frío del metal al abrirla me devolvió un poco a la realidad.

Saqué una cerveza, el choque de la chapa fue el único sonido que se atrevió a romper la calma.

Me dejé caer en el sofá, hundiendo el cuerpo en la espuma vieja, buscando ese descanso que mis músculos pedían a gritos después de la paliza con Gus.

Le di un trago largo a la cerveza, dejando que el líquido amargo bajara por mi garganta. Intenté relajarme, cerrar los ojos y dejar que la paz de la tarde me invadiera, pero había algo que no encajaba.

Desde hacía unos días, mi piel me estaba advirtiendo de algo.

Esa punzada en la nuca, esa sensación de que, cada vez que salía o entraba, alguien tenía los ojos clavados en mi nuca.

« Paranoia », me repetía a mí mismo. Lo más probable era que fueran restos de la tensión con la prensa.

Elara y Aria habían hecho un trabajo impecable cortando el grifo a los buitres, por ley, estábamos limpios. Así que, ¿qué coño pasaba?

Suspiré, reclinando la cabeza contra el respaldo. Quizás fuera el cansancio, o que la vida me estaba dando tantas cosas buenas en estos últimos meses que mi cerebro, acostumbrado a vivir en la trinchera, estaba buscando peligros donde no los había.

Cerré los ojos, intentando visualizar la sonrisa de Aria antes de irse.

Había estado a punto de decirme algo, lo vi en sus ojos, en esa forma en la que me miró antes de besarme.

Se arrepintió en el último segundo. Me quedé con esa duda rondando, pero una parte de mí, la parte que todavía no terminaba de creerse que esto fuera real, prefería no presionar.

Lo que teníamos era frágil, hermoso, y no quería romperlo con preguntas.

Bebí otro trago. La caravana crujió bajo el peso del viento. Todo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. Me obligué a soltar los hombros, a dejar de analizar cada ruido exterior. « Solo es el viento, Nevan. Solo es el puto viento » pensé .

El silencio de la caravana se quebró con una voz que me heló la sangre.

—Vaya... Sigues metido en la misma lata de conservas, chaval.

La lata de cerveza se me escurrió de los dedos, golpeando la mesa de madera antes de rodar por el suelo.

El sonido metálico pareció flotar en un silencio repentino y asfixiante.

Toda la fuerza de mis veinticuatro años, mis músculos, mi estatura...

todo se evaporó en un segundo. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo las vértebras se me convertían en hielo.

Me giré despacio. Ojalá hubiera sido una alucinación, una de esas jugarretas que me gastaba la cabeza cuando dormía mal. Pero no. Ahí estaba él, recostado contra el marco de la puerta.

Mi padre.

—No me jodas  —susurré con el corazón desplomándose en mis costillas.

Siete años de cárcel no lo habían ablandado; estaba más curtido, más gris, con la piel pegada a los pómulos como el cuero viejo. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: dos rendijas oscuras, cargadas de una fijeza pesada y peligrosa, la mirada de un depredador que regresa a un territorio conocido.

—¿Qué pasa? —dio un paso hacia el interior, haciendo que el suelo de la caravana crujiera bajo sus botas—. ¿No hay un abrazo para tu viejo? Siete años son muchos días, campeón.

—¿Qué haces aquí? —La voz me salió extraña, despojada de toda la autoridad que creía tener. Di un paso atrás por puro instinto, chocando con el borde del fregadero—. Tu condena no termina hasta dentro de cinco años.

Él soltó una risa seca, un chasquido rancio en el fondo de la garganta que me revolvió el estómago.

—Buen comportamiento, masificación... Ya sabes cómo funciona la justicia con los hombres honrados —dijo, arrastrando las palabras mientras escaneaba el lugar con un desprecio absoluto—.

Salí hace dos semanas. No tengo un duro, la espalda destrozada y ningun puto sitio al que ir.

Y resulta que me entero de que mi chico sigue viviendo en la misma cloaca donde lo dejé.

Pensé que tu madrecita te habría comprado algo mejor con los cuartos de su nuevo marido.

Pero ya veo que para ella también eres un estorbo.

—Lárgate —solté apretando los puños a los costados. Sentía el corazón desbocado, golpeándome las costillas con tanta violencia que me costaba enfocar la vista—. Vete de aquí. Ahora mismo.

—¿Me estás echando? —Su tono cambió, bajando una octava, volviéndose denso.

Dio otro paso, acortando la distancia. Era más bajo que yo, pero su presencia seguía ocupando todo el maldito espacio—.

Te recuerdo que esta caravana la pagué yo con mi curro.

Me jodiste la vida, Nevan. Me lo debes todo, niñato.

Intenté reaccionar, quise cruzarle la cara, hacer valer los años de rabia acumulada, pero el cuerpo no me respondió.

El cerebro me traicionó por completo: el hombre de veinticuatro años desapareció y me quedé atrapado dentro del crío de diez que temblaba en un rincón esperando el golpe.

El trauma me encadenó las articulaciones.

Antes de que pudiera levantar los brazos, su mano me agarró de la solapa de la cazadora y me empujó hacia atrás con una brutalidad animal.

Mi espalda impactó contra la pared de metal; el golpe fue seco, y me sacó todo el aire de los pulmones.

Los cuadros pequeños que tenía colgados vibraron y cayeron al suelo.

—Sigues siendo el mismo cobarde —escupió.

Su aliento a tabaco y alcohol me invadió por completo, mareandome—.

Un puto error. Desde el día que naciste solo fuiste una carga.

Pasta en pañales, en comida, aguantar tus lloriqueos...

Me jodiste la juventud, la vida, y coronaste la jugada llamando a la pasma.

—Tú nos estabas matando —conseguí articular, intentando apartar sus manos de mi pecho, arañando sus muñecas curtidas y llenas de cicatrices.

—¡Te di un techo! ¡Puto niñato desagradecido! —gritó, y la vena de su cuello pareció a punto de estallar.

No hubo más advertencias. El primer puñetazo me dio de lleno en la boca del estómago, fue un impacto sordo, pesado, que me dobló las rodillas al instante. El dolor me quemó las entrañas y me quedé sin respiración, suspendido solo porque él me sujetaba de la ropa.

Cuando me soltó, caí de rodillas sobre la madera, jadeando como un pez fuera del agua. Tenía la vista nublada por las lágrimas.

—Mírate —dijo desde arriba, y escuché el cuero de su bota crujir—. Das asco. ¿Esto es lo que eres? Eres un despojo, Nevan. Igual de débil que siempre.

Intenté levantarme, apoyé las manos en el suelo, pero su bota me golpeó el costado derecho con la fuerza de un mazo.

Sentí y escuché el crujido limpio de una de mis costillas al ceder.

Un grito ahogado se me quedó atascado en la garganta y me fui de bruces contra el suelo, mordiendo el polvo de la alfombra.

El sabor amargo y metálico de la sangre me inundó la boca con rapidez, desparramándose por mis labios.

El dolor físico era insoportable, pero lo que de verdad me estaba matando era la humillación. El darme cuenta de que daba igual cuánto hubiera crecido, hubiera entrenado o cuanta rabia acumulada guardara; ante él, siempre sería el maldito saco de boxeo de la caravana.

—¡Levántate, joder! —gritó dándole una patada a la mesa de centro, que volcó esparciendo mis folios y lápices por el suelo manchado—. ¡Demuestra que sirves para algo más que para estorbar!

Otro impacto me alcanzó en el abdomen, haciéndome arquear el cuerpo en un espasmo agónico. Ya no sentía los golpes individuales; era solo una masa de dolor abrasador, un pitido ensordecedor que me llenaba los oídos mientras el techo de la caravana giraba a toda velocidad.

Me quedé quieto, con la mejilla apoyada en la madera fría, viendo cómo un hilo de sangre avanzaba entre los papeles de dibujo.

Sabía que si me movía, volvería a golpearme hasta romperme del todo.

Así que hice lo único que sabía hacer cuando el mundo se volvía demasiado violento. Cerré los ojos y me evadí.

Me arrastré lejos de ese suelo mugriento.

Busqué el olor a pinos, el agua mansa del lago, la luz del sol colándose entre las hojas de un roble.

Busqué sus ojos verdes. «Aria». Recordé su risa de la otra noche, su voz, la forma tan delicada en que se apartaba el pelo detrás de la oreja.

Me aferré a ella como un hombre que se ahoga en mitad del océano.

« Te amo », pensé con el último rastro de consciencia que me quedaba en el cerebro, un susurro en mitad de toda la suciedad que me rodeaba.

« Te amo, bombón. Pero por lo que más quieras en este mundo...

no vengas. No vuelvas hoy. No quiero que me veas así.

No quiero que veas en lo que me convierto cuando él está delante » .

Otra patada me alcanzó en la espalda, un dolor ciego que me empujó directo hacia una oscuridad densa, un abismo negro donde el pitido de mis oídos empezó a apagarse, anunciando que el cuerpo por fin se rendía.

Y entonces, justo en el borde de perder el conocimiento, el aire viciado de la caravana se rasgó.

No fue el viento, ni el motor de mi coche. Fue un grito, uno agudo, desgarrador, cargado de un pánico tan puro y real que me devolvió la consciencia de golpe, como un jarro de agua helada.

Aria.

Había vuelto. Y lo estaba viendo todo.