Capítulo 58
Aria
Han pasado unos días desde la noche en el autocine, y si me hubieran dicho hace un mes que mi vida se reduciría a este pueblo y a este hombre, lo más probable es que me hubiera reído.
Pero ahora, me cuesta imaginar cualquier otra realidad.
Windale se convirtió en mi refugio. Estos días habían sido un torbellino de risas con el grupo y de una intimidad con Nevan que me hacía sentir que vivía en una película.
Recorrimos cada rincón escondido de este pueblo, buscando lugares donde estar solos, y creerme, los hemos aprovechado todos.
Ivelle era un terremoto, pero uno de los que te contagian su alegría. Fue imposible no quererla. A veces, viendo cómo se movía y cómo hablaba, no podía evitar pensar en Sienna; serían mejores amigas al instante si se conocieran más, una explosión de energía constante.
Con Nevan todo era tan natural que me asustaba.
En muchas ocasiones, la palabra «te quiero» me subía por la garganta reclamando salir, pero me tragaba el impulso.
El miedo a agobiarlo, a que sintiera que intentaba ponerle etiquetas a lo que teníamos o que, sin darme cuenta, buscaba atarle, me paralizaba.
Lo que teníamos es lo más valioso que había tenido nunca, y prefería vivir en este presente sin nombre antes que arriesgarme a que él saliera corriendo.
Sin embargo, el futuro empezaba a asomar la cabeza.
Sabía que en algún momento tendría que volver a Los Ángeles, pero la idea me generaba ansiedad.
Fantaseaba con quedarme aquí, con abrir una academia de ballet, una vida tranquila, lejos del ruido.
Mi madre no me volvió a llamar desde que le dejé las cosas claras, y aunque dolía, también era liberador.
Y luego estaba el casting. Esa maldita audición que mi madre consideraba el evento del año.
Lila se había dejado la piel en esto. Ví cómo se esforzaba, cómo cada movimiento de su cuerpo era una declaración de intenciones.
Ella ama la danza con una pureza que yo había perdido.
Para mí, esto solo era una obligación, una casilla que marcar en el plan de mi madre.
Decidido: pronto llamaría a Lila, le desearé suerte y me retiraré. Era lo correcto.
Mis pensamientos se interrumpieron cuando vi una figura acercarse a lo lejos.
Era Nevan. Volvía de la parte trasera de la finca de Gus, con la camiseta sudada y el pelo hecho un desastre por el esfuerzo de la mañana.
Me quedé observándolo unos segundos antes de que me viera, admirando su forma de moverse, esa mezcla de rudeza y vulnerabilidad que solo muestra cuando estamos a solas.
En cuanto levantó la vista y sus ojos se clavaron en los míos, mi corazón dió un vuelco.
Se acercó a mí, y yo caminé a su encuentro sin esperar ni un segundo.
Cuando llegué a él, le pasé los brazos por el cuello y me colgué de su espalda en un abrazo que sabía a hogar.
Me atrapó por la cintura y me levantó, pegándome contra su pecho.
Le di un beso largo, agradecida de que estuviera aquí, de que fuera real.
—Te he echado de menos toda la mañana —susurré contra sus labios, sintiendo el calor de su piel.
Él sonrió, cansado pero feliz, y me dejó en el suelo, aunque no me soltó del todo.
—Gus ha decidido que hoy era el día de mover hasta las piedras, creo que quiere dejar la finca impecable para el invierno —aclaró riendo—. ¿Qué tal tu mañana?
—Tranquilo —respondí intentando no revelar el peso de mis pensamientos sobre el futuro—. Oye, Elara me ha escrito hace un rato. Me ha invitado a merendar esta tarde con Ivelle. Me preguntaba si te importaba que fuera.
Él soltó un suspiro de alivio, como si la idea de no tener que moverse más hoy le diera la vida.
—Ve, ve tranquila. Creo que voy a aprovechar para echarme una siesta monumental, mis músculos van a pedirme clemencia en cuanto me siente.
Me acerqué a él y, con los dedos, empecé a quitarle el polvo de la camiseta, un gesto doméstico, rutinario, que me pareció una muestra de amor tan pura que me asustó.
Nevan se quedó quieto, dejándose hacer, con los ojos entornados y esa media sonrisa ladeada que reservaba solo para mí.
Se veía tan vulnerable, tan humano, tan... mío.
Fue en ese momento. Lo vi claro. El sol de la tarde le iluminaba el perfil, suavizando las líneas duras de su mandíbula. Sentí el impulso, una necesidad física casi dolorosa, de decirle las palabras que me quemaban el pecho desde hacía días. « Te amo. Estoy perdidamente enamorada de ti », pensé .
Abrí la boca. Pero el miedo volvió a amenazarme. ¿Y si era demasiado? Nevan había tenido una vida de muros altos, de silencios y de huidas. ¿Quién era yo para forzarlo a declarar algo que quizás le aterraba? Me callé. Me tragué el «te quiero» y lo cambié por un beso.
Fue un beso lento, pausado, uno que se sintió como una despedida mucho más larga de lo que era. Sabía a tabaco, a sudor y a esa confianza ciega que habíamos construido en tan poco tiempo. Nos separamos muy despacio, con las frentes aún rozándose.
—Descansa —murmuré acariciándole la nuca.
—Pasalo bien, bombón —respondió con la voz más ronca de lo habitual, mientras me daba un último toque con la nariz.
Caminé hacia el coche y, antes de subirme, me giré.
Lo vi allí, de pie frente a la puerta de la caravana, viéndome marchar con esa expresión de paz que tanto me gustaba.
Le sonreí, una sonrisa que intentaba ocultar la tormenta de sentimientos que llevaba dentro.
Me subí al coche y puse en marcha el motor.
Mientras me alejaba, tuve una sensación extraña, un pinchazo en el pecho que no supe identificar.
Miré por el retrovisor una última vez. Nevan seguía allí, una silueta recortada por la luz de la tarde.
En ese instante, una voz en mi interior me gritó que volviera, que me bajara del coche y se lo dijera, que no dejara pasar ese momento.
Pero no lo hice. Pisé el acelerador y me obligué a mirar hacia delante.
El trayecto hasta casa de Elara fue silencioso. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas a ese «casi» que quedó suspendido en el aire. « ¿Por qué no se lo he dicho? », pensé.
Al llegar, la energía de Ivelle me golpeó nada más bajar del coche.
—¡Aria! ¡Por fin! —Ivelle apareció de la nada, con un vestido de flores y esa energía inagotable que parecía que nunca se apagaba—. Estábamos a punto de pedir la cuenta sin ti, ¡la tarta de chocolate que han traído es un pecado mortal!
Elara estaba sentada en la mesa de la terraza, riéndose de algo que Ivelle había dicho. Era un escenario idílico. El sol empezaba a caer, pintando el cielo de tonos naranjas y rosas. Me senté con ellas, intentando entrar en la dinámica, riéndome de los chistes de Ivelle y siguiendo la conversación.
Pero mi mente seguía en la caravana. Cada vez que Ivelle mencionaba algo sobre «el futuro» o «los planes», me ausentaba. Miré mi teléfono, esperando un mensaje de Nevan, una señal. Pero solo había silencio.
—¿Te pasa algo? —preguntó Elara, bajando la voz y mirándome con esa perspicacia que siempre tenía—. Estás muy callada, Aria. ¿Es por Nevan?
—No, es solo... —suspiré mirando el trozo de pastel en mi plato sin ganas de probarlo—. Nada. Solo estaba pensando en que a veces dejamos pasar momentos importantes por miedo.
Ivelle soltó una carcajada, aunque luego se puso seria, mirando hacia la entrada de la finca donde Jack acababa de aparcar su coche.
—El miedo es una mala brújula, Aria. A veces, si no saltas, te quedas esperando en el borde toda la vida.
Miré a Ivelle, sorprendida por la profundidad de sus palabras.
Me había guardado mis palabras. « Te quiero » . Me repetí la frase en mi cabeza, deseando haber tenido el valor de soltarla. Sentí una amargura sutil en la boca, como si hubiera saboreado algo que se estaba echando a perder.
« Luego », me prometí. « Más tarde, en cuanto llegue, se lo diré. No dejaré pasar ni un día más » .
Pero, mientras el sol desaparecía por completo y las luces del jardín se encendían, no pude evitar sentir que el tiempo, ese que Nevan y yo estábamos ganando, se estaba agotando sin que pudiera hacer nada para detenerlo.